Compartir

Está claro que Macron acusó el golpe. Casi un mes de movilizaciones de los llamados chalecos amarillos, además de la incorporación en los últimos días de los estudiantes de secundaria, lo han puesto totalmente a la defensiva.

Por Daniel Sugasti

Ni la represión generalizada ni los más de 4 mil detenidos han calmado a las calles. Todo lo contrario. Lo que comenzó como una protesta contra el aumento de los impuestos a los carburantes, derivó en una escalada de manifestaciones radicalizadas, en París y en los departamentos, que ahora cuenta con un amplio pliego de reivindicaciones, que incluyen la propia dimisión del presidente.

La verdad es que los chalecos amarillos consiguieron canalizar la bronca de amplios sectores de trabajadores, de la juventud precarizada, y de las clases medias arruinadas tras años de austeridad. Lograron apuntar un camino, el de la lucha frontal, contra los planes de ajuste que ejecuta Macron y su gobierno para los ricos y poderosos. El resultado: el gobierno, y el propio régimen, pasan por una crisis de legitimidad de grandes proporciones.

Macron ya retrocedió en lo que toca a los combustibles. Ahora, anunció un aumento tramposo de 100 euros del salario mínimo (que no pagarán los empresarios). El presidente, que siempre se jactó con arrogancia de ser inmune a las presiones de la calle y que hace días llamaba a los manifestantes de “vagos” y “vándalos”, finalmente tuvo que bajar el tono y reconocer que “la cólera que hoy se expresa es justa en muchos aspectos”. Macron prometió también que las horas extras estarán exentas de impuestos y de cargas sociales (en realidad, un favor a los empresarios); pidió a los patronos que paguen de manera “voluntaria” una bonificación salarial de fin de año, también libre de tasaciones; y, por último, dijo que eliminará la subida de impuestos a los jubilados que ganan menos de 2.000 euros al mes.

Lea también  Cobertura: 1º de Mayo en París

Los “de arriba” están en crisis. Un sector del gobierno y de los patronos franceses se mostraron contrarios a las “concesiones” de Macron, alegando que eso tendrá un costo de entre 8 a 10 mil millones de euros. La Unión Europea, por su parte, alertó sobre un posible desequilibrio de las cuentas públicas. 

La principal pregunta es si estos nuevos retrocesos del gobierno aplacarán o no al movimiento. Si bien esto es difícil de valorar, la prensa recoge declaraciones de desconfianza entre sectores de chalecos amarillos, que continúan bloqueando carreteras y aseguran estar preparados para más acciones, sobre todo porque Macron no anunció ninguna medida sobre el aumento de los impuestos a las grandes fortunas, una de las consignas más sentidas en las calles.

Ahora la lucha debe continuar. El gobierno está a la defensiva, y es exactamente por eso que se debe redoblar la presión popular.

Pero, para conquistar las reivindicaciones, la primera necesidad es derribar a Macron. Y esto solo es posible con una huelga general, indefinida, que una la respuesta del movimiento obrero y de los chalecos amarillos. Por eso es muy importante que se fortalezca y unifique el creciente movimiento de rechazo de las bases sindicales a una burocracia empeñada en proteger al gobierno de Macron y en impedir que el movimiento obrero confluya con los chalecos amarillos. Es también vital dar pasos adelante rumbo a la organización democrática del movimiento, a partir de asambleas generales y de la coordinación de sus representantes electos en escala local, departamental y nacional.

El pueblo trabajador francés ha demostrado tener la disposición y la fuerza necesarias para doblegar a un gobierno neoliberal, antiobrero, y mostró también que puede, en las calles, derrotar la guerra social que la Unión Europea y sus gobiernos imperialistas emprendieron contra la clase obrera y los pueblos del continente.

Lea también  Macron autoriza al ejército a desplegarse contra los chalecos amarillos