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Hungría está en ebullición social. A pesar de las temperaturas bajo cero, entre 15 y 20 mil personas marcharon el pasado domingo 16 en la capital, Budapest, para rechazar una perversa reforma laboral promovida por el gobierno de ultraderecha de Viktor Orbán, un tirano que controla el poder con mano de hierro desde 2010.

Por Daniel Sugasti

El primer ministro húngaro es conocido por ser un rabioso defensor del cierre de las fronteras europeas a los refugiados. En ese sentido, ha blindado su país con muros de alambre para evitar la entrada de miles de inmigrantes, sobre todo provenientes de Medio Oriente, personas completamente desamparadas que arriesgan sus vidas para escapar de la devastación de países como Siria, y que intentan mejor suerte en Europa. Orbán, por ejemplo, sostiene que todo inmigrante es un potencial “terrorista” que pondría en peligro los “valores cristianos de Europa”. En ese mismo contexto, marcado por aberrantes declaraciones y medidas xenófobas, pasó a defender la pena de muerte.

La reforma laboral que detonó la crisis actual, y que fue denominada por los manifestantes como la ley de la esclavitud, aumenta de 250 a 400 el número máximo de horas extras permitidas por año. Esto, además de imponer en la práctica una semana laboral de seis días, autoriza a los empresarios a pagar esas horas extras en un plazo de hasta 36 meses.

Es evidente, entonces, que estamos delante de una medida de superexplotación de la clase trabajadora, impuesta por una dictadura corrupta y rechazada por su propio pueblo. La LIT-CI expresa su completo e incondicional apoyo a la causa del pueblo húngaro. Exhortamos a todas las organizaciones sociales y a la izquierda en general a rodear de solidaridad a esta justa lucha.

El movimiento húngaro, cuya dinámica todavía es difícil de precisar, aparentemente está en aumento. Además de Budapest, también hubo protestas en otras seis grandes ciudades: Szeged, Békéscsaba, Debrecen, Miskolc, Veszprém, y Györ.

Las manifestaciones, hasta ahora relativamente “pacíficas”, ocurren desde el último miércoles (12/12), pero la jornada más tensa se dio el domingo.

La marcha fue apodada “Feliz Navidad, señor primer ministro”, en alusión a un debate parlamentario en el que Orbán, interrogado por la oposición acerca de sus políticas, se limitó a desear “felices fiestas”.

Miles de personas se dirigieron, luego de una marcha por la capital y que pasó frente al parlamento, a la sede de la televisión pública, MTV, vocera oficial del gobierno. El resultado: fueron reprimidas con gases lacrimógenos y chorros de agua. Se dieron, además, escaramuzas entre policías y manifestantes.

Las protestas han sido convocadas por los sindicatos, estudiantes, y casi todos los partidos de oposición. La propia votación de la reforma laboral (13/12) fue tumultuada, incluso con ocupación de la mesa del parlamento por algunos diputados opositores. Hay crisis “por arriba”.

Orbán

Hay que resaltar que este no es el primer ataque de Orbán en contra de la clase obrera. Anteriormente aprobó una ley que limita –en realidad, casi ilegaliza– el derecho de huelga. Por otro lado, redujo los impuestos a las empresas, que ya era el menor establecido en toda la Unión Europea (UE).

El gobierno alega que la ley de la esclavitud  es necesaria debido a la supuesta escasez de mano de obra. De hecho, en los últimos años, más de 600 mil húngaros dejaron el país, hartos de la dictadura y de las pésimas condiciones económicas  y sociales.

Orbán, utilizando ese indicador alarmante, argumenta que la única manera de “compensar” la “falta” de fuerza de trabajo es aumentando la carga horaria de los trabajadores locales.

El gobierno también respondió a las protestas utilizando un discurso trillado: todo se trataría de una “conspiración” financiada por el multimillonario George Soros, o bien por “fuerzas” que quieren inundar Hungría de “peligrosos” inmigrantes. El sábado, el partido oficialista de Orbán, el Fidesz, denunció que “criminales están por detrás de los tumultos en las calles”.

Es decir, además de la represión directa, está en marcha toda una campaña de desprestigio y calumnias en contra de las protestas sociales.

Pero un hecho ya es evidente: esta es la mayor ola de protestas en contra del dictador Orbán desde que asumió el gobierno. Se hace necesario redoblar las manifestaciones y precisar el programa del movimiento, que debería plantearse ir hasta el final y encarar la lucha para derrocar al dictador antiobrero, xenófobo, y de ultraderecha que propone “esclavizar” todavía más las normas laborales.

También se hace indispensable, en nuestra opinión, una política para incorporar a la clase obrera, organizada y no organizada, para sumarla a la juventud y a los demás “indignados” que enfrentan al gobierno. Esta sí sería una fuerza social irresistible no solo para acabar con la ley de la esclavitud sino para avanzar y echar a Orbán.