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El estado de urgencia declarado por Hollande provoca muchos cuestionamientos y dudas entre la población. ¿Cuánto es eficaz la práctica tradicional de lanzarse urgentemente a “defender a la población” de los atentados si estos ya han sido efectuados?

Por: N. François

¿Cómo las patrullas policiacas y militares que andan por las calles pueden impedir a un terrorista entrar a un supermercado (un bus, el metro, un tren, un restaurante, un cine) y matar a la gente? ¿Cómo ayuda a impedirlo la prohibición de las manifestaciones?

Como ya hay pocos que no reconocen que el problema de los atentados se alimenta con el desastre que provocan la explotación y las intervenciones militares de las potencias mundiales, incluso las de Francia en Asia y África, y también por el desempleo, la pobreza, la alienación de los inmigrantes y de los musulmanes, las primeras víctimas de la política antisocial del gobierno, ¿no sería mejor combatir estas razones y no las consecuencias, siempre reaccionando a las tragedias anunciadas? Y como la reacción del gobierno solo intensifica estas razones que llevaron a la tragedia, ¿no tendríamos que esperar el agravamiento del problema, con repeticiones de lo que sucedió?

¿Se puede confiar la solución del problema al gobierno que lo creó y sigue creándolo con su política?

¿No tenemos frente nosotros un ejemplo con Bush-hijo, que hace 15 años ya había declarado la “guerra contra el terrorismo” que llevó a la devastación de Irak y Afganistán y al florecimiento actual del terrorismo? ¿No tenemos el ejemplo del “Acto Patriótico”, que bajo de la consigna de la “lucha contra el terrorismo” expandió el control del aparato represivo del Estado sobre la sociedad hasta la escucha total de los celulares?

¿No estamos frente a otro ejemplo, el de Rusia, donde Putin, llevando la guerra en el Cáucaso –que siempre volvió a las ciudades rusas como un boomerang de los atentados– bajo las consignas de la “lucha contra el terrorismo”, de la “defensa de la población” y de la “patria amenazada” siguió cortando las libertades democráticas hasta su extinción casi completa (porque el pueblo ruso no salió a defenderlas)? Pero ahora, Putin, junto con Obama y Hollande, llaman de nuevo a la “guerra contra el terrorismo”.

En verdad el estado de urgencia tiene solo dos argumentos serios: el choque y el miedo. Se puede comprenderlos, pero son consejeros muy malos para buscar una solución al problema. Y son muy útiles para manipular a la gente. Caso el estado de urgencia hubiese sido declarado el día 12 de noviembre [un día antes de los atentados] bajo la consigna de la lucha contra el terrorismo, eso provocaría probablemente la indignación furiosa por todo el país. Pero, durante el día 13 de noviembre globalmente no cambió nada en la situación. Los problemas no han aparecido este día, y la declaración por tres meses del estado de urgencia en verdad no es más justificado. Más aún, declararlo y prolongarlo después de los atentados, post factum, es aún menos coherente. Pero las emociones hicieron más consentida la relación con el estado de urgencia.

Sin embargo, el estado de urgencia comenzó a expresarse rápidamente en las prohibiciones de las manifestaciones e incluso de las discusiones, en las persecuciones groseras y en las detenciones de algunos activistas sociales y de izquierda, e incluso de la gente “normal”, inspirados por la marcha del aparato represivo. Y todo esto ya provoca dudas en la sociedad francesa, muy sensible a la cuestión de las libertades democráticas. Y en esto la gente tiene toda la razón.

El estado de urgencia provoca una crítica incluso entre los “expertos”, que apenas podrían ser sospechados de radicalismo excesivo. El principal periódico burgués, Le Monde, no deja de publicar los ejemplos de la arbitrariedad de la policía. En esta situación, el ministro de Asuntos Internos, Bernard Cazeneuve, para evitar el desarrollo excesivo de la lógica de la ley sobre el estado de urgencia, lo que puede provocar la contestación activa de la población, y para quitarse de la pena por lo que está pasando, se vio obligado a editar un circular especial para las policías locales explicando que el estado de urgencia “no significa liquidación del estado de derecho”. Por supuesto, hay que agradecer al ministro por la caracterización tan poco ambigua de lo que está pasando. Pero el problema es que los funcionarios del aparado represivo del Estado, que valoran mucho su carrera, solo cumplen honestamente las instrucciones del estado de urgencia que, más aún, fue creado en 1955 por el general De Gaulle en correspondencia con la guerra en Argelia.

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Como la reacción tardía a los atentados, el estado de urgencia es una medida de poco sentido. Ella puede tener sentido solo en un caso: si acompaña y cubre la espalda de una política futura determinada; ahora es la de la “guerra contra el terrorismo”, cuyo fin no aparece en el horizonte. Es decir, el estado de urgencia o no tiene sentido, o está orientado a la perspectiva prolongada, con todas las consecuencias para los franceses y para las libertades democráticas. Esperar su fin es bastante inconsiderado. Más aún, el gobierno ya ha dado a entender que la “lucha será larga” y nos llama a la “unidad”… alrededor de la intervención francesa en el Medio Oriente.

Por eso, la cuestión de la necesidad de la resistencia contra el estado de urgencia no deja para nada de ser actual. Sin hacerlo, el resultado será malo: el país seguirá el camino del desmantelamiento de las libertades democráticas. Y el problema de los atentados tampoco desaparecerá porque se alimenta con la política del gobierno francés. No tiene ningún sentido repetir la experiencia de los norteamericanos con Bush o de la Rusia de Putin.

Unas manifestaciones que habían sido anunciadas aún antes del estado de urgencia y que con este quedaron prohibidas fueron, sin embargo, realizadas aunque con cantidad reducida (centenas de personas) de manifestantes ya en los días siguientes a la declaración el estado de urgencia. Así, el estado de urgencia comenzó ser cuestionado. En este sentido, las manifestaciones del día de la apertura en Paris del COP21 (30 de noviembre), que se preveían serían masivas, pero que fueron prohibidas, tendrían que mostrar la disposición de la gente a desafiar directamente el estado de urgencia vía la desobediencia.

Finalmente, aunque las prohibiciones redujeron bastante el tamaño de las manifestaciones, no las pararon. Alrededor de 5.000 personas (según la municipalidad) participaron en una “acción pacífica” de la “cadena viva de la solidaridad”. Está bien. Según unas estimaciones, por la iniciativa de la ONG “Avaaz” cerca de 50.000 pares de zapatos fueron enviados por la gente para ser puestos (y fueron puestos) sobre la plaza de la República como un símbolo de los que no vinieron a la plaza por la prohibición de la manifestación. Tampoco fue mala esta expresión a través de zapatos, aunque si sus dueños también hubieran estado presentes, el mensaje habría sido más eficaz. Ambas acciones fueron organizadas para evitar la prohibición y fueron efectuadas en el marco “de lo permitido”.

Aún 4.500 personas (según la policía) llegaron directamente a la Plaza de la República, a la manifestación anunciada “en defensa del medio ambiente” pero prohibida y por eso convertida en la manifestación contra el estado de urgencia. Es decir, fue una desobediencia directa a la prohibición, que desafió al gobierno de Hollande con la consigna “¡Estado de urgencia, Estado policiaco! No nos privarán del derecho de manifestar”. Unos intelectuales franceses escribieron una carta abierta común llamando a ir a la Plaza a pesar de la prohibición.

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La policía (que en lugar de la declarada caza a los terroristas prefirió concentrarse en cantidad enorme para garantizar la seguridad de la población frente a la manifestación en defensa del medio ambiente y de las libertades democráticas) rodeó la Plaza de la República. Pero en tanto la necesidad de la continuación del estado de urgencia no es evidente para la gente, la policía no veía una correlación política de fuerzas suficientemente favorable para dispersar a la gente que llegó. Solo cuando la mayoría de los manifestantes se había ido, la policía abrió un ataque feroz contra los que quedaban, utilizando gases y granadas, sin posibilidad para la gente de salir de la plaza que totalmente bloqueada por la policía, incluso las entradas del metro. Trescientas personas fueron detenidas (ahora se sabe que uno fue condenado a 3 meses de cárcel y otro penalizado con una multa de 1.000 euros). Por supuesto, el gobierno culpó los manifestantes por la violencia, como si fueran los manifestantes los que hubieran prohibido la manifestación, cazado por la plaza a los pobres policías y los hubieran regado con el gas sin permitirles salir de la plaza, y después hubieran raptado a unas centenas para retenerlos muchas horas en los “squattes” clandestinos.

A pesar de que las manifestaciones de este tipo en París suelen aglutinar más gente, en el contexto del estado de urgencia las acciones pasadas contra él pueden ser vistas como un éxito de la resistencia. En este día, el estado de urgencia recibió una picadura. Pero solo es un principio, y la evolución de la situación, como siempre, dependerá de la lucha de las fuerzas en oposición: el pueblo de un lado, y el gobierno con su estado de urgencia y el aparado represivo, del otro.

En la situación actual en Francia se pueden notar las características siguientes:

– La sociedad francesa, que valora mucho las libertades democráticas, muestra una resistencia “molecular” muy importante al estado de urgencia, aunque sea por ahora en forma de dudas crecientes.

– La policía no puede garantizar fuerzas en el cumplimiento del estado de urgencia, la correlación general de las fuerzas tiene una tarea nada fácil. El proceso de erosión del estado de urgencia comenzó apenas este había sido declarado.

– Al haber prolongado por tres meses el estado de urgencia, que agudiza las tensiones en la sociedad, Hollande está obligado ahora a administrar este proceso de alguna manera, por lo menos durante estos tres meses. En este sentido, el tiempo no está del lado del gobierno: cuanto más tiempo pasa desde los atentados, más evidente se hace que el estado de urgencia no golpea tanto al “terrorismo” como priva a la gente del derecho de expresar su opinión. Al mismo tempo, los patrones no paran su guerra contra los trabajadores, y el parlamento sigue votando leyes antisociales.

– Con el estado de urgencia, Hollande juega un partido peligroso yendo contra el concepto de los “valores republicanos” (un tipo de acuerdo social entre las clases cosido a la bandera de la revolución francesa con su “Libertad, Igualdad, Fraternidad”), que de hecho es una cobertura “democrática” de la dominación sobre el país de la oligarquía financiera, siempre propagandizada desde la escuela como la “base de la sociedad francesa”, pero contra la que ahora va el mismo gobierno prolongando el estado de urgencia. Al mismo tiempo, el estado de urgencia tampoco es una forma muy orgánica de dirigir el estado para el gobierno del partido socialdemócrata.

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– Quitar el estado de urgencia antes de que se acabe su fecha tope debido a la presión desde abajo sería una derrota flagrante para el gobierno, lo que Hollande no está dispuesto a permitir. Por eso, el gobierno va a intentar “dar el golpe”. Así, el ministro de Asuntos Exteriores (?), Fabius, declaró que por su violencia las manifestaciones del día 29 noviembre mostraron que la decisión de prohibirlas fue correcta. El golpe principal del gobierno será direccionado probablemente contra los activistas.

– Parece que la tendencia más probable sería el crecimiento en la sociedad del descontento por el estado de urgencia, y una electrización del clima social por los excesos policiales, cuya alta probabilidad se determina por la lógica misma del estado de urgencia, que es, para la burocracia, en particular del aparato represivo, una guía de acciones concretas y, en este sentido, ellas ya no son totalmente controlables por la voluntad del gobierno socialdemócrata.

– El potencial de la resistencia al estado de urgencia es bastante grande. Caso toda resistencia molecular se expresase en las manifestaciones, el estado de urgencia no tendría cómo continuar. Y esto sería una derrota grande no solo de Hollande sino también de Sarkozy, de Le Pen, de toda la tendencia derechista. Pero el problema principal es que la movilización aún no es suficiente, los hechos tienen como fondo la baja relativa de la lucha en general: en los años de 2000, Francia estaba en la primera línea de las luchas en Europa, pero en los últimos años, a pesar de la existencia de muchas luchas pequeñas particulares, Francia no vivió una ola de protestas como España o Portugal. Al mismo tempo, la baja de las luchas fue determinada en gran parte por las esperanzas provocadas con la llegada del Partido Socialista al gobierno, con el cual hoy el descontento es muy grande.

Los hechos ya han mostrado que con el estado de urgencia sí es posible manifestar. Manifestaciones existentes por cuestiones particulares golpean el estado de urgencia; hoy ninguna manifestación puede evitar esta cuestión. Pero, podrían tener mayor efecto manifestaciones unitarias contra el estado de urgencia –incluso por la defensa de los activistas perseguidos–, donde podrían confluir todos los que comprenden que el estado de urgencia, grosso modo, no resuelve para nada el problema del terrorismo y de hecho no es capaz de proteger a la población, sino que se instrumenta con eficacia para cortar las libertades democráticas. Para defenderlas, la unidad de acción de corrientes y movimientos diferentes es particularmente importante.