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Pocas semanas atrás, Afganistán volvió a ocupar el centro de la prensa mundial. Las impactantes imágenes televisivas mostraban como un sector de la población de Kabul, la capital y principal ciudad del país, enfrentaban con piedras y palos a tropas armadas hasta los dientes, en imágenes que recordaban la Intimada palestina, atacaban las embajadas, las oficinas de la ONU, del gobierno y de la policía,  al grito de «mueran los americanos», «Muera Karzai» (jefe de gobierno). Los soldados de EE.UU, tiraron contra la multitud enfurecida y causaron por lo menos 14 muertos y decenas de heridos. Todo se inició cuando un grupo de vehículos blindados militares norteamericano, para abrirse paso en el tráfico de la ciudad, atropellaron varios automóviles de civiles y mataron cinco personas. La respuesta a este hecho fue el verdadero levantamiento popular que mostró la prensa.

Un poco de historia

Lo ocurrido en Kabul no es un hecho aislado sino que expresa un cambio en la situación del país. Para entender este cambio, es preciso ver un poco la historia de Afganistán en las últimas dos décadas.

En la década de 1980, el país vivió una invasión y una ocupación de tropas de la ex URSS para sostener un gobierno aliado. Esta ocupación fue enfrentada por una coalición de gueriiles islámicas, apoyadas por el gobierno islámico de Paquistan y EE.UU. En 1989, las tropas de la ex URSS son derrotadas y se retiran del país..

Se abre un período de guerra civil entres las distintas fracciones guerrilleras. En ese momento, apoyados por el gobierno paquistaní, aparecen los talibanes, que algún tiempo después, logran imponerse a las otras fracciones y toman el poder en Kabul. Cubiertos con un manto fundamentalista religioso, instalan un régimen dictatorial facistoide, que perseguía a las minorías y ejercía una gran opresión social y cultural.

En 2001, en la primera acción militar de la «guerra contra el del mal» declarada por Bush después de los atentados del 11 de septiembre, tropas imperialistas invaden el país, obtienen una rápida victoria militar y derrocan al régimen talibán. Esto se vio facilitado por el hecho de que ese gobierno era odiado por un gran sector de la población. En varias ciudades, los invasores imperialistas fueron recibidos como libertadores. Después de su derrota, las fuerzas talibanes restantes se habían retirado a las regiones montañosas y fronterizas con Paquistán y pasaron a hacer acciones puntuales contra el gobierno títere y las tropas extranjeras.

El verdadero rostro de la ocupación

Pero este apoyo inicial de sectores de la población se fue desgastando a lo largo de estos años. En un escenario semejante al de Irak, se fue comprobando el fraude de las obras e inversiones prometidas, que vendrían del «apoyo extranjero». El estado de las escuelas, hospitales, rutas, etc., es lastimoso y esas «obras» sólo fueron un medio para enriquecer a las empresas imperialistas, contratadas para hacer las inversiones «humanitarias». El peso de la ocupación es tal que se creó, incluso, una «economía paralela» administrada por la ONU en algunas de las grandes ciudades, como la capital Kabul, que es un foco de corrupción y desigualdad, donde una pequeña minoría de funcionarios extranjeros, muchos de ellos a través de las ONGs, y sus empleados afganos, ganan una remuneración mucho mayor que el resto de los afganos y conviven con la miseria de la gran mayoría.

Por otro lado, el gobierno Karzai siempre se mantuvo apoyado en las tropas de los EE.UU. y sus aliados imperialistas, pero nunca controló verdaderamente el país. Para realizar las elecciones «democráticas», profusamente propagandizadas por los EE.UU., realizó acuerdos con los «señores de la guerra», que habían integrado la antigua Alianza del Norte, y obtuvo el apoyo de sus tropas.  La condición de esos acuerdos fue  permitir que estos «señores» mantuviesen el control de sus regiones, dominasen las instituciones locales para oprimir a voluntad a la población regional y operasen libremente sus actividades criminales, en particular el tráfico de opio. El gobierno se limitó a mantenerse en la capital y, a través de esos acuerdos, administrar precariamente el conjunto del país.

Un cambio en la situación

Por eso, después de casi 5 años de ocupación, el país, las tropas imperialistas y el gobierno títere de Karzai viven una situación cualitativamente distinta. La experiencia con la realidad de la ocupación fue haciendo que cada vez más sectores de la población se volvieran contra los ocupantes.

El cambio en el sentimiento de la población, en estos últimos meses, abrió un espacio para una nueva resistencia en la que varios grupos se enfrentan a los ocupantes y al gobierno títere. Hoy, ya existen zonas enteras en las que el gobierno no entra y las tropas ocupantes sólo van cuando hay un gran operativo militar, o atacan desde aviones, sin poder mantener soldados de modo permanente. Los periodistas hablan de «zonas liberadas» en las províncias de Paktia, Khost y Zabul , al sur y sudeste del país, donde tradicionalmente el control era precario, y en Helmand, área estratégica del país, donde los ataques se multiplicaron más recientemente y ya el gobierno de Karzai no tendría más el control efectivo.

La multiplicación de la resistencia se ve acompañada con una recuperación del prestigio de los líderes talibanes porque estuvieron, desde el inicio, contra la ocupación. Pero, es importante decir que la resistencia no se limita a ellos: últimamente comenzó a haber una coordinación entre distintas alas y tribus que, sin ser talibanes, se están uniendo a la lucha armada contra los invasores. Por ejemplo, se sumó a la resistencia Gulbudin Hekmatiar, antiguo aliado de Irán y líder de la guerrilla contra la ocupación por tropas de la URSS, en la década de 1980. Este dirigente, después de ser ministro del gobierno Karzai, rompió con él y se declaró contra la ocupación.

Lo ocurrido en Kabul muestra una profundización de este proceso ya que la capital era, hasta ahora, el único lugar del país donde el gobierno y los ejércitos ocupantes parecían tener un control más firme.

El temido «segundo frente»

Son muy «malas noticias» para Bush y el conjunto del imperialismo: se les abriría así el temido «segundo frente» militar en el mundo. Y este hecho los toma a contramano de su política: Bush estaba buscando una disminución de las tropas estadounidenses en este país para transferir el peso de la ocupación a las potencias imperialistas europeas, a través de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte). Como la situación afgana parecía «tranquila», el plan era que Alemania, Inglaterra y España se hicieran cargo de esa tarea. Por ejemplo, Zapatero, para mostrar que la retirada española de Irak, obligada por las movilizaciones de masas en su país, no significaba de ninguna manera el abandono del frente interimperialista con EE.UU., envió tropas a Afganistán.

Pero esta política de Bush, que necesita concentrarse en Irak, donde enfrenta problemas cada vez graves, choca ahora con el deterioro de la situación en Afganistán. Como una muestra de la preocupación por esta nueva realidad, John Hamre, director del académico Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales expresó al New York Times: «La de Afganistán es la crisis dormida de este verano boreal», y agregó: «Algunos funcionarios estadounidenses están preocupados ante la posibilidad de quedar atados a una batalla prolongada mientras el control se le escapa de las maños al gobierno central». Esta situación podría significar la imposibilidad de reducir la cifra de 20.000 soldados estadounidenses y remplazarlos por tropas de otros países de la OTAN, según funcionarios en Washington. Este hecho se produce al mismo tiempo que Bush enfrenta dificultades cada vez más crecientes para renovar los contingentes estadounidenses en Irak y que los gobiernos europeos aliados que mantienen tropas en este país se desgastan rápidamente o son derrotados electoralmente, como ocurrió con Berlusconi en Italia.  

Este nuevo atolladero del imperialismo y sus instituciones (como la OTAN y la ONU) significan «buenas noticias» para los trabajadores y los pueblos del mundo. Está planteado, con fuerza cada vez mayor, la posibilidad de una derrota militar del imperialismo en Afganistán y en Irak. Los revolucionarios, sin depositar la más mínima confianza ni apoyo político en sus direcciones (recordemos que muchos de ellos fueron aliados de EE.UU.) apoyamos sin dudar la resistencia del pueblo afgano para expulsar a las tropas invasoras y a las instituciones del imperialismo (sean estadounidenses, europeas o «mundiales») y para derribar al gobierno títere de Karzai.