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Dos días antes, el sistema de sonido de las estaciones del metro de Milán anunciaba que los trenes dejarían de circular a las 8.45 del día 18 de octubre, por “huelga general”.

Exactamente a las 9 horas, la estación Cordúsio se encontraba completamente vacía. El último tren había pasado.


En la Plaza Cairoli, frente al Castillo Sforzesco, símbolo de poder en Milán, comienzan a aglutinarse los activistas de los sindicatos de base para la marcha que los italianos llaman “cortejo”.

Motivos para la movilización no faltan. El gobierno corta derechos y precariza el trabajo. El desempleo alcanza 12% y entre los jóvenes llega a 40%. Más de 30% de la fuerza de trabajo está en el seguro al paro, o sea, licenciados del trabajo y recibiendo un beneficio inferior al salario.

Los sindicatos oficiales –la otrora poderosa Cgil– cumplen el papel de sustentación del gobierno del primer ministro italiano Enrico Letta. Por eso, a pesar de la larga crisis en el país, el gobierno aún no cayó. Con la ayuda de los burócratas, sigue aplicando los planes de ajuste y es directamente responsable por los naufragios criminales como el de Lampedusa, donde murieron decenas de inmigrantes, incluso niños.

Aún sin la convocatoria de los sindicatos oficiales, los activistas van llegando, algunos son jóvenes, otros de más edad. Son empleados del transporte, de los correos, de hospitales, profesores, empleados públicos, músicos. Son trabajadores de la Pirelli, de la Fiat y de muchas otras industrias. Entre todas las columnas, la más animada es la de los trabajadores de logística. Ellos son trabajadores tercerizados que trabajan en transporte de mercaderías para las grandes transportadoras.

Casi todos inmigrantes, son trabajadores que dejaron sus países en busca de trabajo y de mejores condiciones de vida. Son hombres y mujeres que vinieron de la distante Eritrea, sumándose a los compañeros que vinieron de Marruecos. Son egipcios abrazándose con los peruanos, son tunecinos hombro con hombro con los filipinos. Son de Camerún, de Siria, de Ecuador y de tantas otras partes del mundo.

A las 10, el carro de sonido al frente, salió la manifestación por el centro de la ciudad, gesto que será repetido en otras muchas ciudades de Italia. La manifestación pasa por la Bolsa de Valores de Milán, la principal de Italia, cercada por la policía y por rejas. Curiosamente, en la plaza de enfrente hay un gran monumento con el gesto obsceno del dedo medio levantado. De gusto dudoso y gracioso, con todo, lo curioso es saber si el gesto se dirige a la Bolsa o al pueblo.

La marcha contornea la famosa plaza de la Catedral del D’Uomo y hace un acto de cierre en la Plaza della Scala, ornamentada por la estatua de Leonardo da Vinci y donde se encuentra el Teatro Alla Scala de Milán, en cuyo palco se presentan las orquestas más consagradas del mundo, entre ellas las de aquellos mismos músicos que participan de la manifestación.

El acto termina con discursos prometiendo nuevas luchas. La Plaza della Scala, llena de trabajadores y turistas curiosos, fue un bellísimo y sugestivo escenario para una ópera escrita, dirigida y protagonizada por aquellos que serán responsables por la transformación de la sociedad.

Esta vez el palco fue el asfalto. Los telones fueron abiertos por manifestaciones de miles de estudiantes, en todo el país, la semana anterior, y permanecieron abiertos para recibir la gran marcha del movimiento popular que ocurría el día siguiente, en Roma, y aún no se cerraron. La poderosa clase trabajadora europea se prepara. Fue apenas un ensayo; la apoteosis no tardará.

Traducción: Natalia Estrada
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