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«La economía mundial se encuentra en una situación peligrosa». Estas palabras, pronunciadas hace unas semanas por el secretario general de la OCDE, Ángel Gurria, expresan los temores de las clases dominantes internacionales acerca de la incertidumbre de la economía en escala global. El índice global de la fabricación se aproxima a los niveles básicos alcanzados en 2016, la economía de los Estados Unidos está viendo el final del estímulo fiscal promovido por Trump.

Por: Alberto Madoglio

Japón y Europa están al borde de una nueva probable recesión, así como algunas economías emergentes del calibre del Brasil y Sudáfrica, mientras Turquía, Argentina y Pakistán ya han caído en ella (para profundizar sobre el tema, ver el artículo en el blog de Michael Roberts, titulado “Global Slump: the trade and technology trigger”).

Tal situación a nivel de la «estructura» está teniendo, como es inevitable que lo haga, reflejos sobre la lucha de clase y la «superestructura» política.

Lucha de clase y política no van en la misma dirección

Si hiciésemos (como hacen otros) un análisis superficial, enfatizando los efectos por el lado de la superestructura, podríamos creer que en nivel mundial se está atravesando, ya desde largo tiempo, una fase reaccionaria.

Bolsonaro en el Brasil, Macri en la Argentina, Trump en los Estados Unidos, son algunos ejemplos de gobiernos de derecha que gobiernan esos países desde hace más tiempo (los últimos dos) o menos (el primero), y que entonces parecen corroborar un análisis pesimista de las relaciones de fuerza entre las clases.

La mayor razón para llegar a estas conclusiones sería analizar los resultados de las recientes elecciones para la renovación del Parlamento europeo del domingo 26 de mayo.

En los principales países del Viejo Continente –Alemania, Gran Bretaña, Francia e Italia– los partidos que tradicionalmente han representado los intereses de la burguesía imperialista de esas naciones, populares y socialistas (así definidos de manera impropia), sufrieron fuertes derrotas, con un importante redimensionamiento a nivel de votos y de electos, mientras han obtenido un fuerte éxito el partido racista y xenófobo pro Brexit de Farage en el Reino Unido, el de Le Pen en Francia y la Liga Salvini en Italia.

El resultado obtenido por algunas organizaciones verdes, por ejemplo en Francia y Alemania, es el subproducto de las movilizaciones contra el cambio climático, que durante meses se están llevando a cabo en Europa. Representa también la versión más «correcta», moderada, que no quiere meter en discusión, ni siquiera vagamente, el modo de producción capitalista, pero que por lo demás hace apelo a la conciencia de los ciudadanos y los «presuntos» emprendedores iluminados. Las precedentes experiencias de los Verdes en el gobierno, en particular en Alemania, nos muestran que de estas organizaciones no se puede esperar nada de bueno en lo que se refiere a la defensa del medio ambiente ni mucho menos en el terreno social.

Este análisis pesimista que lleva a cada uno a decir que para las clases bajas en nivel mundial se prevé un largo período de retroceso, sin la posibilidad de mejorar en breve la propia situación, no se condice con la realidad.

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El presidente Bolsonaro en el Brasil se encuentra frente una profundísima crisis a pocos meses de su asunción. La huelga contra la reforma de la enseñanza universitaria ha tenido un enorme éxito. (…)

Lo mismo ocurre en la Argentina, donde las políticas ultraliberales de Macri han hecho explotar la inflación y la desocupación. En respuesta a todo esto, la clase obrera continúa movilizándose para responder a los ataques conjuntos del gobierno y la burguesía.

En Sudán, las masas, después de haber derrocado al dictador al-Bashir, no tienen la intención de permitir ser gobernadas por una junta militar que continúa imponiendo las políticas del régimen anterior. Lo mismo está ocurriendo en Argelia.

En Europa, hemos asistido por meses a las imponentes movilizaciones de los chalecos amarillos en Francia, de los jóvenes y de los trabajadores en Hungría, Serbia, Albania, y las ya citadas movilizaciones contra el cambio climático. Incluso en Italia, en los últimos meses, se han llenado las plazas con las manifestaciones de las mujeres contra la doble explotación y el machismo, de los jóvenes contra la destrucción del planeta, de los antifascistas contra los grupos de extrema derecha y contra el decreto Salvini.

Más allá de las apariencias y no obstante sea incuestionable que las clases bajas han pagado el precio más alto de la crisis, todo esto demuestra que aún no han sufrido una derrota irreversible. Quien sostiene lo contrario lo hace por un preciso cálculo político. La izquierda burguesa quiere que los trabajadores dejen de lado las ambiciones de enfrentarse con los patrones, y se limiten, con el voto, a devolverle sus escaños en el gobierno. Los reformistas, a sabiendas de su fracaso, causado tanto por la imposibilidad de obtener mejoras concretas en las condiciones de vida de los trabajadores, como por el hecho de haber sido, cuando gobierno, instrumento para la aplicación de las políticas de austeridad, quieren agarrarse al carro de la compra burguesa de las clases populares, acuñando la ilusión de que con su presencia las masas puedan ser de algún modo protegidas. Otros grupos que, también en Italia, se ubican en teoría a la izquierda de los gobernantes reformistas, continúan viendo cualesquiera “olas negras” en todas partes y a prever largas “travesías en el desierto”, cubriendo así su misma previsión sin un proyecto revolucionario, tanto más en escala internacional.

Los procesos de reestructuración del capitalismo italiano

Italia es parte de este cuadro. El “Belpaese” [Italia] ha estado entre los más golpeados por la recesión de 2007. En consecuencia, las maniobras económicas de austeridad han golpeado duramente las condiciones de vida de los trabajadores.

Obvio que los partidos y coaliciones que han impuesto estas medidas draconianas han visto precipitarse su consenso. Se explica así la victoria electoral del M5S [Movimiento 5 Estrellas] y la Liga en las elecciones del 4 de marzo de 2018.

Ahora, a un año de distancia, el cuadro ha cambiado aún más. El partido de Di Maio, que más que otros había suscitado infundadas esperanzas de ruptura con las elecciones del pasado, ha tenido que lidiar con la compatibilidad del sistema capitalista y está atravesando una profunda crisis que no puede ser excluida y que puede llevar a la disolución de ese movimiento.

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Haber anunciado en octubre del año pasado que había “abolido la pobreza” no ha servido para mucho, salvo para el irónico título en los medios de comunicación. Desde entonces, todos los problemas abiertos por la crisis están bien lejos de ser resueltos o de estar en vías de resolverse.

Así se explica en parte el resultado electoral del 26 de mayo. Los partidos tradicionales, PD y Forza Italia, están muy lejos de haber resuelto sus problemas de credibilidad a la vista de los electores. El 5 Estrellas ha sido castigado por haber traicionado tantas esperanzas suscitadas. La Liga de Salvini ha logrado representar y ser portavoz, desde el punto de vista electoral, de muchos sectores de la pequeña burguesía y del proletariado empobrecido y pauperizado por una crisis económica que parece no tener fin. Eslóganes racistas, políticas autoritarias, perfil del hombre fuerte del ministro del Interior, parecen estar pagándolo, al menos en el plano electoral.

Sin embargo, como en otros países, también en Italia asistimos a importantes aunque por el momento parciales señales de recuperación de los conflictos.

La ya citada postura autoritaria del líder de la Liga está produciendo, por reacción, una serie de protestas siempre más participativas. En cada ciudad donde la Liga anuncia la presencia del líder, asistimos a manifestaciones y protestas que convocan a miles de personas.

La huelga general del 8 de marzo, las movilizaciones antirracistas y, por fin, las marchas en defensa del clima demuestran que tampoco en Italia las clases dominantes han vencido la partida y que el potencial de lucha es grande y está intacto.

Muchas señales hacen prever que en los próximos meses estas primeras señales de recuperación de las luchas se intensificarán.

Pasadas las elecciones, muchos nudos llegan a un punto crítico. El crecimiento económico viaja entre la estagnación y una leve recesión. Lo que significa que la próxima maniobra presupuestaria deberá inevitablemente imponer sacrificios, bloquear la renovación de contratos, realizar cortes en la salud, la educación y el transporte públicos.

Las empresas en crisis deberán imponer reducciones de personal a través de despidos o recurrir al fondo de desempleo: casos como el de Mercatone Uno (empresa del sector de venta de muebles) que de la noche a la mañana declaró quiebra y despidió a más de mil trabajadores o, por último, el caso de la eliminación del establecimiento de la Whirpool en Campania se multiplicará hasta el infinito.

Ni siquiera las empresas que parecen ser «saludables» podrán hacer elecciones diferentes. Pensamos en los casos Conad, Fca y el emergente polo de las empresas de construcción.

En el primer caso, es decir, con la compra por parte de Conad de las actividades italianas de la multinacional francesa Auchan (grandes minoristas), veremos nacer una de las primeras 50 empresas mundiales del sector. Sin embargo, debido a la crisis de consumo y a los limitados márgenes de ganancia en el comercio minorista a gran escala, los caminos a seguir serán dos: despidos en masa e imposición de precios siempre más bajos a los pequeños proveedores y productores de alimentos. Tendremos otros casos como ese relacionado con las protestas de los pastores sardos.

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La fusión entre FCA y Renault impondrá el cierre de fábricas con la pérdida de miles de puestos de trabajo y poco importa que se trate de obreros italianos, franceses, o de otros países donde el nuevo grupo tiene sus sitios productivos.

El nacimiento de un llamado «campeón nacional» en el campo de las empresas de construcción es una tentativa de salvar algunas empresas del sector que por causa de la crisis están al borde de la quiebra, y crear una entidad que tenga la fuerza para competir con otros colosos mundiales.

Es una operación que no producirá nada de positivo para los trabajadores. Será un salvataje del Estado con la socialización de los pérdidas después que por años las empresas han privatizado las ganancias. Está de hecho prevista la intervención de la Casa de Depósitos y Préstamos, es decir, del ente que gestiona los ahorros postales de los trabajadores y los pensionados, quienes verán su dinero a merced de las tendencias de la economía mundial. Además, este polo solicitará el lanzamiento de todas las grandes obras como TAV, Gronda Nord, Terzo Valico, etc., para aumentar los ingresos.

Para resumir, el empeoramiento de la crisis conducirá a nuevas políticas de austeridad y a procesos de reestructuración del capital imperialista tricolor [italiano], a los cuales los trabajadores deberán responder de manera resuelta; las posibilidades para hacerlo están ahí.

Los ejemplos citados de las heroicas luchas de las masas en Sudán, Argelia, Brasil y Francia nos indican el camino y nos alientan a tener confianza, porque cuando se trata de luchar por la propia sobrevivencia, el proletariado puede desatar una fuerza y una resolución que ningún adversario puede detener.

Artículo publicado en www.alternativacomunista.it, 8/6/2019
Traducción: Natalia Estrada.