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Multinacionales culpables, gobierno cómplices

¡¡Medidas reales ya!!

El cambio climático es ya una realidad palpable. La concentración de CO2 en la atmósfera antes de la era industrial era de 280 partes por millón (ppm), y ya hemos llegado a las 415 ppm. La temperatura global ya ha aumentado en cerca de 1ºC, cuando el límite de seguridad establecido por el Acuerdo de París es de +1,5ºC, punto al que llegaremos en apenas un puñado de años.

En el Estado Español, cada año batimos récords de temperaturas. Las olas de calor son más recurrentes e intensas. La lluvia escasea y la desertización amenaza el suelo. A más largo plazo, las zonas costeras son amenazadas por la subida del nivel del mar. Todo esto pondrá en graves dificultades al sector agropecuario, y catástrofes como sequías, inundaciones por fenómenos meteorológicos extremos o incendios forestales aumentan. Los espacios naturales y la biodiversidad están amenazados.

El cambio climático tiene responsables

Desde las instituciones nos suelen decir que “todos somos responsables” frente al cambio climático. Evidentemente, es importante que todos reciclemos, ahorremos energía y agua, etc… Pero el consumo doméstico es una parte muy pequeña de lo que se gasta. Son las grandes empresas las que concentran la mayoría de las emisiones. Sólo 10 de ellas son responsables del 25% del total de las emisiones en España. Entre ellas encontramos petroleras (Repsol, CEPSA), eléctricas (Endesa, Naturgy, EDP, Viesgo, Iberdrola) constructoras (CEMEX, Holcim, Cementos Portland) y siderúrgicas (ArcelorMittal).

Estas grandes compañías acumulan beneficios multimillonarios gracias a sus “sucios negocios”. Desde luego, no están dispuestas a sacrificar esos beneficios para adaptarse y “salvar el clima”. Desde la cumbre de Rio de Janeiro en 1992, cuando se adoptó la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático, han pasado 27 años, y 24 conferencias internacionales más. Lejos de haber servido de algo, la situación ha ido empeorando. Sin ir más lejos, entre los años 2017 y 2018, las emisiones globales han aumentado un 2´7%.

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Los gobiernos llevan literalmente décadas “mareando la perdiz”. Mientras, las grandes compañías siguen acumulando beneficios a costa de contaminar, alterar el clima y destruir el planeta.

¿Salvar el clima sin acabar con el capitalismo?

La preocupación sobre el medio ambiente es ya algo generalizado. Eso ha hecho que las instituciones tengan que posicionarse sobre este tema. Desde ellas, nos lanzan mensajes sobre qué podemos hacer ante esta situación de emergencia. Suelen poner el foco en la necesidad de que cada persona cambie sus acciones individuales para fomentar el ahorro o el reciclaje. Es importante que todos y todas aportemos nuestros granito de arena; pero eso está lejos de ser la solución. El consumo doméstico representa sólo un 8% de las emisiones totales, según datos del Ministerio para la Transición Ecológica.

El “meollo” de la cuestión se concentra en la producción. Mientras las grandes empresas sigan funcionando en base a los combustibles fósiles, la situación seguirá empeorando. Celebramos que aumente la conciencia y que vayan cambiando las actitudes de la población, pero sobre todo, es necesario exigir de los gobiernos que cambien las políticas. Que se obligue a reducir las emisiones a la industria, la producción energética, el transporte y la agricultura y ganadería industriales.

¿Empresas verdes?

Estos sectores jamás reducirán sus emisiones en un volumen suficiente por voluntad propia. Eso implica hacer una fuerte inversión en adaptar los procesos productivos a la sostenibilidad ambiental. Pero, ¿cuándo los accionistas de una gran compañía sacrificaron sus suculentos beneficios por el “bien común”? Incluso si alguna empresa en particular decidiera hacerlo, rápidamente sus cuentas mercantiles entrarían en bancarrota, salvo que aumentara drásticamente los precios de su producto… algo que la llevaría a la bancarrota igualmente.

Además, reducir el uso de materiales y energía choca con la dinámica del capital. Las empresas capitalistas buscan maximizar sus beneficios. Necesitan vender mucho, y cada vez más rápido. Mientras más recursos naturales extraigan y más desechos viertan, mejor. Todos hemos experimentado la obsolescencia programada, y somos bombardeados por publicidad intentando exacerbar el consumismo. Que cada cual en su casa intente consumir de manera crítica, mientras las grandes palancas de la economía siguen en manos de los capitalistas, es como tratar un cáncer con una tirita.

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Una alternativa: socialismo

Bajo las reglas del capitalismo, la sostenibilidad ambiental es una quimera. Acabar con esta economía basada en los combustibles fósiles implica planificar cuánto y cómo se produce para las necesidades sociales, y no para el beneficio de las grandes compañías, nacionalizando los sectores estratégicos de la economía (y teniendo en cuenta los límites físicos del planeta).

No puede haber medidas racionales, de fondo, para combatir el cambio climático sobre la base de respetar el desastre de la producción capitalista, la producción para la ganancia, la apropiación privada de la producción social. El combate al cambio climático exige la planificación socialista de la economía, es decir, planificar la economía en forma racional, democrática y al servicio de la sociedad. Esto tiene para nosotros y nosotras un nombre: socialismo.
No es posible alcanzar ese objetivo de un solo golpe pero si se puede y se debe definir una estrategia y un programa de medidas transicionales que apunte hacia él porque es el único y verdadero cambio, para los seres humanos y para la naturaleza misma.

La clase trabajadora es quien tiene en sus manos la producción. Es ella quien tiene la posibilidad de tomar el control y encabezar la verdadera rebelión social que es necesaria. La revolución – que siempre fue una cuestión de justicia social- es hoy también una cuestión urgente de supervivencia.


Poner el zorro a cuidar el gallinero

Basta pasar revista a la actuación de los diferentes gobiernos del PSOE y del PP para ver que hablamos de gobiernos al servicio de las multinacionales y los bancos, de sus petroleras, industrias automovilísticas, energía, cementeras petroleras, etc…

La explicación no es nada compleja. Baste ver a dónde van los Presidentes de Gobiernos, ministros/as, diputados, cargos públicos, directores generales… cuando formalmente terminan su mandatos. Felipe González acabó en Gas Natural Fenosa; José María Aznar en Endesa; el ex ministro de Interior y ex secretario general del PP, Ángel Acebes acabó en Iberdrola; la ex ministra de Economía Elena Salgado lo hizo en Endesa; Josep Borrell, tras dejar en su etapa anterior el Ministerio de Obras Públicas, Transportes y Medio Ambiente y la presidencia del Parlamento Europeo recalaba en Abengoa; el ex ministro de economía Pedro Solbes recaló en Enel; el ex ministro de Administraciones Públicas Jordi Sevilla lo hizo de asesor de PriceWaterhouse Cooper. Tampoco faltan en la lista los “nacionalistas”, como Roca Junyent que recaló en Endesa o Juan María Atutxa, ex consejero del Interior del País Vasco con el PNV, que lo hizo en Iberdrola Ingeniería y Construcción o el ex ministro del Interior Josu Jon Imaz (PNV) en Repsol. Se hace interminable la lista en la que no faltan tampoco los representantes del entorno empresarial franquista.