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En la madrugada del 15 de noviembre, el Ejército de Zimbabue concretó un golpe de Estado. En una operación en la que centenas de soldados y tanques tomaron las calles de la capital, Harare, la cúpula militar, arrestó al presidente Robert Mugabe, de 93 años, y a su esposa Grace, que hasta entonces tenía el camino prácticamente allanado para sucederle en el cargo.

Por Daniel Sugasti

Pocos días antes, Mugabe había destituido al ex vicepresidente Emmerson Mnangagwa, que por muchos años fue el “número dos” del gobierno y del país. Tras el arresto de Mugabe, Mnangagwa regresó a Zimbabue y fue erigido por los militares como nuevo presidente interino. Ni los EEUU ni Sudáfrica –una potencia regional– condenaron la acción de los altos mandos militares. Se limitaron a llamar a la “calma”, a pedir “estabilidad”, entre otras enunciaciones “democráticas”.

No obstante, Mugabe apareció públicamente dos días después en una ceremonia de graduación universitaria. El alto comando militar, que desde el comienzo negó estar encabezando un “golpe”, declaró que existían avances en las negociaciones para eliminar a los “criminales del entorno de Mugabe”, aunque sin precisar nombres: “Actualmente estamos discutiendo con el comandante en jefe [Mugabe] sobre la próxima etapa e informaremos del resultado de esas discusiones apenas se pueda”, dice un comunicado militar.

Esto abre la incógnita sobre si Mugabe perdió o no el poder, sobre si existe la posibilidad de que algún acuerdo lo mantenga en el cargo que detenta hace 37 años. Esto, evidentemente, no puede descartarse. Pero la dinámica parece apuntar a que el dictador africano tiene los días contados.

El viernes 17, altos cargos de la Unión Nacional Africana de Zimbabue-Frente Patriótico (ZANU-PF, por sus siglas en inglés), el partido-ejército que detenta el poder, afirmaron estar preparando una resolución para destituir definitivamente a Mugabe valiéndose de un posible impeachment [juicio parlamentario], en caso de que se niegue a abandonar el poder. Si esto se concretara, no sería más que una “legalización” del golpe militar.

El líder histórico de la oposición, Morgan Tsvangirai, declaró que era “del interés del pueblo” que Mugabe “renuncie inmediatamente”.

En las primeras horas que siguieron al golpe militar, no hubo expresiones populares ni de apoyo ni de rechazo. Sin embargo, el sábado 18, miles de zimbabuenses salieron a las calles para exigir la salida de Mugabe. “No a la dinastía de Mugabe”, rezaban algunas pancartas. Frank Mutsidinkwa, de 34 años, no podía contener las lágrimas durante la manifestación: “Son lágrimas de alegría –dijo–. Llevo esperando este día toda mi vida. Libre al fin. Libres al fin”[1].

La movilización contra Mugabe había sido llamada por grupos de veteranos de la guerra de independencia y estuvo “permitida” por el Ejército.

El domingo 19, Mugabe apareció nuevamente, rodeado de jefes militares, en un discurso televisado en el que afirmó que “nuestra gente necesita paz, seguridad, ley y orden”, y eludió renunciar formalmente al poder.

Pero, horas antes, la dirección del ZANU-PF lo expulsó de la presidencia del partido y le dio el ultimato para que renunciara hasta el lunes 20 o comenzarían el proceso de impeachment. El ZANU-PF nombró a Emmerson Mnangagwa, apodado El Cocodrilo, hombre fuerte de los militares veteranos de la guerra de independencia, como nuevo líder partidario. Grace Mugabe también fue expulsada.

A pesar del aparente limbo político, la realidad es que Mugabe ya no gobierna. Es improbable que retome el poder. Ni la mayoría del Ejército ni de su propio partido está dispuesta a sostenerlo. Estas horas de indefiniciones esconden un periodo de negociaciones sobre la manera menos traumática –es decir, evitando a cualquier costo que sea que el pueblo el que se levante– para una sucesión.

¿Fue un golpe? ¿De qué tipo?

El alto comando militar asegura que no existe “golpe de Estado”, pero han tomado el palacio presidencial, destituido a Mugabe, cercado la sede del parlamento, ocupado la sede de la televisión y detenido a varios ministros. No puede dudarse de que estamos frente a un golpe de Estado encabezado por las fuerzas armadas. Lo importante es entender sus motivaciones y determinar su naturaleza.

Para esto, debemos partir de la definición de que el régimen político en Zimbabue es una dictadura del partido-ejército ZANU-PF, corrupta y sanguinaria, al servicio de mantener los privilegios de una burguesía negra (que se fue consolidando tras la independencia) y garantizar la entrega de las riquezas nacionales (oro, diamantes, platino) al imperialismo.

Esto, en uno de los países más pobres del mundo. Es una dictadura que se mantiene ejerciendo una represión brutal en un país con 90% de desempleo; con 70% de la población por debajo de la línea de pobreza, dependiente de ayuda humanitaria internacional; un país con una de las tasas de prevalencia de VIH más altas del mundo: en 2010, el virus mataba a 2.500 personas por mes y había dejado 1.300.000 huérfanos. Miles mueren de cólera y otras epidemias.

Nada de esto ha cambiado –ni cambiará– con la caída de Mugabe. Lo que estamos presenciando es un “golpe palaciego”, en el marco de una lucha entre dos facciones burguesas igualmente dictatoriales.

Dada la avanzada edad de Mugabe, se abrió una crisis en torno a su sucesión. De un lado, la esposa del dictador, Grace, que representa el ala conocida como Generación 40; de otro, Mnangagwa, ex vicepresidente con fuertes lazos en el Ejército. Aparentemente, el sector que destituyó a Mugabe tendría relaciones con China, que posee importantes intereses en el país, y contaría con la decisión sudafricana de “dejar correr” los acontecimientos. Los militares no tienen ninguna intención de cambiar el régimen represivo. No estamos frente a un golpe militar que, empujado o no por la lucha de las masas, depone a un dictador e inaugura un régimen “democrático-burgués”, aunque retaceado. No. Lo que existe es un cambio de gobierno en el marco del mismo régimen bonapartista.

De líder de la independencia a dictador sanguinario

La antigua Rodesia, nombre establecido en honor al empresario y colonizador inglés Cecil Rhodes, que comandó la ocupación británica durante el siglo XIX, se “independizó” del Reino Unido en 1965. El entonces primer ministro, Ian Smith, proclamó unilateralmente la independencia y adoptó el nombre de República de Rodesia, que aprobó una nueva constitución en 1969.

Sin romper lazos definitivos con Gran Bretaña, Smith instauró un régimen sanguinario y racista, basado en el poder total de la minoría blanca y en el completo apartheid y segregación de la mayoría negra. Smith llegó a declarar que Rodesia no tendría un gobierno negro ni en mil años. La nueva república, sin embargo, no fue reconocida ni por los ingleses ni por la ONU.

Así las cosas, en la década de 1970 se dio una sangrienta guerra de liberación nacional, de la cual Robert Mugabe emergió como líder indiscutible. La guerra civil, entre los nacionalistas negros y los blancos racistas, costó más de 30.000 vidas. En 1980, con el régimen de Smith sumamente debilitado y aislado internacionalmente, Robert Mugabe venció las elecciones, y el país pasó a denominarse República de Zimbabue. Los británicos habían patrocinado negociaciones de paz en las que se garantizaba a la minoría blanca cierta cantidad de escaños y, sobre todo, el derecho a mantener sus granjas al menos por 10 años.

Así, Mugabe gobierna con mano de hierro desde 1980, sin nada que “envidiar” a dictadores como los Assad, Gadafi, o Videla.

“Gukurahundi” es el nombre con el que quedó conocida la matanza que las fuerzas militares y paramilitares lideradas por Mugabe perpetraron entre 1982 y 1987 con el pretexto de luchar contra los opositores liderados por su antiguo aliado Joshua Nkomo. Murieron al menos 20.000 civiles –muchos de ellos quemados vivos–, sobre todo de la etnia Ndebele, que había apoyado a Nkomo. No obstante, en 1987, Mugabe y Nkomo alcanzaron un acuerdo, y el segundo fue nombrado vicepresidente.

En 1992, Mugabe se casó con su entonces secretaria, Grace, ahora en el centro de la disputa por la sucesión presidencial.

Robert y Grace Mugabe
Robert y Grace Mugabe

En 2000, el dictador africano implementó una “reforma agraria” que “nacionalizó” una parte de los latifundios que aún estaban en manos de la antigua minoría blanca, supuestamente en favor del “pueblo negro”. Pero esas tierras no beneficiaron a los negros pobres sino que fueron a engrosar las propiedades del propio Mugabe, su familia y el primer anillo del ZANU-PF, en el contexto de un proceso de consolidación de una nueva burguesía negra en el país.

En 2003, Mugabe declaró: “Todavía soy el Hitler de los tiempos. Este Hitler tiene solo un objetivo: justicia para su gente, soberanía para su gente, reconocimiento de la independencia de su pueblo. Si eso es ser Hitler, dejadme ser Hitler multiplicado por diez”.

Este año, en medio de la crisis por la sucesión, Grace Mugabe llegó a decir que su marido sería nuevamente candidato en las próximas elecciones, puesto que, incluso si muriese, “competiría como cadáver”.

Insistimos: está en curso una disputa por el poder entre dos sectores burgueses dictatoriales. Lo más probable es que Mugabe pierda definitivamente el poder y negocie un “exilio dorado” en Sudáfrica u otro país, y que Zimbabue pase a manos de otro sector militar. Nada puede ganar el pueblo zimbabuense con la victoria de Mugabe o de los generales que lo arrestaron. Es como si en Siria, el sanguinario Maher Al-Assad, encabezara un golpe contra su hermano Bashar.

La clase trabajadora y el pueblo de Zimbabue no pueden apoyar a uno u otro sector burgués dictatorial. Ni Mugabe ni aquellos que pretenden sucederlo pueden garantizar un programa a favor de las clases explotadas y oprimidas, ni siquiera libertades democráticas para que el pueblo pueda organizarse. Tanto Constantino Chiwenga, jefe del Ejército, como Mnangagwa, ahora líder del ZANU-PF, fueron parte del entorno de Mugabe y ahora son una alternativa de continuidad del régimen. De ellos solo puede esperarse más hambre, miseria, desempleo, represión, y entrega de los recursos del país al imperialismo.

Por ello, es necesario organizarse de manera independiente y abrir el camino en contra de todas las facciones capitalistas y dictatoriales.

¡Fuera Mugabe; Fuera militares!

¡Abajo la dictadura militar en Zimbabue!

¡Ninguna confianza en los militares!

¡Plenas libertades democráticas para los trabajadores y el pueblo!

¡Elecciones libres ya!

¡Por una Asamblea Constituyente libre y soberana!

Notas:

[1] http://www.larazon.es/carrusel-de-noticias/miles-de-personas-piden-en-zimbabue-la-salida-de-mugabe-en-una-protesta-permitida-por-los-militares-MI16969423