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Muchos creían que la revolución argelina había acabado por causa de la disminución de las movilizaciones en los últimos meses y porque el gobierno del general Gaïd Salah presentó algunas propuestas que tenían el objetivo de contener el movimiento. Pero el pueblo argelino las rechazó y volvió a las calles.

Por: Américo Gomes

Frente a la fuerza de la movilización , el ejército y sus aliados civiles intentan mantener el control de la situación y por eso fueron obligados a presentar la propuesta de elección presidencial, aún este año, indicándola para diciembre. Pero con el control del propio gobierno.

El problema es no consiguen convencer a los trabajadores y al pueblo pobre de Argelia. El régimen cuenta con el apoyo del ex presidente de la Asamblea Nacional, político burgués, Karim Younès, que fue perseguido por la dictadura y ahora preside el “Foro de Diálogo y Mediación”. Él aceptó el papel de coordinar la preparación de las elecciones, para intentar salvar el régimen frente al ascenso de los trabajadores. Pero Karin no consigue llevar a cabo el proceso, e incluso él, frente a la resistencia de las masas, presenta ahora algunas exigencias para que la elección se realice. Entre estas: la dimisión del primer ministro, Nouredine Bedoui; la liberación de los presos políticos; autonomía de la comisión electoral para un trabajo independiente; modificación de la ley electoral; libertad de prensa, con supresión de censura.

Este hecho obligó al Consejo de Ministros a reunirse y aprobar proyectos de ley que crearon un organismo encargado de organizar las elecciones, y una ley electoral; y están convocando a Asamblea Nacional para aprobar estas propuestas y dar un “barniz” democrático al proceso.

Los movimientos sociales que están en las calles saben que las propuestas de Karim Younès son una maniobra para dividir al Hirak (movimiento de protesta) y acabar con la movilización.

Pues al mismo tiempo que la dictadura apunta una salida democrática, incrementa la represión contra los movimientos sociales y los medios de comunicación, arrestando a activistas y censurando a la prensa. El general Salah, jefe del régimen argelino desde la renuncia de Bouteflika en abril pasado, trajo para el gobierno a dirigentes odiados del antiguo régimen, que participaron de él por más de 20 años, como Abdelkader Bensalah, y el ex primer ministro Nouredine Bedoui. Políticos que provocan la ira de la población.

Al mismo tiempo, el general se expresa, desde los cuarteles, de manera cada vez más amenazadora y provocadora. Anuncia que no aceptará “un complot de extranjeros y agentes infiltrados” que visan “desestabilizar el país” y promete “rayos y truenos si las elecciones no se realizan” (discurso del 2 de setiembre).

Demostrando que incluso después de ocho meses de revolución, el ejército, último bastión del régimen, intenta imponerse. Salah exige que la Asamblea Nacional convoque las elecciones para diciembre, buscando por un lado cerrar la crisis institucional que vive el país y, por otro, mantener el proceso bajo control de los militares y civiles que sostienen la dictadura.

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Buscando así realizar lo que Nahuel Moreno caracterizó como “reacción democrática” para sofocar la revolución, ya que no consiguen sofocarla con la fuerza.

Pero los manifestantes continúan yendo a las calles de Argel y de otras grandes ciudades, esta vez sin aceptar este proceso electoral manipulado por los viejos generales. Denuncian: “No votaremos hasta que se vayan: los generales a la basura” y “Nada de elecciones con aparatos corruptos”.

Mostrando que, de hecho, el movimiento no solo no se agotó, como que el Hirak continúa y está ganando más fuerza en el mes de setiembre.

Derrota tras derrota

El general Gaïd Salah era un hombre vinculado al régimen dictatorial, por eso tuvo su primera derrota con la caída de Abdelaziz Bouteflika; ahora está intentando “perder los anillos pero conservar los dedos (un proceso similar al que ocurre en Sudán). Pero tuvo también otra gran derrota porque no consiguió realizar las elecciones el 4 de julio.

Nuevamente, en virtud de las protestas y de las manifestaciones populares que con su fuerza impidieron que las elecciones controladas por el régimen ocurriesen en julio, candidatos parlamentarios se negaron a inscribirse y los jueces a organizar la votación. En las vísperas fue declarada “la imposibilidad de celebrar las elecciones presidenciales el 4 de julio de 2019”.

La contradicción que permanece es que el jefe de Estado “interino”, que se mantendrá, está ahí contra la voluntad del pueblo, y pretende quedarse por algún tiempo más, a pesar de que su mandato terminó el 9 de julio, poniendo así al país frente a lo que podría ser llamado “vacío constitucional”, aumentando la crisis institucional.

Libertad para los presos políticos y la prensa

Como no quieren perder el control del proceso, y mantener el régimen dictatorial, los dirigentes hacen referencia a las elecciones pero mantienen y aumentan la represión. Poniendo a muchos activistas en la cárcel. Por ejemplo, Louisa Hanoune, dirigente del PT (Partido de los Trabajadores), presa cuatro meses, y Lakhdar Bouregaa, personaje de la guerra de la independencia.

Además de centenas de militantes de las “Fuerzas de Alternativa Democrática”, que agrupa a organizaciones que defienden más concesiones democráticas, como el PT, la Liga Argelina de los Derechos Humanos, y sindicatos, rechazan “la agenda de las elecciones presidenciales, y proponen: dimisión de los dirigentes actuales; un período de transición; un “gobierno provisorio independiente”; y la realización de una Asamblea Constituyente “para romper con el régimen actual”.

Para intentar convencer al pueblo de su propuesta, el régimen argelino mantiene el control de los órganos de prensa y comunicación, y la censura continúa, cerrando medios de comunicación e impidiendo a periodistas trabajar y divulgar las informaciones.

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El general Salin se aprovecha del sentimiento antifrancófono para intentar ganar alguna popularidad, y denuncia que no aceptará cualquier injerencia exterior, por eso la prensa oficial publica virulentos ataques contra el presidente de la agencia francesa y a la AFP en la cobertura de la crisis en el país.

La importancia internacional de esta revolución

Hay mucha gente preocupada con lo que está ocurriendo en Argelia. La clase trabajadora de este país tiene una historia y una trayectoria de lucha revolucionaria, inmortalizadas con los enfrentamientos por la independencia, que culminó en 1962. Por eso, es una referencia para los pueblos de la región.

Además, el imperialismo, principalmente el francés, en vísperas de la entrada de una crisis económica de grandes proporciones, tiene muchos intereses en el país.

Simbólicamente, el presidente francés Emmanuel Macron explicitó la participación de su gobierno en este proceso: “Sin injerencia, pero sin indiferencia”. En Francia viven cerca de dos millones de argelinos; principalmente jóvenes que desesperados por la falta de futuro y la penuria en que viven, se lanzan al mar para llegar clandestinamente a las costas francesas. Así como los políticos corruptos y millonarios que van a Francia con sus propiedades.

Argelia también es uno de los baluartes de la lucha internacional contra el yihadismo. Por eso, está llena de bases militares instaladas, de varios países imperialistas, en especial instalaciones militares norteamericanas y francesas.

No podemos olvidar las compañías petroleras norteamericanas, totalmente envueltas en la industria de hidrocarburos nacional, que es el centro de la economía nacional y lo que da más rendimientos para el gobierno.

Además de ellos, China también está preocupada porque se convirtió en el principal inversor en el país, principalmente en la construcción de infraestructuras, siguiendo su política general de invertir en dictadura africanas. Los rusos también, pues Argelia es el principal destinatario de compra de armamento de este país en el continente africano, y un creciente comprador de energía nuclear.

La inestabilidad en Libia agrava una potencial amenaza para todo el continente. El país tiene una posición estratégica en el Mediterráneo y en el África. Además de ser una referencia en el mundo árabe-musulmán. Hoy, una revolución, incluso democrática, en Argelia, asusta a las potencias del Golfo y a todo el mundo árabe-musulmán, pues puede ser un ejemplo para la clase trabajadora de estos países.

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Los trabajadores de Argelia deben seguir en la lucha y derrocar el régimen

El 2 de abril, las movilizaciones de los trabajadores y del pueblo de Argelia derrocaron a un dictador africano más: Abdelaziz Bouteklika. Pero los militares y los gobernantes dictatoriales, que rodearon a Bouteflika por cerca de veinte años, no abandonaron el poder. Por eso las movilizaciones continúan, para derrocar todo el régimen.

Junto con eso, los trabajadores y obreros están avanzando en su autoorganización y su determinación. Ahora que está acabando el período de vacaciones, se espera que las movilizaciones crezcan. Y los manifestantes prometen que el Hirak no será interrumpido durante el Ramadán.

No obstante, es fundamental en este proceso construir una organización revolucionaria, formada por los propios trabajadores, que ayude al conjunto de la clase a establecer un nuevo gobierno y a no caer en las maniobras de militares y políticos burgueses que quieren mantener sus posiciones.

De manera general, las movilizaciones tuvieron como su dirección a sectores de la intelectualidad de clase media y de la pequeña burguesía.

Pero en un país con la economía en ruinas, basada en la explotación de petróleo y de gas, que constituyen 97% de las exportaciones y dos tercios de los ingresos del Estado, no bastan solo cambios democráticos.

Es necesario avanzar en la perspectiva de una Asamblea Constituyente controlada por los trabajadores y el pueblo pobre argelino, esto es, una etapa de un proceso con dinámica revolucionaria que necesita tener a la clase obrera al frente, con sus organizaciones, para conducir esta lucha a la toma del poder por los trabajadores.

Traducción: Natalia Estrada.