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Mientras escribo, el nuevo coronavirus mortal nCoV-2019, relacionado a la SARS y MERS, y aparentemente originario de mercados de animales vivos en Wuhan, China, está comenzando a extenderse por el mundo. De acuerdo con los datos más recientes, existen poco menos de 10.000 casos en todo el mundo, con solo unos 130 fuera de China.

Por: Michael Roberts

Hasta el momento, hubo 230 muertes, ninguna fuera de China, o cerca de 2% de mortalidad, en comparación con 10% del virus de la SARS en 2009. La tasa de diseminación es de cerca de 1,5, número que parece estar disminuyendo, aunque sea muy temprano para afirmarlo.

Esta infección es caracterizada por la transmisión entre seres humanos y un período de incubación de cerca de dos semanas antes de que se manifieste, de modo que la infección probablemente continuará extendiéndose por el mundo.

Como dice el epidemiólogo Rob Wallace, del Instituto de Estadios Globales de la Universidad de Minnesota, en Climate and Capitalism, “los brotes son dinámicos. Algunos se agotan, incluyendo, tal vez, el nCoV-2019. Es preciso el empuje evolutivo correcto y un poco de suerte para superar la extirpación por el acaso. Muchas veces no se alinean suficientes huéspedes para mantener la cadena de transmisión. Otros brotes explotan. Aquellos que llegan al escenario mundial pueden cambiar el juego, incluso si acaban muriendo. Ellos perjudican las rutinas diarias de un mundo ya en tumulto o en guerra”.

Wallace agrega: “El brote de SARS se mostró menos virulento de lo que parecía a primera vista. Pero, aún así, silenciosamente, mató a pacientes, en magnitudes mucho mayores que las de esos informes de acompañamiento. El H1N1 (2009) mató hasta 579.000 personas el primer año, produciendo complicaciones en quince veces más casos que el inicialmente proyectado a partir de testes de laboratorio.

Bajo esta infiltración generalizada, la baja mortalidad en un gran número de infecciones puede causar un gran número de muertes. Si cuatro mil millones de personas fuesen infectadas a una tasa de mortalidad de apenas 2% –una tasa de mortalidad menor que la mitad de la tasa de pandemia de influenza [gripe común, ndt.] de 1918–, ochenta millones de personas morirían”.

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Pero, a diferencia de la gripe estacional, no hay “inmunidad al rebaño” ni una vacuna para retardarla. Incluso una pesquisa acelerada llevará, en la mejor de las hipótesis, tres meses para producir una vacuna para nCoV-2019, suponiendo que ella funcione. Los científicos produjeron con éxito una vacuna contra la gripe aviaria H5N2 solamente después del término del brote en los EEUU. Esas incógnitas –la fuente exacta, la infectividad, la tasa de transmisión, y los posibles tratamientos– juntas, explican por qué epidemiólogos y autoridades de la salud pública están preocupados con el nCoV-2019.

Pero, cualquiera sea la fuente específica del nCoV-2019, hay una causa estructural subyacente: la presión de la ley del valor sobre la agricultura industrial y la mercantilización de los recursos naturales. La comoditización [es decir, la transformación de recursos naturales en mercaderías para generar lucro, etc.] de la selva, puede haber reducido el umbral ecosistémico a punto tal que ninguna intervención de emergencia puede hacer que un surto se reduzca lo suficiente para autoagotarse. Por ejemplo, en relación con el brote de Ébola en el Congo (que está reapareciendo), “el desmonte y la agricultura intensiva pueden eliminar la resistencia estocástica de la agrosilvicultura tradicional, que normalmente impide que el virus establezca una línea de transmisión suficiente”.

La causa del brote de nCoV-2019 es, supuestamente, la existencia de ferias para animales exóticos en Wuhan, pero también puede ser debido a la agricultura industrial de porcinos en toda China. De cualquier forma, “incluso las especies de subsistencia más salvajes están siendo amarradas a cadenas de valor: entre ellas, avestruces, puerco-espines, cocodrilos, murciélagos, y gatos de algalia (o almizcarados) cuyos granos de café parcialmente digeridos [y recogidos en sus heces, ndt.] proveen el café más caro del mundo. Algunas especies salvajes están siendo comercializadas antes incluso de ser científicamente identificadas, como un nuevo pez-gato de nariz corta encontrado en un mercado de Taiwán”.

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Todo es tratado cada vez más como mercaderías alimentarias. En la medida en que la naturaleza es destruida lugar por lugar, especie por especie, lo que sobra se torna mucho más valioso. Mientras tanto, la expansión de haciendas industrializadas puede forzar a las empresas de alimentos silvestres, cada vez más capitalizadas, a penetrar más a fondo en la selva, aumentando la probabilidad de que sus trabajadores contraigan un nuevo patógeno, mientras reduce el tipo de complejidad ambiental con la cual la selva interrumpe las cadenas de transmisión.

Recientemente, hubo mucha discusión académica entre marxistas y ‘ecologistas verdes’ sobre la relación de los seres humanos con la naturaleza. El argumento es sobre si el capitalismo causó una “ruptura metabólica” entre el homo sapiens y el planeta, o sea, rompió el precioso equilibrio entre las especies y el planeta, generando virus peligrosos y, claro, el calentamiento global potencialmente incontrolable y los cambios climáticos que podrían destruir el planeta.

El debate es amplio en cuanto a la corrección del término “ruptura metabólica”, porque sugiere que en algún momento anterior al capitalismo había un equilibrio metabólico o armonía entre los seres humanos, por un lado, y “naturaleza”, por el otro. Pero la naturaleza nunca estuvo en tal estado de equilibrio. Siempre cambió y evolucionó, con especies extintas y nuevas emergiendo mucho antes del homo sapiens (a la Darwin). Y los humanos nunca fueron capaces de establecer condiciones sobre el planeta o sobre otras especies, sin repercusiones.

La “naturaleza” establece el ambiente para los seres humanos y los seres humanos actúan sobre la naturaleza. Citando a Marx: “Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen como quieren; no la hacen bajo circunstancias escogidas por ellos mismos sino bajo circunstancias directamente encontradas o heredadas del pasado” [ndt.].

Lo que está claro es que la búsqueda interminable de la ganancia por el capital y la ley del valor ejercen un poder destructivo, no solo por la explotación del trabajo sino también por la degradación de la naturaleza. Pero, la naturaleza reacciona periódicamente, de manera mortal.

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El brote de coronavirus puede desaparecer como otros antes de él, pero es muy probable que haya más patógenos y posiblemente aún más mortales por delante. Y el brote puede tener apenas un efecto limitado en la economía capitalista, a través de una caída en el mercado de acciones y, tal vez, una desaceleración en el crecimiento y las inversiones globales.

Pero, podría ser un gatillo para una nueva crisis económica, porque la economía capitalista mundial disminuyó para casi la ‘velocidad de pérdida’. Los Estados Unidos están creciendo solo 2% al año; Europa y Japón apenas 1%; y las principales economías emergentes del Brasil, México, Turquía, Argentina, África del Sur y Rusia están básicamente estáticas. Las enormes economías de la India y de China también desaceleraron significativamente el año pasado, y si China sufre un impacto económico suficiente debido al brote de nCoV-2019, eso puede ser un punto de inflexión.

Fuente: Michael Roberts, Coronavirus: nature fights back.
Traducción de portugués al castellano: Natalia Estrada.