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Los últimos acontecimientos en Siria, o sea, el retiro por Trump de las divisiones americanas del Kurdistán sirio (abriendo así espacio para que Turquía lleve adelante operaciones contra los kurdos en la región) y el inicio e interrupción de estas operaciones con el acuerdo entre Erdogan y Putin son nuevas expresiones de la crisis política y de las contradicciones entre las diferentes fuerzas involucradas. Comprender los intereses de cada una de estas es fundamental para comprender lo que está ocurriendo.

Por: POI – Rusia

El contexto general – la revolución

El contexto general de lo que pasa es la revolución que se desarrolla desde 2011 en Siria como parte del proceso general de revoluciones en el mundo árabe. En esta, el pueblo sirio, empobrecido bajo la bota de la dictadura de Assad, se levantó. El odio al gobierno era tan fuerte que la tentativa de Assad de ahogar en sangre la revolución llevó a la división de las Fuerzas Armadas de Siria, así como en Libia, con una parte pasándose para el lado del pueblo. Fue así que la Revolución Siria se armó. La masiva aversión de la población en relación con Assad llevó a este a aplicar la táctica de tierra arrasada, con la eliminación física de las ciudades sublevadas, junto con sus poblaciones. E incluso así la revolución tomó una gran parte del territorio, dejó el régimen dictatorial y proimperialista de Assad al borde de la caída, pudiendo haber sido derrocado si en socorro del verdugo no hubiese llegado Putin y “nuestro glorioso ejército”.

La política del imperialismo: “absorber” la revolución

Al contrario de todas las leyendas, y a pesar de las contradicciones existentes, el régimen de Assad satisfacía muy bien al imperialismo. Por un lado, el modelo económico capitalista, siguiendo las recetas de los institutos financieros mundiales, con la privatización progresiva, permitían al imperialismo llevar adelante e intensificar el saqueo imperialista del país. Por otro lado, la paz garantizada por Assad en la frontera con Israel, aceptando de hecho la ocupación de las Colinas del Golán y la represión a los campamentos palestinos, garantizaban al imperialismo la seguridad de su puesto militar avanzado en la región, que es lo que de hecho representa el Estado de Israel.

Es verdad que el régimen de Assad fue incluido por Bush a su tiempo en el “Eje del Mal”, junto con Irán, en el marco de la política del “nuevo siglo americano”. Pero luego de la derrota americana en Irak, el imperialismo americano ya no tenía fuerzas ni voluntad para derrocar gobiernos, que aunque con algunas contradicciones respetaban su dominio en la región. Dominio que fue puesto en cuestión por la revolución árabe.

Para poner fin a la Revolución Siria, así como a las revoluciones en Túnez, Libia, Egipto, los imperialismos americano y europeo apostaron, por la razón arriba dicha, en el llamado “proceso político”, con la transición gradual y pactada de Assad, principal factor de irritación para el pueblo, realizada entre elecciones y formando un nuevo gobierno, con el cual se podría hacer retroceder la lucha del pueblo a los límites anteriores y restablecer el control perdido por Assad.

La crisis política dentro de los Estados Unidos, los impopulares gastos de guerra, y la debilidad política de Trump limitaron fuertemente sus posibilidades de intervención militar. Sin embargo, el surgimiento del Estado Islámico, organización que a pesar de causar grandes bajas a la revolución (motivo de satisfacción de todos los opresores), al mismo tiempo era inaceptable para el imperialismo como un factor independiente de desestabilización, obligando al imperialismo a una intervención militar limitada, incluido un apoyo limitado a las tropas kurdas que luchaban contra el Estado Islámico, también para mantener el control sobre estas.

El régimen de Putin: ahogar la revolución en sangre

Para Putin la Revolución Siria, así como la ucraniana, significaba un desafío especial, pues era capaz de llegar al Cáucaso ruso musulmán, cuyo aplastamiento fue la piedra fundamental del régimen de Putin (en la segunda Guerra de Chechenia). Es el talón de Aquiles de Putin: un ascenso de la lucha en el Cáucaso significaría el fin del régimen de Putin y pondría en cuestión el modelo por él implementado de espoliación de recursos naturales y atracción de capitales externos. Además, la salida de Assad, elecciones, y transición de una dictadura a una democracia burguesa, significaría inevitablemente la pérdida de la base militar rusa en una región estratégica, haz en la manga de Putin en sus negociaciones con el imperialismo. Por eso, a pesar de que Putin, así como el imperialismo, definió como tarea principal poner fin a la revolución, se diferenciaba de este en los métodos, apostando no en los mecanismos de la “democracia burguesa” (elecciones) sino en la destrucción directa de la revolución. Solamente la intervención del ejército ruso del lado de Assad, conjuntamente con su táctica de tierra arrasada, cerco militar a las ciudades con poblaciones sublevadas, estrangulamiento de ellas por el hambre y su transformación en ruinas por los bombardeos intensivos, o sea, igual que los nazistas hicieran en Leningrado, pero ahora realizado por nuestro “glorioso ejército” bajo la dirección de Putin y Shoigu [ministro de las Fuerzas Armadas], llevando a la muerte, según diferentes fuentes, entre 350.000 a medio millón de personas, fue lo que pudo salvar la dictadura de Assad. Este crimen de Putin contra el pueblo sirio será sin duda recordado por siglos.

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Turquía: “el problema kurdo”, cuestión central para Erdogan

Un componente de la Revolución Siria fue la intensificación de la lucha del pueblo kurdo por su autodeterminación, nación dividida entre Turquía, Irak, Siria e Irán, y que nunca poseyó su propio Estado. Con la Revolución Siria y la lucha contra el Estado Islámico, el Kurdistán sirio se armó. La formación de una estructura estatal en Rojava, en el norte de Siria, y la victoria por mayoría absoluta en el referendo por la independencia del Kurdistán iraquí, pusieron a la orden del día la posibilidad de realizar esta tarea histórica del pueblo kurdo: la unificación del Kurdistán y su autodeterminación. Y eso significaba un peligro colosal para Erdogan.

Para Erdogan, el Kurdistán tiene más o menos el mismo significado que el Cáucaso o Ucrania para Putin. De la misma forma como la rebelión de los pueblos y la derrota de Putin en el Cáucaso amenazaba con la ruina de todo el sistema político chovinista “gran ruso” del régimen de Putin (de hecho al servicio de la colonización del país por los capitales occidentales y de enriquecer a una media docena de oligarcas a costas del pueblo y de los recursos naturales del país), la lucha de los kurdos y una derrota de Erdogan en el Kurdistán amenazaba con la ruina de todo el sistema político chovinista “gran turco”, opresor de todos los trabajadores del país, incluidos los turcos. Por eso, Erdogan “golpea” a los kurdos con la misma furia con que Putin mataba chechenos. Y de la mismísima manera como apoyándose en el chovinismo que infecta a los trabajadores rusos en la guerra contra Ucrania y alrededor de “Crimea es nuestra”, Putin consiguió poner en la garganta de la población la reforma de la previsión, en la Turquía de Erdogan, apoyándose en el chovinismo turco y en la guerra contra los kurdos, este pudo no solamente mantenerse en el gobierno como concentrar más poderes, incluso a pesar de la muy mala situación social y económica del país, y que viene empeorando mucho los últimos años.

Por eso, de la misma forma como la asfixia del Cáucaso es cuestión de vida o muerte para Putin, ahogar a los kurdos es cuestión de principio para Erdogan. Es eso lo que explica toda su política en Siria, incluyendo acciones conjuntas de hecho con el Estado Islámico que combatía contra los kurdos. La provisión de combatientes extranjeros para el Estado Islámico pasaba fundamentalmente por el territorio de Turquía, donde también el Estado Islámico tenía la posibilidad de realizar sus operaciones logísticas. Erdogan obstaculizaba el recibimiento de apoyo a los kurdos para resistir el genocidio perpetrado por el Estado Islámico.

La misma preocupación con “la cuestión kurda” explica la oposición general de Erdogan a Assad. Erdogan desde el inicio de la revolución había dejado de ver a Assad como una fuerza política capaz de poner un freno a los kurdos del Kurdistán sirio. En el este punto se concentraba su divergencia con Putin (que llevó incluso la caída de un avión bombardero ruso hace algunos años), que apoya la dictadura de Assad hasta el fin.

Kurdistán: una lucha heroica de un pueblo y una dirección catastrófica

El pueblo kurdo mostró durante la Revolución Siria verdadero heroísmo, en especial en los combates al Estado Islámico, y en el inicio, contra Assad. La crisis de la dictadura de Assad abrió espacio para la formación en el Kurdistán sirio de la formación estatal de Rojava. Junto con la victoria del voto por la independencia en el referendo del Kurdistán iraquí, eso abrió espacio para la realización de la tarea histórica del pueblo kurdo: la formación de un Kurdistán unificado e independiente. Sin embargo, su dirección política condujo esta lucha al callejón sin salida dela situación actual.

La fuerza dominante en el Kurdistán turco y sirio (incluyendo el YPG, a las órdenes de autodefensa de Siria) es el PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán), de Abdul Occalan, sobre la cual vale la pena decir algunas palabras. Esta es la dirección histórica de los kurdos. El PKK nunca fue un partido revolucionario, de hecho, siempre fue una estructura profundamente burocratizada, que incluso eliminaba físicamente a activistas de otras organizaciones de izquierda kurdas.

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Al inicio, el PKK levantaba un programa de unificación e independencia de todo el Kurdistán. Pero desde el inicio de los años 2000, luego del encarcelamiento de Occalan en una prisión turca, el programa del PKK se alteró. La exigencia de unidad e independencia del Kurdistán fue sustituida por la exigencia de autonomía de los territorios habitados por kurdos en los marcos de los Estados actualmente existentes. Es el reflejo del deseo de la burguesía kurda, interesada antes que todo en el aumento de su parte en los ingresos totales (incluso de la explotación de petróleo), en mantener buenas relaciones y negocios con las burguesías nacionales de estos Estados y no interesada en la unificación de los kurdos. En general, el PKK pasó a defender abiertamente un proyecto nacional burgués (pero sin la unificación de la nación), prometiendo la felicidad para los kurdos, incluyendo en su programa hasta el desarrollo ecológicamente sostenible, en los marcos de autonomías a través de negociaciones con el imperialismo, con el Estado turco, con Assad, con Putin… Una utopía total y una política que conducía a una derrota anunciada. Una parte de este proyecto pasó a ser hacer las paces con Assad, o sea, la renuncia al principal objetivo de la Revolución Siria: la caída del dictador (además de cavar su propia fosa, porque obviamente si Assad se recupera, volverá sus armas contra los kurdos, para recuperar el control sobre sus territorios). Lo mismo con la esperanza de ser defendidos por el imperialismo americano (también cavando bajo de sí una fosa). Lo mismo con las limpiezas étnicas contra las poblaciones árabes en las regiones étnicamente mixtas tomadas bajo su control (lo que metió una cuña entre los kurdos y los árabes que luchaban contra el régimen de Assad, y que hoy se volvió contra los kurdos, pues Erdogan intenta utilizar eso, esforzándose por poblar la zona a lo largo de la frontera turca con refugiados árabes que habían huido a Turquía, incluso debido a las limpiezas étnicas promovidas por las YPG, para separar étnicamente a los kurdos sirios de los kurdos turcos, obstaculizando la unificación de su lucha).

La situación con la operación turca

En la situación alrededor de la operación turca se expresan todos los distintos intereses involucrados.

Trump anunció el retiro de las divisiones americanas del Kurdistán sirio. En primer lugar, eso refleja el “factor Trump” y su voluntad de demostrar “pasos reales”, “ruptura con el pasado”, disminución de los gastos en guerras y “el giro para los problemas internos de los Estados Unidos”, para luchar contra su caída de popularidad antes de las próximas elecciones. Los kurdos armados fueron útiles para la lucha contra el Estado Islámico, pero ahora ellos ya no son necesarios e incluso son incómodos, en especial en el contexto de la sociedad histórica entre los Estados Unidos y Turquía en los marcos de la OTAN.

Erdogan, para quien la cuestión kurda es la fundamental de la Revolución Siria, inició una cruzada contra los kurdos sirios, con el objetivo de imponerles una derrota abrumadora, expulsarlos de las fronteras, romper las ligazones de ellos con los kurdos turcos, poblar la región entre ellos con refugiados árabes y de esta forma garantizar su propio poder y su modelo de opresión de los trabajadores turcos. Su promesa de “aplastar la cabeza de los terroristas” en relación con los kurdos es su versión de la línea política de Putin de “aplastar en las letrinas” a los pueblos del Cáucaso, y deja bien claro sus objetivos. Erdogan ve una posibilidad histórica de debilitar la lucha de los kurdos, que traería el consecuente fortalecimiento de su poder.

Los imperialismos europeo y americano condenaron la acción turca. Obviamente, no por preocupaciones con el futuro de los kurdos. Su preocupación es la perspectiva de la masacre. Esta puede, en primer lugar, desestabilizar aún más la situación en la región. En segundo lugar, no ponerse contra esa operación colocaría a los gobiernos europeos bajo el fuego de la crítica política interna en cada país (aún más si consideramos que en Europa viven muchos kurdos), así como ocurrió cuando el genocidio de Putin-Assad sobre Alepo, donde la inacción del imperialismo minó seriamente a los gobiernos de entonces, en especial el de Obama (el episodio de la línea roja). En el caso de Trump, un genocidio kurdo análogo sería directamente acreditado a su política.

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Los gobiernos americano y europeos no están dispuestos a soportar tales costos políticos solamente porque Erdogan quiere resolver sus propios problemas. Por eso, el imperialismo por unanimidad se declaró contra la operación turca. Lo que mejor demuestra todo esto fue la carta de Trump a Erdogan, que incluía el consejo “no sea idiota” (en el sentido de que “nosotros todos, es claro, comprendemos su lado, pero de todas formas compórtese directo, contrólese, usted no está aquí solo”).

El régimen de Assad intervino contra la operación turca porque ya estableció la paz con la dirección kurda y no está interesado en que tiren contra ellos por el momento. Al mismo tiempo, existe la preocupación de cómo queda la cuestión de Idlib, donde sigue la resistencia contra su régimen, con la participación de organizaciones pro turcas.

Putin, de la misma forma, se posicionó contra la operación, ya que ella trae el riesgo de desestabilización y porque los kurdos no están luchando contra Assad. A pesar de toda la amistad con Erdogan, Putin está preocupado con salvar el régimen de Assad y no con la “cuestión kurda”.

Exactamente visando la satisfacción de todos estos distintos y contradictorios (a pesar de no absolutos) elementos, es que Putin y Erdogan dedicaron seis horas de negociaciones a puertas cerradas, que terminaron con un acuerdo aceptable para todas las fuerzas opresoras.

Como resultado del acuerdo, la operación turca fue interrumpida, que era lo que querían el imperialismo y Putin.

Erdogan ganó con aceptar una “zona de seguridad” (a pesar de menor que la quería) y con el retiro parcial de las tropas kurdas (a pesar de que la concreción de eso sea todavía una cuestión aparte que preocupa a Erdogan). Él, por lo que todo indica, no tendrá la posibilidad de crear una zona tapón étnica. Pero puede vender el acuerdo conquistado para su público interno como una conquista externa de la “gran Turquía que se yergue” y con eso conseguir apoyo para su gobierno, para dar continuidad a sus ataques contra los trabajadores turcos.

Assad ganó con la participación de Rusia en el patrullaje de la zona de seguridad conjuntamente con el ejército turco, como garantía de que los turcos no estarán allí solos y no podrán hacer lo que quieran, así como ganó la posibilidad de patrullar por cuenta propia algunos territorios y de pasada tener bajo su control algunas ciudades que hasta entonces estaban ocupadas por los kurdos.

Putin evitó una masacre que no le era necesaria, se fortaleció en la región en el papel de participante de peso en la situación, y demostró al imperialismo su utilidad y su capacidad de alcanzar aquello que el imperialismo por sí solo no puede por el momento.

La gran víctima son los kurdos, cuyo justo derecho a la autodeterminación y la unidad nacional sigue siendo pisoteado.

El acuerdo firmado entre Putin y Erdogan se orienta a satisfacer los distintos intereses contradictorios de las fuerzas opresoras. El acuerdo significa el envío de tropas rusas a Siria para controlar las zonas disputadas, con todos los costos que eso implica. Obviamente, el régimen de Putin intenta vender a los rusos que esta fue una “conquista para Rusia”, que justificaría toda la política contra los trabajadores llevada a cabo. Los trabajadores rusos no deben caer en esta mentira.

Traducción: Natalia Estrada.