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El machismo viene creciendo en el mundo entero de forma alarmante. Pero en la India ya alcanzó niveles de barbarie. Sólo en 2011 fueron registrados más de 24.000 ataques, pero los activistas advierten que la cifra real es muy superior.


Violar mujeres se volvió una epidemia en la India, con tres características diferenciadoras: el extremo salvajismo con que son llevadas a cabo; que son practicadas por grupos de hombres y no por hombres aislados; y que casi siempre las víctimas no sobreviven a las heridas.

Pero la novedad más importante que llega de la India es la reacción indignada de la población. A cada nuevo ataque se suceden marchas y actos de protesta en las calles, juntando a centenas de personas, entre hombres y mujeres. Esto es muy positivo porque es la única forma de obligar al gobierno a tomar medidas concretas para contener la ola de violaciones.

Lamentablemente, parece que no es exactamente así. El gobierno ha anunciado medidas para endurecer las leyes contra los agresores, sobre todo debido a la presión de las movilizaciones, pero esas leyes no salen del papel y nada se hace para proteger a las mujeres. Tanto es así que los ataques continúan.

Mientras las masas protestan indignadas, el gobierno y las sectas religiosas no dudan en acusar a las propias mujeres por los ataques. Esta semana, Asha Mirge, miembro de la Comisión de Defensa de los Derechos de las Mujeres en el Estado de Maharashtra, relacionó los abusos sexuales al “comportamiento” de la mujer o a “la ropa que vestía”.

“Los ataques ocurren por causa de las ropa que las mujeres usan, por su comportamiento o porque frecuentan lugares indebidos”, dijo Mirge durante un encuentro, en Bombai, del Partido del Congreso Nacional (NCP), del que ella forma parte.

Más errores que palabras
 
En el comentario de Mirge, que por ser parte de un organismo público suena como oficial, hay más errores que palabras, más preconcepto y odio contra las mujeres que análisis profundo de la realidad. Veamos.

Para fundamentar su opinión, ella citó el caso de dos víctimas recientes de ataque en grupos, una estudiante de medicina que fue atacada dentro de un ómnibus en Nueva Delhi y que acabó falleciendo debido a la brutalidad, y una fotógrafa, en Bombai, también violentada por un grupo de hombres. Por más increíble que parezca, sobre todo tratándose de una integrante de una comisión de derechos humanos, Mirge acusó a la primera de haber ido a la noche a un cine con un amigo y a la segunda de ir a unos edificios en ruinas de un barrio periférico, a las seis de la tarde.

Mirge debería sentir vergüenza de pronunciar esas palabras, pero lamentablemente ella expresa una situación y un sentimiento que de hecho existen en la realidad. Y no sólo en la India, a pesar de que todo indica que allí es peor. [Existe] el sentimiento de que las mujeres son culpables por el machismo y la violencia; la idea común de que las víctimas pidieron para ser agredidas o crearon una situación que permitió que ocurriera la violación. Ir de noche al cine con un amigo fue un error de la joven estudiante de medicina muerta en el ómnibus. Estar en un edificio en ruinas a las seis de la tarde fue un error de la fotógrafa violada. Lo que Migre quiere decir es que las mujeres deben ser las responsables por su propia seguridad, lo que significa quedarse encerradas entre cuatro paredes, no salir de su casa después de las seis de la tarde, no usar ropa escotada sino cubrirse de los pies a la cabeza, como impone la religión musulmana.

Para una especialista en derechos de las mujeres, Mirge está muy por debajo de las expectativas, porque aboga la idea común de que el machismo crece porque las mujeres están consiguiendo más conquistas. ¿De qué conquistas se trata? En la India, las mujeres no pueden usar la ropa que quieren, no pueden ir al cine con un amigo o trabajar como fotógrafa en cualquier lugar de la ciudad. ¡Qué decir de un empleo digno, igualdad salarial, guardería, aborto legal, iluminación pública y otros derechos básicos!

Aun sin nada de eso, el machismo crece cada día en número y en agresividad. El hombre trata a la mujer como a un animal. Porque es así como ella es tratada en la India por el gobierno: un animal sin voluntad propia, que “pide” para ser atacada o es impotente frente a las amenazas, como afirma la integrante de la comisión de derechos humanos.

Al mismo tiempo, Mirge expresa la inutilidad de la comisión de derechos de la cual forma parte o, lo que es más probable, su connivencia con una ideología machista y una ausencia de políticas concretas por parte de las autoridades para proteger a las mujeres.

Para pronunciar más palabras que equivocaciones, Mirge debería haber dicho la verdad, o sea, que frente a la situación, las mujeres deben abdicar de todo mínimo derecho conquistado hasta hoy y retornar a la prehistoria, a los tiempos medievales, cuando las vacas eran más sagradas que los seres humanos, cuando eran más respetadas que las mujeres. Porque es eso lo que el gobierno al que ella pertenece está haciendo. No está luchando para la emancipación de las mujeres sino para su retroceso.

Pero seamos justos. No sólo Mirge expresa esa opinión directamente criminal. Recientemente, el director de la Central de Investigaciones Criminales de la India, Ranyit Sinha, justamente el encargado de investigar y castigar las violaciones, discursando frente a una platea de atletas, dijo que: “Si no podemos evitar las violaciones, gocemos con ellas”.

Y siendo más justos todavía, hay que recordar que el popular gurú Asaram Bapu, refiriéndose a las violaciones, dijo estas “sabias palabras”: la víctima también tuvo culpa, a pesar de que en menor medida que los agresores, porque en lugar de resistir “debería haber rezado a Dios e implorado a los atacantes, llamándolos de ‘Bhaya’ (hermanos), que la dejasen en paz”.
 
Al no pronunciar palabras verdaderas, Mirge y otros “nobles” policías y gurús indianos, justifican las violaciones y los asesinatos. Dan la razón a los “pobres” agresores, que fueron provocados por las mujeres, que tuvieron su libido potencializado por los escotes y las faldas ajustadas, y por eso ellas merecían morir. Esa opinión de Mirge, que no es aislada sino que refleja una visión general de la comisión y del partido que ella integra, de la policía y de ciertos gurús, señala el rumbo que la situación de la India va a tomar de aquí en adelante: asesinatos en masa y la “paz de los cementerios” para las mujeres que osen comportarse libremente. Pero la población empieza a reaccionar.

Repudio “in crescendo”
 
Después del ataque a la joven estudiante de medicina, el 16 de diciembre de 2012, en Nueva Delhi, una ola de manifestaciones recorrió todo el país y provocó por primera vez en la historia del país un enorme debate sobre la situación de las mujeres. Las manifestaciones de indignación por parte de la población volvieron a las calles de Calcuta y Nueva Delhi los primeros días de este año. Una multitud salió en protesta contra la muerte de una adolescente que había sufrido violaciones colectivas por un grupo de hombres que, no satisfechos, acabaron por incendiar el cuerpo de la joven.

La víctima tenía 16 años y había sido atacada por primera vez el 26 de octubre, y nuevamente al día siguiente, por un grupo de seis hombres, cerca de su casa, en Madhyagram, a 25 km de Calcuta. El segundo ataque ocurrió cuando ella volvía a su casa después de denunciar el primer ataque en una comisaría. La joven falleció el 31 de diciembre en un hospital, debido a las quemaduras que sufrió. Según los médicos que la atendieron, la joven estaba embarazada. Para evitar aún más protestas, la policía no devolvió el cuerpo a la familia y trató de incinerarlo rápidamente sin su permiso, según el padre de la víctima.

Frente a la inoperancia de las autoridades y, peor aún, de la connivencia de algunos de los organismos encargados justamente de cohibir los abusos, nada resta a la población sino tomar las calles y no abandonarlas mientras las medidas no lleguen. Y en esa lucha, la clase trabajadora tiene un papel fundamental porque, a pesar de tratarse de una bandera democrática, todo indica que las elites no están ni un poco preocupadas. Esa bandera queda, entonces, en manos de la clase trabajadora de conjunto, que debe organizarse en los barrios, en las fábricas y en sus sindicatos para fortalecer las movilizaciones, exigiendo del gobierno las medidas necesarias y, al mismo tiempo, asumir ellos mismos las tareas de defensa de las mujeres, tanto jurídicas como de protección.

Para decir más palabras que mentiras, las mujeres en la India, sobre todo las más pobres, deben hacer justamente lo contrario de lo que Mirge y los demás embusteros proponen. ¡Deben salir de sus casas, ir a las calles a luchar! Deben organizarse en sus lugares de trabajo y buscar unirse a la clase trabajadora, en los sindicatos, formando comités de autodefensa. La inmensa participación de la población en las calles es una señal de que ese es el camino.

Traducción: Natalia Estrada
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