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Acerca del “cuaderno desaparecido”. Ochenta años de falsificaciones de estalinistas, reformistas y liberales.


Está haciendo discutir mucho el libro de Franco Lo Piparo, L’enigma del quaderno (El enigma del cuaderno)[1]. Sin embargo, se trata de una discusión surreal, en la cual muchos que rechazan el estudio y la hipótesis de Lo Piparo (de hecho, la mayoría de los historiadores de todas las orientaciones) fingen perder de vista el hecho de que desde hace ochenta años la acción y la obra de Gramsci son sistemáticamente falsificadas por estalinistas, socialdemócratas y liberales, en una gigantesca operación iniciada por Togliatti y que va más allá del caso del cuaderno desaparecido. Pero, empecemos por el comienzo.

El estudio de Lo Piparo

Franco Lo Piparo, filólogo[2], ha realizado una investigación escrupolosa e ingeniosa, acogiéndose a la contribución de historiadores y grafólogos.

Su denso opúsculo, que se lee como una novela policíaca (pero documentadísima y para nada “inverosímil”, a diferencia de lo que escribieron muchos reseñadores), revela falsificaciones evidentes realizadas por Togliatti y el PC italiano (PCI) sobre los escritos de Gramsci y, sobre la base de pruebas e indicios, plantea la hipótesis razonable de que uno de los Quaderni de Gramsci, escrito en la clínica Quisisana en la que Gramsci (salido de la cárcel fascista después de diez años) se quedó desde el mes de agosto de 1935 hasta su muerte en el mes de abril de 1937, fue ocultado por Togliatti y entonces nunca se publicó. Aquel cuaderno, según Lo Piparo, fue destruido o bien se halla en los documentos de Togliatti o de Piero Sraffa (uno de los dos ángeles custodios de Gramsci, junto con su cuñada Tania) o vaya a saber dónde.

Los indicios

En las 150 páginas de su libro, Lo Piparo junta una tal serie de indicios que, aun cuando, claramente, no garanticen la existencia del cuaderno desaparecido, no obstante parecen suficientes, en nuestra opinión, para juzgar no sólo posible sino también probable la hipótesis planteada.

No podemos enumerar todos los hallazgos de Lo Piparo en su meticuloso trabajo filológico. Basta con decir que en diferentes cartas, entre ellas aquellas de Sraffa a Togliatti y de Togliatti al dirigente ruso Manuilski (no dirigidas al público), siempre se habla de “treinta” cuadernos (mientras que nosotros sólo nos enteramos de veintinueve, más cuatro cuadernos de traducciones); y que la investigación sobre las portadas de los cuadernos de Gramsci y sobre las etiquetas e inscripciones demuestra que estas etiquetas e inscripciones no son sólo de Gramsci y Tania (la cuñada que lo cuidaba en Italia y que enumeró los cuadernos cuando él murió), sino que existen señales inequívocas de alteraciones, renumeraciones, grafías sucesivas de los “coordinadores”.

Las reacciones al hallazgo de Lo Piparo

Como decíamos, la mayoría de los estudiosos rechazó la hipótesis de Lo Piparo (que en parte ya había sido adelantada hace un año en su anterior libro): alguien, tratando de argumentar (sin lograrlo) sobre la imposible existencia de un cuaderno más; alguien más, someramente haciendo ironía.

Claramente, los más encarnizados fueron los historiadores ex estalinistas o los aún hoy estalinistas, o bien de cualquier modo transitados en el Partido Demócrata (PD) pero siempre fieles a la versión litúrgica de la historia del PCI transmitida por el togliattismo y la escuela de Paolo Spriano.

Guido Liguori, por otra parte autor de textos interesantes (ver “Indicaciones bibliográficas” al final de este artículo), liquidó el libro de Lo Piparo definiéndolo en el periódico il manifesto “un castillo de conjeturas”[3]. En el mismo periódico (que defiende fervorosamente la versión de Togliatti como fiel coordinador), Luigi Cavallaro[4] retoma la cantilena de un Togliatti “refinado jugador de ajedrez” que se atendería a fingir sustentar al estalinismo para luego apartarse de ello con el “viraje de Salerno” (que, en realidad, fue decidido en Moscú en pleno acuerdo entre Stalin y Togliatti, como fue demostrado hace décadas) y con eso seguir libremente el “camino italiano al socialismo”, que ha permitido el nacimiento de esta nuestra linda República fundada sobre la sagrada Constitución, etc.

Este también es el leitmotiv de los dirigentes del PD. D’Alema[5] liquida todo diciendo que se trata de un pretexto para atacar las antiguas raíces del PD.

El periódico Repubblica destinó un extenso espacio al caso, pero inclinándose a sustentar la tesis oficial, es decir, aquella del PD y el Instituto Gramsci, con su director Giuseppe Vacca (Gramsci anti‑estalinista porque, junto con Togliatti, progenitor de las diferentes piruetas que impulsaron el PCI a convertirse de partido estalinista en socialdemócrata y, finalmente, liberal)[6]. Por otra parte, Vacca, frente a la evidencia de los indicios encontrados por Lo Piparo, consideró necesario encaminar una comisión de investigación (integrada también por el proprio Lo Piparo): confirmando así, indirectamente, que no se trata de fantasías que se pueden liquidar con una sonrisa.

Innumerables fueron las intervenciones de otros historiadores y estudiosos, algunos hoy pertenecientes al PD y, entre ellos, muchos de procedencia estalinista (a veces, todavía no superada): Angelo D’Orsi[7], Gianni Francioni[8] y, sobre todo, Alexander Hobel y muchos otros que se desahogaron en la página web Marx XXI (animada por la corriente “ex Ernesto”, transitada de Refundación Comunista hacia el Partido de los comunistas italianos, siempre conservándose fiel en los siglos al togliattismo).

En este caso, sólo se distinguió un togliattiano convencido como Luciano Canfora, que reconoció validez a la hipótesis de Lo Piparo, aunque no compartiendo sus conclusiones (que, por otra parte, Lo Piparo separa del análisis escrupoloso de los hechos), es decir, que en el cuaderno desaparecido podrían estar las pruebas de un abandono de parte de Gramsci del “bolchevismo” (término con que Lo Piparo junta Stalin y Lenin).

Frente a los elementos de investigación alegados por Lo Piparo, que son difícilmente sustituibles en el mérito, el leitmotiv de sus adversarios es sólo uno: ¿por qué Togliatti habría publicado los Cuadernos de un Gramsci herético? Podría haberlos todos tirado a la basura. Si conocemos a Gramsci, concluyen inexorablemente todos ellos (Liguori, Cavallaro, Francioni, D’Orsi, etc.), “es gracias a Togliatti”.

En realidad, el argumento es risible. Togliatti hizo con Gramsci lo que Stalin ya había hecho con Lenin: lo embalsamó para mejor deformar y canonizar su obra, empleándola como un sólido pedestal sobre el que en realidad levantar su acción, es decir, la vuelta especular de un pensamiento que él iba poniendo bajo una vitrina de cristal.

El verdadero caso Gramsci

Evidentemente, los adversarios de la tesis de Lo Piparo tienen una enorme ventaja: como este eventual cuaderno desaparecido no fue hallado, falta la prueba; en efecto, falta el “cuerpo del delito”. Entonces –defienden– la carga de la prueba corresponde a Lo Piparo y a quienes afirman que existiría un cuaderno desaparecido. El razonamiento en sí no tiene desperdicio: a no ser que Lo Piparo pone en fila – repitamos– tal número de pruebas de falsificaciones, por supuesto realizadas en los cuadernos conocidos de Gramsci, y tal serie de otros elementos de otra manera inexplicables que de conjunto estamos frente a algo mucho más consistente que una simple hipótesis. Y ninguno de sus contestatarios (por lo menos en nuestro conocimiento) fue hasta ahora capaz de dar una explicación diferente de los indicios de Lo Piparo. Por esa razón, todo el mundo concluye repitiendo que “es gracias a Togliatti que conocemos las obras de Gramsci”.

Pero, ¿a través de qué trabajo Togliatti nos “puso a disposición” las obras de Gramsci? Merece la pena recordarlo.

La intriga de Togliatti alrededor de las obras de Gramsci

Gramsci murió, recordémoslo, en el año 1937. La primera edición de sus cartas (aparentemente, los textos más inocuos y durante años así presentados, es decir, como simple muestra de una experiencia humana) fue publicada por Togliatti (que las guardaba celosamente) sólo en 1947. O sea, ¡diez años después del fallecimiento de Gramsci!

Es más, como resultó evidente después de otros veinte años, la primera publicación de las Lettere (Cartas) era falsificada y manca. Sólo en 1964 Togliatti puso a disposición de Elisa Fubini y de Caprioglio nuevos materiales para una publicación “acrecentada” de las cartas de Gramsci por el editor Einaudi (edición del 1965). En la nueva antología salieron a la luz nada menos que 119 cartas que no figuraban en la primera edición y se restablecieron al fin referencias que en aquella de 1947 se habían borrado. Se trata, en particular, de las referencias que Gramsci hizo a Bordiga, a Rosa Luxemburgo y a León Trotsky (de estos últimos dos él pedía, cuando estaba preso, varias obras) o al caso de la carta a Grieco (sobre la que nos detendremos enseguida).

Entonces, Togliatti, que según sus partidarios de ayer y hoy “nos hizo conocer a Gramsci”, primero esperó diez años del fallecimiento de este para publicar sus cartas (¡claro! nos repiten: “había la guerra y otras cosas en que pensar”); luego esperó otros veinte años para divulgar cartas escondidas y permitir la publicación integral, no mutilada, de las primeras aparecidas (y aquí ya no estaba la justificación de la guerra). Y no termina aquí: habría que esperar el derrumbe del estalinismo y otros años más para llegar a la publicación –¡en 1997!– de las respuestas de quienes se carteaban con Gramsci, y en particular de las cartas de Tania. La edición completa de esta correspondencia, que echó nueva luz sobre el verdadero significado de muchas cartas de Gramsci, esclareciendo alusiones y frases que parecían políticamente insignificantes, se publicó –remarquémoslo– en 1997 por Daniele y Natoli[9]: es decir, sesenta años después de la muerte de Gramsci.

Y bien considerado, el amoroso cuidado reservado por el PCI a las Lettere es poca cosa respecto de aquel destinado a otros escritos aún más políticos. Los escritos de Gramsci publicados en el Ordine Nuovo, que debido a su claridad no dejaban lugar a “interpretaciones”, ¡se los volvió a publicar sólo en 1966!

En cuanto a los Quaderni dal carcere (Cuadernos de la cárcel), aun cuando se admitiera que están todos (y por lo tanto que no existe otro cuaderno ocultado), es oportuno recordar que la primera edición “temática”, coordinada por Felice Platone y personalmente por Togliatti, fue publicada entre el 1948 y el 1951 (y aquí vuelve la justificación de la guerra que dificultaría ocuparse de ello). Sin embargo se trató de una edición tan manipulada que hacía incomprensible gran parte de los textos. Tuvimos que esperar treinta años más para que al final se preparara una edición de los Quaderni así como fueron escritos, coordinada por Valentino Gerratana (editorial Einaudi). Con respecto a la primera edición, entre otras cosas, también acá (así como ocurrió con las Lettere) se restablecieron fragmentos enteros antes censurados. Fue el proprio Gerratana (por otra parte historiador de estrecha ortodoxia togliattiana) que lo admitió en diferentes ocasiones (cuando a esta altura esas cosas se podían decir más fácilmente). Por ejemplo, en una entrevista de 1987[10], cotejando la edición coordinada por él mismo con la de Platone‑Togliatti, Gerratana admitió que en la primera edición de los Quaderni “(…) unas afirmaciones fueron suprimidas, otras delimitadas, otras atenuadas. Los juicios sobre Trotsky, cuando no fueran anatemas, se sacaron (…)”.

En resumen: sabemos con certeza que las Lettere durante años se quedaron en parte en los archivos del PCI y por fin fueron publicadas con cortes y censuras; que el mismo destino le tocó a los Quaderni. Sin embargo, todo eso –que representa algo notorio desde hace mucho tiempo, antes que Lo Piparo empezara su investigación sobre este hipotético cuaderno desaparecido– es quitado por sus críticos estalinistas o ex‑estalinistas, reformistas o liberales. Todos propensos a descartar por principio que Togliatti pueda haber ocultado un cuaderno de Gramsci, y todos comprometidos a “repetirnos la bola” según la cual es gracias a Togliatti que conocemos a Gramsci …

Pero, ¿no fue acaso Togliatti, como refiere Lo Piparo, que escribió el 30 de abril de 1941 a Dimitrov[11] “(…) los cuadernos de Gramsci, que ya he casi completamente estudiado cuidadosamente, contienen a veces un material que sólo puede ser empleado después de una meticulosa redacción. Sin una semejante redacción el material no se puede emplear, e incluso algunas partes, si fueran empleadas en la actual forma, podrían perjudicar al partido. Por esa razón creo que es necesario que el material se quede en nuestros archivos y que aquí sea trabajado, [de manera que (…)] todo sea empleado como es oportuno y necesario”?

Tal vez es necesario añadir que el candor con que los diferentes Liguori, Cavallaro y Cía. miran la Historia del PCI y el estalinismo quita algunas cosas ciertas y probadas desde hace más de ochenta años y que no requieren estudios filológicos al estilo de los que Lo Piparo ha destinado a los Quaderni de Gramsci.

Desde hace tiempo fue comprobado que el estalinismo (del cual Togliatti fue uno de los máximos y convencidos dirigentes) falsificó regularmente actas, documentos e historia del movimiento obrero. El primer falso fue probablemente lo que hizo directamente Stalin sobre el Testamento de Lenin –hablamos de ese argumento de manera extensa en el n.° 2 de la revista Trotskismo oggi[12]. Fueron falsificados los libros de historia, atribuyendo a Stalin un papel que nunca tuvo en la revolución. Fueron falsificadas hasta las fotografías. Sobre un montón de mentiras y falsificaciones se construyeron los Procesos de Moscú donde, en la mitad de la década de los ’30, se acusó a los principales dirigentes de la revolución de octubre de ser agentes “fascio‑trotskistas”. ¿Acaso debemos recordar a Liguori y los otros que Togliatti tenía el encargo de hacer propaganda al exterior de la exactitud de esos procesos (en contra de aquellos que él describía en sus artículos “agentes del fascismo en el seno del movimiento obrero”) y que continuó haciéndolo con tanto fervor que incluso en 1956, después de tres años de la muerte de Stalin y en la plenitud de la así llamada “desestalinización”, seguía defendiendo la sustancial corrección de aquellas monstruosas falsificaciones que llevaron a la masacre a centenares de revolucionarios, llamándolos “terroristas”?

No sabemos si la tesis de Lo Piparo acerca del cuaderno desaparecido será de alguna manera comprobada: es decir, si se encontrará alguna vez el cuaderno. En todo caso, es bueno recordar que, si existiera, Gramsci lo habría escrito en el último período de su vida cuando, en la clínica Quisisana, se entretenía con Sraffa (fue el proprio Sraffa a testimoniarlo a Leonetti) sobre los Procesos de Moscú, de los cuales hablaba con disgusto por las falsas “confesiones” arrancadas (con la pistola a la sien de los parientes) a grandes revolucionarios que “se declaraban culpables” de inexistentes conspiraciones urdidas junto a los fascistas y a Trotsky contra Rusia.

La ruptura entre Gramsci y Togliatti

Decenas de documentos salidos de los archivos rusos después del derrumbe del estalinismo y centenares de estudios históricos posibilitaron el conocimiento desde hace años de algunos hechos ciertos, que hasta los historiadores que quieren tratar de defender a Togliatti tuvieron que reconocer.

Aquí no podemos reconstruir, por razones de espacio, este enorme trabajo de verdadera excavación arqueológica, necesaria para sacar a la luz, por lo menos en parte, la historia real del PCI, que en tantas partes es muy diferente de aquella que se encuentra en la historia oficial de Paolo Spriano y los otros historiadores estalinistas autorizados. Intentaremos resumir algunas cosas, a esta altura comprobadas e irrefutables.

La carta de 1926

En el año 1926, poco antes de acabar preso, Gramsci adoptó una posición crítica hacia la cumbre del Partido comunista ruso y por eso tuvo un duro enfrentamiento con Togliatti. El 14 de octubre de 1926 escribió, en nombre de la dirección italiana, al Comité Central del PC ruso. Aquella carta no señala para nada, a diferencia de lo que sostuvieron quienes trataron de acreditar la imagen de un Gramsci más o meno trotskista en aquella época[13], que él tomó partido contra Stalin. Al contrario, en aquella carta (y en el siguiente intercambio con Togliatti) Gramsci sostuvo que en la línea general la mayoría rusa tenía razón contra Trotsky. Sin embargo, haciéndolo, Gramsci: a) criticó duramente los métodos empleados contra la oposición (en aquel entonces, dirigida por Trotsky, Kamenev y Zinoviev); b) escribió a la dirección de Stalin que con métodos semejantes que impedían el debate (y que luego llevarían –agregamos nosotros– a la expulsión de los opositores de los organismos dirigentes y después del partido) “hoy Uds. están destruyendo su obra, Uds. degradan y corren el riesgo de anular la función dirigente que el PC de la URSS había conquistado gracias al impulso de Lenin”; c) indicó a Trotsky, Kamenev y Zinoviev como “nuestros maestros”, los que “contribuyeron potentemente a educarnos para la revolución”.

Sobre todo, en la plenitud del enfrentamiento sobre la seudo‑teoría de la “revolución en un solo país” (que servía de cobertura a la burocracia para defender su propios privilegios burocráticos del desarrollo de una revolución internacional que los barrería), Gramsci llega a criticar a Stalin porque “(…) nos parece que Uds. [olvidan] que sus deberes de militantes rusos sólo pueden y deben ser cumplidos en el marco de los intereses del proletariado internacional”.

Repitamos: al escribir todo eso[14], de todas maneras Gramsci se alineó claramente (y eso no se debe olvidar en el juicio global sobre su figura, como diremos dentro de un rato) con la mayoría (es, decir, con Stalin), pero lo hizo tan críticamente que ya no podía ser aceptado en una Internacional comunista donde la práctica de la libre discusión interna, normal en los tiempos de Lenin y Trotsky, había sido borrada.

No fue por causalidad que Togliatti, que se hallaba en Moscú y recibió la carta, se negó a enviarla al Comité Central ruso. De ahí empezó un intercambio de cartas entre Togliatti y Gramsci en el que mientras que el primero (carta del 18 de octubre de 1926) explicaba por qué no era oportuno permitirse criticar la dirección de Stalin a riesgo de parecer equidistantes en el enfrentamiento ruso entre oposición y mayoría (a la que era preciso “adherir sin límites”), en cambio el segundo contestaba (carta del 26 de octubre de 1926) que esa actitud de Togliatti le hizo “una impresión penosísima” y que todo el razonamiento de Togliatti le aparecía “viciado de burocratismo”.

Fue la primera ruptura de hecho entre los dos. Algunos días después (8 de noviembre de 1926), Gramsci fue apresado y encarcelado por Mussolini.

El disenso de Gramsci en la cárcel

En la cárcel, Gramsci no compartió para nada las elecciones de la Internacional y, en particular, discordó seguramente sobre la línea del “tercer período” (o “socialfascismo”).

Al respecto existen a esta altura amplias pruebas que se suman a los testimonios directos: está el informe de Athos Lisa (en la cárcel junto a Gramsci) dirigido a la dirección del PCI[15]; el testimonio que Gennaro Gramsci (su hermano) dio en 1966 a Giuseppe Fiori, el biógrafo de Gramsci[16], en el que Gennaro afirmaría (el condicional se debe al hecho de que él murió luego haberse entrevistado con Fiori y no hay pruebas de esta conversación) que al enviar su informe al PCI[17] después de haber visitado a Gramsci en la cárcel, en el mes de junio de 1930, él mismo habría mentido ocultando al partido el disenso de Gramsci, que habría expresado posiciones semejantes a las de “los tres” (Tresso, Leonetti y Ravazzoli) que lucharon en aquel entonces en oposición a Togliatti y concordando con las posiciones de Trotsky. Según Fiori, Gennaro habría mentido para que el partido no expulsara a Gramsci, así como ya pasó con “los tres” (y tantos otros). La historiografía oficial del PCI nunca ha creído la versión de Fiori.

No hubo un acto de expulsión de Gramsci del partido, pero es seguro que los otros presos comunistas pidieron su expulsión justamente por el disenso con la línea oficial que él expresaba charlando con ellos. Entonces, como mínimo, se debe admitir –y lo hace hasta Valentino Gerratana, historiador del PCI y coordinador de la edición de 1975 de los Quaderni– que Gramsci estaba “bastante marginado” en la cárcel[18]. Si Gramsci no fue expulsado, fue sólo –como justamente afirma Antonio Moscato[19]– porque estaba claro que no sobreviviría a la cárcel y se prefería ocultar su disenso.

Gramsci expresó su disenso no sólo en las conversaciones con los otros presos comunistas, sino que trató también de hacer conocer su opinión a los otros dirigentes del PCI. Por ejemplo, lo hizo en una carta del 1 de diciembre de 1930[20] enviada a su cuñada Tania (que remitía todas las cartas a Togliatti). Aquí Gramsci criticó duramente el “carácter rudo” del marxismo que “se volvió imperante” en la Internacional dominada por Stalin.

Togliatti tenía conocimiento del disenso de Gramsci, ¿y qué hizo? En aquel entonces, a los disidentes se los expulsaba del partido, en el mejor de los casos; normalmente se los enviaba en un gulag o se los mataba. Sólo un historiador de parte (estalinista), como Paolo Spriano, pudo tener el descaro de escribir que Togliatti, aunque conociera el disenso de Gramsci, lo respetaba pues “Togliatti tiene como norma no dramatizar el disenso”[21].

La “extraña” carta de Grieco

En el mes de febrero de 1928 Grieco (brazo derecho de Togliatti) escribió tres extrañas cartas a Gramsci, Terracini y Scoccimarro, que estaban presos.

Se trata de cartas alrededor de las cuales los historiadores hasta ahora no se pusieron de acuerdo sino sobre el hecho de que son cuanto menos “extrañas”, casi parecen provocaciones, por supuesto no facilitan la posición de los presos.

Hay quien escribió que la carta de Grieco a Gramsci fue un acto de “imprevisión”: es la tesis de Aldo Natoli[22]; otros supusieron que podría haberse tratado de un falso de la policía fascista o hasta que el propio Grieco sería un infiltrado de los fascistas: es la tesis de Canfora[23]. La preocupación, tanto de Natoli como de Canfora, es sacar de toda responsabilidad a Togliatti por esa carta perjudicial. Otros, en particular Giuseppe Vacca, fácilmente demostraron que la tesis largo rato defendida por algunos –es decir, que la carta habría comprometido la posición procesal de Gramsci confirmando que era el principal dirigente del PCI– es infundada, pues los fascistas ya conocían el organigrama del PCI (obviamente secreto en aquel entonces), y sobre todo porque la carta llegó cuando el sumario del proceso a esta altura estaba concluido.

Es así. Pero la cuestión es otra. Ya es cierto que las sospechas de Gramsci a propósito de esa carta se referían no al proceso sino a las tentativas de su excarcelación. En efecto, numerosas pruebas sufragan –como reconocieron también Vacca y Rossi[24]– que Stalin no hizo nada para conseguir la liberación de Gramsci (y, agregamos, también en eso había acuerdo completo con Togliatti y el PCI).

En todo caso, lo que es importante es que Gramsci se convenció de que la carta de Grieco había sido escrita con intención, para que estallara la tentativa de su excarcelación porque, al leerla sus carceleros (a Gramsci la mostró su juez, que ironizó sobre los “amigos” que lo comprometían de aquella manera), se rompía el débil hilo que Gramsci estaba tejiendo. Eso era así porque en la carta se presentaba el posible canje de prisioneros no como una “concesión” de Mussolini a Moscú (en el marco de una relación entre Estados), sino como una victoria arrancada de manera picaresca por el PCI (algo que, claramente, no hacía más que irritar a Mussolini, induciéndolo a interrumpir toda negociación).

No sólo eso. Gramsci estaba convencido de que el verdadero mandante de aquella “extraña” carta era Togliatti. En una carta del 5 de diciembre de 1932 a Tania, Gramsci escribió que aquella carta había sido escrita por alguien “irresponsablemente tonto”, pero que él estaba convencido de que “alguien más, menos tonto, lo había inducido a escribir” (hay aquí una referencia evidente a Togliatti, del que Grieco dependía jerárquicamente en el partido).

Fue desde aquel momento que la ruptura con Togliatti, empezada en el año 1926, se volvió definitiva. Gramsci quedará convencido (lo demuestran todas las cartas expurgadas de la primera edición coordinada por Togliatti) que Togliatti quería dejarlo en la cárcel a causa de sus posiciones en disenso con aquellas dominantes en la Internacional, es decir, las de Stalin y Togliatti. Fue por esa razón que, saliendo de la cárcel para ingresar en la clínica, él pidió a su cuñada Tania (así lo referió Tania a su hermana Giulia, esposa de Gramsci, en una carta del 5 de mayo de 1937) que sus cuadernos no se dejaran en manos de Togliatti, descrito como “ex amigo” y que (en una carta del 27 de febrero de 1933) Gramsci incluía en aquel “organismo mucho más amplio” de “condenadores” que se juntó al Tribunal especial fascista para hacer que él no respirara más un aire sin los barrotes.

¿Gramsci estalinista?, ¿liberal?, ¿trotskista?

Cuando Gramsci murió, el órgano del PCI, Lo Stato operaio (El Estado obrero), escribió que en las obras elaboradas en la cárcel se percibía la influencia ejercidas sobre él del estudio de los escritos de Stalin. Ya vimos la profunda falsedad de esta afirmación. Sin embargo, desde hace ochenta años el pensamiento de Gramsci es disputado no sólo por los últimos estalinistas sino también por socialdemócratas y liberales. Quienquiera trata de acreditarse su herencia.

Como respuesta a estos forzamientos y falsificaciones, diferentes autores que de alguna manera se habían referido al trotskismo inclinaron el bastón en el sentido opuesto. Ya hablamos de las tentativas de Livio Maitán especialmente para acreditar la opinión de un Gramsci que, una vez que fuera conquistado a las posiciones de Lenin y a la batalla contra el izquierdismo de Bordiga, de hecho siempre se quedaría [como] un trotskista más o menos desavisado, pasando de manera lineal de la carta de 1926 al disenso del comienzo de la decada del ’30 hasta su muerte.

Mucho más ponderado nos parece el análisis realizado en su tiempo por Roberto Massari al presentar y publicar los Bollettini della Nuova Opposizione Italiana – NOI (Boletines de la Nueva Oposición Italiana – NOI) de Tresso, Leonetti y Ravazzoli. Justamente Massari (ver bibliografía) pone en evidencia las diferentes posiciones de Gramsci y separa un Gramsci que en Viena, a comienzos de 1924, recién regresado de una larga estadía en Moscú (de 1922 hasta el mes de noviembre de 1923) donde fue grandemente influenciado por el encuentro con Trotsky, inicialmente salió en defensa de la naciente Oposición rusa al estalinismo, de un Gramsci que durante el resto de 1924 y hasta 1926 fundamentalmente, se desinteresó del enfrentamiento en curso en Rusia, y en un marco nacional‑comunista sólo se preocupó por su lucha en Italia contra Bordiga; del Gramsci que en el mes de octubre de 1926 escribe para dar un apoyo débil, crítico y no argumentado a la mayoría de Stalin, pese a la reivindicación de su “maestro” Trotsky, del Gramsci que en la cárcel desarrolló posiciones objetivamente hostiles a las diferentes piruetas de la política estalinista hasta ponerse en los hechos fuera del partido de Togliatti.

No estamos convencidos por las conclusiones de Massari, que tiende a redimensionar las graves faltas de Gramsci (aun reconociéndolas) y que termina por defender, aunque con argumentos muy diferentes de aquellos de Maitán, que fundamentalmente la propia Noi –es decir, la primera forma de trotskismo en Italia– nació bajo el signo de Trotsky y Gramsci. Conclusión renqueante porque Tresso y los otros hicieron justamente lo que Gramsci no hizo (tal vez, no lo descartemos aún, porque la cárcel limitó su capacitad de entender hasta el final la situación); o sea, se alinearon con Trotsky y entonces continuaron con él la “última batalla de Lenin”, aquella contra la degeneración burocrática de la Internacional Comunista.

Sin embargo, esta diferenciación entre diferentes períodos de Gramsci, sobre el que por primera vez Massari llamó la atención, es de gran importancia. Entonces, son importantísimas (y a menudo subestimadas) las cartas de Gramsci a Togliatti, Terracini, etc., escritas en los primeros meses de 1924 desde Viena. En ellas[25], Gramsci escribía que en 1917 “Lenin y la mayoría del partido habían pasado a las concepciones de Trotsky” (sobre la revolución permanente), mientras que en la oposición a esta línea (es decir, la que llevó a la revolución triunfante) se quedaban Kamenev y Zinoviev, que estuvieron cerca de la ruptura. Entonces –escribía Gramsci– Trotsky se preocupa con razón “de un regreso a la vieja mentalidad” (esto es, a las posiciones de Kamenev y Zinoviev en 1917), “que sería perjudicial para la revolución”. Recuerde el lector que en 1924 Kamenev y Zinoviev todavía eran aliados de Stalin.

Entonces, fue en el comienzo del año 1924 que Gramsci se manifestó de acuerdo con Trotsky; sin embargo, es cierto que a estas palabras no corresponderá en el siguiente período crucial una real participación suya en la lucha llevada por el verdadero bolchevismo contra Stalin; más bien, en la carta de 1926 ya mencionada él sólo se limitó a poner reparos o, mejor dicho, a apoyar a Stalin, aunque muy críticamente. ¿Por qué? ¿Fue una incomprensión de la verdadera puesta en juego? ¿O bien una gigantesca falta de valoración? Es difícil de decir.

El hecho es que –es justo reconocerlo– tomar partido de manera abierta con la batalla internacional de Trotsky, durante un tiempo, en Italia, fue sólo Amadeo Bordiga. Y lo hizo a partir del VI Ejecutivo ampliado de la Internacional, en el mes de marzo de 1926, cuando solicitó una cita de la delegación italiana con Stalin y lo atacó duramente. Y Stalin le contestó: “¡que dios se apiade de Ud. por haberlo hecho!”. No sabemos si dios absolvió a Bordiga perdonándole el infierno al que somos destinados todos nosotros, comunistas; por supuesto Stalin no lo absolvió.

Entonces, fue Bordiga quien sostuvo a Trotsky, el propio Bordiga contra el que Trotsky había armado desde un punto de vista teórico a Gramsci en 1922‑1923, para que, una vez regresado a Italia, desarrollara aquella necesaria lucha politica para librar al PCI de los daños del izquierdismo, que habían paralizado su acción en los años iniciales (lucha terminada con la aplastante victoria de Gramsci al Congreso de Lyon de 1926, llevada todavía con métodos no exactamente democráticos). Por otra parte, en los años siguientes Bordiga no dio curso a ese corto acercamiento a Trotsky y retomó, con sus seguidores, un recorrido que justamente Trotsky describió como el de una “secta muerta” que confía “que la vanguardia del proletariado se convenza sola, a través del estudio (…) de la exactitud de sus posiciones”[26].

¿Y Gramsci? Es verdad que en la cárcel, Gramsci, sobre algunas posiciones, desarrolló una actitud semejante a aquella de la Oposición trotskista, pero también maduró posiciones que, aun cuando no fueron de escarnio de Trotsky, por supuesto no coincidían con el programa de la revolución permanente. En efecto, muchas son las ambigüedades de las últimas posiciones de Gramsci, muchos son los conceptos que es difícil considerar como un desarrollo del marxismo sobre sus bases. No podemos aquí dedicar el espacio necesario para analizar, además de las elecciones políticas (como acá hemos hecho), también los textos de Gramsci: nos proponemos hacerlo en un próximo artículo.

A una cierta canonización de Gramsci y a una supervaloración de los Quaderni concurrió no sólo el estalinismo (que tenía la intención de falsearlo), sino también muchos anti‑estalinistas que trataban de alguna manera de rescatar a Gramsci bajo las incrustaciones de la falsificación estalinista.

El estudio sobre la figura de Gramsci y cuanto de su obra puede aún hoy servir a los revolucionarios debe ser continuado, sin silenciar sus gravísimos errores centristas y, entre ellos, en particular el de no haber tomado partido, en el momento decisivo, con Trotsky y la Oposición bolchevique. Sin embargo, y esta es la conclusión de esta larga reflexión nuestra, no cabe duda de que, prescindiendo de la existencia o no del cuaderno, planteada por Lo Piparo, la figura de Gramsci de ninguna manera puede ser reivindicada por los estalinistas y ni siquiera por los reformistas o los liberales. Gramsci siempre pensó con su cabeza y, a diferencia de Togliatti, nunca se doblegó a respaldar, por oportunismo burocrático, posiciones que no compartía. Por eso, más allá de sus errores centristas, fue un revolucionario no asimilable, pese a los esfuerzos de sus “intérpretes” deshonestos, a cualquier defensa del orden de las cosas existentes y a la colaboración de clases.


Notas
 
[1] Franco Lo Piparo, L'enigma del quaderno. La caccia ai manoscritti dopo la morte di Gramsci ((El enigma del cuaderno. La caza a los manuscritos después de la muerte de Gramsci). Los extremos de este y los demás libros citados se encuentran, si no están mencionados aquí, en la nota bibliográfica en estas páginas.

[2] Lo Piparo ya se ocupó de Gramsci en diferentes trabajos anteriores: algunos dedicados a cuestiones lingüísticas y otro, más reciente, a la reclusión de Gramsci (ver Nota bibliográfica).

[3] Muchas veces Guido Liguori volvió a ocuparse del tema. Véanse, a propósito del libro anterior de Lo Piparo, “L’invenzione di un teorico liberale. Antonio Gramsci secondo Franco Lo Piparo” (La invención de un teórico liberal. Antonio Gramsci según Franco Lo Piparo), il manifesto 2 de febrero de 2012, y “Un revisionismo storico in nome del bene assoluto” (Un revisionismo histórico en nombre del bien absoluto), il manifesto 2 de marzo de 2012); y, luego “Una spy story colma di congetture irrisolte” (Una novela de espionaje llena de suposiciones no resueltas), il manifesto 19 de febrero de 2013, que se refiere al libro de Lo Piparo recién publicado (ver nota 1).

[4] L. Cavallaro, “Gramsci, mille e una eresia” (Gramsci, mil y una herejías), il manifesto, 11 de enero de 2012).

[5] Ver B. Gravagnuolo, “D'Alema: falsità su Gramsci per delegittimare i partiti” (D’Alema: falsedades para deslegitimar los partidos), l’Unità, 8 de junio de 2012.

[6] Véanse varios artículos de Simonetta Fiori en Repubblica y, en particular, “Gramsci: manca un pezzo?” (Gramsci: ¿falta un pedazo?), 2 de febrero de 2013; “Il quaderno di Gramsci? È solo voglia di scoop” (¿El cuaderno de Gramsci? Es sólo gana de exclusiva), 10 de febrero de 2013, entrevista al estudioso de Gramsci, Joseph Buttigieg, que ridiculiza todo (pero sin tener ni pizca de argumento) hablando de una extravagancia.

[7] De D’Orsi véase “Gramsci nella guerra dei mondi” (Gramsci en la guerra de los mundos), La Stampa, 15 de marzo de 2012.

[8] Al referirse al libro de Lo Piparo sobre “las dos cárceles de Gramsci” (en que se adelantaba la tesis del cuaderno desaparecido), Gianni Francioni (l’Unità, 2 de febrero de 2012) trata, asiendo las ramas, de dar una explicación de las diferentes etiquetas sobre las tapas de los cuadernos. Pero, el 15 de febrero de 2012, Lo Piparo (l’Unità: “Quaderno 32, il mistero c'è” [Cuaderno n.° 32: hay misterio]) le contesta con argumentos sensatos y convincentes (por otra parte, ulteriormente desarrollados y apoyándose sobre pruebas y peritajes en el libro recién salido y dedicado al tema: ver nota 1).

[9] A. Gramsci, T. Schucht, Lettere 1926-1935 (Cartas 1926‑1935), al cuidado de A. Natoli y C. Daniele.

[10] Entrevista de Eugenio Manca a Valentino Gerratana en Gramsci, le sue idee nel nostro tempo, (Gramsci, sus ideas en nuestro tiempo, editora l’Unità, 1987).

[11] Ver la carta citada por Lo Piparo en pág. 115 de su libro L’enigma del quaderno, y también reproducida en la versión original (en alemán) en el apéndice del mismo libro.

[12] Véase nuestro artículo sobre el Testamento, en apéndice al ensayo “L’attualità di un partito di tipo bolscevico” (La actualidad de un partido de tipo bolchevique), Trotskismo oggi (Trotskismo hoy), n.° 2, junio de 2012.

[13] Una interpretación de esa clase se encuentra sobre todo en los textos de Livio Maitán y Antonio Moscato: ver ficha bibliográfica.

[14] Esta carta quedó largo rato desconocida. Se publicó por primera vez por Angelo Tasca, en Francia, en 1938, y en Italia en 1954 por Bandiera Rossa (Bandera Roja), órgano de los trotskistas italianos.

[15] El informe de Athos Lisa, destinado a Togliatti, “Informe sobre la situación personal de Gramsci”, 13 de febrero de 1933, es también citado por Spriano en el libro Gramsci in carcere e il partito (Gramsci en la cárcel y el partido), páginas 150‑154.

[16] Ver G. Fiori, Vita di Antonio Gramsci (Vida de Antonio Gramsci).

[17] El informe de Gennaro Gramsci fue encontrado por Silvio Pons (del Instituto Gramsci) en el mes de julio de 2003, en los archivos de la Comintern. Puede leérselo en el apéndice al libro de Vacca‑Rossi señalado en la ficha bibliográfica.

[18] Ver la entrevista citada en la nota 10.

[19] Véanse en la página web antoniomoscato.altervista.org, varios textos de Antonio Moscato dedicados a la reconstrucción de la historia del comunismo falseada por el estalinismo. Aunque no coincidiendo a menudo con las conclusiones de Moscato sobre Gramsci (así como sobre otros temas), creemos que sus textos son en cualquier caso fuente de eficaces indicaciones por lo menos desde un punto de vista histórico (seguramente no desde un punto de vista político, al ser Moscato un dirigente de la semi‑reformista organización Izquierda Crítica, ligada al mandelismo y ahora disuelta).

[20] Ver A. Natoli, Antigone e il prigioniero (Antígona y el prisionero), pág. 150.

[21] El increíble reconocimiento de Spriano a Togliatti se encuentra en el libro del primero, de 1977, citado en la bibliografía (pág. 53 de la edición de 1988).

[22] Ver A. Natoli, op.cit.

[23] Canfora vuelve a interesarse por la “extraña” carta de Grieco, tanto en su libro La storia falsa (La historiafalsa), Rizzoli 2008, como en el más reciente Gramsci in carcere e il partito (Gramsci en la cárcel y el partido).

[24] Sobre los esfuerzos hechos (o no hechos) por Moscú para lograr la liberación de Gramsci, véase el libro de Rossi y Vacca (ver bibliografía). Los autores escriben: “Evidentemente Stalin no sentía interés en pedir su liberación (…) la liberación de Gramsci, crítico hacia la política de la URSS desde el año 1926, representaría un problema menos para Mussolini y uno más para Stalin”.

[25] Extensos pasajes de la carta se encuentran en la antología coordinada por Massari sobre la Nueva Oposición Italiana (ver bibliografía).

[26] L. Trotsky, Scritti sull’Italia (Escritos sobre Italia), pág. 177 de la edición citada en la bibliografía).


Indicaciones bibliográficas
 
La bibliografía de estudios sobre Gramsci incluye miles y miles de textos. Nos limitamos aquí a indicar algunos entre los más importantes, que hemos aprovechado para escribir este artículo y, en particular, varios textos publicados en los últimos años, que echaron nueva luz sobre hechos polémicos.

Por lo que se refiere a interpretaciones no estalinistas de Gramsci, señalamos cuatro textos: Livio Maitán, Il marxismo rivoluzionario di Antonio Gramsci (Nei, 1987), (El marxismo revolucionario de Antonio Gramsci); Antonio Moscato, “Togliatti e Gramsci. Tra Bucharin e Stalin” (Togliatti y Gramsci. Entre Bujarin y Stalin), en Il filo spezzato. Appunti per una storia del movimento operaio (Adriatica, 1996), (El hilo quebrado. Apuntes para una historia del movimiento obrero); y, siempre de Moscato, “Mito e verità nell'azione di Togliatti” (Mito y verdad en la acción de Togliatti) en Sinistra e potere (Sapere 2000, 1983) (Izquierda y poder); pero, sobre todo (por las razones explicadas en el artículo), la excelente introducción de Roberto Massari al libro de Autores Varios, All’opposizione nel Pci con Trotsky e Gramsci (ed. Controcorrente, 1977, poi ristampato da Massari editore, 2004) (A la oposición en el PCI con Trotsky y Gramsci).
Para ahondar en el tema de las Cartas y de sus varias edicciones y manipulaciones son útiles: Antonio Gramsci, Tania Schucht, Cartas 1926‑1935, a cuidado de Aldo Natoli y Chiara Daniele (Einaudi, 1997); y Aldo Natoli, Antigone e il prigioniero (Antígona y el prisionero) (Editori Riuniti 1990).

Para hacerse una idea de la lectura justificacionista de Togliatti, véase el último trabajo de Paolo Spriano, Gramsci in carcere e il partito (Gramsci en la cárcel y el partido), Editori Riuniti, 1977, reimpreso con nuevos apéndices en 1988 por l’Unità. Una interpretación relativamente más crítica está en Giuseppe Fiori, Gramsci, Togliatti, Stalin (Laterza, 1991), además de la clásica biografía de Fiori Vita di Antonio Gramsci (Vida de Antonio Gramsci), Laterza, 1966, recientemente reimpresa por la misma editorial.

En el artículo también nos referimos a: Gramsci a Roma, Togliatti a Mosca. Il carteggio del 1926 (Gramsci en Roma, Togliatti en Moscú. La correspondencia de 1926), coordinado por Chiara Daniele y con un ensayo de Giuseppe Vacca (Einaudi, 1999); y además a Angelo Rossi, Giuseppe Vacca, Gramsci tra Mussolini e Stalin (Gramsci entre Mussolini y Stalin), editorial Fazi, 2007.

Los libros más recientes e interesantes sobre esos asuntos son: Giuseppe Vacca, Vita e pensieri di Antonio Gramsci, 1926-1937 (Vida y pensamiento de Antonio Gramsci), Einaudi, 2012; la reedición de 2012 (revisada) de un libro del 1996 de Guido Liguori, Gramsci conteso. Interpretazioni, dibattiti e polemiche 1922-2012 (Gramsci contendido. Interpretaciones, debates y polémicas 1922‑2012), Editori Riuniti, 2012; los dos libros de Luciano Canfora publicados en 2012 por editorial Salerno: Gramsci in carcere e il fascismo (Gramsci en la cárcel y el fascismo); Spie, Urss, antifascismo. Gramsci 1926-1937 (Espías, URSS y antifascismo. Gramsci 1926‑1937).

Finalmente, la inspiración de este artículo nació de dos libros de Franco Lo Piparo publicados recientemente: I due carceri di Gramsci. La prigione fascista e il labirinto comunista (Las dos prisiones de Gramsci. La cárcel fascista y el laberinto comunista), editorial Donzelli, 2012; y L’enigma del quaderno. La caccia ai manoscritti dopo la morte di Gramsci (editorial Donzelli, 2013).

Por último (pero no por importancia), aconsejamos la lectura de los Scritti sull’Italia (Escritos sobre Italia) de León Trotsky (editorial Controcorrente, 1979, reimpresos recientemente por editorial Massari; en el artículo citamos la edición de 2001), en la que se encuentran los primeros intercambios entre Trotsky y los bordiguistas y entre Trotsky y la naciente oposición trotskista en Italia.

Traducción del italiano: Valerio Torre.
Lea también  Chile: el fin de la vía pacífica [Revista de América, 1973]