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Hoy en África vemos a presidentes autoritarios, bonapartistas y dictatoriales, que gobernaron sus países por décadas, dejando el poder. Todos, como resultado de la movilización popular y el descontento generalizado.

Por: Américo Gomes

Recientemente, en Argelia, Abdelaziz Bouteflika, luego de casi 20 años en el poder, presionado por dos meses de manifestaciones populares, fue obligado a renunciar. Enseguida, después de cuatro meses de protestas contra el gobierno, el ejército de Sudán se vio obligado a deponer y arrestar al dictador Omar al-Bashir, en el poder desde hacía 30 años.

Algunos analistas, periodistas e historiadores comienzan a hablar de una “nueva era africana” que se inicia con revoluciones democráticas y dictadores que no van a resistir por mucho tiempo.

Lo que podríamos llamar “Primavera Africana”, o “Primavera Árabe 2.0”, sigue el camino de las protestas que se dieron hace más de un año en Túnez, Marruecos y Jordania, pero en una coyuntura que puede ser mucho más explosiva para la región, al combinarse con la inestabilidad generada por los conflictos militares en Libia, Siria y Yemen.

El problema es que hasta ahora, en la mayoría de los países que están viviendo este proceso, los regímenes bonapartistas se libran de los dictadores más odiados con la tentativa de mantener el régimen. Eso ocurre en Angola, donde João Lourenço sustituyó al conocido corrupto José dos Santos; en Zimbabue, donde Robert Mugabe, de 93 años, fue sustituido por el sanguinario Emmerson Mnangagwa; en el Congo, con Joseph Kabila realizando elecciones fraudulentas y dando posesión al opositor Felix Tshisekedi; en Burkina Faso, que eligió el primer presidente civil en cincuenta años; y ahora en Sudán y en Argelia. De cierta manera, es el mismo proceso que se dio en el África del Sur, donde el poder pasó a Cyril Ramaphosa, de las manos de Jacob Zuma. Todos de los mismos partidos que los antecesores. Se concreta así el “ceder los anillos para no perder los dedos”, forjando un proceso revolucionario incompleto, pero que aún está en curso.

Dictadores y regímenes autoritarios están asustados

El problema es que esos gobernantes tienen miedo pero quieren permanecer en el poder, y utilizan en primer lugar una violenta y brutal represión para lograrlo. Cuando no da cierto y se chocan con la resistencia de las masas, pasan a las maniobras políticas.

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En el Sudán, el ministro de Defensa, general Awad Ibn Auf, dijo que, con la caída del gobierno, el país será comandado por los próximos dos años por un “gobierno militar de transición”. En Argelia, el Legislativo anunció un período de transición que se iniciará el 4 de julio, con elecciones generales y la reforma de la Constitución, conducido por el presidente del Senado, Abdelkader Bensalah, que a partir de ahora será el jefe de Estado interino. Una transición que va a durar, por lo menos, un año.

El plan es retirar a los gobernantes más desgastados pero mantener el régimen, y conducir una transición de nada para ningún lugar, cambiando solamente las moscas.

Esas propuestas no están agradando a nadie. En el Sudán, los líderes de las protestas rechazaron el “golpe de Estado liderado por el régimen”. En Argelia, ya se iniciaron las manifestaciones, que tienen al frente a los estudiantes, contra la nominación de Bensalah, acusado, correctamente, de “continuismo”, así como el jefe del ejército, general Ahmed Gaïd Salah. Manifestaciones que están siendo reprimidas por la policía con gases y golpes de porras.

Una nueva primavera

Desde la Primavera Árabe, hacia finales de 2010, en casi todos los países de la región han imperado la represión masiva a las protestas. Sea el matiz político del gobierno o del bloque. Es así en la República Islámica del Irán, de Hassan Rohani; en el Reino de Arabia Saudita, del príncipe Mohammad bi Salman; en el Emirato de Qatar, de Tamin bin Hamad al-Thani; en la República semipresidencialista de Túnez, de Béji Caid Essebi; o en la Turquía de Erdogan y del Egipto de Abdel al-Sissi.

Por otro lado, lo que distingue esta Primavera de la anterior es que esta comienza con reivindicaciones democráticas, que exigen más libertades para el conjunto de la población, pero enseguida se liga con las reivindicaciones económicas de una clase trabajadora joven, miserable y sin perspectiva. Exigen cambios radicales en las políticas económicas, contra gobiernos que continúan aplicando las antiguas recetas del Fondo Monetario Internacional con sus políticas de austeridad y retiro de inversiones, fruto de la herencia colonial imperialista. Todos con altos índices de corrupción, a pesar de las inmensas riquezas naturales y del potencial económico, llevando a la población a tener directamente odio de sus gobernantes.

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Estas protestas también tienen en común la edad avanzada de sus gobernantes y la juventud y composición femenina de los manifestantes.

El continente africano es el más joven del mundo, con más de 60% de la población con menos de 25 años. La media de edad de los manifestantes es de 19 años, su comunicación es vía las redes sociales. Mientras tanto, en 15 países, los gobernantes tienen más de 70 años.

Las mujeres y los jóvenes están desempeñando un papel de vanguardia en todos los países, entusiasmándose en una cadena recíproca. Una nueva generación, después de una década de protestas en la Plaza Tahrir.

Aprender con los errores y las derrotas

No se puede solamente reivindicar el aspecto altamente positivo y masivo de las movilizaciones de la Primavera Árabe, es necesario aprender también con los errores, reveses y derrotas.

Los generales argelinos y sudaneses, siguiendo el ejemplo egipcio, entregaron sus dictadores para aplacar la ira de los manifestantes, y mantenerse en el poder. Recordemos que, en Egipto, los generales que ayudaron a derrocar a Hosni Mubarak fueron celebrados como guardianes de la revolución, y después fueron los principales agentes para implantar el nuevo régimen dictatorial. Ahora, los generales argelinos hablan expresamente de evitar “la situación egipcia”. Pero ellos son el verdadero peligro, pues este gobierno está lleno de aliados de Bouteflika, incluyendo el primer ministro.

En Libia, el general Jalifa Hafter quiere aprovecharse de la crisis establecida por el imperialismo después de la estruendosa victoria de las masas en derrocar a Khadafi, para establecer una nueva dictadura, siguiendo el ejemplo de Assad en Siria y de la intervención de Arabia Saudita en Yemen. Los gobiernos imperialistas que intentan aparecer como democráticos, seguidos por muchas organizaciones que se reivindican de los trabajadores, intentan presentar que los levantamientos de la región en 2011, solo llevaron el caos y el desorden, y más opresión.

Los trabajadores de estos países tienen el desafío de continuar enfrentándose con estos regímenes arraigados en la corrupción, en la sumisión al imperialismo, y en la superexplotación de la población. Las jóvenes proletarias y los jóvenes proletarios del Norte de África y del África Austral tienen que entender que no basta solamente con derrocar al dictador, se debe echar por tierra todo el régimen. Y para eso es fundamental y necesario construir las organizaciones de los trabajadores que sean autónomas e independientes de los patrones, del imperialismo y de todos sus representantes políticos, y conducidas de manera democrática en sus asambleas y plenarios.

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Las fuerzas de seguridad ya mataron a decenas de manifestantes en el Sudán y atacan indiscriminadamente en Argelia. Pero algunos soldados comenzaron a proteger de la represión política y de los grupos paramilitares a los que protestaban. Es fundamental que los obreros se junten a estos soldados y formen grupos de autodefensa para continuar protegiendo y velando por los manifestantes.

En esta nueva Primavera, los manifestantes argelinos y sudaneses, así como los angoleños, zimbabuenses y congoleños no pueden solo celebrar o conformarse con la caída de sus dictadores, deben aprovechar esta victoria para avanzar más, en este momento en que su enemigo de clase está golpeado por las movilizaciones. Deben seguir en las calles, apostando a su autoorganización, exigiendo cambios profundos en los regímenes y en el “sistema” en que viven, organizando los lugares de trabajo para los enfrentamientos. Si consiguen avanzar en eso, estaremos frente a una Primavera victoriosa y que se extenderá por toda la región.

Traducción: Natalia Estrada.