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Incluso pese a la orden de “confinamiento” vivimos unos días sumamente convulsos. Las redes sociales, como twitter o incluso los foros de los medios digitales, rebosan indignación, y es que no nos faltan culpables: la derecha del PP, Vox y Ciudadanos impulsa el hashtag “#gobiernodeinutiles”, el centro votante del PSOE critica la privatización de la sanidad durante los años del PP, la izquierda de base acusa a los dos grandes partidos de esto mismo y la ultraderecha escupe su basura racista y reclama la intervención militar.

Por Edgar Gandía

Es difícilmente cuestionable que tenemos un sistema sanitario que cuenta con profesionales más que dispuestos, pero que es económicamente deficiente y no está preparado para hacer frente a la crisis del Covid19. La mayoría de estas voces señalan al paquete de recortes sanitarios, aunque el dedo acusador se debate entre si la culpa es de un partido, el otro o los dos.

¿Y si la culpa no fuese únicamente del PP por sus recortes, o del PSOE por su gestión, o sólo del rey por no poner sus millones al servicio de la sanidad? Quizás la realidad apunte más a que todos habrían hecho lo mismo, ya que todos ellos están al servicio de un sistema que coloca el beneficio por encima de las personas: el capitalismo.

Es evidente que el Gobierno está realizando una gestión pésima, y que las medidas sociales son muy escasas. Ellos se justifican diciendo que hacen lo que puede con la miseria en la que le ha dejado el PP, que recortó entre diez y quince mil millones a la sanidad entre 2009 y 2018, recuperando el argumento sesgado de la crisis de 2008 de que el PSOE era una víctima de la herencia de la derecha.

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Pero, si bien el PP es el partido que más ha recortado y perjudicado a la sanidad, estaríamos olvidando que el PSOE pretendía recortar 1.200M de € más en 2020, o que Felipe González fue el mayor privatizador. ¿Por qué un gobierno “progresista” pretendería reducir aún más el gasto en sanidad y políticas públicas? ¿Por qué el PP decidió dejar en precario a la sanidad?

No todo se puede explicar con amiguismos, tratos y puertas giratorias, pues si bien los gobiernos liberales aprovechan las situaciones que se les presentan para sacar tajada, no todo es una conspiración orquestada de principio a fin, sino que es resultado de una organización política y económica concretas.

Tanto la crisis del Covid19 que estamos viviendo, como la crisis de 2008, vienen derivadas de causas similares, sin ir más lejos, la actual, agravada por el virus, es consecuencia directa de la pasada. No podemos obviar que el período de precariedad por el que pasa nuestro país forma parte del proyecto de construcción de un sistema capitalista global, y no de una gestión política concreta de alguno de los partidos autóctonos.

El mundo camina desde hace décadas hacia la plena implantación del capitalismo. Esto significa la liberalización completa del mercado, dejando a los gobiernos como un mero órgano de represión y control de la clase trabajadora, mientras la organización del capital se deja en manos de las grandes riquezas (que dirán que el mercado, libremente, se auto-organiza a través de la mano invisible).

La privatización de las empresas iniciada por el gobierno de González respondía a la entrada de España en la Unión Europea, que abrió el país a todo un mercado capitalista no sólo europeo, sino mundial, a través del fenómeno de la globalización. Así, España inició su propio proceso de liberalización, lo que significó someterse a los dictámenes de la Troika, en un sistema de distribución de la riqueza gestionado por la CE (Comisión Europea), el BCE (Banco Central Europeo) y el FMI (Fondo Monetario Internacional).

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No podemos entender la privatización de empresas públicas excedentarias en la de época González, sin entender cómo la planificación económica mundial camina hacia esta liberalización total del mercado.

No podemos entender, tampoco, la privatización actual de la sanidad, transportes y, en conjunto, el camino a la privatización de todos servicios públicos, que está en el eje programático de todos los gobiernos actuales, sin la exigencia de políticas de austeridad por parte de esa misma Troika, que nos obliga a reducir el gasto estatal en todo lo social, de lo que deriva su privatización. Un proceso de privatización que no sólo se está dando en España, sino en todo el mundo, y que por tanto debe responder a una planificación del capitalismo global y no a una gestión política concreta.

El sistema capitalista no es compatible con medidas sociales ni un estado de bienestar ya que, por definición, las empresas, incluidas aquellas en que la clase política tiene sus intereses, buscan el beneficio por encima de todo lo demás.

En un sistema económico que abandera la competencia extrema como fórmula del crecimiento, gastar en personas es una pérdida de dinero. Cuando esta crisis pase dejará un panorama desolador para la clase obrera, una crisis prima-hermana de la de 2008, con una clase capitalista que no habrá perdido nada entre ERTEs y rescates con dinero público.

Debemos hacer que el Covid19 suponga un duro golpe para el capitalismo, organizando a la clase trabajadora para que, cansada de ser siempre quien pague los platos rotos, esté más preparada que nunca para luchar por su emancipación, por el reparto efectivo de la riqueza y por el socialismo.