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El primer ministro de China, Li Keqiang, anunció la intención del gobierno de reducir drásticamente la producción de acero y carbón por las empresas estatales, en el cierre del encuentro anual del Congreso Nacional del Pueblo. Pero esa decisión no fue tomada por el órgano legislativo y sí por la dictadura que gobierna el país.

Por: Marcos Margarido

Antes del inicio de los trabajos del Congreso, un funcionario del Ministerio de Trabajo ya había afirmado que 1,8 millones de puestos serían cerrados en aquellos sectores, sin mencionar las pérdidas indirectas de empleos, para alcanzar la meta del gobierno.

De la forma más cínica posible, Li Keqiang dijo que “precisamos evitar el desempleo en masa” y que si eso no ocurriese “los gobiernos central y locales tienen capacidad para hacer los arreglos apropiados”, como la liberación de negocios privados, la reducción de la burocracia para abrir empresas, y la creación de oportunidades para generar inversiones y empleos. Es decir, que los trabajadores se arreglen y encuentren una forma de sobrevivir por su cuenta.

Esta es la forma encontrada por la dictadura capitalista del Partido Comunista de China para enfrentar el “aterrizaje forzado” de la economía china, demostrado por la reducción del crecimiento del PIB en 2015 y la previsión de mayor reducción en los próximos años. El PIB fue de 6,9%, contra un crecimiento medio de 10% anual en la última década.

La otra alternativa sería el “aterrizaje suave” de la economía, una metáfora creada por los economistas para describir un proceso de reducción de crecimiento bajo control del gobierno y sin choques que pudiesen llevar a la inestabilidad (económica y social) del país.

En realidad, esa alternativa no pasaba de una ilusión del imperialismo de que el gobierno pudiese sostener los altos crecimientos con mano de hierro para mantener intactos los lucros de las multinacionales instaladas allí. Por años, el gobierno chino siguió las “recetas” escritas por el FMI, que solo sirvieron para aumentar “la altura de la caída”.

Y la “caída” es relatada por las agencias oficiales de noticias de forma aún más cínica. Bajo el título de “Pérdida de empleos es lamentable, pero necesaria”, la agencia Xinhua afirma que “China prometió dejar al mercado tener el papel decisivo de la economía… desde un punto de vista comercial, esas empresas simplemente no son más viables y es el mercado –no el gobierno– que dio la última palabra para el cierre de minas de carbón y siderúrgicas”. La desfachatez tiene límites, pero no para el gobierno chino…

Los obreros resisten

Mientras se desarrollaban las secciones del Congreso, los obreros de una minera estatal de carbón, la Longmay, protestaban contra la falta de pago de salarios atrasados hace meses, en tanto el presidente Xi Jinping había dicho en el Congreso que la Longmay precisaba “encarar el mercado”. En setiembre, la empresa anunciaba que pretendía despedir 100.000 trabajadores, cerca de 40% de su fuerza de trabajo. Este es el tratamiento reservado a los obreros, los verdaderos herederos de la revolución de 1949, que expropió la cobarde y reaccionaria burguesía china. Ahora, los usurpadores del poder obrero rinden homenaje al mercado y prometen hacer todo lo que “él” ordena. Por “mercado” se entiende, claro, el imperialismo.

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Los trabajadores de la siderurgia también reaccionan contra los planes de despido en masa. En la capital de Guangdong, en la región sur de China, la más industrializada del país, centenas de obreros de la siderúrgica estatal Angang Lianzong entraron en huelga contra un plan de reducir hasta 50% de los salarios y de aumentar la jornada diaria a 12 horas, en algunos sectores.

Mientras enfrentaban la represión, cantaban el himno nacional del país, que dice: “Rebélense, nosotros nos negamos a ser esclavos”. La huelga acabó por la represión policial y por el miedo de pérdida de empleos, pero la fábrica fue obligada a postergar sus planes de corte salarial.

La resistencia es nacional

Pero, no existen luchas solo en estos sectores en los cuales el gobierno pretende atacar duramente. Huelgas y protestas se han extendido por todo el país como resultado de los ataques patronales debido al agravamiento de la crisis económica y de la instalación de muchas industrias y de infraestructura en el interior el país en los últimos años, donde los salarios son menores.

En las últimas semanas, como resultado de la pérdida de confianza en el gobierno chino, la prensa de los países imperialistas (Estados Unidos, Alemania, Inglaterra, entre otros) vienen propagando el aumento del número de huelgas, basada en los números del “Mapa de Huelgas” (http://maps.clb.org.hk/strikes/en) divulgado por el sitio de la ONG China Labour Bulletin, defensora de los derechos laborales de los trabajadores chinos.

Aun cuando exista un aumento en el número de huelgas, estos números deben ser vistos con cautela (como alerta la propia ONG), pues están basados en noticias de la prensa y en informaciones de las redes sociales. El aumento puede ser el resultado de haber recibido más informaciones, en la medida en que el “mapa” se hace más conocido. Además, el “mapa” registra huelgas y protestas y no separa los dos tipos de eventos. Por otro lado, los números reales con seguridad son mayores que los divulgados por el “mapa”, pues no todas las huelgas y protestas son conocidas por la ONG. Uno de sus responsables estima que ellos registran cerca de 12% del número real. De cualquier forma, el “Mapa de Huelgas” es una buena herramienta para evaluar cualitativamente la realidad de la lucha de los trabajadores chinos.

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Según el mapa, ocurrieron 1.200 incidentes (huelgas y protestas) entre 2011 y 2013, mientras solo en 2014 fueron más de 1.300 de estos. Ocurrió un salto en 2015, con 2.726 incidentes –más de uno por día (418) en el Estado de Guangdong, el recordista de movilizaciones– y la repetición de estos números en los primeros meses de 2016.

Las huelgas y protestas se dan principalmente por el pago de salarios atrasados, como en enero de 2016 en las vísperas del Año Nuevo lunar, que marca el período de vacaciones de los trabajadores, cuando ellos vuelven a sus ciudades de origen.

En 2016, del total de 1.826 incidentes hasta marzo, 28% ocurrieron en el sector de manufactura (industria de transformación), 8% en los sectores de transporte y construcción civil, y 5,5% en la minería.

Sin embargo, según el gobierno, la situación de penuria de los trabajadores no es causada por el fraude de los patrones sino por el alto costo del mercado de trabajo. Oír eso en el país que paga uno de los menores salarios del mundo causa extrañeza, pero no deja de ser verdad. Según el ministro de Finanzas, Lou Jiwei, la Ley de Contrato de Trabajo es “desequilibrada” y “superprotectora de los trabajadores”, lo que desestimularía nuevas inversiones. “Incluso si un empleado no trabaja duro, la ley dificulta que el patrón lidie con eso, por ejemplo, despidiéndolo”, dijo el ministro a la agencia Xinhua. Y el ministro de Recursos Humanos afirmó que “hay una falta de flexibilidad en el mercado de trabajo y el costo laboral es muy alto para los patrones”.

Como se ve, los miembros del Partido Comunista de China aprendieron rápido con el capitalismo occidental. Por lo menos en lo que dice respecto de la súper explotación de los trabajadores.

¿Cuál es el camino?

El fin de la confianza del imperialismo en el gobierno chino es tan claro que el sitio de la CNN, conocida red norteamericana, comparó la situación actual de China con el surgimiento de Solidaridad en Polonia, en 1980, cuando se dio uno de los más fuertes y organizados procesos de revolución política en los ex estados obreros del Este europeo antes de la restauración capitalista en aquel país. Según la CNN, el Sindicato Solidaridad fue responsable por el fin del gobierno del Partido Comunista, no obstante confundiendo la restauración capitalista con el fin del PC en el poder (que solo ocurrió algunos años después). Y confundiendo, también, la base de Solidaridad con su dirección mayoritaria (simbolizada en Lech Walesa), que era pro restauracionista e hizo un acuerdo con el general Jaruzelsky, que había dado un golpe militar en 1981, para la realización de elecciones en 1989.

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Lo que existe hoy en China es una dictadura militar dirigida por el Partido Comunista de China en un país capitalista, donde los trabajadores y el pueblo no tienen derecho a organizarse en sindicatos y partidos independientes, y donde los dirigentes que surgen son presos al menor indicio de discordancia con los rumbos dados por el gobierno y su camarilla mayoritaria.

Sin embargo, por lo que parece, el partido del capital –el PC de China– ya no es capaz de defender los intereses de los capitalistas y de mantener sus altas ganancias en el país, razón por la cual el imperialismo busca apoyarse en las justas luchas de los trabajadores para forzar al gobierno a hacer concesiones democráticas y llevar a una apertura política controlada.

Los revolucionarios no pueden tener dudas de qué lado deben ponerse en esta disputa. Al lado de los trabajadores en sus luchas económicas y en sus tentativas de desarrollar organizaciones independientes del gobierno, sin dejar de denunciar por un solo minuto los clamores hipócritas de la burguesía por más democracia pero haciendo unidad de acción con esos sectores en esa lucha democrática, si es necesario.

La caída del PC de China significaría un enorme avance de las luchas obreras en China y completaría el proceso de revoluciones que derrotaron al estalinismo a partir de 1989, en lo que quedó conocido como la “caída del muro de Berlín”. En esa lucha, que concedería derechos democráticos para todos, incluso para la burguesía, la clase obrera tendría la oportunidad de construir sus sindicatos y partidos independientes, incluso el partido revolucionario para dirigir la segunda revolución social en aquel país y rescatar las conquistas de la revolución de 1949.

Traducción: Natalia Estrada.