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Este 16 de enero, un informe divulgado por la Oxfam, un conjunto de ONG’s que actúan en diversos países, muestra la bruta concentración de renta en el mundo. Nada menos que los ocho hombres más ricos del mundo detentan un patrimonio equivalente a la mitad más pobre de la humanidad, o 3.600 millones de personas.

Por: Diego Cruz

Esos ocho señores detentan, juntos, una riqueza de US$ 426.000 millones. La mitad más pobre tiene el equivalente a apenas 0,25% de la riqueza global estimada en US$ 255.000 billones. Los datos constan en el informe “Una economía para los 99%” y fueron organizados a partir de informaciones del Credit Suisse Wealth Report 2016 y de la lista de los súper ricos de la revista Forbes.

Desde 2015, la parte que representa apenas el 1% de la humanidad tiene más riquezas que el resto del planeta. En este mismo año, las diez mayores empresas del mundo tuvieron una facturación mayor que la de 180 países juntos.

Y esa desigualdad tiende a crecer aún más. Entre 1988 y 2011, la renta del 10% más pobre en el mundo creció US$ 65, mientras que la del 1% más rico aumentó US$ 11.800, es decir, 182 veces más. En los Estados Unidos, la renta de la mitad más pobre de la población no tuvo alteraciones, mientras que la del 1% más rico creció tres veces.

¿Quién es ese 1%? Los 1.810 multimillonarios que constan en la lista de la Forbes son casi exclusivamente hombres: 89%. Acumulan una fortuna de US$ 6.500 billones, equivalente a lo que tiene 70% de la población más pobre del mundo.

El informe apunta todavía las dificultades enfrentadas por las mujeres. Primero, en tener un empleo. Las posibilidades de que las mujeres participen del mercado de trabajo es 27% menor que la de los hombres. Encontrando empleo, tienen más posibilidades de quedar fuera de la legislación laboral, o sea, son obligadas a permanecer en la informalidad. Y, por fin, en el empleo formal, las mujeres ganan menos que los hombres.

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¿Un capitalismo más “humano”?

El informe divulgado por la Oxfam es un importante documento de denuncia y muestra bien una de las tendencias centrales del capitalismo: una concentración cada vez mayor de la riqueza, con el aumento de la brecha entre ricos y pobres. Es aún una respuesta contundente a lo que predican que “el capitalismo dio cierto”. ¿Cuál es el motivo de que haya 700 millones de personas viviendo debajo de la línea de pobreza en un mundo que produce US$ 255.000 billones? El problema está justamente en lo que se propone: un capitalismo más “humano”.

Partiendo del principio más que correcto de que la actual hiperconcentración es insostenible, la Oxfam propone un conjunto de medidas a fin de reducir esa desigualdad, que pasa por reformas rumbo a una “economía humana”. Tales medidas incluyen la democratización de los gobiernos y la cooperación entre ellos a favor de los más pobres, la actuación de las empresas “en beneficio de todos” y no exclusivamente de la ganancia, el impuesto a las grandes fortunas con el combate a la evasión fiscal, entre otras.

Como el propio informe señala, el Banco Mundial, el FMI, el presidente Barack Obama dicen lo mismo: es necesario reducir la desigualdad. Ahora, entonces, ¿por qué no se reduce? ¿Por qué esa brecha aumenta? Porque detrás de las palabras, los gobiernos y los organismos multilaterales son instrumentos del imperialismo y de la burguesía para mantener y perpetuar esa situación. Pedirles actuar contra sus propios intereses es como pedir a un escorpión que se pique a sí mismo. Nunca va a ocurrir.

Los gobiernos no van a actuar contra los intereses de clase que representan. Las empresas no van a actuar contra la lógica que les da sentido: la maximización de las ganancias. Los Estados Nacionales no van a actuar de forma “cooperativa”, ya que los intereses de sus burguesías son irreconciliables y el imperialismo siempre va a buscar explotar a los países coloniales y semicoloniales.

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Pero entonces, ¿deberíamos luchar contra los gobiernos para imponer medidas como el impuesto a las grandes fortunas y a las transacciones financieras, como propone el economista francés Thomas Piketty? Es cierto que debemos colocarnos contra el brutal sistema tributario regresivo que penaliza a los más pobres, así como defender el impuesto a las grandes fortunas. ¿Pero eso por sí solo resolvería el problema?

La cuestión es que la Oxfam, Piketty, y otros que proponen un capitalismo de rostro humano (como la tasa Tobin, muy discutida en el inicio de los años 2000), no tocan en el centro del problema: el capitalismo es un sistema que funciona con base en la explotación de una clase sobre la otra que representa la gran mayoría de la población. La clase trabajadora, que es quien realmente produce las riquezas, contradictoriamente goza de ínfima parte de lo que ella misma produce. Casi todo va a componer el patrimonio de ese 1% de la población.

La desigualdad creciente es reflejo de esa contradicción. Posiciones como la de Oxfam parten del presupuesto de que la existencia de trabajadores y patrones es legítima, o sea, es justo que algunos trabajen y otros vivan con base en el trabajo ajeno. Lo que debería haber, para ellos, es un poquito de conciencia “humana” para que los empresarios y los gobiernos tornen la vida de esos que trabajan un poco más soportable. Una utopía reaccionaria.

Lo que existe no es una mera cuestión de distribución de renta. Los impuestos a las grandes fortunas no resuelven el problema. Tampoco la cuestión de fondo es que los ricos pagan poco impuesto. Todo lo que los ricos tienen, desde la fortuna que gozan hasta el propio impuesto que pagan, es fruto del trabajo de la clase a la que explotan. La explotación, y no la distribución de la renta, es el verdadero problema.

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Y no hay como acabar con la explotación sin terminar con el sistema sobre el cual esta se asienta: el capitalismo.

Traducción: Natalia Estrada.