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Toda nuestra riqueza fue robada por el gran capital financiero y, al hacerlo, dejó la economía de rodillas. Por lo tanto, debemos salvarnos del gran capital financiero. Esa es mi sinopsis de un nuevo libro, “Stolen – how to save the world from financialisation”, de Grace Blakeley.

Por: Michael Roberts

Grace Blakeley es una estrella en ascenso en el firmamento de la izquierda radical del movimiento laborista británico. Blakeley se formó en política, filosofía y economía (PPE) en la Universidad de Oxford e hizo un master en estudios africanos. Después, Blakeley se tornó investigadora del Instituto de Pesquisa de Políticas Públicas (IIPPE), un “laboratorio de ideas” (think tank) de izquierda, y ahora se hizo corresponsal económica de la revista New Statesman. Bakeley es una comentarista regular de ideas de izquierda en varios medios de difusión en Gran Bretaña. Su perfil y popularidad llevaron su libro, publicado esta semana, a la lista de los cincuenta más vendidos por la Amazon.

Stolen – how to save the world from financialisation[1] es un relato ambicioso de las contradicciones y fracasos del capitalismo de posguerra, o más exactamente del capitalismo anglo-americano (porque el capitalismo europeo o asiático son poco mencionados y la periferia de la economía mundial es cubierta solo de pasada). El libro tiene como objetivo explicar cómo y por qué el capitalismo se transformó en un modelo de robo por la financierización, beneficiando a pocos mientras destruye (¿roba?) el crecimiento, el empleo y la renta de muchos.

Stolen lleva al lector por los varios períodos de desarrollo capitalista anglo-americano de 1945 hasta la Gran Recesión de 2008-2009, y más allá. Y termina con algunas propuestas de política para acabar con el robo con un nuevo modelo económico (pos-financierización) que beneficiará a los trabajadores. Eso es algo atrayente. Pero, ¿es correcto el relato de Blakeley sobre la naturaleza del capitalismo anglo-americano moderno y sobre las causas de crisis recurrentes en la producción capitalista?

Tome el título del libro de Blakeley: “Robado”. Es un título atrayente para un libro. Pero eso implica que los propietarios del capital, específicamente del capital financiero, son ladrones. Ellos robaron la riqueza producida por otros; o ellos extrajeron la riqueza de aquellos que la crearon. Esto es, lucro sin explotación. De hecho, el lucro ahora viene solo del robo.

Marx llamó a eso “lucro sobre alienación”[2]. Para Marx, eso es alcanzado por la transferencia de riqueza (valor) ya existente en el proceso de acumulación y producción capitalista. Pero no hay creación de valor por ese robo financiero. Para Marx, lucro o plusvalía son creados solo a través de la explotación del trabajo en la producción de mercaderías (cosas y servicios). La fuerza de trabajo de los trabajadores no es robada, ni la riqueza que ellos crean. Bajo el capitalismo, los trabajadores reciben un salario de los empleadores por las horas de trabajo, conforme negociado. Pero ellos producen más valor en su jornada de trabajo que el valor (medido por el tiempo de trabajo) que reciben en forma de salarios. Así, los capitalistas obtienen una plusvalía con la venta de las mercaderías producidas por los trabajadores, que ellos se apropian como propietarios del capital. Eso no es robo, sino explotación.

¿Importa si es robo o explotación? Bien, Marx creía que sí. Él argumentó firmemente contra la idea de Pierre-Joseph Proudhon, el socialista más popular de la época, que decía que “propiedad es robo”. Decir eso, argumentó Marx, era dejar de ver la manera real por la cual la riqueza creada por muchos acaba en las manos de pocos. Por lo tanto, no se trata de acabar con el robo sino con el capitalismo.

En Stolen, Blakeley ignora esa descubierta científica más importante (como Engels plantea), o sea, la plusvalía. En lugar de eso, Blakeley engulle completamente los puntos de vista de los proudhonistas modernos, como Costas Lapavitsas, David Harvey y otros, como Bryan y Rafferty, que rechazan la visión de Marx de que el lucro viene de la explotación del trabajo. Para ellos, eso es cosa de viejos. Hoy, el capitalismo moderno es el “capitalismo financierizado”, que obtiene su riqueza robando o extrayendo renta de todos, no de la explotación del trabajo. Eso lleva a Blakeley, a cierta altura, a aceptar el falso análisis de Thomas Piketty de que los retornos sobre el capital aumentan inexorablemente por ese proceso, cuando la evidencia es que los retornos sobre el capital están cayendo inexorablemente.

Pero esos argumentos dichos modernos son tan falsos como los de Proudhon. Lapavitsas fue criticado por el marxista británico Tony Norfiled[3]; yo involucré a David Harvey en el debate sobre la teoría del valor de Marx[4]; y Bryan y Rafferty fueron considerados falaces por el marxista griego Stavros Mavroudeas[5]. Después de leer estas críticas, usted puede preguntarse si la ley del valor de Marx puede ser ignorada para explicar las contradicciones del capitalismo moderno.

Después, está el subtítulo del libro de Blakeley: “cómo salvar el mundo de la financierización”. La financierización como categoría se volvió extremadamente popular en la economía heterodoxa. La categoría vino originalmente de la economía convencional, fue adoptada por algunos marxistas y promovida por economistas poskeynesianos. Su objetivo era explicar las contradicciones del capitalismo y sus crisis recurrentes con una teoría que no involucraba la ley del valor de Marx y la ley de la lucratividad[6], ambas rechazadas o ignoradas por los poskeynesianos.

Blakeley adopta la definición de este término de Epstein, Krippner y Stockhammer y hace de él la pieza central de la narrativa del libro (p. 11). Como describí en un post anterior, si el término significa simplemente un aumento del papel del sector financiero y un aumento de su participación en los lucros en los últimos 40 años, eso es obviamente verdad –por lo menos en los Estados Unidos y en el Reino Unido–. Pero, si eso significa “el surgimiento de un nuevo modelo económico … y un profundo cambio estructural en el funcionamiento de la economía (capitalista)” (Krippner), entonces, esa es una situación totalmente nueva.

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Como Stavros Mavroudeas expone en su excelente y nuevo artículo (393982858-QMUL-2018-Financialisation-London), la hipótesis de la financierización implica que “el capital monetario se torna totalmente independiente del capital productivo (pues puede explotar directamente el trabajo a través de la usura) y remodela los otros sectores del capital conforme sus prerrogativas”. Y si, “los lucros financieros no son una subdivisión de la plusvalía, entonces… la teoría de la plusvalía es, por lo menos, marginalizada. Consecuentemente, la lucratividqd (las principales especificidades diferenciadas del análisis económico marxista en relación con la economía neoclásica y keynesiana) pierde su centralidad y el interés es autonomizado de él (o sea, del lucro – MR)”.

Y es claramente así que Blakeley lo ve. Aceptar ese nuevo modelo implica que el capital financiero es el enemigo y no el capitalismo como un todo, o sea, excluyendo los sectores productivos (creadores de valor). Blakeley niega esa interpretación en el libro. El capital financiero no es una camada separada del capital por encima del sector productivo. ¡Eso porque todo el capitalismo ahora está financierizado! “Cualquier análisis que vea la financierización como la ‘degeneración’ de una forma más pura y productiva de capitalismo falla en comprender el contexto real. Lo que emergió en la economía global en las últimas décadas es un nuevo modelo de capitalismo, que es mucho más integrado de lo que sugieren las dicotomías simples”. Según Blakeley, “las empresas de hoy se tornaron completamente financierizadas, con algunas pareciéndose más con bancos que con empresas productivas”. Blakeley argumenta que “no estamos testimoniando la ‘ascensión de los rentistas’ en esta era; antes, todos los capitalistas –industriales o no– se tornaron rentistas … De hecho, las empresas no financieras están cada vez más ligadas con actividades financieras para garantizar los mayores lucros posibles”.

Si eso fuese verdad, y que todo el valor proviene de intereses y renta extraídos de todo el mundo y no de la explotación, entonces realmente sería como hacer dinero de la nada y Marx estaba hablando bobadas. No obstante, la evidencia empírica no confirma la tesis de la “financierización”. Sí, desde la década de 1980, los lucros del sector financiero aumentaron como una parte de los lucros totales en muchas economías, aunque principalmente en los Estados Unidos. Pero incluso en el auge (2006), la participación de los lucros del sector financiero en los lucros totales alcanzó apenas 40% en los Estados Unidos. Luego de la Gran Recesión (2008-2009), la participación retrocedió acentuadamente y ahora es de cerca de 25% en media. Y muchos de esos lucros acabaron siendo “ficticios”, como Marx los llamó, con base en las ganancias de la compra y venta de acciones y títulos (y no en los lucros de la producción), que desaparecieron en la crisis.

Además, la narrativa de que los sectores productivos de la economía capitalista se transformaron en rentistas o banqueros, simplemente no es confirmada por los hechos. Joel Rabinovich, de la Universidad de París, realizó un análisis minucioso del argumento de que las empresas no financieras obtienen la mayoría de sus lucros de la extracción de intereses, renta y obtención de capital y no de la explotación de la fuerza de trabajo que emplea. Él descubrió que: “Al contrario de la hipótesis de rentabilización financiera, el ingreso financiero es en media 2,5% del ingreso total desde los años ’80, mientras el lucro financiero líquido queda todavía más reducido como porcentaje del lucro total de las empresas no financieras. En términos de activos, algunos de los supuestos activos financieros realmente reflejan otras actividades a las cuales las empresas no financieras se han ligado cada vez más: internacionalización de la producción, reorientación de las actividades, y fusiones y adquisiciones”. Vea el gráfico abajo.

Figura 1: Ingreso financiero como porcentaje del ingreso total. De abajo hacia arriba: negro: intereses; cruces: obtención líquida de capital; líneas diagonales: obtención líquida, activos no-capital; líneas cruzadas: dividendos de corporaciones locales; líneas horizontales: dividendos de corporaciones extranjeras.

En otras palabras, empresas no financieras como la General Motors, Caterpillar, Amazon, Google, Microsoft, Big Tobacco, Big Pharma, y así sucesivamente, todavía lucran con la venta de mercaderías de la manera usual. Los lucros de la financierización en relación al lucro total. Esas empresas no están financierizadas.

Blakeley dice que “la financierización es un proceso iniciado en los años ’80 con la remoción de barreras a la movilidad del capital”. Tal vez sí, pero, ¿por qué comenzó en la década de 1980 y no antes o después? ¿Por qué comenzó la desregulación del sector financiero? ¿Por qué el neoliberalismo surgió en aquella época? Blakeley, o los poskeynesianos, no dan respuestas. Blakeley resalta que el “modelo socialdemócrata” de posguerra fracasó, pero ella no provee ninguna explicación para eso –excepto para sugerir que el capitalismo no podría más “darse el lujo de continuar tolerando las reivindicaciones sindicales por aumentos salariales en el contexto de la creciente competencia internacional y la inflación alta” (p. 48). Blakely sugiere una respuesta: “la competencia del exterior comenzó a corroer los lucros” (p. 51). Pero eso levanta la cuestión de por qué la competencia internacional causó un problema en aquel momento y por qué hubo inflación alta.

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La economía marxista puede dar una respuesta. Fue el colapso de la lucratividad del capital en todas las principales economías capitalistas. Eso está bien documentado por los marxistas y por los principales estudios. Este blog tiene una serie de posts sobre el asunto y yo suministré un análisis claro en mi libro, The Long Depression (no es un best-seller). La caída en la lucratividad forzó al capitalismo a buscar formas de contrabalance: el debilitamiento del movimiento sindical por medios de las caídas salariales y las medidas antilaborales, privatizaciones, etc., y un guiño para la inversión en activos financieros (lo que Marx llamó ‘capital ficticio’) para aumentar los lucros financieros. Todo eso tuvo como objetivo revertir la caída en la lucratividad general del capital. Lo consiguió hasta cierto punto.

Pero Blakeley descarta esta explicación. La ocurrencia de crisis regulares en el capitalismo no está relacionada con la lucratividad del capital, y la lucratividad nada tiene que ver con la Gran Recesión. En lugar de eso, Blakeley sigue servilmente la explicación de analistas poskeynesianos como Hyman Minsky y Michel Kalecki. Yo y otros economistas marxistas hemos dedicado mucha atención a la argumentación de que su análisis está incorrecto, pues deja por fuera el principal factor de acumulación capitalista, lucro y lucratividad. Como resultado, ellos no pueden realmente explicar las crisis. Kalecki dice que las crisis son causadas por la falta de ‘demanda efectiva’, en el estilo keynesiano y, aunque los gobiernos puedan superar esa falta de demanda por medio de intervenciones fiscales y otras, ellas son bloqueadas por la resistencia política de los capitalistas. Como Blakeley dice, “el argumento de Kalecki no es que la socialdemocracia sea económicamente inestable, sino políticamente inestable”. Para Kalecki, crisis causadas por los capitalistas nos tornan políticamente indispuestos a concordar con las reformas. Entonces, aparentemente, ¡la socialdemocracia funcionaría bajo el capitalismo si no fuese por la estupidez de los capitalistas! Minsky estaba en lo cierto al decir que el sector financiero es inherentemente inestable y el crecimiento masivo de la deuda en los últimos 40 años aumenta esa vulnerabilidad. Marx afirmó ese punto hace 150 años en El Capital. Pero quiebras financieras no siempre llevan a caídas en la producción y en la inversión. De hecho, no hubo crisis financiera (quiebras bancarias, colapso del mercado accionario, colapso de los precios de las casas, etc.) que haya llevado a una caída en la producción y en la inversión capitalista, a menos que hubiese también una crisis en la lucratividad del sector productivo de la economía capitalista. Lo último todavía es decisivo.

En un capítulo del libro, World in Crisis, editado por G. Carchedi y yo (lamentablemente, nuevamente no es un best-seller), Carchedi proporciona un apoyo empírico convincente para el vínculo entre los sectores financiero y productivo en las crisis capitalistas. Carchedi afirma: “Frente a la caída de la lucratividad en la esfera productiva, el capital pasa de baja rentabilidad en los sectores productivos para alta rentabilidad en los sectores financieros (o sea, improductivos). Pero los lucros en esos sectores son ficticios; ellos existen apenas en los libros contables. Ellos se tornan lucros reales solo cuando recibidos. Cuando eso ocurre, los lucros disponibles para los sectores productivos disminuyen. Cuanto más capitales intentan obtener tasas de ganancia más altas moviéndose para los sectores improductivos, mayores son las dificultades en los sectores productivos. Esa contratendencia –movimiento de capital para los sectores financiero y especulativo y, por lo tanto, tasas de ganancia más altas en esos sectores– no puede contener la tendencia, esto es, la caída en la tasa de ganancia en los sectores productivos”.

Carchedi descubre que: “Las crisis financieras se deben a la imposibilidad de pagar deudas y surgen cuando el crecimiento porcentual [de las ganancias] está cayendo tanto para los lucros financieros como para los lucros reales”. De hecho, en 2000 y 2008, por primera vez los lucros financieros cayeron más que los lucros reales. Carchedi concluye que: “El deterioro del sector productivo en los años anteriores a la crisis es, por lo tanto, la causa común de las crisis financieras y no financieras. Si ellas tienen un causa común, es irrelevante si una precede a la otra o viceversa. El punto es que el (deterioro del) sector productivo determina las (crisis en el) sector financiero”.

Figura 2: Columna negra: caída en los lucros financieros; columna gris: caída en los lucros productivos.

Usted puede preguntarse: ¿importa si las desigualdades y crisis que experimentamos en el capitalismo son causadas por la financierización o por las leyes del valor y la rentabilidad de Marx?

Al final, todos podemos concordar que la respuesta es acabar con sistema capitalista, no? Bien, creo que eso importa, porque la acción política fluye de las teorías. Si aceptamos la financierización como la causa de todos nuestros problemas, ¿eso significa que solo las finanzas son enemigas del trabajo y de los trabajadores, y no los buenos capitalistas productivos, como la Amazon, que solamente nos explota en el lugar de trabajo? No debería, pero lo hace. Tome al propio Minsky como ejemplo. Minsky comenzó como socialista, pero su propia teoría de la financierización en los años ’80 lo llevó a no exponer las fallas del capitalismo, sino a explicar cómo un capitalismo inestable podría ser “estabilizado”.

Sin duda, Blakeley está hecho de material más severo. Blakeley dice que debemos enfrentar a los banqueros con el mismo grado de crueldad con que Thatcher y Reagan enfrentaron al movimiento sindical en el período neoliberal, a partir de la década de 1980. Blakeley dice que: “el manifiesto del Partido Laborista parece un retorno al consenso de posguerra… no podemos darnos el lujo de ser tan defensivos hoy. Nosotros debemos luchar por algo más radical… porque el modelo capitalista está quedando sin rumbo. Si no conseguimos sustituirlo, no hay cómo decir qué nivel de destrucción puede traer su colapso” (p. 229). Eso suena como el rugido de un león del socialismo. Pero, cuando se trata de las políticas reales para lidiar con el capital financiero, Blakeley se torna una rata de la socialdemocracia.

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Primero, Blakeley dice que “debemos adoptar una agenda política que desafíe la hegemonía del capital financiero, revocando sus privilegios y colocando los poderes de inversión nuevamente bajo control democrático”. Yo he argumentado en las reuniones del movimiento sindical de Gran Bretaña que la única manera de tornar el control democrático es traer para la propiedad pública los cinco grandes bancos que controlan 90% de los préstamos y depósitos en Gran Bretaña. Apenas la regulación de esos bancos no funciona y no funcionará.

No obstante, Blakeley ignora esa opción y pide medidas de ‘restricción’ a los bancos existentes, al mismo tiempo que propone la creación de un banco público de minoristas o bancos postales en competencia junto con un Banco Nacional de Inversión. “El financiamiento privado debe ser adecuadamente restringido” (pero no controlado), “usando herramientas reguladoras adoptadas internacionalmente” (p. 285). En varias ocasiones, Blakeley se refiere a Lenin. Tal vez Blakeley deba recordar lo que Lenin dijo sobre los bancos. “Los bancos, como sabemos, son centros de la vida económica moderna, los principales centros nerviosos de todo el sistema económico capitalista. Hablar sobre «regular la vida económica» y, no obstante, huir de la cuestión de la nacionalización de los bancos significa traicionar la más profunda ignorancia o engañar a las personas comunes con palabras floridas y promesas grandilocuentes con la intención deliberada de no cumplir esas promesas”.

En cuanto al Banco Nacional de Inversión (NIB), una promesa del manifiesto del Partido Laborista, ella deja la mayoría de las decisiones y los recursos de inversiones en las manos del sector financiero capitalista. Como mostré antes, el NIB adicionaría solo 1-2% del PIB en inversiones extras en la economía británica, en comparación con 15-20% en inversiones controladas por el sector capitalista. Por lo tanto, la financierización no será contenida.

La otra propuesta clave de Blakeley es un People’s Asset Manager (PAM)[7], que gradualmente compraría acciones de las grandes multinacionales, “socializando la propiedad en toda la economía” y “presionando a las empresas” a apoyar inversiones en proyectos socialmente útiles. “En la medida en que un sistema bancario público surge y crece al lado de un gerenciamiento de activos del pueblo, la propiedad será constantemente transferida del sector privado para el sector público” (p. 268) “en una apuesta para disolver la distinción entre capital y trabajo” (p. 267). Por lo tanto, el objetivo de Blakeley no es acabar con el modo de producción capitalista, asumiendo los principales sectores de inversión y producción capitalista, sino disolver gradualmente la «distinción» entre capital y trabajo.

Esta es la última palabra en términos de gradualismo utópico. ¿Los capitalistas se quedarían parados mientras sus poderes de control son gradualmente o constantemente perdidos? Una “huelga de inversiones” ocurriría y cualquier gobierno socialista sería confrontado con la tarea de asumir el control por completo. Entonces, ¿por qué no definir completamente un programa para una economía pública de control democrático con un plan nacional de inversión, producción y empleo?

El objetivo de Stolen es ofrecer un análisis radical de las crisis y contradicciones del capitalismo moderno y de las políticas que podrían acabar con la financierización y pasar el control del futuro económico a la colectividad. Pero, como el análisis renquea, las políticas también son inadecuadas.

Notas:

[1] Robado: cómo salvar el mundo de la financierización, en traducción literal.

[2] “Profit upon alienation”: es decir, la obtención de lucro sin creación de valor. Por ejemplo, la venta de un objeto más caro que el precio de compra u obtención de capital por la venta de propiedades.

[3] https://economicsofimperialism.blogspot.com/2014/01/capitalist-production-good-capitalist.html

[4] https://thenextrecession.wordpress.com/2018/04/02/marxs-law-of-value-a-debate-between-david-harvey-and-michael-roberts/

[5] https://stavrosmavroudeas.wordpress.com/2019/08/08/an-interview-with-bryan-and-rafferty-and-the-fallacies-of-financialisationism-some-comments-by-stavros-mavroudeas/

[6] Es decir, la ley de la caída tendencial de la tasa de ganancia.

[7] Gerenciamiento de Activos del Pueblo.

Fuente: Michael Roberts, Theft or exploitation? – a review of Stolen by Grace Blakeley.
Traducción del original en inglés para el portugués: Marcos Margarido.
Traducción al castellano: Natalia Estrada.