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Recientemente, el presidente Jair Bolsonaro afirmó tener mucha identificación con el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, considerado de extrema derecha y que estuvo presente en su asunción al cargo el día 1 de enero. El húngaro lo felicitó por la victoria electoral y el brasileño le aseguró que serán “grandes socios en el futuro”.

Por Mikos Puzser, de Múnich

En lo que respeta a las medidas restrictivas contra los migrantes, el presidente brasileño afirmó que fue “contra la última ley nuestra de inmigración, que transformó el Brasil en un país sin fronteras”. Por su lado, Orban, en medio del auge de la crisis humanitaria en Europa, en 2015, mandó construir cercas de alambre de púas a lo largo de las fronteras con Serbia y Croacia, para impedir la entrada de los refugiados.

Victoria de la extrema derecha

Viktor Orbán y su partido nacionalista de derecha Fidesz (Alianza de los Jóvenes Demócratas) – Unión Cívica Húngara, fue reelecto para un tercer mandato consecutivo en el 2018, con casi el 50% de los votos. Elecciones en las que participó casi 70% de la población. Con esta victoria, junto con el Partido Popular Demócrata Cristiano, detentan dos tercios del parlamento. Pero no todo son buenas noticias para él. Orban sufre graves denuncias de corrupción y desvío de fondos públicos a favor de su yerno y de varios ministros y empresarios del Fidesz.

La historia del Fidesz tiene que ver con la restauración del capitalismo en Hungría, al final de los años 80 y en los años 90.

El régimen stalinista en Hungría fue uno de los primeros que se abrió al capitalismo, cuando los propios “comunistas” sacaron de la dirección del Partido Comunista (PC) a Janos Kadar y nuevos dirigentes asumieron el gobierno. Pero esa transición, a pesar de haber evitado una insurrección como en Rumania, no significó ninguna estabilidad. Como la restauración significaba el retorno del capitalismo con todos sus males, los trabajadores y el pueblo húngaro tuvieron que enfrentar una caída de su nivel de vida y varias crisis sucesivas, es decir, lo opuesto del desarrollo que esperaban en la economía húngara.

Desde esa época, varios partidos surgieron intentando capitalizar el descontento social y el odio al régimen del PC, tratando de aparecer como salidas ‘nacionalistas’ o liberales pero, cada uno de ellos sólo empeoraba la situación y llevaba cada vez más a la economía a una sumisión al imperialismo (en especial a los imperialismos europeos, encabezados por Alemania). La caída de las condiciones de vida de la población no tenía fin.

La trayectoria del partido de Orban, en 1990, tuvo 9% de los votos y, en 1994, cayó a 7%. Pero, en esta época, las fábricas, tierras agrícolas, bosques y negocios fueron privatizados, con la entrada de inversión extranjera y la destrucción y cierre de fábricas, que causó un desempleo que llegó a un millón de personas. Muchos de los nuevos pobres, fruto de la vuelta del capitalismo, se transformaron en nacionalistas y liberales. Cayeron en la cuenta de que las privatizaciones habían sido exageradas, y de que la riqueza nacional se había perdido. Orbán trató de construir su plataforma sobre esta base política, intentando aparecer como “nacionalista”, a pesar de ser sumiso al capital internacional, justificando así un régimen autoritario que pudiera “defender a la nación” de los ataques.

Eso dio base para que el Fidesz ganase las elecciones en 1998, formando un gobierno de coalición, que preparó la entrada en la Unión Europea. Sin embargo, perdió las elecciones del 2002, a favor de los socialistas.

Orbán retornó al poder en el 2010, impulsado por un discurso radical frente a la crisis económica mundial del 2007-2008. Desde entonces conquistó una mayoría de dos tercios en el parlamento. Con eso reformó la Constitución y enfatizó valores cristianos-conservadores; restricción para la libertad de prensa; una nueva ley de medios de comunicación que transformó la televisión pública, la radio y la agencia estatal de noticias, en portavoces del gobierno; y de reformas constitucionales centralizadoras del poder en el poder judicial y del banco central. El Parlamento aprobó la ley de los “nuevos tribunales” que supervisan casos de la administración pública y cuestiones laborales. Con eso el Fidesz, en el poder, vio su influencia política aumentada, principalmente en el sistema judicial.

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En los últimos años, Orbán hizo un discurso semejante a los de líderes polacos actuales y a Salvini de Italia, echando la culpa de las pérdidas de los trabajadores nativos a los inmigrantes, es decir, asumiendo una posición xenófoba y defensora de la soberanía, engañando a sus electores con una retórica falsa, pues es dependiente totalmente de la Unión Europea. El tema en que polariza con la Unión Europea, y es su principal “marca registrada”, es el rechazo de una política migratoria común, oponiéndose al sistema de cuotas, acordado por mayoría, no acogiendo exilados que hoy viven en Italia o en  Grecia. Orbán considera a los inmigrantes irregulares como “invasores”, “una amenaza a la soberanía de Hungría y a la conservación de su identidad”, que puede ser invadida por “hordas de indocumentados musulmanes”.  Eso, en un país que solamente cuenta con 1,5% de extranjeros.

Las reformas del Estado le dieron condiciones jurídicas para desarrollar su política migratoria, que prevé detenciones sistemáticas y deportaciones de los detenidos; la ayuda a inmigrantes y refugiados es considerada un delito. Además de sobretasas a las ONGs que apoyan la inmigración de alguna manera.

El gobierno también apoya acciones conservadoras como la cancelación del músico Billy Elliot, en Budapest, luego de denunciar que éste podría “transformar en homosexuales a las niñas y los niños húngaros”.

Con esto, pasó a ser referente para sus vecinos, Italia y la Liga de Matteo Salvini y el Movimiento 5 Estrellas; el ultraderechista Partido de la Libertad de Austria; la AfD, de derecha radical de Alemania; y el ultraconservador Ley y Justicia (PiS) de Polonia. En ese mismo sentido, reforzó el llamado al Grupo de Visegrad (V4), que incluye a Polonia, Eslovaquia y a la República Checa.

“Nacionalismo” sostenido por la Unión Europea

Orbán alardea que sus medidas económicas, que llama de “Orbanomics”, llevaron al crecimiento del PIB (creció al 4%) y reducción del desempleo, (de más del 11% cayó para 3.8%), principalmente gracias a un programa de empleo público, en tareas como limpieza de escuelas y calles, donde las personas reciben un poco más que el seguro de desempleo. Pero, también, porque es el país que tiene los salarios más bajos de toda la Unión Europea, incluso para los profesionales altamente calificados; hay leyes que limitan, casi prohibiendo, el derecho de huelga; y reducen impuestos de las empresas, que ya era el menor de toda la región. Orban prometió un millón de empleos en 10 años, y dice que ya llegó a 740.000.

Pero, fundamentalmente, a pesar de toda la mentira del discurso nacionalista –de declarar que enfrenta a los imperios (reivindica que “luchar contra los imperios es una tradición húngara. Primero contra los turcos, después al imperio austríaco, los nazis y los comunistas en el siglo XX y, ahora, el imperio europeo” –, la verdad es que el equilibrio financiero de Hungría se mantiene gracias a los financiamientos externos y, por eso, mantienen una extrema dependencia de las naciones extranjeras. Los fondos de la Unión Europea sustentan al país, llegan a 5 mil millones de dólares al año. Lógicamente, no se trata de una ‘ayuda’: las multinacionales alemanas y francesas ganan mucho con eso. Sin hablar que el 25% de las exportaciones húngaras van para Alemania, y 300.000 personas trabajan para compañías alemanas en Hungría. Pero Orbán se presenta como ‘independiente’ y usa una retórica nacionalista.

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Por otro lado, Orbán trata de fortalecer los lazos con sus vecinos del este, con el mismo perfil político. A fines de 2009, Orbán fue a San Petersburgo, para asistir al congreso de “Rusia Unida”, comandado por Vladimir Putin. Con eso, trata de mantener buenas relaciones con el autócrata ruso y chantajear a la UE, pues ya tienen planes de pedir dinero a Rusia, China y Turquía. Hoy, el país depende de la energía rusa, principalmente del petróleo y energía nuclear.

Autoritario y xenófobo

Viktor Orban, de 54 años, fue un líder estudiantil que luchó contra la dictadura stalinista. Por eso, en los primeros años, luego de la caída del régimen, se presentó durante un tiempo como la gran promesa ‘liberal’ de las nuevas democracias de Europa Oriental. Hoy, ese político tuvo como eje de campaña: “proteger a Hungría de la inmigración y refugiados”. Se presenta como el gran defensor y el salvador de los “valores cristianos tradicionales”, conservador, nacionalista, euroescéptico, defensor del “estado antiliberal”, de un gobierno autoritario, xenófobo y nepotista. A partir de sus relaciones con el gobierno, Orbán es hoy uno de los hombres más ricos de Europa (es dueño de un conglomerado de comunicaciones, con 176 empresas y medios de comunicación).

Se dice enemigo de burgueses imperialistas, considerados democráticos, como Hillary Clinton y Angela Merkel. Su archienemigo es George Soros, el multimillonario húngaro que está ligado al Partido Demócrata de EEUU, a quien acusa de ser ‘judío capitalista’; de la misma forma en que denuncia a la “estrella” de la marca Heineken, una  multinacional holandesa, por ser un símbolo del “comunismo”. De acuerdo con su jefe de gabinete, Janos Lazar, existe una “fiebre de sensibilidad” de los húngaros, que “sufrieron con el comunismo y su dictadura”. Pero, en realidad, eso es parte de la retórica actual de la extrema derecha, pues no tiene ningún problema con dictaduras, como las de Vladimir Putin, Recep Tayyip Erdogan, o la de Xi Jinping en China.

La UE coexiste con Orbán

Incluso el Parlamento Europeo, conocido por su negligencia en la defensa de los derechos humanos, decidió abrir un proceso en contra de Hungría por “riesgo de grave violación de los valores y derechos fundamentales”, por lo menos para mantener las apariencias. El proceso podría llevar a la pérdida del derecho al voto en las decisiones del bloque europeo, mas esta no sería la principal sanción. Hungría y Polonia están entre los países del bloque que más se beneficiaron de los fondos comunitarios europeos.

Si, de hecho, la Unión Europea quisiera realizar alguna presión, podrían cortárselos. No lo hace porque perjudicaría a las multinacionales europeas, principalmente a las francesas y alemanas. Pero, como dice Michael Ignatieff, presidente de la Universidad Centro-europea (obligada por la persecución del gobierno a cambiarse para Viena), la Unión Europea tiene “complicidad y conformidad” con Orban. Por ejemplo, su partido Fidesz, sigue siendo miembro del Partido Popular Europeo (PPE), que es sostén del gobierno de Merkel.

Protestas en Hungría

Debido a las pésimas condiciones de trabajo en el país, se dio la inmigración de 600 mil trabajadores hacia otros países de la UE que, combinado con el fin del flujo de inmigrantes, provocó la necesidad de mano de obra.

Por eso, el gobierno de Orbán resolvió promover una reforma laboral, que ya es conocida como la “Ley de los esclavos”, que aumenta de 250 a 400 el número máximo de horas extras permitidas por año, una semana de seis días de trabajo, y autoriza a los empresarios a pagar esas horas extras en hasta 36 meses. La ley responde a la necesidad de escasez de mano de obra, y busca beneficiar a las grandes empresas manufactureras internacionales. En el 2015, el gobierno ya había concretado un programa para incentivar a los jóvenes a regresar a sus hogares, ofreciendo casa y haciendo promesas laborales, mejores condiciones de trabajo, aunque más precarias que el resto del continente, pero no funcionó.

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Así, la paciencia de los trabajadores y de la juventud con ese modelo comenzó a agotarse. Comenzaron las protestas, a partir del momento en que algunos diputados de la oposición reclamaron en el predio de la televisión estatal y fueron brutalmente reprimidos y expulsados por las fuerzas de seguridad de una empresa privada, propiedad del ministro del Interior, el general Pintér. Comenzaron los cortes de calles y las manifestaciones, convocadas por Internet, con folletos, panfletos, canciones, videoclips, gifs, y memes.  Y alcanzaron el punto alto el domingo 16 de diciembre del 2018, con cerca de 20 mil personas marchando en Budapest. Y, además, hubo protestas en otras ciudades como: Szeged, Békéscsaba, Debrecen, Miskolc, Veszprém, y Györ. Con las investigaciones se determinó que

83% de la población está contra esta “Ley de horas extras”.

El alegato del gobierno es que si trabajan más, van a ganar más, pero…sólo de aquí a algunos años. Y denuncia que las protestas son obra de mercenarios extranjeros, pagados por George Soros, como parte de una “trama judeo-masona-iluminate”, causada por “marxistas culturales”, “feministas”, “globalizadores cosmopolitas,” y por el “lobby gay”.

Los trabajadores de Hungría están mostrando el camino

Podemos sacar algunas conclusiones sobre la experiencia de Hungría que pueden servir para el Brasil. Una de ellas es que, a pesar de las victorias electorales de organizaciones y partidos más a la derecha, los trabajadores realizan su experiencia concreta a partir de las medidas que toman estos gobiernos, con relación a sus condiciones de vida y trabajo, y se lanzan a la lucha para defender sus derechos.

O, como dice el filósofo húngaro Gaspar Miklós Tamás: “Después de las amargas decepciones de los últimos 15 años, la política electoral quedó en segundo plano; nadie parece estar interesado en ella”.

Bolsonaro piensa que se está asociando a una ola creciente que va a colocarlo en la cúspide un fenómeno internacional ‘antiglobalización’ y quedó feliz por tener, en su acto de posesión, a  Orbán, Netanyahu y al Secretario de Estado de Trump. Pero, cuando los ataques de este gobierno comiencen a afectar los derechos de la clase trabajadora, la reacción vendrá, y Bolsonaro tendrá que enfrentarse con luchas cada vez más organizadas, como ocurre hoy en Hungría.

Traducción Laura Sánchez