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El 8 de mayo de 1945 terminaba en Europa el más sangriento conflicto de la historia de la humanidad. La Guerra en el Pacífico continuaría hasta agosto, cuando los Estados Unidos arrojaron dos bombas atómicas sobre el Japón, en Hiroshima (el día 6) y en Nagasaki (el día 9).

Por: Jeferson Choma

El fin del conflicto, con la derrota del nazi-fascismo, produjo la mayor ola revolucionaria del siglo pasado. A pesar de la reacción del imperialismo, auxiliado por los partidos comunistas, ligados a Stalin, la ola revolucionaria llevó a un tercio de la población del planeta a la expropiación del capitalismo.

La fuerza motriz que deflagró la Segunda Guerra fue la rivalidad interimperialista en la disputa por nuevas inversiones, mercados y fuentes de materias primas baratas. La disputa por la hegemonía del sistema mundial no había sido resuelta en la Primera Guerra, a pesar de haber costado la vida de seis millones de civiles y de ocho millones de soldados.

Las principales potencias imperialistas envueltas en la Segunda Guerra (Estados Unidos, Inglaterra y Alemania, con Italia y Francia ocupando un papel secundario) buscaban, por fin, resolver la cuestión: conquistar la hegemonía del capitalismo e imponer un nuevo orden, no solo a los países periféricos coloniales sino también a los industrializados.

Pero la invasión nazi a la Unión Soviética (URSS), el 22 de junio de 1941, cambió el carácter social del conflicto. Si hasta aquel momento la guerra estaba marcada por la disputa entre los países imperialistas para decidir quién tendría prioridad en la rapiña mundial, con la invasión a la URSS, el pillaje realizado por el imperialismo alemán era sobre la propiedad colectiva conquistada con la Revolución de Octubre.

Aunque tuviese la defensa desorganizada, sobre todo por responsabilidad de Stalin, que decapitó el comando del Ejército Rojo con sus purgas, la enorme resistencia del pueblo soviético produjo un gran impacto en el avance de la Wehrmacht (las fuerzas armadas de la Alemania nazi). Otra sorpresa desagradable fue la llegada del terrible invierno ruso, que liquidó a millares de soldados alemanes, que no estaban preparados para afrontarlo.

La victoria del Ejército Rojo en la prolongada defensa de Stalingrado dio un guiño radical en la guerra. Por primera vez la Wehrmacht era derrotada y no conseguiría reerguirse más. La victoria soviética puso la iniciativa en manos del Ejército Rojo, que solo pararía con la toma de Berlín y la bandera roja ondeando sobre el Reichstag.

Con el cambio de la correlación de fuerzas, entre los años 1943 y 1945 Stalin, Churchill y Roosevelt intentaron establecer los parámetros de un futuro orden mundial, dividiendo el mundo en áreas de influencia. En las conferencias de Yalta y Potsdam, ambas realizadas en 1945, fueron definidas las divisiones de Berlín y de Alemania por los países victoriosos. El Este europeo ocupado por el Ejército Rojo fue convertido en zona de influencia soviética. Posteriormente, bajo coerción militar de la URSS, fue expropiada la propiedad capitalista en la región, en una revolución “de arriba hacia abajo”. Pero esa iniciativa de la burocracia estalinista, basada en acuerdos con el imperialismo, estaba lejos de estimular la revolución mundial; por el contrario, los acontecimientos posteriores demostrarían cómo el estalinismo utilizó el prestigio de la URSS en la derrota contra el nazi-fascismo para frenar la revolución en Europa.

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Con la derrota del fascismo, el reguero de pólvora de la revolución mundial se había encendido. La ola revolucionaria se abatió simultáneamente en Europa y en Asia, rompiendo con los límites acordados en Yalta y Potsdam.

En Europa, la lucha contra la ocupación fascista, emprendida por la resistencia en Yugoslavia, Albania, Grecia, Francia e Italia, encabezada, en gran número, por los Partidos Comunistas, dio lugar a un poderoso ascenso revolucionario.

En Yugoslavia, al contrario de los planes del imperialismo, que ansiaba la recolonización de la región –planes estos plenamente aceptados por Stalin, dígase– el ejército de los partisanos comunistas liderados por Tito, que a esta altura ya sumaba 900.000 personas, desobedeció las órdenes del Kremlin. Moscú había ordenado la deposición total de las armas de los partisanos, y orientaba su participación en un gobierno de coalición con partidos proimperialistas. Pero los partisanos eran poderosos, habían realizado grandes hechos militares, estaban seguros, y su instinto les decía que las orientaciones de Moscú llevarían a la derrota. Por eso, dieron la espalda a Stalin, tomaron el poder e iniciaron la expropiación de los capitalistas.

Partisanos yugoslavos en 1944.

En Italia, el Partido Comunista organizó una importante resistencia en el Norte y el Centro del país, con más de 100.000 combatientes. En 1945, los partisanos capturan a Mussolini y lo ejecutan. De los poco más de 5.000 militantes de antes de la guerra, la mayoría encarcelado en las prisiones fascistas, el PCI emerge de la guerra con más de 800.000 miembros, conquistados, sobre todo, por el prestigio obtenido por la actuación en la resistencia, en los campos de batalla contra Mussolini y la ocupación nazista.

En Francia, del mismo modo, el PCF sale con enorme prestigio después de años de resistencia a la ocupación. En ese país, no obstante, la resistencia partisana también es ejercida por sectores burgueses, dirigidos por el general De Gaulle. Incluso así, La Résistance era absolutamente hegemonizada por los comunistas, que lucharon bravamente por la liberación del país. Muchos de sus combatientes eran refugiados de la guerra civil española.

En las vísperas de la liberación de París explota una insurrección contra los nazistas dirigida por la resistencia. Los soldados norteamericanos que estaban en camino resuelven parar a treinta kilómetros de la capital de Francia, esperando que los alemanes matasen a los insurrectos. Se estima que fueron muertas entre tres y cinco mil personas durante la batalla. Con todo, los revoltosos consiguieron dominar la situación, capturaron a los enemigos y frustraron las expectativas de los Estados Unidos, que tuvieron que entrar en París mientras estaba ocupada por los comunistas.

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Pero tanto en Italia como en Francia, la revolución fue bloqueada cuando los PCs resolvieron acatar las órdenes de Stalin y participar de los gobiernos burgueses que tenían por objetivo reconstruir el Estado y la economía capitalistas. Para eso contaban con los millonarios recursos del Plan Marshall.

Maurice Thorez, secretario general del PCF, y Ercoli Togliatti, líder del PCI, pasan a ejercer cargos ministeriales en los gobiernos burgueses de “unidad nacional”, actuando de forma decisiva para aplacar las protestas y movilizaciones obreras y campesinas. La consigna lanzada por Thorez es emblemática en lo que se refiere a la política contrarrevolucionaria aplicada por los PCs en la época. Decía él: “un único Estado, un único ejército, una única policía”.

Lo que se vio fue una traición del estalinismo de dimensiones históricas: una revolución socialista, victoriosa en Francia y en Italia, dos países imperialistas, habría cambiado el curso de la historia de la humanidad.

Resistencia italiana.

Grecia asistió una situación aún más dramática. El ELAS (Ejército Nacional Popular de Liberación), dirigido por el PCG, expulsó a las tropas nazis del país y pasó a controlar la mayor parte del territorio. El poder estaba al alcance de las manos. Con todo, Stalin tenía otros planes. Intentando obtener la confianza de los aliados, especialmente del imperialismo británico, orienta al PCG a conformar un gobierno de unidad nacional con Papandreu (político burgués aliado de los intereses británicos). En diciembre de 1944, entre tanto, irrumpe por las calles de Atenas una huelga general obrera que luego se transformaría en una insurrección.

Los combates en Atenas duraron cinco semanas. Las masas entablaron la lucha con la mayor combatividad y heroísmo; hubo millares de víctimas en esas jornadas. Churchill entonces, telegrafía al embajador británico y le da la orden que será repasada para las tropas inglesas estacionadas en Grecia: “actúe como si estuviese en una ciudad ocupada”. La orden no tardó en ser cumplida. Tropas inglesas son desplazadas hacia Atenas y aviones y navíos británicos bombardean impiadosamente los barrios obreros de la ciudad.

Mientras tanto, el PC mantiene a Atenas aislada del resto del país. Los refuerzos del ELAS, tan aguardados por los obreros, nunca llegaron. La orden de la ofensiva final jamás sería dada. Stalin mantiene el compromiso asumido con Churchill de asegurar la “estabilidad” en el Mediterráneo, a costa de las vidas de millares de trabajadores griegos.

En Asia, el movimiento revolucionario rompe con los límites de los acuerdos aliados y produce victorias formidables después de años de lucha antiimperialista. En China, la guerrilla de los comunistas de Mao Tse Tung, después de una larga lucha contra el imperialismo japonés, derrotan a las fuerzas proamericanas de Chiang Kai Shek y toman el poder en 1949, rompiendo con su condición de colonia y dando inicio a la expropiación de los capitalistas en el país.

La rendición japonesa también hizo explotar en la península de Indochina, antigua colonia francesa, un poderoso movimiento revolucionario anticolonial que tomó el poder antes incluso de que los aliados pudiesen poner los ojos en la región. Un testigo ocular de la revolución decía: “Horas después de la noticia (rendición del Japón), se desencadenó una tempestad social de tales proporciones que podría haber derribado cualquier cosa”. La reacción del imperialismo en esa región va a desencadenar más tarde la Guerra de Vietnam. Para los vietnamitas, la Segunda Guerra solo terminaría en 1975, cuando los yanquis fueron definitivamente expulsados de Saigón.

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En Europa, esa colaboración del estalinismo con el imperialismo fue esencial para frenar los procesos revolucionarios. Aún así, el imperialismo norteamericano también adoptaría el Programa de Recuperación Europea, conocido también como Plan Marshall, cuyo objetivo fue la reconstrucción de los países aliados de Europa en la posguerra y detener la ola revolucionaria. En la época, se utilizaron 14.000 millones de dólares en esa reconstrucción. Fue lo que lanzó las bases del Estado de Bienestar europeo, la concesión de innumerables derechos sociales y reivindicaciones obreras, etc. El Plan Marshall fue una concesión del imperialismo, que prefirió entregar los anillos para no perder un brazo entero para la revolución europea.

Sin ese plan, incluso la colaboración estalinista estaría amenazada. Al final, ¿cómo se sentirían las bases de los partidos comunistas que habían acabado de derrotar al poderoso nazi-fascismo frente al brutal crecimiento de la miseria y del hambre? ¿Colaborarían, como Stalin había acordado, con la reconstrucción del capitalismo europeo incluso si eso fuese cimentado sobre sus huesos? Probablemente, no. Tal vez la ola revolucionaria que se abatió en Asia –donde no fue aplicado ningún plan de recuperación, con excepción del Japón– permita vislumbrar lo que podría haber ocurrido en Europa: la explosión generalizada de revoluciones anticoloniales que llevaran a las direcciones de los partidos comunistas a avanzar mucho más de lo que sus jefes en Moscú habían permitido.

Traducción: Natalia Estrada.