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El movimiento internacional contra el cambio climático que se está desarrollando en nivel mundial comienza a arraigarse (cuán sólido es, aún está por verse) también en Italia.

Por: Matteo Bavassano, para Correo Internacional

La cosa no es absolutamente sorprendente en sí misma: aunque el último gran movimiento internacional de masas que ha atravesado Europa, el Norte de África y Medio Oriente, y en menor medida también los Estados Unidos –esos son los años de la «Primavera Árabe», y que se ha reflejado en Europa en los movimientos de los Indignados, y en los Estados Unidos con Occupy Wall Street– no tuvo desarrollos significativos en Italia, por razones contingentes y puramente nacionales, ciertamente era predecible que sería diferente con el movimiento contra el cambio climático.

Lo que quizás era difícil predecir es la amplitud que, al menos en las tres huelgas climáticas mundiales organizadas por los Viernes por el futuro, ha asumido este movimiento en Italia, que se ha convertido en el país europeo con la mayor movilización, aunque también en este sentido hubo factores que podían indicar un desarrollo de este tipo: intentaremos enumerar algunos de ellos (sin pretender agotarlos todos) y analizarlos.

La importancia de un análisis no superficial

Analizar las causas y el alcance de un movimiento no inmediatamente clasista, como es este contra el cambio climático, que ha tomado dimensiones de masa en diversos países, es una tarea compleja, y para hacerlo adecuadamente se necesita huir de una serie de simplificaciones, que desafortunadamente a menudo son moneda corriente en la izquierda que se presenta como «clasista». Estas simplificaciones se pueden dividir esencialmente en dos grupos de signo opuesto: sectarias y oportunistas/codistas [1].

Las simplificaciones sectarias parten de la «absolutización» del carácter interclasista del movimiento contra el cambio climático así como se presenta ahora y comprenden una serie de posiciones que van desde aquellas complotistas según la cual todo el movimiento se ha desarrollado sobre la base de los intereses en conflicto de sectores de la burguesía mundial, en un enfrentamiento interimperialista entre el «contaminador» Trump y el «capitalismo verde» chino, y que entonces los manifestantes son una especie de marionetas que se mueven de acuerdo con este choque interburgués, hasta posiciones aparentemente clasistas, que no niegan abiertamente el problema del cambio climático pero que sostienen que esto es secundario respecto de la contradicción principal, que es la de capital-trabajo.

Estas «posiciones» subestiman la importancia de la intervención en el movimiento, escapando a la batalla por reivindicaciones concretas contra el cambio climático, dejando en la práctica el campo libre a la hegemonía de posiciones burguesas y reformistas en el movimiento, y en el campo teórico negando el hecho de que la contradicción capitalismo-naturaleza es inseparable de la de capital-trabajo, y que la solución no está subordinada a él en una visión de tipo «el socialismo resolverá todo» sino que es paralela, ya que la lucha contra la destrucción de la naturaleza debe convertirse en parte de la lucha por el socialismo.

Pero esto puede darse solo si las vanguardias políticas de la clase obrera logran interactuar provechosamente con el movimiento contra el cambio climático: sea proponiendo medidas organizativas y reivindicaciones al conjunto del movimiento para ganar la confianza de los activistas, demostrando que los intereses de los revolucionarios son que el movimiento como tal se desarrolle y crezca, como explicando por qué la solución no puede consistir solamente en la lucha contra el cambio climático, sino que debe necesariamente ampliarse a una lucha contra el sistema económico capitalista, para sustituirlo con una sociedad socialista.

La dialéctica del desarrollo del movimiento contra el cambio climático

Más allá de lo que piensan los partidarios de las teorías de la conspiración ya enunciadas, la verdadera razón por la cual los activistas se están movilizando es que el capitalismo está destruyendo el planeta: si no partimos de este hecho, es imposible encuadrar correctamente el análisis del desarrollo del movimiento, y por lo tanto es imposible entender cómo intervenir.

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La ciencia burguesa desde hace años habla sobre el cambio climático, e incluso antes de eso, siguiendo las ideas de Marx y Engels, los marxistas comenzaron a hablar sobre esto, extendiendo el campo no solo al calentamiento global sino a todos los daños ambientales provocados por el capitalismo, que la gran prensa burguesa se cuida bien de nombrar si no es forzada a hacerlo y, sobre todo, nunca lo vincula al sistema económico como tal, sino solo a su mala gestión.

Uno podría preguntarse por qué el movimiento se ha desarrollado en este momento. Es harto evidente que la prensa burguesa, por obvio pedido de la gran burguesía, decidió dar mayor importancia al problema climático en su agenda, que antes estaba relegado al trasfondo del debate político, explotando la imagen mediática de una joven activista de dieciséis años, la sueca Greta Thunberg, para crear un amplio movimiento de opinión: Viernes por el futuro. Sobre todo en Europa, esto respondía a específicas exigencias políticas, es decir, a la necesidad, frente al fracaso de los partidos tradicionales del establishment europeo, en particular de los partidos socialdemócratas, y más recientemente de los partidos neorreformistas (que en estos años desde la última crisis han sido el pilar de los Estados cuyos regímenes tenían mayor dificultad: Grecia, Estado español y Portugal), de frenar el crecimiento de los partidos de la derecha institucional (Liga, Frente Nacional, Ukip, etc.) y de revivir los gobiernos que tuvieron el apoyo de las masas populares, eventualmente también a través del crecimiento de los partidos verdes, como en efecto ha ocurrido en las elecciones europeas del pasado mayo.

Para los marxistas, sin embargo, estas no son razones para alejarse del movimiento, sino que representan la imagen objetiva de las contradicciones que indican cómo intervenir en el movimiento: la burguesía trata de explotar un problema real para crear apoyo masivo para las fuerzas reformistas (como son los partidos verdes), pero para hacerlo debe movilizar realmente a las masas populares contra el cambio climático. Sin embargo, tales movilizaciones no son manejadas por la burguesía y, de hecho, no se detuvieron después de la segunda huelga climática, celebrada unas semanas antes de las elecciones europeas: claramente no es posible poner fin a una movilización de esta magnitud de un día para otro, pero es necesario llevarla al punto muerto de presión sobre los gobiernos para que tomen medidas contra el cambio climático. Cuanto más creíble sea esta perspectiva, más se engañarán los activistas sobre que es posible encontrar una solución sin luchar contra el sistema capitalista: esta es la razón por la cual las Naciones Unidas acogen a Greta Thunberg y la dejan hablar ante la Asamblea General y, de hecho, ante las masas del mundo entero, de modo que parezca creíble que los poderosos de la Tierra abordan el problema. Y, sin embargo, contradictoriamente, las masas continuaron movilizándose, como lo demuestran las oceánicas manifestaciones de la tercera huelga climática.

Precisamente, esta dinámica de movilización de masas, que por el momento no muestra signos de detenerse, abre importantes posibilidades para los revolucionarios. Si las fuerzas reformistas proponen, como es propio de su naturaleza y de su utilidad para el capital, soluciones al calentamiento global compatibles con el sistema económico actual, a pesar de que la contradicción entre el capitalismo y la naturaleza es insalvable, esto permite la intervención y la propaganda de los revolucionarios en el movimiento, que pueden explotar todas estas contradicciones para tratar de dar una dirección clasista a un movimiento que nace interclasista: de hecho, solo el programa socialista puede resolver de raíz el problema ambiental. La principal dificultad de los revolucionarios para intervenir en el movimiento hoy se debe a su debilidad en relación con la amplitud del movimiento mismo.

El estado del movimiento en Italia

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Al marco internacional descrito, es necesario agregarle las particularidades nacionales, que han hecho, por los menos al momento en que escribimos, que el italiano sea entre los europeos el movimiento más amplio contra el cambio climático.

Dado que las movilizaciones hasta el momento involucran principalmente a los estudiantes, es importante tener en cuenta que no han habido grandes manifestaciones estudiantiles desde aquellas de la primavera de 2015 contra la «Buena Escuela» de Renzi: esto significa que las fuerzas estudiantiles se han acumulado de algún modo, sumando a las fuerzas de aquellos que ya se habían movilizado la fuerza de nuevas generaciones de estudiantes (que están masivamente presentes en las manifestaciones), y, entonces, han podido dar vida a grandes manifestaciones que también abren grandes posibilidades de radicalización.

En segundo lugar, es bueno tener en cuenta la situación política más general: el movimiento contra el cambio climático ha comenzado a desarrollarse a nivel de masas en 2018, y al menos desde setiembre de 2017 la prensa burguesa de «izquierda» había iniciado una amplia campaña mediática contra el gobierno, especialmente en la persona del entonces ministro del Interior de la Liga, Matteo Salvini, y sus medidas xenofóbicas y represivas, campaña que favoreció toda una serie de iniciativas, también organizadas por el PD y las oposiciones parlamentarias «de izquierda», que han movilizado a decenas de miles de personas en todo el país.

En este clima, las dos primeras huelgas climáticas tuvieron una importante participación de masas, pero la tercer huelga, ocurrida el 27 de setiembre pasado, ha representado un salto cualitativo, llevando a las calles a más de un millón de personas y dando vida a manifestaciones participativas como no se veían desde hacía casi veinte años (por nuestra parte, hemos sido testigos de una marcha de cerca de 150.000 personas en Milán).

La magnitud de esta tercera jornada de movilizaciones ha sorprendido incluso a aquellos que se habían centrado en el crecimiento del movimiento: en algunas situaciones, de hecho minoritarias por ahora respecto del movimiento en sí mismo, han comenzado a difundirse consignas anticapitalistas, oponiéndose así de hecho a los que querían hacer que el movimiento fuese apolítico, enmascarándose detrás de la naturaleza apática de las manifestaciones, de hecho efecto tratando de evitar que los partidos obreros participaran de las manifestaciones con sus símbolos.

Este carácter «selectivo» no afectó ciertamente a los administradores del PD (como el alcalde de Milán, Sala), quienes se protegieron tranquilamente detrás de su papel «institucional» para hacer su propaganda política. Está claro que es el prejuicio contra los partidos obreros lo que se debe combatir participando personalmente en el movimiento, y aunque las banderas rojas siguen siendo un tabú en prácticamente todas las manifestaciones, y algunos todavía no estén convencidos de que los partidos revolucionarios puedan hacer propaganda de sus posiciones durante las manifestaciones, a pesar de todo esto, cientos de jóvenes y muy jóvenes leyeron con entusiasmo cada volante que expresaba posiciones anticapitalistas, distribuidos en las diversas manifestaciones.

Esta evidente predisposición de los jóvenes manifestantes a la radicalización, junto con la magnitud del movimiento, ha puesto a las fuerzas reformistas frente a la imperiosa necesidad de controlarlo más y frenar su desarrollo.

Las direcciones actuales del movimiento y su necesidad

El movimiento, por su misma naturaleza no es homogéneo, no se ha dado una estructuración precisa y tiene composiciones y direcciones políticas diferentes en las distintas ciudades: esto, por un lado impide el desarrollo y la radicalización del movimiento a nivel nacional, y, por otro lado, aumenta la falta de control del movimiento para las fuerzas políticas burguesas y reformistas, porque permite que a nivel local, especialmente en las grandes ciudades, el movimiento continúe siendo controlado por los Centros Sociales.

Estos últimos, detrás de una fraseología anticapitalista de fachada, en realidad condenan el movimiento no solo al localismo –separando de hecho las luchas de las distintas ciudades también en este terreno– sino también a la subordinación al PD, que no puede hacer una oposición política concreta en el movimiento, también debido a los vínculos que tiene con las administraciones comunales [municipales] (destinadas a mantener los espacios ocupados).

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Las fuerzas burguesas y reformistas apuntan en cambio a una estructuración nacional verticalista, impuesta burocráticamente, que pueda normalizar el movimiento depurándolo de todo lo que en su interior tiene de revolucionario en germen. La asamblea nacional ocurrida en Nápoles el 4 y 5 de octubre, casi «por sorpresa» una semana después de las movilizaciones, sin que los activistas supieran de ella hasta unos días antes, representó un momento de enfrentamiento entre estas dos almas que se disputan la dirección del movimiento, y finalizó en un sustancial estancamiento organizativo, no obstante los pequeños pasos adelante a nivel político general, por lo menos en relación a las premisas muy confusas del movimiento.

Para lograr algunos resultados, el movimiento no puede quedar atrapado en los diversos localismos, tenemos años de ejemplos de luchas estudiantiles llevadas al fracaso por los diversos centros sociales que las dirigieron. Y aquí volvemos al problema, solo enunciado anteriormente, del codismo que aflige a varias organizaciones que se autodenominan «clasistas’ y que, por oportunismo, no se oponen a las modalidades organizativas de los Centros Sociales, contentándose con poder «opinar» en asambleas que no cuentan para nada y son controladas por los propios CS. Pensando en su interés organizacional, lo anteponen al interés general del movimiento, condenándolo a la impotencia.

La organización ya hoy necesaria para el movimiento es de carácter nacional, pero no debe permitir la normalización burocrática de parte de los reformistas: para nosotros, esta organización debe basarse en la organización del movimiento Viernes por el futuro (que, en lo que respecta a Italia, es en este momento la estructura que prevalece), en asambleas periódicas locales, que elijan democráticamente los representantes para una coordinación nacional que quiera dirigir el movimiento y transformarlo de un movimiento de opinión en un movimiento de lucha, a través de la identificación de una serie de reclamos nacionales anticapitalistas, que esté integrada por las diversas asambleas territoriales con reclamos locales que se llevarán a cabo en el territorio, de modo que se cree una dinámica que amplíe el movimiento y lo haga radicalizarse y aumentar su conciencia anticapitalista.

Para hacer esto es necesario aprovechar al máximo las contradicciones abiertas por un movimiento de masas como Viernes por el futuro, no obstante su actual confusión y heterogeneidad política. Actuar por fuera de eso quiere decir condenarse a ser dejado fuera de las movilizaciones. Con el desarrollo de la influencia de consignas de los revolucionarios, el movimiento perderá progresivamente su carácter interclasista, y también los sectores pequeñoburgueses, que continuarán movilizándose, se unirán al programa del socialismo revolucionario.

[1] Codista/codismo: se refiere a grupos que siguen una corriente de intereses propios y por acomodación, sin poseer un proyecto político específico, siendo considerados nocivos y oportunistas.

Artículo publicado en Correo Internacional n.° 22, noviembre de 2019.-