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El 30 de septiembre de 2014 se firmó en Kabul, entre el consejero de Seguridad Nacional del nuevo gobierno afgano, Hanif Atmar, y el embajador norteamericano James Cunnigham, el Convenio Bilateral de Seguridad (BSA, por su sigla en inglés) entre Estados Unidos yAfganistán.

Este convenio implica a la vez la ratificación del Acuerdo sobre el Estatuto de las Fuerzas (SOFA) con la OTAN, del que depende la misión encargada de entrenar a las fuerzas armadas afganas durante los próximos diez años.

El Convenio permite la presencia de tropas extranjeras en el país a partir del 31 de diciembre de 2014, cuando concluye el actual mandato de la OTAN; manteniendo su misión de entrenamiento a las fuerzas afganas y la ayuda de 4.000 millones de dólares anuales para equiparlas y financiarlas. En total serán 12.500 soldados, 9.800 de ellos estadounidenses, lo cual significa una disminución sustancial frente a los 41.000 que hay desplegados en la actualidad. El convenio permite la permanencia de las fuerzas imperialistas “hasta el final de 2024 y más allá” (The Guardian, 30 de septiembre de 2014).

Según los anexos del BSA, las fuerzas militares de Estados Unidos tendrán acceso a las nueve principales bases aéreas y terrestres no solo para operaciones aéreas enAfganistán sino también para desplegar desde ellas ataques con drones hacia las zonas fronterizas con Pakistán; pudiendo actuar en esta forma en todo Afganistán.

Legalizada la ocupación

Hasta la firma de este acuerdo, la ocupación imperialista deAfganistán, desde cuando desató la guerra en 2001 y las fuerzas imperialistas logran controlar Kabul en diciembre de ese año, fue una ocupación militar de hecho; consentida y aceptada por el gobierno títere de Hamid Karzai, conformado en 2002 por las fuerzas ocupantes y sostenido por ellas durante más de una década.

En torno al gobierno de Karzai se agruparon todas las facciones y fuerzas políticas afganas dispuestas a someterse a los dictados del imperialismo, más allá de divergencias menores.

Las fuerzas que han resistido la ocupación –y al gobierno de Karzai–, y aún la resisten a través de muy variadas formas, se agrupan globalmente bajo el mando de los talibanes; que encabezaban el gobierno derrocado en 2001.

Esta resistencia sistemática a la ocupación, con altos costos militares y políticos para el imperialismo, obligó a la búsqueda de un recambio al gobierno de Karzai y a una modificación sustancial de las condiciones de control por parte del imperialismo. Se intenta que el grueso de las tareas de seguridad interna y de enfrentamiento a los talibanes sea desarrollado por un nuevo ejército afgano, al servicio de cuya construcción, con entrenamiento, dotación de armamento y respaldo económico, se colocan las fuerzas ocupantes.

Nuevo gobierno títere

El 14 de junio de 2014 se realizó la segunda vuelta de las elecciones presidenciales enAfganistán, a través de las cuales debería elegirse al sucesor de Karzai. Compitieron Ashraf Ghani y Abdullah Abdullah. El resultado generó una profunda crisis, con acusaciones mutuas de fraude y exigencia de reconteo de la totalidad de los votos.

Todo tuvo un “final feliz”, a través de un acuerdo, “fruto de la mediación del secretario de Estado norteamericano John Kerry”, que “estipula que el ganador tendrá que compartir el poder con un jefe ejecutivo propuesto por el finalista, y que los dos consensuarán el nombramiento de los cargos clave como el jefe del Ejército y otras decisiones de envergadura.” (Elpais.com, 21 de septiembre de 2014, negrillas nuestras).

Es ese nuevo gobierno títere, agente directo de los planes y políticas del imperialismo en la región, el que ha legalizado la ocupación convirtiendo aAfganistán en una gran plataforma militar para el accionar de los Estados Unidos en esta convulsionada región del mundo.

Por una política revolucionaria, antiimperialista

Una política revolucionaria enAfganistán tiene que responder, en primer lugar, a este importante hecho de la realidad: la ocupación imperialista del país. Es decisivo levantar en alto las banderas por el retiro de las fuerzas imperialistas de ocupación. Al hacerlo será necesario diferenciarse, políticamente, con absoluta claridad, de las ideologías y posiciones reaccionarias de las fuerzas talibanes. Ellas, más allá de su combate a la ocupación imperialista, representan una opción ajena y enemiga a los intereses estratégicos revolucionarios que, al luchar por la liberación del país de la ocupación imperialista, deben levantar simultáneamente un programa de amplia democracia y respeto a los derechos de todos los oprimidos y explotados.