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Por todo el mundo, las protestas contra el asesinato de George Floyd en los Estados Unidos, generaron escenas en las que los manifestantes pintan, arrastran, destruyen o “ahogan” estatuas de autoridades colonialistas, traficantes de esclavos y políticos racistas.

Por: Em Luta, Portugal

Tal reacción fue clasificada por la gran prensa de “vandalismo” y criticada por algunos historiadores como anacrónica y tendiente a apagar el pasado. Sea como fuere, no dejó de provocar (buenos) resultados. Varios traficantes de esclavos y defensores de la esclavitud van a dejar el pedestal, a pedido de las propias autoridades gubernamentales, temerosas de ver repetida una situación como la que llevó a la estatua del traficante inglés Edward Colston a parar en las aguas del puerto de Bristol, en Inglaterra. Con los días contados están, entre otras, las estatuas del poderoso traficante escocés Robert Milligan, en Londres; de Baden Powell, fundador de los Boy-Scouts y héroe de la Guerra de los Boers, episodio en el que los holandeses, franceses e ingleses se agarraron, hacia finales del siglo XIX, por el control de las minas de oro y diamante del África del Sur; y del general del Sur en la Guerra de Secesión, Robert Lee.

En Portugal, a la par de las gigantescas manifestaciones antirracistas y de repudio al asesinato de George Floyd que tomaron cuenta de las calles de Lisboa y de Porto el 6 de junio, algunas estatuas han sido cuestionadas. La del padre António Vieira, en Largo Trindade Coelho, en Lisboa, fue una de ellas. Aún en el mes de junio, en su pedestal fue escrito, con rojo, la palabra “descoloniza”, y en los niños indígenas que lo rodean se diseñaron pequeños corazones.

Cayó el “Carmo y la Trindade”: el presidente de la autarquía, el socialista Fernando Medina, escribió en Twitter que “la mejor respuesta a los vándalos es la limpieza”; el PSP anunció que estaba buscando a los autores del vandalismo; y el CDS llegó a comparar lo ocurrido con el dinamitado de los Budas de Bamiyan por los talibanes. Por lo tanto, clasificaron a los autores de las “pichações” [pintadas] en la estatua del padre como vándalos y terroristas.

No era un caso para tanto, no tiene Portugal una tradición mucho más, digamos, robusta de contestación a su estatuario. La inauguró el dictador.

Los atentados contra Salazar

El primero de ellos ocurrió en 1975, en plena revolución. “Desconocidos decapitaron la estatua de Salazar erigida en el largo fronterizo del Palacio de la Justicia de Santa Comba Dão, durante la madrugada de ayer, llevando consigo la cabeza de bronce del siniestro dictador que hundió a Portugal en el oscurantismo que aún hoy subsiste en muchas regiones”, informaba el Diario de Notícias del 18 de febrero. Los autores fueron literalmente quirúrgicos: removieron la cabeza de Salazar con una sierra eléctrica. El acto fue realizado durante la madrugada y sus autores, juntamente con la prueba del crimen –la cabeza del dictador–, nunca fueron encontrados.

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Años después, en 1978, la tentativa de poner una nueva cabeza en la estatua provocó incidentes graves. Según la descripción de la revista Visão (11 de enero de 2017), “hubo repique de campanas, barricadas, manifestaciones, sirenas de policía y ambulancias. Hermínia de Figueiredo, una mujer que se encontraba en el balcón de su casa asistiendo la refriega, murió alcanzada por balas de la GNR, mientras 18 personas quedaron heridas”. La Cámara Municipal, controlada por el PS, abogaba la remoción de la estatua, mientras la asamblea municipal defendía mantenerla. Solucionó la polémica un anónimo atentado con bomba que estalló lo que quedaba de la estatua. En su lugar, la Cámara mandó a construir una fuente luminosa.

Actualmente, la estatua decapitada y bombardeada, de 2,30 m en bronce, y su congénere, un busto de 500 kg de Salazar, ambas ejecutadas por el escultor Francisco Franco en los años 1930, están almacenadas en la Cámara Municipal de Santa Comba Dão, para desesperación del autárquico socialista Leonel Gouveia, que no sabe qué hacer con ellas.

La primera decapitación

La “movimentada” trayectoria de Salazar en versión estatua no se limitó a Portugal. En Maputo, Mozambique, habría ocurrido la primera decapitación del dictador. Estaríamos en 1962 o 1963 – no es posible determinar la fecha precisa debido al muro de silencio impuesto por los órganos de represión de la época– cuando la estatua fue parcialmente destruida por explosivos y, por lo que parece, decapitada. “Es probablemente la primera obra de escultura pública estado-novista [del Estado Nuevo] que es objeto de un acto de destrucción de carácter político”, concluyó Gelbert Verheij, en su disertación de Maestrado en Historia del Arte de setiembre de 2011. La autoría es atribuida a un grupo antisalazarista blanco y realizada “como manifestación de su descontento de cara a la situación social, marcada por la desigualdad racial y la represión de las libertades”.

Estábamos en el inicio de la contestación armada al dominio colonial portugués en Angola, bajo la dirección del Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA) y de la Unión de los Pueblos de Angola (UPA).

La versión damnificada de la estatua en piedra es sustituida, en 1964, por otra, esta vez en bronce, y recolocada en el mismo lugar, en frente del Liceo Nacional Salazar. Allí permaneció hasta 1975, cuando la independencia de Mozambique barrió del espacio público casi todo el estatuario colonial. Salazar en bronce se encuentra hoy en la Biblioteca Nacional, de frente para la pared, como si estuviese de castigo. Mejor suerte tuvieron las estatuas de dos figuras claves del colonialismo portugués en África, António Enes y Mouzinho de Albuquerque, transportadas para la Fortaleza de Maputo. Ambos, como comisario regio y gobernador del distrito militar de Gaza, respectivamente, vencen a las tropas de Ngungunhane, el señor de Gaza, el segundo mayor imperio de África en el siglo XIX. La prisión de Ngungunhane en 1896 simbolizó la derrota de la resistencia africana al proyecto colonial portugués en Mozambique en aquel final de siglo. El odio al monarca africano y a su pueblo por parte de los vencedores quedó claro por la forma como fue tratado. Él y algunos familiares son desterrados para Portugal, donde atraviesan Lisboa en una jaula y quedan en exposición pública en el Jardín Botánico de Belém.

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Baden Powell y el canónigo Melo

Además del padre António Vieira, otros monumentos también fueron pintados o damnificados en Portugal, en la oleada de contestación antirracista. Uno de ellos fue el busto del ya citado Baden Powell, cuya cabeza fue retirada de una rotonda de la freguesía [barrio] de Santa Clara, en Coimbra. “No consigo imaginar quiénes fueron los canallas que decapitaron a Baden Powell, pero no creo que hayan sido racistas africanos”, consideró el presidente de la Unión de Freguesías de Santa Clara e Castelo Viegas, secundado por el líder de la autarquía de Coimbra Manuel Machado, para quien tal acto “solo puede resultar de quien tiene falta de principios civilizatorios”.

La otra estatua “victimizada” en junio fue la del canónigo Melo, en Braga, posiblemente por otros a los cuales les faltaría, en el entendimiento de las autoridades locales, idénticos “principios civilizatorios”. El canónigo Melo, así como el colonialista Baden Powell, se hizo notar por malos motivos, y desde que su estatua fue erigida en la ciudad en 2013, no ha habido tregua. Cada tanto allí están escritas en su pedestal palabras como “facho”, “asesino”, y “padre Max”. Facho él realmente era, como queda evidente en su adhesión al régimen del Estado Nuevo y en su combate a la militancia de izquierda durante la revolución del 25 de Abril. Él fue acusado, incluso, de haber participado en atentados con bombas de la extrema derecha, en uno de los cuales perdió la vida un militante de la UPD, el padre Maximino Sousa.

¿Y el padre António Vieira?

Si Salazar, Mouzinho, Powell y Melo eran, incontestablemente, colonialistas y racistas, qué decir del padre António Vieira, un hombre respetado por la obra literaria, por la defensa de los judíos, por su oposición a la Inquisición, y por la supuesta protección de la población indígena en el Brasil. La verdad es que António Vieira, como miembro de la Compañía de Jesús, era un agente de la esclavización de los africanos raptados en África, y sobre este hecho no hay ninguna duda. En su Sermón XIV, uno de los sermones del Rosario, justifica la esclavitud argumentando que el sufrimiento impuesto a los negros africanos sería compensado por la salvación de sus almas. El tráfico traía a los paganos hacia el seno de Dios, mientras los africanos que permanecían en el África tendrían sus almas condenadas al infierno. Vieira fue contrario a la concesión de libertad a los rebeldes del Quilombo de Palmares, argumentando que eso acarrearía la total destrucción del Brasil.

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En relación con la población indígena, una vez más su conducta fue siempre la de un cuadro de la Compañía de Jesús. Se oponía a la esclavitud de los indígenas, pero defendía su anulación como pueblos independientes. Su misión era catequizar a los indios, esto es, sustituir sus creencias por la fe católica y reeducarlos para integrar la sociedad mercantil en formación. Para eso, eran transferidos para aldeas al lado de las villas portuguesas, les prohibían el nomadismo, les imponían la monogamia, cubrían su desnudez, y les recitaban interminables oraciones a un único dios.

Algo está muy errado

En artículo en el blog Conversa de Historiadoras, la profesora Keila Grinberg, de la Universidad Federal del Estado de Rio de Janeiro, escribe: “Algo está muy errado en una sociedad cuya policía protege sus estatuas y ataca a sus ciudadanos”. Algo está definitivamente muy errado cuando las autoridades de un país se dedican a insultar y amenazar a ciudadanos que se indignan con homenajes a personas cuya herencia fue la destrucción de vidas, culturas y civilizaciones.

Tal vez ya era hora de que Portugal comenzase a seguir el ejemplo de otros países que pasaron a reconsiderar la permanencia de algunos de sus monumentos. Como escribió la historiadora Mónica Lima, de la Universidad Federal de Rio de Janeiro, en el mismo blog: “Los monumentos que homenajean a los que se dedicaron a oprimir, a destruir y desvalorizar nuestro pasado y presente negro africano pueden y deben ser desplazados o resignificados, cuando su presencia nos causa dolor y ofende nuestra autoestima”.

Artículo publicado en https://emluta.net, 6 de julio de 2020.-
Traducción: Natalia Estrada.