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Las protestas de los chalecos amarillos en Francia son el episodio más reciente de una larga lucha social que no se interrumpe, a pesar de sus ascensos y reflujos. En los últimos tres años, ésta fue direccionada contra la reforma laboral. La burguesía imperialista francesa, no satisfecha con la profundización de la colonización de los países dependientes, incluso de sus ex y actuales colonias, lleva adelante, también, un violento ataque a los trabajadores dentro de su país. Pero ella se choca con la resistencia popular y de las calles, antigua tradición que viene de la gran revolución francesa, a la cual tanto Marx y Engels se referían con emoción, y que sigue inspirando a todos aquellos a quienes le es cara la lucha por la libertad contra la explotación y opresión, por la igualdad y la fraternidad.

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Un nuevo momento de lucha en Francia

Las actuales manifestaciones surgieron espontáneamente, sin organizadores definidos y respaldadas por todo el territorio del país. Desde los Campos Elíseos de la capital, que una policía da anti-disturbios (CRS), en entrevista a Le Monde, describe como: “Cuando yo estaba allá, en el lugar, pensé que había comenzado la revolución”, hasta en las comunas de las provincias, como Troyes, donde los habitantes indignados, casi que sin resistencia, tomaron la prefectura local. O mejor, desde las provincias hasta París, que por primera vez no estaba a la vanguardia de las protestas, por lo menos al inicio, lo que también refleja la profundidad del actual proceso social.

¿Quiénes son los que protestan? Internet está lleno de imágenes muy vivas de ellas, que contrastan con los rostros de muñecos de cera de los burócratas sindicales. Es gente de todas las edades, que trabaja en algún lugar, o trabajó alguna vez en algún lugar. Gente que, con la política de Macron, está cada vez con más dificultad de llegar a fin de mes, siente el empeoramiento de la situación, el aumento de la explotación, la degradación de los servicios sociales, el vaciamiento de las provincias. Y por eso, comprendieron muy bien el significado antipopular del aumento de los precios de los combustibles, en contraste con la cancelación del impuesto sobre las fortunas y grandes empresas.

Es gente que se cansó de todo lo que pasa en el país. Y que se cansó hace tiempo. El anuncio gubernamental del aumento de los combustibles fue solamente la última gota que hizo explotar la cólera. Una explosión genuinamente popular, masivamente apoyada por la población y dirigida, no contra una reforma en particular, sino contra toda la política pro-ricos de Macron y contra él mismo. “¡Fuera Macron!”, tal es la razón central de las manifestaciones, en las cuales confluyeron tanto las provincias del interior con París. Es un nuevo momento en la política francesa.

Una derrota política para Macron

La represión policial, que arremetió sobre los manifestantes toneladas de gas lacrimógeno, cañones de agua, granadas de efecto moral, balas de goma y que, por primera vez desde 1968, instaló blindados en las calles, resultó con muchos heridos y miles de detenidos. Las escenas de estudiantes de enseñanza media detenidos por la policía, obligados a ponerse de rodillas y con las manos en las cabezas, recorrieron por todo el país, causando profunda irritación. Las manifestaciones se transformaron en violentos enfrentamientos. Los medos de comunicación burgueses, como siempre, destacaban algún vidrio quebrado en algún lugar, para intentar desacreditar las protestas.

Pero, todo eso, no fue suficiente para quebrar la voluntad de los que estaban en las calles, ni para disminuir el apoyo masivo de la población. Por el contrario, la juventud comenzó a unirse al movimiento, en una nueva oleada de ocupación de escuelas e institutos. La burguesía tembló: “ya es hora de iniciar un diálogo con esa gente”; “Hay que resolver la cuestión de forma democrática”; “Parece que Macron no tiene idea de lo que está sucediendo”, tales fueron los comentarios que se oían de boca de los asustados políticos burgueses franceses y “analistas políticos”. El primer ministro Eduard Philippe, en dos días, consiguió hacer tres declaraciones distintas: comenzó por reafirmar la disposición del gobierno en aumentar los precios de los combustibles, después se comprometió a congelar el aumento por medio año y, finalmente, anunció una suspensión del aumento de los precios. Ya el jupiteriano Macron (así es conocido por su narcisismo y arrogancia), humillado, necesitó justificarse ante la nación por televisión y fue obligado a retroceder.

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Esta seria derrota política de Macron, como todo indica, abre una nueva coyuntura política en el país. Posiblemente Macron ya no consiga recuperarse de ella. Las migajas ofrecidas por él no convencieron a nadie y las personas comprendieron que el gobierno tiene miedo y con cuáles métodos se puede conquistar lo que se desea. Macron no puede esperar nada bueno de eso.

¿Qué asustó a Macron?

El gobierno se asustó. Pero no sólo por la cantidad de personas en las calles. Independientemente de los intentos de los medios oficiales en disminuir el número de personas en las calles, de hecho había menos gente que en las protestas contra la reforma laboral. El gobierno se asustó por la profundidad de las protestas y la falta de control sobre éstas. “¡No hay con quién negociar!”, repetían nerviosos los medios de comunicación oficiales. Es que, en un país tomado por las protestas, no hay quién pueda mandar a las personas a que regresen a sus casas. Sin el control de la burocracia de la CGT (mayor central sindical del país), acostumbrada a obstaculizar a los movimientos con marchas simbólicas, el gobierno sintió el peligro.

El más asustado con los chalecos amarillos fue el propio dirigente de la CGT, Philipp Martines que, odiado por todos, incluso por su base, percibió que podía convertirse en irrelevante. Por eso, desde el inicio se ubicó directamente contra el movimiento (oponiendo unos chalecos rojos de la CGT a los chalecos amarillos) y, luego, bajo presión, pasó a apoyar formalmente al movimiento, sin mover un dedo para convocar a movilizaciones y huelgas. Pero, este lacayo de los gobiernos burgueses, rápidamente se movió cuando Macron salió en busca de “interlocutores sociales”, para discutir una salida a la situación, cada vez más difícil, del gobierno.

¿Un movimiento “incorrecto”?

La población del país apoyó masivamente a los chalecos amarillos pero, lo mismo no se puede decir de los partidos de izquierda, confundidos por el “formato no tradicional” del movimiento. En la cabeza de la mayoría de la izquierda, un movimiento bajo la dirección de la burocracia y de la izquierda reformista sería “lo correcto”. Aquellas pequeñas manifestaciones, tan características para Francia, impotentes en su infinita cantidad de movimientos “progresivos”, siempre por algún problema específico, también para ellos “lo correcto”.

El Nuit Debout (movimiento semejante a los “Indignados” españoles), bajo el liderazgo de los profetas de la democracia en las plazas (al estilo de la Ágora griega) y de todo tipo de bonitos proyectos de producción natural, pero sin que los trabajadores tomen el poder, también es “progresivo”. Un levantamiento espontáneo, sin dirección, que refleje al país así como es, cargando consigo, como escribió un periódico francés, toda su sensibilidad y, al mismo tiempo, prejuicios, todas sus esperanzas y decepciones, felicidad y rabia, sobre la cual pueden intentar parasitar fuerzas políticas de extrema derecha (en especial en ausencia de la izquierda), eso todo ya es un movimiento “incorrecto” para esta izquierda…

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Mélenchon (ex miembro del PS, ex ministro, hoy un populista que intenta ubicarse electoralmente a la izquierda del PS, con un proyecto parlamentarista), después de pensar bastante, apoyó al movimiento, solo para luego comenzar a desmovilizarlo, llamando a transformar los piquetes en las calles en “comités democráticos”, o sea, convertir las organizaciones de la lucha en curso en órganos complementarios de la “democracia republicana”. El NPA (Nuevo Partido Anticapitalista, prototipo de todos los “partidos anticapitalistas”, como el PSOL brasileño) se puso al lado de los chalecos amarillos, pero es difícil percibir lo que pesa más en sus declaraciones, si un apoyo real o una concesión forzada, mezclada con aborrecimiento, ya que el movimiento “no es exactamente lo que debía ser”. Muchos intelectuales de izquierda se refirieron al movimiento con desprecio, debido a expresiones localizadas de prejuicios (bastante amplificados por los medios oficiales de comunicación), sin los cuales no se da ninguna lucha, de hecho, popular y debido, también, al hecho que el movimiento no se encajaba en los esquemas tradicionales bajo la dirección da “izquierda” (reformista).

Todo eso son viejos clichés, particularmente fuertes en un país en que los sindicatos burocráticos y los partidos de izquierda reformistas, por décadas, cumplen el papel de institutos de la democracia burguesa siendo, de hecho, su pata izquierda. Pero, el veredicto, por lo tanto, es implacable: el movimiento de los chalecos amarillos consiguió conquistar, en un mes, aquello que no se consiguió con tres años de lucha bajo el control de la burocracia sindical. Consiguió quebrar la resistencia del gobierno y obligarlo a renegar públicamente de sus planes. Hacía mucho tiempo que algo así no sucedía en Francia.

Los peligros para el movimiento

La fuerza de la lucha de los chalecos amarillos está en que ésta se da por fuera del control de los aparatos que, tradicionalmente, canalizaban las protestas por dentro de las instituciones de la democracia burguesa, en especial para las elecciones. Y, exactamente, de parte de estos viene el mayor peligro para la lucha. Hoy ya hay iniciativas de convertir esta lucha “fuera de los formatos tradicionales”, en un “formato” que encaje con las instituciones del Estado burgués: Macron, con sus “interlocutores sociales”, Mélenchon con sus comités democráticos… La lucha de los chalecos amarillos aún no terminó pero, dentro de ella, ya surgen planes de desviar la lucha hacia las urnas. Quien mejor expresó esta idea fue el actor Francis Lalanne, explicando porque él está organizando una lista de chalecos amarillos para concurrir a las elecciones europeas: “Dar al pueblo un instrumento para forzar a que se reconozcan sus reivindicaciones en el plano institucional. Nosotros estamos a dos dedos de conseguir eso. Esta chance no puede ser perdida, hay que movilizarse para estructurarse. Es necesario que hoy, en la Asamblea Nacional, estén diputados que representen al pueblo francés… Nosotros no estamos fundando un partido político. Nosotros queremos conducir la voluntad del pueblo en dirección a la democracia. Quiero recordar a quien olvidó: democracia es el poder del pueblo, no el poder de los representantes del pueblo”.

Estructurar para tener diputados”… en las vendidas instituciones burguesas. “Estamos a dos dedos de conseguir eso”… como si fuese ese el objetivo central de los chalecos amarillos. “Conducir la voluntad del pueblo en dirección a la democracia”, o sea, aprisionar la lucha real en los límites de las “sagradas” instituciones de la podrida república burguesa, llamada de “democracia”; sustituir el chaleco amarillo por una respetable camisa de fuerza. Nosotros no sabemos si el actor, de hecho, cree en la “democracia” de los parlamentos francés y europeo, a pesar de todos los hechos que demuestran lo contrario. Pero, eso no es nada más que un “Podemos 2.0”. Es la repetición de la lamentable experiencia española de Podemos 1.0, que con las mismas frases “democráticas”, capitalizó políticamente al movimiento de los “Indignados”, desviándolo de las calles hacia las urnas, para convertirse en el nuevo soporte de la descompuesta democracia-monárquica burguesa española y hoy gobiernan en alianza con el PSOE español. Esta experiencia debe ser estudiada por todos los activistas, para que puedan sacar sus conclusiones.

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El movimiento no necesita ni de “estructuración” para “hacerse representar” en la bolsa de valores de la política, llamada parlamento, ni en la formación de anexos “democrático-radicales” de la vendida “democracia” de la república burguesa. La única organización que necesita el movimiento debe ser enfocada para la extensión de la movilización real, para atraer más y más gente, para defenderse contra las represiones, para fundirse con los movimientos huelguistas y fortalecerse con la reivindicación de que se vaya el gobierno Macron, que nadie más soporte la excepción a los banqueros. Es necesaria la creación de comités, consejos de trabajadores, alternativos y enfrentados al poder burgués y a los aparatos burocráticos, para tomar en sus manos el controle y la administración de sus ciudades, comunas, fábricas, escuelas, vías de transporte…

La espontaneidad del movimiento es progresiva cuando refleja la no sumisión a los aparatos traidores y cuando, justamente en ausencia del control de éstos, encuentra su fuerza. Pero, si no fuera dirigida contra el Estado burgués y sus instituciones, esta lucha tarde o temprano se convertirá en prisionera de los viejos y nuevos aparatos, que la conducirán muy lejos de la tarea de la cual depende la solución de todos los problemas: aplastamiento del orden capitalista y de la república burguesa “democrática” que lo protege. La cuestión de la construcción, en medio de este proceso de luchas, de un partido político obrero y revolucionario, se muestra nuevamente la cuestión fundamental.

Traducción: Laura Sánchez