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El resultado anunciado por la Comisión Electoral de Zimbabue (ZEC) confirma que incluso después de la caída de Mugabe el régimen continúa siendo una dictadura. Y el descontento de la clase trabajadora continúa creciendo.

Por: Américo Gomes

Incluso con toda la millonaria campaña, la legislación dictatorial, el control del proceso y tropas en las calles, el candidato del partido que se perpetúa en el poder, la Unión Nacional Africana del Zimbabue-Frente Patriótica (ZANU-PF), con su candidato Emmerson Mnangagwa, dice haber recibido solamente 2,46 millones de votos, contra el candidato de la oposición, Chamisa, que recibió 2,15 millones. O sea, exactos 50,8% para garantizar que no haya un segundo turno en las elecciones. Mnangagwa precisaba vencer con más de 50% para evitarlo.

El partido de oposición MDC Alliance denunció el fraude, aún más porque no pudieron acompañar ni verificar los resultados. La policía impidió a la Alianza MDC [MDC Alliance], de la oposición, realizar una conferencia de prensa, invadió sus oficinas, y detuvo a 18 personas acusándolas de “posesión de armas peligrosas” e incentivar la “violencia pública”.

La policía mató a seis personas que protestaban contra el resultado en las calles de la capital. Tropas armadas con munición real fueron enviadas para dispersar a los manifestantes.

El fraude queda a la vista cuando se comparan con el resultado de las elecciones parlamentarias donde el ZANU-PF conquistó la mayoría absoluta de los escaños en la Asamblea Nacional, según resultados oficiales. Obtuvo 144 escaños, mientras el MDC (Movimiento para el Cambio Democrático) 64 lugares; la Asamblea Nacional tiene un total de 210 mandatos. Quiere decir que obtuvo más de 68% en el parlamento.

Ya cuando salió este resultado la oposición denunció el fraude electoral. Se dieron los enfrentamientos con la policía en Harare (que es el centro de la oposición), que utilizó munición real, cañones de agua y gas lacrimógeno, apoyada por vehículos blindados y helicópteros, contra los manifestantes que bloqueaban calles próximas al hotel donde eran realizados los escrutinios, demostrando que la caída del gobierno de Robert Mugabe, el año pasado, y el ascenso de su brazo derecho y vicepresidente Mnangagwa, no cambiaron el régimen dictatorial en el país. La única diferencia es que el nombre de Mugabe no estaba en la boleta de votación, lo que ocurrió durante los últimos 40 años. Años en que siempre existieron elecciones y siempre fueron fraudulentas.

Las cinco elecciones ocurridas entre 2000 y 2013 estuvieron marcadas por la manipulación, la violencia y la intimidación, con Mugabe sin respetar ninguno de los derechos humanos o democráticos. En 2002, su jefe militar y actual vicepresidente, Constantino Chiwenga, dijo que las fuerzas armadas jamás saludarían a un presidente que no había luchado en la guerra de liberación de los años de 1970 contra el régimen de minoría blanca de Rodesia [hoy Zimbabue]. Anunciando lo que ocurriría con una victoria de Morgan Tsvangirai, lo que ya había pasado en el primer turno de 2008, que se lo acusaba de ser financiado por el Occidente. El fraude garantizó a Mugabe ir al segundo turno.

En las elecciones actuales, Mnangagwa enfrentó al opositor Nelson Chamisa, del Movimiento para el Cambio Democrático (MDC), que ya fue miembro de un gobierno de unidad nacional con Mugabe al frente, y que después pasó a la oposición, haciendo “oposición leal al régimen dictatorial”.

El mayor objetivo del régimen era ganar la “opinión pública internacional” sobre que existe en el país lo que Mnangagwa llama “un espacio democrático que nunca existió antes”. Y él, ex jefe del servicio de inteligencia, fomentador de la corrupción y la violencia, se transformó ahora en el estadista que restauró la democracia en Zimbabue. Todo eso para que el país tenga acceso a la asistencia financiera de que precisa desesperadamente.

Solo elecciones no garantizan democracia

Pero todo continúa como antes. La legislación dictatorial de la época de Mugabe no fue revocada, como la Ley de Orden Público y Seguridad (POSA), que exige que la policía sea notificada antes de cualquier reunión pública, comicios o protestas, y quien no cumple es violentamente reprimido y preso. O la Ley Penal (Codificación de Reforma – CODE), que criminaliza “críticas” al presidente; publicación de informaciones “perjudiciales al Estado” y que violen la paz pública. O la Ley de Acceso a la Información y Protección de la Privacidad (AIPPA), que impide el libre flujo de informaciones y restringe la libertad de expresión.

Mnangagwa siempre dejó claro que la caída de Mugabe tenía como primer objetivo salvar el ZANU-PF de la derrota, en 2018. Por eso tampoco realizó cambios en las listas electorales, que son “trabajadas” por más de 30 años, organizadas para aparentar una forma caótica pero que sirve para ocultar muchos nombres de muertos, registros múltiples y subregistros en áreas determinadas. Y que la oposición no pueda realizar el control de las boletas de votos.

La Comisión Electoral de Zimbabue (ZEC), compuesta de agentes de seguridad y de inteligencia del Estado, negó una auditoría independiente a la oposición. Dígase de paso, esta misma ZEC fue quien, en 2008, después de 45 días, anunció el segundo turno necesario para que Mugabe venza a Tsvangirai. Las encuestas independientes apuntaban a Tsvangirai con la mayoría necesaria para evitar un segundo turno; la ZEC declaró que él tuvo 47,9% de los votos y Mugabe 43,2%.

El período posterior al primer turno estuvo marcado por mucha violencia política. En junio, Tsvangirai se retiró del pleito y la segunda vuelta se dio con Mugabe como el único candidato, que venció y tomó posesión para otro mandato como presidente.

Otro aspecto bonapartista es el control del gobierno de los medios de comunicación pública de radiodifusión, en que la cobertura es tendenciosa a favor del ZANU-PF, que disfruta de una cantidad absurda de tiempo en estos medios de comunicación. La oposición no tiene ningún tiempo y es retratada negativamente. Eso en un país donde la población depende fundamentalmente de la radio para tener informaciones.

Existe también la verdadera fortuna que el ZANU-PF gasta en las elecciones. El Comisario Nacional del partido, teniente general Engelbert Rugeje, dijo que la organización tiene millones en materiales de campaña para gastar.

En año pasado, en la preparación de la campaña, gastó más de U$S 60 millones solo en 365 vehículos off-road para los candidatos. En 2013 fueron dados Ford Ranger, Toyota Hilux o Ford Everest para todos ellos. El ex organizador de la campaña electoral del ZANU-PF, Jonathan Moyo, que ahora está en exilio político, reveló que la fuente de los fondos de campaña viene de la venta de diamantes y de fondos del Estado, y que llegaron a por lo menos U$S 70 millones en 2013.

Si todo eso no garantiza la victoria, tiene el ejército en las calles, con su histórico represivo de atrocidades y asesinatos políticos. Como en la región Oeste de Zimbabue en el inicio de los años ’80. Siempre, en todos los procesos electorales, a favor del ZANU-PF. En 2008 usó la violencia contra los electores, principalmente en áreas rurales, e intimidó a los tribunales electorales para garantizar un segundo turno, así como a la policía, que está siendo utilizada en el proceso electoral y en la represión a los manifestantes, y que fue usada para garantizar la seguridad en las primarias del ZANU-PF en abril.

“Elecciones (literalmente) para inglés ver”[1]

El objetivo central de Mnangagwa y de la burguesía militar gobernante con estas elecciones, en un plan construido con las grandes empresas imperialistas, era crear una apariencia democrática, para que el imperialismo pueda garantizar o justificar sus inversiones. Con ellos pretenden privatizar o vender 35 empresas estatales y cerrar por lo menos otras dos. Para cortar gastos y reducir una deuda de U$S 11.000 millones, debida a los acreedores como el Banco Africano de Desarrollo, entre las privatizables están el servicio postal del sur de África, Zimpost; la operadora de telefonía fija TelOne Corporation; y 17 minas de diamantes, todo ya anunciado por el ministro de las Finanzas, Patrick Chinamasa.

El ministro de Relaciones Exteriores, mayor general Subusiso Moyo, que comandaba las operaciones represivas del ejército en las provincias durante las elecciones anteriores, y que apareció en la televisión pidiendo calma a los zimbauenses cuando la caída de Mugabe, fue el elegido para cumplir el papel de relaciones públicas frente a centenas de observadores internacionales y periodistas extranjeros convidados. Estos eran presencia crucial para presentar la imagen de elecciones libres, justas y democráticas. Parece que no dio resultado, con un fraude electoral descarado y una represión con muertos en las calles.

La misión de la Unión Africana ya había afirmado que las elecciones “ocurrieron en un ambiente pacífico” y un informe preliminar de los observadores de la Comunidad de Desarrollo del África Austral (Sadc) dijo que las elecciones fueron en gran parte “pacíficas y conducidas de acuerdo con la ley”.

El presidente de África del Sur, Cyril Ramaphosa, ya felicitó a Mnangagwa por su victoria, y apeló a los políticos y al pueblo de Zimbabue para que acepten el resultado de la elección. China endosó los resultados y instó a “los partidos” a poner el interés del país y del pueblo en primer lugar, y ”respetar la elección hecha por el pueblo”. El papel de estos “observadores electorales” ya había sido denunciado en las elecciones kenianas del año pasado, donde inicialmente también las anunciaron como “libres, justas y confiables”, en las palabras del ex secretario de Estado de los Estados Unidos, John Kerry.

Los generales burgueses que gobiernan el país están ansiosos para que Zimbabue retorne a la Commonwealth, de la cual fue suspendido en 2002. Para que los representantes de grandes fondos internacionales de inversión vuelvan a Harare sin temor a invertir grandes sumas. La Gran Bretaña pos Brexit también precisa de este acuerdo y dio claro apoyo a Mnangagwa pero, para justificarse, precisa de elecciones libres y democráticas que presentar.

El plan no está saliendo bien. Pues, por lo menos inicialmente, el uso de tropas y la represión están siendo condenados por algunos de estos “observadores internacionales” y mancharon las tentativas de Mnangagwa de librarse del estatus de depuesto, después de décadas de represión como aliado de Mugabe.

La lucha debe continuar para derrocar la dictadura de los generales

Pero la verdad es que el nuevo gobierno enfrentará desempleo, hiperinflación y éxodo de inversiones en una economía destruida, con servicios de salud y educación en ruinas. En parte por la aprehensión de haciendas de propiedad blanca por los generales durante el gobierno Mugabe, que llevaron al colapso de la agricultura y, por otro lado, el robo y la corrupción de estos mismos generales, envueltos en el tráfico de diamantes.

Los trabajadores de Zimbabue saben que Mugabe no fue depuesto para restaurar la democracia y menos aún para garantizar algún derecho a los trabajadores, pero sí porque Mnangagwa quería evitar que la mujer de Mugabe, Grace, llegase al poder.

Por eso, no confían en el nuevo gobierno y saben que precisan derribar de plano la dictadura para obtener un mínimo de democracia y la posibilidad de luchar por sus derechos.

La dictadura aún se mantiene en Zimbabue; por eso, la primera tarea de su proletariado es su derrumbe. Está claro que la situación política en el país no va a estabilizarse con esta grotesca farsa electoral.

[1] La expresión “para inglés ver” significaría algo así como “para la tribuna” o “pour la galerie” (para la galería), y es utilizada en el sentido de algo que es aparente, no válido ni real. En Brasil, la frase fue al parecer resultado de la presión que Inglaterra hacia el país (durante el periodo imperial) para que se creasen leyes que impidieran el tráfico de esclavos. El gobierno brasileño, sabiendo que tales reglas nunca serían cumplidas, creó falsas leyes, solo para que los ingleses vieran y dejasen de presionar, ndt.

Traducción: Natalia Estrada.