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La abdicación del rey es un intento desesperado de proteger la monarquía y el régimen que se están desmoronando.


Un régimen que agoniza
 
Efectivamente, el régimen del 78 se halla en situación crítica. Este régimen fue fruto del pacto de la Transición entre un régimen criminal en crisis, el franquismo, y la ilegal oposición democrática, expresión ésta que designaba al PCE (el gran partido de entonces), al PSOE y a las fuerzas nacionalistas burguesas de Cataluña y País Vasco. 

El pacto aseguró el mantenimiento de los principales aparatos estatales franquistas (Ejército, policía, jueces y altos funcionarios, nunca depurados) y de los intereses económicos de las grandes familias del régimen, agrupadas en torno a los bancos y empresas asociadas. Los intereses de la Iglesia católica fueron escrupulosamente respetados. A cambio, el régimen (que se hallaba en una crisis terminal ante un movimiento obrero y popular con muchísima fuerza) reconocía las libertades democráticas que la calle ya había conquistado y ofrecía a la oposición democrática un lugar al sol en el Congreso, los parlamentos autonómicos y los ayuntamientos, a partir de los cuales integrarlos en la “gobernabilidad”. Los partidos de la oposición reconocieron la bandera heredada del franquismo, al rey designado por Franco y la “indivisible unidad de la patria española”. Aceptaron también, como parte del pacto, la integración en la OTAN y en la UE, que nos presentaron como el séptimo cielo. En este esquema el rey era el símbolo del pacto, jefe del Ejército y representación de la unidad de España.

Ahora, 36 años después, el gran tinglado ha entrado en descomposición. A partir del estallido del boom inmobiliario y la crisis capitalista, el régimen ha aparecido cada vez más como sicario de la troika e instrumento de los bancos y grandes empresas para desmantelar nuestros derechos y empobrecernos. Y, por supuesto, como antro de corrupción donde han chapoteado las instituciones (empezando por la monarquía) y el PPSOE. 

El 15M, con su “no nos representan” empezó el derribo en 2011. El último episodio, tres años más tarde, es la abdicación del rey. 

Los “méritos” del rey

Rajoy, Rubalcaba y los medios de comunicación nos presentan a Juan Carlos como el artífice y puntal de la democracia española. Para ello han ocultado que fue designado por Franco, juró los “Principios del Movimiento” y nunca pronunció una sola condena del franquismo ni de sus crímenes. Han escondido la historia de sus “amistades peligrosas” con financieros que después acabaron procesados o en la cárcel, como los Conde, Albertos o Prado. Han encubierto que el nada sospechoso New York Times le atribuye una fortuna de 2.000 millones que nadie sabe de dónde han podido salir. Han tapado su intimidad con las dinastías corruptas saudíes y de los Emiratos, sus cacerías de osos y elefantes.

Han insistido, por el contrario, en su supuesto gran mérito: “salvar la democracia” el 23F. Se agarran con desespero a esta versión oficial que han convertido en un dogma de fe, pero que hace agua por todas partes. Así, el reciente libro de Pilar Urbano donde explica las intimidades del rey con el general Armada fue silenciado por los medios, sin que nadie se atreviera a poner una querella contra la autora.

¿Qué buscan con la abdicación?

El rey se ha resistido a la abdicación hasta el último momento. Si al final ha consentido es porque no han tenido más remedio. El descrédito de la monarquía es tan grande que necesitan soltar lastre. La gravedad de su crisis se refleja en el apresuramiento y la improvisación con la que han actuado, forzados por los resultados electorales, la dimisión de Rubalcaba y el calendario soberanista catalán. Ni siquiera tienen resuelto el aforamiento de Juan Carlos tras su abdicación.

Quieren aprovechar la coronación para poner en marcha lo que llaman “segunda transición”, es decir, un nuevo pacto que, con algunos cambios constitucionales, legitime y dé continuidad al régimen en crisis. De ello llevan tiempo hablando en las alturas.

El problema es que no lo tienen nada fácil. Las principales instituciones están ampliamente desacreditadas y los que representan la “primera transición” han perdido todo prestigio. ¿Pueden el PP, PSOE, los dirigentes de la CEOE y de CCOO-UGT protagonizar una segunda transición? Pero es que, además, las aspiraciones de las nacionalidades históricas han ido ya demasiado lejos como para desviarlas a un nuevo autonomismo que eluda la exigencia del derecho a decidir. Tras la proclamación del nuevo rey vamos a ver, sin duda, muchas maniobras. Lo que ya es más que difícil es que estabilicen y cierren la crisis.

 
Qué salida para el pueblo trabajador

Lo que hasta ayer parecía imposible, ahora puede convertirse en realidad, dar jaque mate a la monarquía. Decenas de miles hemos salido a la calle y vamos a ser multitud. El nuevo reinado debe nacer herido de muerte.

El momento exige un acuerdo unitario de las fuerzas de izquierda, el sindicalismo de clase, los movimientos sociales y la izquierda nacionalista para lanzar una campaña de pronunciamientos en los ayuntamientos, de agitación y movilización, que llegue al último rincón para exigir un referéndum vinculante sobre la monarquía y permita al pueblo quitársela de encima. IU y Podemos tienen una especial responsabilidad en ello. En las nacionalidades la responsabilidad incumbe en gran medida a la izquierda independentista. Nadie podría entender que se apartara de esta reivindicación democrática general en nombre de que es “un problema de España y no nuestro”. La lucha por librarnos de la monarquía y por los derechos de las nacionalidades van de la mano. Unir ambas reivindicaciones en Madrid, Barcelona, Bilbao y Vigo es una necesidad.

Pero no hay que olvidar que para lograr el referéndum hay que echar antes a Rajoy, forzarlo desde la calle a dimitir y a convocar unas elecciones anticipadas que quiebren definitivamente el bipartidismo monárquico.

Hay monárquicos emboscados que dicen que tanto da un rey como una república, porque hay repúblicas malas y monarquías democráticas. Es una argumentación tramposa que olvida la historia y el presente y, más aún, da a entender que el problema es cambiar un rey por un presidente. En absoluto. Acabar con la monarquía no ha de ser sino la puerta de entrada a un proceso constituyente que, apoyado en el derecho de las nacionalidades a decidir y sustentado en el protagonismo popular, en la organización de los trabajadores y el pueblo, cambie de arriba abajo las bases políticas, económicas y sociales al servicio del pueblo trabajador.

Es hora de organizarnos en los barrios y pueblos en defensa de estas exigencias.
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