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El presidente de los EEUU, Donald Trump, finalmente ordenó un ataque con misiles a Siria. La Casa Blanca ejecutó la operación en coalición con Francia y el Reino Unido. El alcance del ataque fue limitado, casi simbólico.

Por Secretariado Internacional

El Pentágono lo presentó como un “golpe de precisión”, circunscripto a tres bases militares y centros de investigación y producción de armas químicas del régimen sirio en las afueras de Damasco y Homs. 

Un centenar de misiles de crucero Tomahawk fueron disparados desde buques y aviones de combate contra esos blancos bien específicos. Hasta ahora, no hay informaciones concretas sobre víctimas civiles ni militares. La dictadura siria, que contó con varios días para prepararse contra un eventual ataque, reconoció tres heridos en Homs.

La LIT-CI rechaza rotundamente el ataque imperialista a Siria. Si bien la excusa de Trump y de sus aliados europeos fue la necesidad de dar un escarmiento al dictador sirio luego del atroz ataque químico en Duma, el bombardeo “occidental” no tiene nada de “humanitario”. Es un ataque a un país oprimido y a un pueblo que protagoniza un proceso revolucionario. Mucho menos pretende derrocar el poder del sanguinario Bashar Al-Assad por la fuerza, como dicen los castro-chavistas. No. El objetivo político de los misiles es mostrar fuerza y decisión para negociar en mejores condiciones alguna fórmula que liquide a la revolución y garantice más estabilidad a los negocios imperialistas, con o sin Assad. El mismo Pentágono declaró que no pretende intervenir en la guerra civil y que su objetivo principal sigue siendo el Estado Islámico.

Fue un ataque breve y quirúrgico. No atacaron Tartus, Latakia, ni los principales centros políticos y militares en el centro de Damasco. No cambia el curso de la guerra ni pone en riesgo el control de las dos terceras partes del país por parte del régimen sirio. Lo que EEUU pretende es enviar un mensaje, interno y externo, de que “no titubea” a la hora de hacer respetar “líneas rojas”. Mostrándose “más fuerte”, puede avanzar mejor posicionado por el camino de una “solución diplomática” que incluya al propio Assad y a su padrino, Putin. El propio Trump declaró anoche ante el Congreso: “Nuestro objetivo es lograr una disuasión fuerte”. Y horas después anunció: “misión cumplida”.

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Tal fue el objetivo, nada “humanitario”, del bombardeo. No existen intervenciones imperialistas “humanitarias”. EEUU y todas las demás potencias mundiales, al no haber entregado armas pesadas a la oposición siria, en los hechos dejaron correr la matanza del régimen sirio, una barbarie que se estima en medio millón de muertos y diez millones de desplazados.

El propio régimen sirio, al condenar el ataque, afirmó que su infraestructura militar no ha sido dañada sustancialmente y que redoblará su lucha “contra el terrorismo”.

La gran pregunta es qué harán Rusia e Irán, principales sostenes de la dictadura siria. La diplomacia rusa había advertido que existía un “riesgo de guerra” si EEUU intervenían en Siria. Pues bien, una “guerra” es altamente improbable. Putin, evidentemente, rechazó el ataque. Su fundamento es que el ataque químico en Duma no pasaba  de un “montaje” de las facciones rebeldes. Acusó a Washington de “hacer el juego” a los terroristas y de “agravar la catástrofe humanitaria” en Siria. Pero no anunció represalia alguna. Es más, observó con alivio la contención del ataque de los EEUU, que evitó con sumo cuidado afectar alguna base o área protegida por defensas antiaéreas rusas, que tampoco se activaron. Algunos especialistas afirman que los rusos fueron advertidos del ataque, aunque esta versión es obviamente negada por EEUU.

El régimen de los Ayatolás fue en el mismo sentido: repudio al bombardeo y solidaridad con Assad en contra de “amenazas extranjeras” a favor del “terrorismo”.

La multiplicidad de actores e intereses en Siria dificultan el análisis. Más aún cuando la mayoría de la izquierda, estalinista y castro-chavista, se alineó sin pudor con el sanguinario dictador Al-Assad en contra del pueblo sirio. Otra parte de la “izquierda”, más ligada a la socialdemocracia y al neoreformismo europeo, cayó en la trampa del pacifismo y se sumó al hipócrita coro “humanitario” del imperialismo.

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Lo que hay que entender es que en Siria está en curso un proceso revolucionario desde hace siete años. Ese proceso está tal vez en su momento más dramático y difícil, pero no está derrotado. El pueblo sirio, sometido a todo tipo de atrocidades y sufrimientos, sigue resistiendo. Existen milicias y comités locales que se manifiestan y siguen luchando, a pesar de la política conciliadora de las principales direcciones burguesas rebeldes, sean “laicas” o “islamistas”, que capitulan completamente al imperialismo.

Con todo, tanto el régimen sirio –que sólo se mantiene en pie gracias a Putin y sus aliados–como el imperialismo están lejos de retomar el control y la estabilidad anterior a 2011.

Frente a esta revolución existen dos grandes bloques contrarrevolucionarios: el bando de Assad-Putin-Irán-Hezbolá, que está dispuesto a todo para mantenerse en el poder y ahogar en sangre a la revolución; y el bando imperialista de EEUU-Francia-Reino Unido-ONU.

Ambas fuerzas, aunque justifiquen sus crímenes en nombre del “pueblo sirio”, son genocidas. Son verdugos del pueblo y de la revolución. Tanto en Siria como en el resto del mundo, la lucha debe ser contra ambos bloques enemigos del pueblo sirio. Por eso, desde la LIT-CI, rechazamos los ataques de Trump-Macron-May, al mismo tiempo en que afirmamos que Al-Assad debe tener el mismo destino que Gadafi.

Estamos incondicionalmente con la revolución siria, es necesario concretar cualquier acción de solidaridad y apoyo a esta causa. Hay que convocar manifestaciones, organizar el envío ayuda humanitaria, y exigir a cada gobierno que entregue, sin condiciones, armas pesadas y tecnología militar a los rebeldes para que puedan defenderse de los ataques genocidas de Assad. La revolución siria debe triunfar.