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«Es en la fábrica que los obreros adquieren conciencia y aprenden un sano odio de clase». Esta frase, con todas sus variantes, que no cambian la sustancia, la hemos escuchado docenas de veces; es una frase tan simple como verdadera, porque un obrero, al sufrir la explotación patronal y ver a otros obreros en su misma condición, aprende los fundamentos de la lucha de clases de su experiencia directa de vida: la sociedad está dividida en explotadores y explotados; los obreros, y en general los trabajadores asalariados, son explotados; los explotados, cuando se unen, tienen la fuerza para luchar y obtener resultados importantes contra los explotadores.

Por: Diego Bossi, obrero de la Pirelli, Italia.

Entonces, ¿es suficiente ser un trabajador para comprender y asimilar el conocimiento necesario para luchar contra el patrón? ¿Basta ser obrero para hacer esta bendita lucha de clases?

La respuesta que damos a estas dos simples preguntas es la respuesta que está a la vista de todos: no. Pero, aquí es útil explicar bien: la lucha de clases existe, es un hecho innegable. Puede haber de distintos grados de conciencia y animarla, es distinto el discurso de la conciencia política y de la lucha por el socialismo, que debe ser llevada desde afuera a la clase, a través del partido.

En este punto, debemos concluir que la frase con la cual iniciamos este artículo no es tan cierta, ya que los obreros ni incluso con la explotación que sufren consiguen rápidamente rebelarse contra sus patrones. Pero, incluso esta conclusión es equivocada o como mínimo inexacta, o, mejor aún, incompleta, porque lo incompleto es el marco inicial: la fábrica es sí es preparatoria para la lucha de clases, pero la clase burguesa, opuesta a nosotros y dominante, posee una serie de instrumentos importantes para controlar el conflicto de clases. ¿Quieres saber cuáles son esos instrumentos? Podríamos responder que es suficiente mirar alrededor, porque cualquier cosa que rodea a los proletarios en su vida laboral y social es instrumento burgués de prevención del conflicto de clases: la democracia burguesa y sus instituciones, las narraciones fabulescas sobre la «Constitución más bella del mundo», el derecho de voto presentado como solución pacífica y democrática de participación en la política, el Poder Judicial como justicia imparcial que aplica las leyes producidas en el Parlamento elegido por todos, los sindicatos con sus infinitas mesas de negociación con los patrones, los izquierdistas reformistas que ilusionan a la clase sobre que pueden mejorar el capitalismo desde adentro para luego hacer los peores compromisos con la burguesía, las derechas populistas que aprovechan los peores impulsos sociales como el racismo, el machismo, la lgbtfobia para dividir al proletariado para uso y abuso de los patrones, la propaganda ininterrumpida de los medios burgueses, y así, una serie infinita de influencias que cualquier trabajador, sin excluir a ninguno, sufre cotidianamente. Así, el conflicto es sofocado, desviado, absorbido, reprimido y, sobre la base de la incompatibilidad de los intereses de clase entre trabajadores y patrones, comienza, y vuelve a comenzar miles de veces y más, y miles de veces más se dispersa entre las entrañas del capital, haciendo vanos los esfuerzos y las heridas de guerra, diluyendo sueños y ambiciones. Y es así que retornamos a nuestra fábrica, donde la simplicidad y la agudeza de lo que enseña una experiencia de vida directa, se pierde en las densas tramas de que la burguesía dispone para garantizar su dominio y sus ganancias.

«La cultura dominante es la cultura de la clase dominante», escribía Marx. Es verdad, desgraciadamente, verdad. Tanto es verdad que hoy hay pocos, muy pocos trabajadores que logran escapar, aunque solo parcialmente, de la cultura dominante: son las vanguardias, los que dirigen la lucha de clases y combaten en la primera línea, con acciones continuas e ininterrumpidas hacia aquella parte mayoritaria de los trabajadores que quedó atrapada en la cultura dominante: y es así que los patrones piensan como patrones y los obreros piensan, también, como los patrones. Y en este contexto desalentador, las vanguardias, para retornar a nuestra frase del principio, están en las fábrica y aprenden el odio de clase. El problema es que la clase, a menudo inmóvil y aparentemente incapaz de reaccionar, que termina por odiarla, es de ellos. Es en esta herejía que estamos juntos, y de esta herejía tenemos que comenzar de nuevo.

Porque estas insolentes afirmaciones tienen el poder de llegar a la panza sin pasar por la cabeza, y de provocar una sonrisa amarga de conciencia y de rabia a cualquier vanguardia obrera que las lea.

Pero nosotros debemos pasar por la cabeza, y debemos hacerlo utilizando una poderosísima herramienta de pensamiento y análisis que Marx nos ha dejado: el materialismo histórico y dialéctico.

Materialismo e idealismo: filosofías contrapuestas para leer el mundo

No soy un experto en filosofía y aquí solo quiero sintetizar el idealismo y el materialismo, tratando de ofrecer una imagen de su transposición en la vida concreta y en las perspectivas políticas.

Antes de hablar sobre el materialismo, hay que hablar sobre el idealismo y dar un salto atrás, a los años en los que Marx era un joven estudiante en el curso de filosofía de la Universidad de Berlín, y Hegel una de las figuras más representativas del idealismo alemán.

En la concepción hegeliana existe Dios. En consecuencia, toda la realidad, por entero, incluso sus contradicciones, no es otra cosa que la representación material y por lo tanto imperfecta de cualquier cosa externa a la esfera material pero perfecta, es decir, ideal. En síntesis: cada cosa constituye una representación concreta de su idea abstracta. Marx, en La sagrada familia, haciendo referencia a un fruto, explicaba que para la concepción hegeliana, la esencia de una pera no era la pera en sí sino la representación abstracta e ideal que hacemos de ella, con el resultado de que cada pera real es una representación perfectible en función de su idea abstracta.

De esta concepción se deduce aquella del Estado, que no representa otra cosa que la “idea divina, así como esta existe sobre la Tierra”[1]. Desde el punto de vista político, Hegel no podía ser sino un profundo reaccionario, sostenedor del Estado así como se presentaba en su tiempo, tanto que la monarquía constitucional fue considerada como la mejor representación de la «idea divina». Si aceptamos el punto de vista de Hegel sobre el Estado como idea divina, deducimos, como obvio corolario, que el máximo representante del Estado, el soberano, es la representación material (aunque imperfecta) de Dios.

Para Hegel, por lo tanto, las leyes constituían prescripciones divinas y se consideraba que sus ejecutores eran quienes las aplicaban en la sociedad, permitiendo que la sociedad funcionara como una representación meramente perfecta del mundo ideal.

Por lo tanto, si el Estado es la objetivación del espíritu en la historia, entonces los hombres deben obedecer sus leyes, y su acción consiste solo en mejorarlo, en superar gradualmente sus contradicciones. Pero estas contradicciones no son para Hegel la consecuencia de la división en clases de la sociedad, porque la introducción del concepto de clases no es de Hegel. Las contradicciones son la diferencia entre la pera real y la idea de la pera, para decirlo con Marx. Es decir, derivan del hecho de que la sociedad real sigue siendo una representación de la sociedad ideal y, por lo tanto, como la pera real, se parece a la pera ideal pero no lo es. En consecuencia, las leyes son perfectas para que la sociedad sea cada vez más justa y más armoniosa, más y más similar a la idea divina, por así decirlo.

La traducción política de este pensamiento es el reformismo, basado sobre la sacralidad y el fetiche de las instituciones burguesas[2] que intenta superar, a través de la razón, las contradicciones que existen en el propio Estado. Para ser honestos hasta el final, es necesario recordar que el gradualismo reformista no se apoderó solo del pensamiento liberal, sino que fue introducido por los propios marxistas revisionistas, como Bernstein o Jaures, al interior del movimiento obrero, y ha representado desde un punto de vista teórico, probablemente el principal virus que infectó a la II Internacional.

Tanto para los liberales descendientes de Hegel como para los marxistas revisionistas, por lo tanto, no hay revolución social sino solo una transición gradual hacia un Estado cada vez más justo, más igualitario, y más libre.

Por un lado, la revolución está excluida del marco teórico idealista, por otro lado, el idealismo produce esa narrativa de esperar y ver, que es realmente una característica distintiva de los partidos reformistas y de las grandes burocracias sindicales. Todos hemos escuchado infinidad de veces durante nuestras luchas frases como: «¿adónde queremos ir con esta clase obrera?», «Los trabajadores ya no se mueven como solían hacerlo, solo piensan en el smartphone y el campeonato de fútbol», «antes de la revolución se necesita una revolución cultural», «otra que una huelga… con estas relaciones de fuerza tenemos que ir a negociar y tratar de llevar a casa lo menos peor»; podríamos continuar durante horas, el mensaje a transmitir es claro: mientras los trabajadores atrasados y acríticos adquieren la conciencia de clase necesaria para la lucha (es decir, se liberan de su elemento ideal), tengan la seguridad de que, creemos nosotros, en este cuadro social y político incompatible con la lucha de clases, tendremos que confiar en la mesa de negociación con los patrones y con el gobierno, con los tribunales, la contratación colectiva, y todas esas herramientas que el sistema democrático burgués pone a disposición. Que son las herramientas fuera del control de los trabajadores, porque están en manos exclusivas de las burocracias; pero, sobre todo, son esos instrumentos que dirigen el conflicto social y lo desvían hacia objetivos que la burguesía puede digerir y expulsar con un eructo. Además de la lesión, podríamos decir; porque no solo así la izquierda reformista y las burocracias sindicales encuentran la coartada para no transmitir la rabia de los trabajadores a las naturales consecuencias revolucionarias, sino que con esa coartada es a los propios trabajadores a quienes responsabilizan por los fracasos de esas mismas burocracias sindicales que de este modo intentan ocultar su traición maliciosa y consciente a millones de proletarios.

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Esto es lo que ha estado sucediendo durante los últimos treinta años[3], donde nosotros trabajadores, como en el “Monopoly”, volvemos a las calles, pero cada vez que ponemos los veinte euros los perdemos en lugar de ganarlos. Siempre repetimos el mismo ciclo y vuelta tras vuelta, gobierno tras gobierno, contrato tras contrato, acuerdo tras acuerdo, nos encontramos en el mismo lugar más pobres y más débiles.

Surge espontánea la pregunta: ¿pero en este recorrido circular no hay un modo de evitar este constante resultado para nosotros? No [lo hay] si continuamos recorriendo el sendero sin una perspectiva socialista, porque no importa lo que quieras ver, lo que quieran decirnos, y lo que queramos ilusionarnos en creer, los intereses de los trabajadores y los de los patrones irán siempre en direcciones opuestas. Y el conflicto, nuevamente, comenzará y seguirá mil y más veces; y mil y más veces se dispersará entre las entrañas del capital.

No tenemos otra elección que marcar el sendero con el objetivo de construir un sistema económico y social ya no basado en la explotación de tantos para los intereses de pocos. Es en este punto que Marx nos ofrece una perspectiva que supera el idealismo hegeliano oponiéndole a eso el materialismo. Seamos claros: el materialismo no es una invención de Marx, pero fue Marx el primero en extrapolarlo del individuo para aplicarlo a las clases sociales, su colocación en las relaciones de producción y en los procesos históricos, y fue siempre Marx a aplicar a eso la dialéctica. Pero, en suma, ¿en qué consiste el pensamiento materialista? Para simplificar, podemos decir que mientras para los idealistas lo espiritual, o sea, el elemento ideal, es el factor de donde nace la sociedad en sus acepciones económicas y políticas, para el materialismo, por el contrario, son las circunstancias materiales y las relaciones de producción lo que hacen al hombre en su dimensión social y política.

Marx escribía: «El modo de producción de la vida material condiciona en general el proceso social, político y espiritual de la vida, no es la conciencia de los hombres la que determina su propio mal; es, por el contrario, su ser social el que determina la conciencia»[4], y además: «el elemento ideal no es otro que el elemento material transferido y traducido en el cerebro de los hombres»[5]. El alcance de esta concepción es fuerte, importante y revolucionario, porque después de haber creído por una vida que era el camaleón que transmitía su color a las hojas, se rebela que, por el contrario, es el camaleón el que recibe los colores de las hojas sobre las que descansa. Saliendo de la metáfora para sacar conclusiones lógicas y concretas en la militancia diaria de nuestra vanguardia, decimos que no debemos cambiar la humanidad para cambiar el mundo, objetivo claramente irrealizable; sino que debemos cambiar el mundo (su sistema económico y sus relaciones de producción, nda.) para cambiar la humanidad. Y a esta concepción representada del materialismo histórico, Marx agrega la dialéctica, excluyendo toda dinámica mecanicista o determinista en los procesos históricos, explicando que la conciencia no es un trozo de madera transportado por la corriente del el río, incapaz de reaccionar ante los acontecimientos, sino que, precisamente, entre hombre y circunstancia –entre clases, para decirlo mejor– existe una relación dialéctica en constante movimiento. El capitalismo no es un punto de llegada definitivo e inmutable de la sociedad, no es eterno; los trabajadores que adquieren el conocimiento y la conciencia de clase pueden y deben superarlo. Y esta conciencia puede ser transmitida a las vanguardias obreras solo desde afuera, a través de un partido que lleve el socialismo a las luchas para llevar las luchas al socialismo.

El materialismo histórico y dialéctico, en síntesis, tiene tres méritos importantes: 1) conducirnos hacia la perspectiva revolucionaria sin excusas o coartadas, porque, para cambiar la sociedad es necesario cambiar el sistema económico y las relaciones materiales de producción, y es necesario trabajar en ello de inmediato, sin esperar a que la clase obrera esté consciente y pronta para la guerra, porque esa conciencia crecerá durante el curso mismo de la guerra; 2) dar una explicación científica y filosófica al atraso de la clase; nuestras vanguardias no deben desmotivarse frente a los trabajadores inertes y abúlicos, pues esta ignorancia es el efecto de una enfermedad causada por el capitalismo, no la causa que impide que sea derrocado; 3) establecer el camino hacia el derrocamiento de este sistema que no es inmutable, guiando a las masas a tomar parte activa en su relación dialéctica con el sistema económico y productivo y expresar el ineludible conflicto de clase.

Detonar el conflicto y dirigirlo hacia el socialismo: la tarea más importante de las vanguardias

En 1994 presté servicio militar en el Genio guastatori, aprendí en esos meses a armar cargas explosivas para el TNT. Los militares profesionales nos dijeron que había tres elementos de la bomba: el fusible, el detonador y el explosivo. El TNT –explicaron en las lecciones teóricas en el aula– es un explosivo «sordo», es decir, también puedes tirarlo al suelo con todas tus fuerzas, pisotearlo, prenderle fuego, que no explotará porque, de hecho, es sordo.

El único modo de hacerlo explotar es a través de un detonador, es decir, un cilindro grande como la mitad de un cigarrillo que se inserta muy lentamente (el detonador es cualquier cosa menos «sordo»: solo un movimiento repentino y explota) en la carga de TNT. En la práctica, el TNT explota solo a través de otra explosión en su interior. Finalmente, entra en juego el tercer elemento: el fusible, ese cable brillante que, insertado en el detonador, hace que la carga explote. De aquí podemos hacer al menos tres deducciones importantes: 1) el fusible conectado a un detonador no insertado en el TNT detonaría solo el detonador: una pequeña explosión igual a la de un petardo que no daña a nadie; 2) el fusible conectado al TNT sin un detonador no tendría ningún efecto porque el TNT es «sordo» y permanece inerte ante cualquier estímulo, excepto por una detonación; 3) la única forma de llevar a cabo la deflagración de la carga es que el fusible llegue al detonador y que el detonador se inserte en el TNT. En ausencia de estas dos condiciones no habrá explosión alguna.

Probemos ahora trasladar este mecanismo a la dinámica de la lucha de clases. El fusible es representado por cualquier motivo que podría activar la rabia social y el TNT son las masas populares y los trabajadores. Podemos decir de inmediato, con absoluta certeza, que estos dos elementos siempre estarán ahí: en el capitalismo siempre habrá una razón para el conflicto entre trabajadores y patrones porque sus intereses son irreconciliables; al mismo tiempo, siempre habrá una sociedad dividida en clases opuestas, por lo tanto, las masas proletarias oprimidas por la burguesía siempre existirán. ¿Cuál es el elemento cuya presencia no podemos dar por sentada? El detonador, o más bien los detonadores, es decir, la vanguardia de lucha capaz de reunir los infinitos «fusibles» que ofrece cada día el conflicto de clases y traducirlos en una detonación al interior de las luchas. Volviendo a nuestra metáfora del explosivo y a las tres deducciones anteriores, podemos decir que no surte ningún efecto cualquier situación de explotación y de represión si esta última no viene acompañada de una vanguardia obrera y traducida en una respectiva lucha de enfrentamiento a la ofensa recibida (el fusible que va directamente al TNT sin un detonador); ni produciría resultados útiles si la situación de explotación fuera tomada por una vanguardia, pero esta última no estuviera bien inserta entre los trabajadores, quizá porque los considera demasiado atrasados ​​y pasivos para dedicar tiempo a hacer política con ellos, pero, al hacer esto, ella se encontraría aislada e incapaz de construir y dirigir una pelea (el fusible conectado a un detonador no inserto en la carga de TNT). La única forma de participar en una lucha es tener a las vanguardias presentes e insertas en la clase trabajadora, capaces de reconocer la explotación, de contarles a los trabajadores sobre ella, de desarrollar una lucha y dirigirla (el fusible en un detonador inserto en el explosivo).

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Pero todo esto ahora no basta, porque las luchas se desarrollan por centenas de miles cada día, en todo el mundo. El punto crucial sigue siendo el objetivo final de estas luchas, las direcciones que siguen y cuánto estas están coordinadas entre sí.

Es hora de abordar la cuestión más importante: el paso necesario de vanguardias obreras a militantes revolucionarios.

Partido, programa, método, militancia: elementos fundamentales en la intervención de los revolucionarios en los sindicatos

Como vimos, el papel de la vanguardia de lucha es fundamental para el desarrollo del conflicto de clase; un cuadro obrero capaz está en condiciones de conquistar la confianza de los trabajadores, pero esta confianza a menudo también se otorga a direcciones reformistas prontas para traicionarlos, llevando las luchas hacia el fracaso y el compromiso de clase con la burguesía.

Las grandes burocracias sindicales concertadoras, instrumento de la izquierda reformista y burguesa, ven el centro de sus acciones sindicales en las tratativas con los patrones, en las relaciones dar/tomar entre las partes, pero como hemos subrayado, a menudo en el capitalismo, la concertación es subordinación al capital: no existen intereses comunes sobre los cuales converger, por eso no es posible concertar con los patrones, porque ellos en las negociaciones perseguirán sus intereses y corromperán a las burocracias reformistas para hacérselos digerir a los trabajadores; de ahí el deber de los revolucionarios de intervenir en los sindicatos y en los movimientos y contraponerse siempre, sin excusas ni disculpas, a las direcciones reformistas, porque estas tratarán siempre de reformar el capitalismo sin derrocarlo, y lo harán con el solo y único motivo de conseguir de la burguesía y sus gobiernos el óleo para lubricar los engranajes de sus burocracias. Para hacer esto, no solo no buscan la revolución, siguiendo otros caminos, sino que deben hacer lo posible para que esta no suceda: mientras nosotros estamos por la democracia obrera y la participación de los trabajadores, por la conquista de salarios dignos y derechos democráticos, ellos están por el poder en blanco sellado por votos de mentira sobre compromisos a la baja; mientras estamos a favor de la solidaridad de clase y el frente único para unir las luchas, ellas están a favor de la separación de disputas circunscritas en compartimentos estancos; mientras nosotros estamos por organizar a los militantes para lograr una influencia de masas y por el protagonismo del proletariado y ellos están por el sectarismo y la autorreferencia de las burocracias; mientras estamos a favor de un partido de vanguardia internacional, para ellos el internacionalismo es, a lo sumo, una confrontación entre burócratas provenientes de diferentes Estados. Mientras nosotros estamos por el poder de los trabajadores, ellos están por el poder de la burguesía.

Para decirlo con Trotsky, los sindicatos o son dirigidos por los revolucionarios y se convierten en instrumentos para la revolución, o son dirigidos por los reformistas y devienen instrumentos de la burguesía al interior del proletariado.

Y es sobre la base de este amplio preámbulo que llegamos a la necesidad de construir el único instrumento capaz de liberar a la humanidad de un sistema criminal que está destruyendo el planeta y matando de hambre a miles de millones de personas: un partido que tenga un programa, lo actualice probándolo en la lucha de clases y lo aplique a través de un método que evite la dispersión.

La primera consideración a hacer, la más importante y que está por encima de todo, es que el capitalismo es un sistema mundial y centralizado, y que la burguesía, como clase dominante, dispone de gobiernos, tribunales, ejércitos y parlamentos. Solo si conseguimos comprender bien las dimensiones, la estructura organizativa y la potencialidad del ataque del enemigo que está del otro lado de la línea de clase, podremos comprender cuál instrumento será necesario para derrocarlo y tomar el poder: la revolución no se hace con comités de buenas intenciones, la revolución se hace contraponiendo al poder de la clase dominante un poder estrictamente centralizado e internacional: el partido.

Y es sobre este partido que quiero evidenciar algunos aspectos centrales y proponer algunas reflexiones.

En primer lugar quiero escribir con tinta indeleble esto que creo sea una gran verdad: un revolucionario es tal solo al interior del partido, porque revolucionario es el partido y una persona puede serlo en el sentido completo del término solo como militante comprometido en la construcción del mismo, pues para ser revolucionario no basta la conciencia teórica ni la sola identificación con la lucha de clases. Para nosotros, teoría y praxis se autoalimentan recíprocamente en una relación dialéctica, en el ámbito de una elaboración programática internacional; y todo esto es posible solo al interior del partido. Para ser revolucionario no es suficiente querer hacer la revolución: es necesario trabajar cotidianamente en la construcción de la herramienta que puede guiarla a la victoria.

En segundo lugar, está la cuestión de la internacional, que no es vista como un sujeto vinculado al partido, un recurso del cual el partido dispone y al cual el partido adhiere para coordinarse con otros partidos del mundo. Para nosotros, la internacional es el partido y los partidos nacionales son sus secciones. Separar partido e internacional es como poner una coma entre el nombre y el apellido, es decir, entre dos elementos de un mismo sujeto.

La tercera cuestión se refiere al programa, que para nosotros es un programa de transición del capitalismo al socialismo, que acompaña a los trabajadores en sus luchas por las reivindicaciones salariales y por los derechos democráticos y los guía hacia una sociedad libre de la ganancia, porque solo cuando los trabajadores tomen el poder, expropiando los medios de producción a la burguesía, sustituyendo el Estado burgués por el Estado obrero, sus luchas podrán alcanzar una victoria completa y definitiva.

El cuarto aspecto es el método: los revolucionarios intervienen en los sindicatos y en los movimientos respetando la democracia obrera, única verdadera arma contra las burocracias reformistas. Si por una parte es constante nuestro empeño en encontrar cómo orientar a los trabajadores en el conflicto social para pasar de la lucha sindical a la política, por otra parte es también taxativa la práctica de la educación en la participación activa y el respeto a las decisiones tomadas en asambleas, hecho, este último, que no puede y no debe estar subordinado a nuestro trabajo de orientación política. Porque para nosotros es de extrema importancia conquistar la confianza de los trabajadores, hacerles ver que respetamos siempre las decisiones tomadas en las asambleas. Los comunistas no deben nunca esconderse y nunca deben renunciar a explicarle a la clase sus posiciones, al mismo tiempo, no deben buscar atajos para lograr sus objetivos programáticos. La incompatibilidad de los intereses de clase se traducirá en las explosiones de otros conflictos, trayendo nuevamente a los trabajadores hacia nosotros; así también las traiciones de las direcciones reformistas nos traerá de vuelta a los trabajadores decepcionados y en busca de una referencia. En ese punto, la única diferencia la hará el comportamiento que hayamos tenido en el curso de las luchas, nuestra transparencia y el respeto a las decisiones, también aquellas no particularmente avanzadas, que habremos tenido en los enfrentamientos de la clase.

A diferencia de nuestra intervención hacia afuera, en lo que respecta al funcionamiento interno utilizamos el método del centralismo democrático. Sobre estas cuestiones no faltan críticas, que para simplificar podemos dividir en dos categorías: las críticas que vienen de los anarquistas, que mal soportan el centralismo; y las críticas que vienen del reformismo y del estalinismo, que mal soportan la democracia.

Los anarquistas están contra el partido, por lo tanto no aceptan ninguna subordinación del individuo a la organización. La resultante es la pérdida de la eficacia en las acciones discutidas y en las actuaciones de la línea programática: liberen todo, ningún poder; pero cuando se trata de actuar, no solo ninguno está vinculado a la acción como ninguno puede continuar andando en la dirección que cree, tampoco si esta es distinta de aquella de la mayoría.

Reformistas y estalinistas deben tener el control de los aparatos burocráticos que dirigen y una real democracia al interior de sus organizaciones no juega a su favor; y este mecanismo se extiende fisiológicamente a su intervención entre los trabajadores, porque la única moneda de cambio que pueden ofrecer a la burguesía es el control de la clase trabajadora. Por este motivo, los partidos reformistas y las burocracias sindicales confederales, le contraponen a la democracia obrera el modelo de democracia burguesa, donde el voto no es decisión colectiva sino la ratificación acrítica y no la critica a las decisiones tomadas por las direcciones, y la participación da paso a la delegación en blanco. Los comunistas revolucionarios promueven y aplican la democracia obrera entre los trabajadores y el centralismo democrático en el partido.

El método del centralismo democrático es la perfecta conjunción entre democracia para decidir y capacidad operativa para actuar las decisiones tomadas, porque una decisión tomada y no actuada es tan antidemocrática como una decisión impuesta.

Para explicar este método de funcionamiento que regula la dinámica del partido de tipo bolchevique, podemos decir que el centralismo democrático se articula en tres fases: 1) discusión y confrontación libre en los momentos que preceden a una votación; 2) alineamiento de todo el partido a las decisiones tomadas por la mayoría; 3) balance sobre las decisiones tomadas y actuadas.

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La quinta y última cuestión, la más importante porque es omnicomprensiva es la militancia. Esta palabra deriva de «militar», un término que puede parecer poco como sustantivo, remitiendo a soldados del ejército burgués (los militares del Arma…), parece seguramente más como adjetivo, dando la idea de buen funcionamiento y de normas rígidas (una organización militar…); pero es con certeza preferible a las otras acepciones como verbo (militar en un partido…) porque los que militamos no entendemos el activismo político como voluntario para el tiempo libre. La militancia es el único modo que tiene un trabajador de dar sustancia a la lucha de clases, coherencia entre la teoría y la praxis, y perspectiva programática orientada hacia el socialismo. Cada militante hace más de sí mismo, abandonando su estado de sujeto individual, coordinado en alguna organización, para convertirse en un órgano del partido que construye.

De los tres criterios leninistas de partido bolchevique (programa, militancia y autofinanciamiento), que es el único partido en la historia que ha conseguido terminar victoriosamente una revolución socialista, la militancia es el único, como decíamos, omnicomprensivo, vale decir, que no puede subsistir sin los otros dos criterios, porque los comprende, los engloba en sí. De hecho, son posibles los casos de autofinanciación sin militancia, este es el caso de las organizaciones filantrópicas o, más generalmente, de las membresías pasivas que caracterizan a los partidos de masas, que a menudo son contribuciones pagadas para lavar la conciencia; igualmente posible es el intercambio programático como un fin en sí mismo, sin obligación, también peculiar de los partidos reformistas y centristas; pero no hay militancia sin el intercambio programático y el autofinanciamiento: nadie milita en una organización si no comparte sus objetivos y tareas, y ningún militante se abstiene de autofinanciar su propia organización. Sería simplemente una contradicción en los términos.

Este es el partido que tratamos de construir: no una organización de masas, sino una organización que ejerza influencia sobre las masas a través de sus cuadros y dirigentes revolucionarios, que pueden permanecer tales, evitando la disolución en las áreas más atrasadas de la clase, solo dentro de un partido que tiene una delimitación programática y organizativa. Estamos por la unidad de acción contra el enemigo de clase, no por la unidad de los partidos con diferentes programas.

Cada pieza es fundamental y necesaria

He pensado mucho qué tema tratar en las conclusiones de este artículo, el final es siempre la parte más importante, quizás porque está más sujeta a permanecer en la cabeza del lector, o porque de alguna manera narra los aspectos más importantes, saca las conclusiones de un trayecto.

Después de explicar por qué una vanguardia de la lucha no debe desmoralizarse frente al atraso de la clase, quién y qué se esconde detrás del idealismo y qué respuesta da el materialismo histórico y dialéctico, qué papel y qué tácticas debe tener la vanguardia en la dirección de una lucha para que esta se desarrolle de manera efectiva, por qué se necesita un partido de cuadros obreros con influencia de masas, cuáles son los requisitos del partido al que sirve, qué método debe regular su dinámica interna, qué método debemos adoptar en nuestra intervención en los sindicatos y movimientos, con qué programa recorremos el camino hacia el socialismo, creo que es importante enfrentar una cuestión que, según mi experiencia como obrero que durante años practica la lucha de clases, emerge con constancia y prevalencia entre los trabajadores, incluso entre los más avanzados: la distancia de la revolución. Porque la revolución se percibe como algo que sucederá en un futuro indefinido. Esta percepción de la revolución socialista, además de desalentar a la mayoría para seguirla asiduamente, es a su vez resultado de una concepción profundamente errónea y engañosa.

No explicaré aquí cómo incluso aquellos que hicieron la revolución no la presagiaron hasta justo antes de su inminencia, ni podré analizar la dinámica virtuosa del contagio y la expansión de la lucha de clases (basta con mirar las plazas de Sudamérica, Francia y Cataluña): hay quienes en nuestra prensa lo hacen a diario y directamente desde los teatros revolucionarios o prerrevolucionarios.

Lo que creo que es importante en este ensayo sobre nuestra internacional dirigida a la vanguardia obrera en lucha, es demoler la visión de la revolución solo como un evento preciso que puede circunscribirse temporalmente. La revolución es un proceso histórico que pasa por la toma del poder. Pero, ¿es suficiente la revolución en un Estado? Entonces, ¿en cuántos y en qué Estados tendremos que tomar el poder para poder decir que hemos hecho una revolución? Y una vez en el poder, ¿hemos terminado? Después de una revolución política, ¿no será necesaria una económica que expropie los medios de producción de la burguesía? Después de una revolución económica, ¿no será una revolución social que habituará a la humanidad a liberarse de la cultura capitalista? ¿Tendrán que ser eternos los Estados obreros o deberán extinguirse con la extinción de las clases hasta que cada uno dé de acuerdo con sus posibilidades y tenga de acuerdo con sus necesidades?

Todas estas son preguntas que para nosotros los comunistas tienen una respuesta, pero son preguntas que juntas forman la mejor explicación de la revolución: un proceso dinámico y dialéctico en el que la toma del poder es una etapa fundamental e ineludible, no un evento estático y circunscrito que viene con la alineación de los planetas. Un proceso este, hecho de objetivos que a su vez son puntos de partida.

La revolución parte de las luchas de hoy y es posible en todas partes, no es exclusiva de una futura era de héroes. Cómo será el mundo en el socialismo, qué problemas tendremos que enfrentar, qué otras herramientas tendremos para equiparnos, no podemos saberlo. Pero sabemos muy bien cómo es el sistema económico capitalista, donde una minoría de ultra multimillonarios está empujando a toda la humanidad a un precipicio y devastando todo el planeta. Miles de millones de personas luchan por sobrevivir engordando las ganancias de una clase dominante.

Podemos comenzar a construir la revolución de inmediato, tenemos que elegir si lo hacemos o no: no se puede ganar un campeonato solo con el juego final; ¡ningún juego se gana solo con los que marcan el gol! Cada pieza es una pieza necesaria y fundamental para completar el mosaico.

La tarea de los comunistas revolucionarios es llevar la lucha de clases hacia la revolución: cada lucha, cada simple lucha, si es dirigida por el partido revolucionario internacional, deja de ser un fin en sí mismo y se convierte en una pieza de revolución.

Esta es la invitación que hacemos a todas las vanguardias de lucha en todos los países: venga a conocer la Liga Internacional de los Trabajadores – Cuarta Internacional.

Únase a la LIT-CI adhiriendo a sus secciones nacionales, ayúdenos a construir el partido revolucionario que sirve; porque, citando a León Trotsky, quien fue uno de los principales dirigentes fundadores de la Cuarta Internacional: «Toda revolución es imposible… hasta que se torna inevitable».

(*) Un agradecimiento especial a los camaradas Salvatore De Lorenzo y Francesco Ricci por su valiosa y necesaria ayuda, sin la cual no hubiera podido ofrecer a los lectores la calidad y la corrección teórica que merecen.

Notas

[1] Hegel, Lecciones sobre la filosofía de la historia.

[2] Para Hegel la sociedad no estaba dividida en clases, el descubrimiento de las clases será posterior y se atribuirá, como dirá Marx, a los intelectuales burgueses que se formaron durante la Revolución Francesa.

[3] Desde 1993 ha sido abolida la llamada escala móvil, un instrumento de defensa de los salarios de la erosión de la inflación y de protección del poder adquisitivo.

[4] Tomado de “Para la crítica de la economía política”.

[5] Tomado de El Capital, libro I.

Artículo publicado en el sitio del Partido de Alternativa Comunista (PdAC), sección de la LIT-CI, original en italiano, disponible en: https://www.partitodialternativacomunista.org/articoli/sindacato/dalla-lotta-al-partito-delle-lotte-e-del-socialismo-il-passaggio-fondamentale

Traducción: Natalia Estrada.