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La frustración de la investidura de Pedro Sánchez, de construir un gobierno “progresista”, es visto por amplísimos sectores de la izquierda como un fracaso en el camino de frenar a Vox y al llamado “trifachito”. Y aprovechando el río revuelto, los medios de masas cargan contra UP por no haber permitido ese gobierno.

Por Eusebio López

Para saber qué nos hemos perdido, tenemos que ver de qué gobierno hablamos; qué carácter tendría, incluso con UP dentro de él. O mejor dicho, el que hubiera podido salir con un acuerdo PSOE-UP; puesto que si el PSOE gobernara sólo, ya se sabría de sobra de qué iba.

¿Cómo definir un gobierno?

Muchos sectores sociales, incluso de la clase obrera, se sienten decepcionados porque el PSOE y UP no llegaron a un acuerdo para construir un gobierno “progresista y social”. Pero, ¿qué demonios significa eso?

Fue Anxo Quintana, ex vicepresidente de la Xunta Bipartita (acuerdo PSOE-BNG) el que dijo, “llegamos al gobierno pero no tuvimos el poder”. Si Anxo Quintana se hubiera molestado en leer algo de marxismo, no hubiera necesitado decepcionar a todo un sector el pueblo gallego, que vio como la presencia de “los nuestros” en el gobierno, no cambió cualitativamente la realidad social.

“El gobierno del estado no es más que la junta que administra los negocios comunes de la clase burguesa”, dice el Manifiesto Comunista. El poder real reside en esa clase social, la burguesía, que se unifica en el mercado, y que nombra regularmente, a través de elecciones si puede, si no a través de golpes de mano, a los administradores de sus negocios como clase. Quintana solo ratificó empíricamente lo que Marx y Engels escribieran hace más de 180 años, que gobierno y poder no son lo mismo.

Si ambos términos no son lo mismo, ¿a qué viene tanta decepción con el fracaso de la investidura de un gobierno “progresista y social”? Si ya se sabe que esos conceptos chocan frontalmente con los intereses de la CEOE, la Iglesia y las instituciones del estado neofranquista. Dicho de otra forma, ¿cuánto duraría un gobierno que realmente fuera progresista y social? Es decir, que luchara contra la desigualdad social y sus causas, el capitalismo, por los derechos políticos de los pueblos y los individuos; por otra sociedad.

Si hacemos abstracción de quién ostenta el poder real en una sociedad como la española, podemos vender a la sociedad que es posible el progresismo y lo social sin la lucha sin cuartel contra ese poder real y sus instituciones, o en el caso máximo de soberbia intelectual, de “convencerlo” o “engañarlos” desde sus instituciones. Pero los que ostentan el poder real recuerdan, día si y día también, quién manda… Porque eso es “tener el poder”, el que manda de verdad. Y los que mandan no son los interesados en ese progresismo y en esas medidas sociales, sino los que se enriquecen a su costa.

La decepción viene porque desde hace décadas se vende en el Estado Español un maniqueísmo, base “teórica” del bipartidismo, entre “progresistas” y “conservadores”, ocultando el carácter de clase de ambos, que los une, y su procedencia política; unos son hijos de la democracia burguesa, los otros del franquismo. El miedo al franquismo, a su vuelta, hace que bajo él queden subsumidas todas las demás aspiraciones de la población. La teoría del “mal menor”, de la democracia burguesa así sea administrada por los franquistas, en la que se baso toda la Transición.

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El miedo a Vox y el espantajo del franquismo

El capitalismo se hizo hegemónico en el Estado Español con más de un siglo de diferencia respecto a los estados centrales de Europa; en eso es semejante a Rusia, a los Balcanes, etc… La combinación entre capitalismo y restos feudales fue la marca de la casa hasta los años 30. El capitalismo en el Estado Español se hizo mayor de edad de la mano del fascismo y no de la democracia burguesa como en el resto de Europa, que con el Plan de Estabilización del 59, extendió la industrialización y la consecuente proletarización al conjunto del estado.

Este papel “transformador” del franquismo, que convirtió un estado básicamente rural, con escasos polos industriales (Catalunya, Euskadi, …) en un territorio urbano e industrial, es lo que da fuerza a lo que se ha dado en llamar “franquismo sociológico”. Un amplio sector de la población española añora los “años de la placidez” del “hombre del 600”, y cómo las superestructuras políticas, judiciales e ideológicas en las que cristaliza ese “franquismo sociológico” no fueron derrotadas en la Transición, sino que se les permitió “transmutarse” en democráticas, su fuerza social y su correlato ideológico, “el nacional catolicismo”, sigue vigente.

Esta incapacidad para derrotar políticamente al franquismo va de la mano de una de las “teorías” más perniciosas, la “equidistancia”. La que pone al mismo nivel los 800 muertos de ETA con los 120.000 desaparecidos del franquismo; falsa equidistancia incluso cuantitativa, puesto que a cada muerto de ETA le corresponden 150 victimas del franquismo. La proporción 1 /150 no parece muy ecuánime.

Vox rompe esta “equidistancia”, se apoya no solo en el franquismo sociológico, sino en ese barniz democrático que le confirieron los que durante años han defendido la “equidistancia”, alimentando el “todos son iguales”. La sociedad española está vacunada contra el antifascismo porque se le ha dicho que “todos son iguales”, y eso ha calado hasta los huesos.

Ahora que estamos en tiempos duros, en los que el capital para recuperar su tasa de ganancia y peso en una competencia internacional aguda, precisa de acabar con lo fundamental de las conquistas sociales, sean derechos de la clase trabajadora, sean derechos sociales o políticos, agita el espantajo del franquismo. El objetivo no es otro que volver a recuperar la “placidez”, ya no del franquismo (no se entendería una dictadura tan salvaje), sino del “bipartidismo borbónico” que definió el Régimen del 78.

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El limite del Régimen y la lucha por el socialismo

Porque este es otro de los limites objetivos a un gobierno “progresista y social”: el Régimen. Hemos visto que los derechos sociales son incompatibles con los titulares del poder, los capitalistas, los dueños de los medios de producción, distribución y financieros, junto con sus gestores, los gobiernos e instituciones.

Cada formación social, fruto de su historia, de su desarrollo como sociedad capitalista, de la correlación entre las fuerzas sociales concretas, organiza esas instituciones que “administran los negocios” del capital de una manera concreta. En el Estado Español esta forma se llama Régimen del 78.

Un gobierno “progresista y social”, si no quiere estar suspendido en el aire, tiene que tener en cuenta estas formas. En forma de pregunta, ¿es posible un gobierno “progresista y social” bajo el régimen del 78? ¿No chocaría todos los días con la herencia franquista de ese régimen, que es lo menos “progresista y social” que existe? Es más, ¿no chocaría con las agudas tendencias totalitarias y re-centralizadoras de este régimen?

El Régimen es otro freno objetivo a ese gobierno. Entonces, ¿a qué tanta decepción con que no se haya conseguido un “gobierno progresista y social”? No será que de tanto rebajar las expectativas sociales, nos hemos acostumbrado a la versión política del viejo refrán español, “virgencita que me quede como estoy”. Porque el fondo de la cuestión es de expectativas, de objetivos sociales; se ha transformado la consigna revolucionaria del mayo del 68, “seamos realistas, pidamos lo imposible”, en la reaccionaria, la “política es el arte de hacer lo posible”. ¡Mentira!, “la política es el arte de hacer posible lo necesario”, para transformar una realidad opresora.

Si de lo que se trata es, como mucho, de conseguir una Renta Social que amortigüe las desigualdades sociales; si lo que se pretende es, como mucho, volver a las relaciones laborales previas a las Reformas Laborales de ZP y Rajoy; si lo que se exige es un sistema de Pensiones Públicas como las que teníamos hace 8 años, la batalla la tenemos perdida ya en las conciencias… Si de lo que se trata es “el virgencita que me quede como estoy” se lleva al ejército social con la derrota en la cabeza; porque se están admitiendo los marcos impuestos por los que los que tienen el poder y quienes lo administran en su nombre. Se juega en con las normas y el terreno de los que quieren acabar con los derechos sociales y políticos de la población.

A lo largo de muchos años han dicho desde todos los medios, incluidos los que hablan de “agendas sociales”, que la transformación socialista es imposible; que es una utopía, y que debemos conformarnos con lo “posible”. Esto, unido al miedo al espantajo del franquismo, hace que la presión al maniqueísmo del “bipartidismo borbónico” sea el pan de cada día en los centros de trabajo, entre los activistas, en las redes, en todos los lugares; y no conseguir un gobierno “progresista y social”, se convierta en una decepción social.

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Es categórico, lo utópico es pensar que bajo este Régimen del 78, con el poder en manos del capital, y con la crisis económica, social y política que sufre la sociedad -no solo la española, sino internacional- es posible tan siquiera pensar en que un gobierno “progresista y social”, con uno de los miembros más activos de ese régimen, el PSOE, puede ser “progresista y social”. Es venderle humo a la población trabajadora, y esto es lo que genera decepción.

Lo único realmente realista, valga la redundancia, es situar el objetivo en la única salida que tiene el capitalismo imperialista en general, y el español en concreto, la lucha por el socialismo. No significa abandonar la lucha por conquistas parciales, sino que darle un contenido estratégico, de futuro, a esa lucha por las conquistas parciales sociales y democráticas, y su defensa.

En un momento histórico en que la humanidad podría resolver muchas de sus necesidades sociales, culturales, sanitarias, etc… Y que todo lo conquistado hasta ahora está en peligro, poner como limite los marcos de este sistema suicida, viene a ser como intentar matar un elefante a pedradas. Por ello, prometer un “gobierno progresista y social”, incluso si se consiguiera en una carambola de la historia (Grecia y Portugal son ejemplos), terminaría por decepcionar también, puesto que, como decía Anxo Quintana, “llegamos al gobierno, pero no tuvimos el poder”.

Hay que ponerse a la tarea de reconstruir ese programa de transformación socialista de la sociedad, luchar por el poder de los trabajadores y trabajadoras, única perspectiva realista de defender y conquistar los derechos sociales y políticos. Ya pasaron años suficientes para tener una perspectiva histórica, y más real, de que lo que había tras el Muro de Berlin no era socialismo, y que el “fin de la historia” decretado por los capitalistas no era más que propaganda.