Compartir

En las últimas semanas está dándose una intensificación de las negociaciones entre el imperialismo norteamericano y el régimen norcoreano de Kim-Jong-un sobre las sanciones aplicadas contra el país debido a su programa nuclear. Corea del Norte fue recientemente visitada por el nuevo jefe de la CIA, Mike Pompeo. Se están realizando contactos entre los gobiernos de Corea del Sur y Corea del Norte sobre una posible reunión de cúpula en Seúl; se dio recientemente la visita de Kim-Jong-un a China, país que cumple un importante papel de intermediario del imperialismo en su relación con Corea de Norte. Incluso se planea para este primer semestre una reunión de cúpula entre Trump y Kim-Jong-un, a partir de que este último acaba de anunciar el fin de los testes de misiles balísticos y el cierre del área de testes nucleares.

Por: POI – Rusia

Todavía es temprano para hablar de una alteración sustancial en las relaciones entre Kim-Jong-un y Trump sobre el fin del programa nuclear norcoreano. Esta alteración puede darse o no. Los gobiernos de Rusia, China, Japón, Corea del Sur, e incluso asesores de Trump, en comentarios reservados, se mostraron cuidadosos en relación con las declaraciones del dictador norcoreano, indicando, no sin fundamento, que puede no ser un cambio de estrategia de Kim y sí una maniobra táctica antes de las negociaciones. Solamente Trump anunció por Twitter las “buenas noticias”, intentando mostrar alguna eficiencia de su política externa ante su bajísima aprobación popular.

La cuestión sigue abierta, pero es importante comprender las fuerzas profundas que rigen la situación en Corea del Norte.

El imperialismo

El imperialismo presiona a Corea del Norte para que esta ponga fin a su programa nuclear. El griterío de todos los gobiernos del mundo, de la ONU y de los medios de comunicación respecto de cada misil testado por Corea de Norte (como si nadie más en el mundo lo hiciese) y contra el programa nuclear norcoreano de conjunto, no pasa de una total hipocresía. Cuando el imperialismo norteamericano, el único hasta hoy en utilizar bombas nucleares contra ciudades (y nunca fue juzgado por este acto de barbarie), y que sigue sentado sobre 1.367 misiles nucleares, intenta presentar a Corea del Norte como una amenaza mundial, haciendo una campaña histérica contra su programa nuclear e implementando sanciones contra ella a través de la ONU, todo no pasa de simple defensa de su monopolio sobre las armas nucleares, elemento constitutivo del orden mundial imperialista, con los Estados Unidos a la cabeza.

Con el objetivo de presionar al régimen de Kim-Jong-un, Trump, a través de la ONU, aplica contra Corea del Norte durísimas sanciones, prohibiendo sus exportaciones (carbón, mineral, frutos de mar, producción textil) y también la importación de derivados de petróleo, equipamiento, navíos de transporte. O sea, un bloqueo total. La presión sobre Corea del Norte es fundamentalmente un ataque a aquellos que no están totalmente bajo control del imperialismo en relación con la cuestión nuclear (como también es el caso de Irán, donde, además, se utiliza tecnología norcoreana).

Entonces, independientemente de nuestra opinión sobre el régimen de Kim-Jong-un, nosotros nos declaramos frontalmente contra la presión imperialista sobre Corea del Norte y defendemos su derecho (y el de todos los países semicoloniales) de poseer tecnología nuclear, incluso hasta la producción y posesión de armas atómicas.

El régimen de Kim-Jong-un

Corea del Norte, ex zona de ocupación soviética tras la Segunda Guerra Mundial, surgió luego de la derrota de la ocupación japonesa de la península, como un Estado obrero bajo control de la burocracia estalinista, así como ocurrió con Alemania Oriental. Se tornó uno de los ejemplos de la realización del proyecto estalinista de coexistencia pacífica con el imperialismo, el llamado “socialismo en un solo país”, aunque en este caso en solo la mitad del país. Con un nivel de desarrollo industrial y recursos naturales muy inferiores a los de la URSS, el Estado obrero burocratizado norcoreano era aún más vulnerable ante el imperialismo mundial, lo que lo empujaba a una burocratización aún mayor.

Lea también  La intervención imperialista contra Irán

Todas las características del estalinismo: el endiosamiento de sus líderes, el peso de la burocracia, una gigantesca casta militar, campos de concentración, y una crisis económica crónica, en Corea del Norte se expresaban aún con más fuerza, combinándose con elementos de despotismo asiático. En Corea de Norte, el estalinismo llegó a su ápice: una dinastía con herencia monárquica del poder por línea de sangre.

A partir de finales de los años ’80, con al abertura para inversiones chinas y surcoreanas y la implementación interna de reglas de mercado, el régimen norcoreano, como todos los regímenes estalinistas, restauró el capitalismo en Corea de Norte. Y, al no ser derribado por las masas, viene concretando una gradual colonización del país (como también Cuba y China) por los capitales extranjeros, hasta el límite de la creación de verdaderos enclaves con las Zonas Económicas Libres, lo que viene enriqueciendo a la ultraprivilegiada elite gobernante local y llevando a las masas a la miseria o a las prisiones del régimen.

El objetivo del programa nuclear para el régimen de Kim era conquistar más margen de maniobra política para arrancar mejores condiciones del imperialismo, en el marco de la colonización. Fue usado también para posicionarse como “defensor ante el imperialismo” a los ojos de la población. En este espacio entre el imperialismo y la población, es donde el régimen mantiene su poder.

Ahora, cuando Kim declara que “la transición del programa nuclear (que ya cumplió su papel) para la construcción de una fuerte economía socialista y la movilización de recursos materiales y humanos del país para elevar cualitativamente el nivel de vida de la población”, eso significa solamente la profundización de la colonización del país según el modelo chino/cubano. Esta es la línea maestra del régimen de Kim, independiente de la forma como se combinará esa cuestión con su programa nuclear. No tenemos mucha información sobre lo que pasa dentro de Corea del Norte, pero el hecho de que Kim se refiera a la necesidad de aumentar el nivel de vida de la población posiblemente puede expresar su preocupación con la gravedad de la crisis económica interna y el descontento de las masas con la miseria. El régimen busca salvación en la inversión imperialista. Busca aprovechar la miseria de los obreros norcoreanos para atraer capitales imperialistas que salen de China en busca de salarios más bajos, como en los casos de Bangladesh y Vietnam. El régimen de Corea del Norte ya hace tiempo viene haciendo eso con la “exportación de mano de obra” para Rusia y China, por ejemplo, para obras de infraestructura, con los salarios más bajos del mundo.

Por eso, defendiendo el derecho de Corea del Norte de poseer armas nucleares, así como el de cualquier otro país semicolonial bajo la presión y las amenazas de las potencias imperialistas armadas hasta los dientes, en especial los Estados Unidos, nosotros no apoyamos de manera alguna el régimen de Kim-Jong-un.

China y Rusia

Para presionar a Corea del Norte, el imperialismo norteamericano usa como intermediarios los gobiernos de Rusia y, en especial, de China, que poseen instrumentos para la presión directa, jugando un papel fundamental en el proceso de colonización del país.

Los dos gobiernos demuestran así su papel completamente servil, nivelándose con el imperialismo en la condena a los testes balísticos y el programa nuclear, votando en el Consejo de Seguridad de la ONU a favor de las resoluciones y sanciones norteamericanas.

Los dos países utilizan su influencia sobre Corea del Norte para apoyar la implementación de los planes del imperialismo, maniobrando para conquistar una posición más privilegiada junto a los Estados Unidos, en el marco de su sumisión al sistema imperialista.

Lea también  ¿Elegir a Bernie Sanders en 2020 ayuda en la lucha por el socialismo? Sobre la historia y las contradicciones de la política electoral reformista

Corea del Sur

Corea del Sur surge como Estado a partir de la zona de ocupación americana luego de la derrota japonesa en la Segunda Guerra Mundial. Se tornó una semicolonia norteamericana privilegiada, dirigida por gobiernos militares semifascistas, serviles al imperialismo norteamericano, que usaban métodos de terror para reprimir duramente los múltiples levantamientos de la clase trabajadora y de la juventud. En el territorio surcoreano existen varias bases militares americanas, incluso en la capital, Seúl. El contingente surcoreano en la Guerra de Vietnam fue el segundo mayor, detrás del norteamericano (300.000 soldados).

Corea del Sur pasó por un proceso de desarrollo industrial basado en pesada inversión de capital externo, potenciado por la superexplotación del pueblo surcoreano por los gobiernos militares y volcado a la exportación. La jornada de trabajo en Corea del Sur es una de las más largas del mundo. Como resultado, hoy hay en el país una serie de zonas económicas libres y zonas de inversión extranjera, con otras nuevas en planificación. La economía semicolonial surcoreana se distingue por no ejercer absolutamente ninguna resistencia contra la crisis económica mundial, acompañando directamente el ritmo de la coyuntura económica mundial.

El Estado surcoreano siempre tendió al autoritarismo, siendo la corrupción desenfrenada, el funcionamiento por clanes y el nepotismo, características inseparables del funcionamiento de su frágil democracia burguesa actual. Símbolo de eso son las llamadas chaebol, grandes empresas controladas a través de la corrupción por el aparato del Estado (Samsung, Hyundai, LG, etc.).

Del lado opuesto a la economía semicolonial, la superexplotación, la dictadura, la corrupción y el chaebol siempre estuvieron la clase obrera surcoreana y la juventud del país, que nunca interrumpieron su lucha contra la explotación y por libertades democráticas.

El sistema político surcoreano se caracterizó siempre por su fragilidad. A lo largo de toda su historia, la carrera de sus gobernantes generalmente terminaba con su derrocamiento (por las masas o por goles militares), el asesinato, la prisión por acusaciones de violación de los derechos humanos, por abuso de poder o graves casos de corrupción (como en el caso del último ex presidente). Para una semicolonia frágil, totalmente servil a los Estados Unidos, la “ideología” de la “amenaza externa” representada por Corea del Norte, juega el papel de “cemento” en la unión nacional.

La unificación de Corea, el quid de la cuestión

Luego de la Segunda Guerra Mundial, gracias a los esfuerzos del imperialismo y del estalinismo, se construyeron en el mundo no uno sino dos “Muros de Berlín”: el alemán en Europa y el coreano en Asia.

Como resultado de la lucha de los trabajadores cayó solamente uno de ellos: el alemán. La caída de la dictadura estalinista en Alemania Oriental y el fin de la división de la clase obrera alemana fueron un gran victoria democrática, inspirando a los trabajadores, abriendo sus perspectivas y uniendo las luchas de la clase trabajadora europea. Exactamente por eso, la reunificación alemana no era deseada ni por el régimen estalinista alemán oriental ni por los imperialismos norteamericano e inglés.

Por razones parecidas, nadie quiere la caída del “Muro de Berlín coreano” (excepto el pueblo coreano).

Desde el norte, la dictadura de Kim-Jong-un se apoya en el muro: la existencia de su régimen es incompatible con la unificación de Corea.

Desde el sur, también se apoya en el muro el Estado surcoreano: si el imperialismo alemán con su sólida democracia burguesa y en condiciones de ascenso económico puede “absorber” a Alemania Oriental y la revolución democrática, el Estado surcoreano, semicolonial, corrompido, dividido en clanes, con tendencias históricas al autoritarismo, difícilmente conseguiría lo mismo, aún más en el marco de una crisis económica mundial. La caída del muro y la unificación de la clase obrera coreana amenazarían transformar en ruinas el Estado surcoreano. Por lo tanto, este necesita también del régimen de Kim-Jong-un, y la burguesía surcoreana prefiere el camino de colonizar a Corea del Norte manteniendo el muro.

Lea también  Michael Roberts: el G20 y la guerra fría en el sector de tecnología

Desde el oeste, se apoya también en el muro el capitalismo chino, aprovechando el papel privilegiado que juega en el proceso de colonización del país vecino, recibiendo del imperialismo sus dividendos por la presión que ejerce sobre el régimen de Kim-Jong-un (en menor escala, Rusia hace lo mismo). Además, la caída del régimen de Kim con la caída del muro traería inevitablemente peligro a la dictadura del Partido Comunista chino.

Desde el este, se apoya también en el muro el imperialismo japonés: el muro divide la lucha de clases en el país vecino, donde Japón cumple el papel de segunda metrópoli, detrás de los Estados Unidos.

Y, sentando sobre el muro, está finalmente el imperialismo norteamericano, señor de Corea del Sur, poseyendo allá, de hecho, gobiernos satélites y una base militar avanzada. Estos también precisan del régimen de Kim-Jong-un.

Todos ellos mantienen a Corea dividida por la fuerza, y son así cómplices de la tragedia nacional del pueblo coreano. Sin unificar sus países, los trabajadores de las dos Coreas están condenados a una explotación capitalista durísima y a ser rehenes de potencias extranjeras.

Derrocar la dictadura de la dinastía Kim, dar un fin al Estado proamericano y corrompido de Corea del Sur, poner fin a la división del pueblo y al dominio imperialista, reconquistar para sí su país, esa es la tarea más importante de la clase obrera coreana. La caída del muro coreano significaría para Asia lo mismo que la caída del Muro de Berlín significó para Europa.

“Ventana de oportunidad”

Hoy, por un lado la crisis capitalista corroe las bases de régimen de Kim y también del Estado surcoreano. Por otro lado, Trump desestabiliza la región; su política de presión sobre el régimen de Kim eleva la tensión general.

El fracaso de la política de Trump en la Península Coreana contribuiría a la crisis política general dentro de la ciudadela del imperialismo.

La posible capitulación de Kim-Jong-un difícilmente se daría sin dejar marcas en el régimen norcoreano, que hace décadas propagandiza su programa nuclear entre la población, y en lugar de eso solo tendría para ofrecer la profundización de la colonización. Eso aumentaría la tensión dentro del régimen. Junto con la crisis económica, eso crea también una “ventana de oportunidad” objetiva para resolver la cuestión de la unificación nacional de Corea.

En Corea, el desarrollo del factor subjetivo, un partido obrero revolucionario y antiimperialista que luchase consecuentemente por la unificación del país, podría jugar un inmenso papel en esta lucha.

Traducción: Natalia Estrada.