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El proceso revolucionario abierto a finales de 2010 en el Norte de África y Medio Oriente continúa siendo uno de los centros de la situación política mundial.

Como toda revolución, incluye combinaciones inéditas. Como todo proceso complejo, suscita innumerables polémicas. Este texto busca apuntar sus tendencias más generales, realzando sus límites ya muy evidentes. Retomamos también las polémicas abiertas sobre este proceso.

¿Existe o no una revolución en curso? 

La discusión sobre lo que pasa en la región comienza por la definición: ¿se trata o no de una revolución en curso? Desde su inicio, asumimos la caracterización del proceso como un proceso revolucionario, asumiendo una polémica con la mayoría absoluta de la izquierda.

Trotsky hizo una definición clásica de lo que es una revolución: “El rasgo característico más indiscutible de las revoluciones es la intervención directa de las masas en los acontecimientos históricos (…) en los momentos decisivos, cuando el orden establecido se hace insoportable para las masas, ellas rompen las barreras que las separan de la discusión política, derrumban a sus representantes tradicionales y, con su intervención, crean un punto de partida para el nuevo régimen (…). La historia de las revoluciones es para nosotros, por encima de todo, la historia de la irrupción violenta de las masas en el gobierno de sus propios destinos” (Trotsky, Historia de la Revolución Rusa).

La mayor parte de la izquierda no identifica en la región una revolución en curso. Ve acontecimientos puntuales y momentáneos, algunas “rebeliones”, como si fuesen algunas explosiones de indignación que surgen y desaparecen. Deja de lado, de esa manera, la globalidad de lo que ocurre en el Norte de África y Medio Oriente desde hace cuatro años. Cuando comienza un proceso revolucionario, nada queda igual, hay cambios cualitativos en la realidad. Y la realidad en esa región es muy diferente desde el inicio del proceso revolucionario.

¿“Primavera árabe”? ¿Y ahora “Invierno”? 

Existe otra polémica sobre lo que está pasando en la región. Después de casi cuatro años de evolución, la mayoría de la izquierda mundial –que nunca consideró lo que pasa como una revolución– da el proceso como prácticamente terminado.

Esas corrientes asumieron en el inicio la definición periodística de “primavera árabe” para describir el ascenso democrático que derrumbó gobiernos como en Túnez y Egipto. Ahora se habla del “fin de la primavera” y se apunta al “invierno”.

No obstante, un proceso revolucionario largo y complejo como ese incluye un enfrentamiento duro y tenaz de revolución y contrarrevolución, con momentos de ascensos y reflujos, victorias y derrotas parciales. Esa definición es mucho más rica que una simplificación apoyada en la evolución de las estaciones del año.

Existe hoy una coyuntura marcada por impasses y reflujos –bien diferente del ascenso generalizado de 2011–, pero también hay una abertura de nuevos frentes de batalla como los kurdos y la recuperación en Palestina y los realineamientos que esos frentes causan.

En Siria existe un nuevo momento en la guerra civil, con retroceso militar de la oposición al régimen de Assad, junto con la ofensiva militar del gobierno y el bombardeo imperialista sobre las posiciones del Estado Islámico.

En Irak existe un nueva realidad, con el avance del Estado Islámico. Existe una nueva guerra civil, ahora como disputa entre dos sectores contrarrevolucionarios: el gobierno chiita ligado a Irán contra el Estado Islámico. Por detrás de esa guerra civil está la disputa por el control del petróleo.

En Egipto, al-Sissi ganó las elecciones y lanzó un duro ataque a los trabajadores, con aumento de casi 80% en el combustible. Es posible que acabe enfrentándose con un nuevo brote de huelgas.

Israel invadió brutalmente Gaza, pero fue derrotado por la resistencia palestina y por el repudio de las masas en todo el mundo al genocidio palestino.

Los impasses de la coyuntura reflejan límites profundos

Estos impasses tienen en general raíces profundas. Por un lado, la revolución tiene límites severos para profundizarse. En primer lugar porque la clase obrera viene presentando un pequeño peso en todo este proceso. En segundo lugar porque en la región, las direcciones revolucionarias están prácticamente ausentes. Esa combinación impide que el movimiento de masas pueda avanzar y abrir un momento superior de las revoluciones.

Aprovechándose de esos límites, la contraofensiva imperialista y la represión violenta de las dictaduras hicieron muchas veces que el ascenso retrocediera. Pero la contrarrevolución también muestra sus límites. La continuidad y profundización de la crisis económica lleva a una creciente pauperización de las masas. La mantención de las dictaduras odiadas renueva cada día la radicalización política del proceso. El resultado es la reactivación de los móviles de la revolución, haciendo que el ascenso se retome después de cada derrota.

No existe ninguna derrota definitiva ni mucho menos estabilización de la región. La nueva derrota de la invasión de Gaza por Israel y la extensión del conflicto a Turquía demuestran esto.

Tomar un momento de reflujo e impasse como el actual por el fin de la revolución es un error catastrófico, típico de la izquierda pequeñoburguesa impresionista.

Las características particulares de ese proceso revolucionario

El desarrollo de los enfrentamientos entre la revolución y la contrarrevolución en estos cuatro años nos permite apuntar algunas características y tendencias particulares de este proceso revolucionario.

Existen en la región factores que tornan los conflictos más severos y profundos. En primer lugar, están allí las mayores reservas de petróleo del mundo, estratégicas para el imperialismo.

En segundo lugar, la explotación y la opresión imperialistas hacen de esa región rica en petróleo literalmente un barril de pólvora. Después del auge del nacionalismo burgués, como el nasserismo egipcio y el partido Baath en la década del ‘50 del siglo XX, vino un proceso de recolonización del imperialismo, con capitulación y asociación de las burguesías locales. Esas burguesías corruptas y represivas tienen un padrón de vida extremadamente lujoso frente a la pobreza brutal de la mayoría de la población.

En tercer lugar, en la región se encuentra el estado nazi-fascista de Israel. Si por un lado Israel asegura la dominación militar del imperialismo, por otro es un factor de radicalización política permanente, de conflictos y de guerras. Israel no puede convivir democráticamente con una marea humana árabe contraria a la usurpación de los territorios palestinos.

El cuarto elemento: la región, antes del proceso revolucionario, era casi toda marcada por dictaduras odiadas, con decenas de años de existencia. Los brutales antagonismos de clase y la opresión nacional en general no son resueltos en el marco de las democracias burguesas.

Esos elementos estructurales fueron fuertemente afectados por la crisis económica que existe en el mundo desde 2008-2009. El aumento del desempleo, especialmente en la juventud, y de los precios de los bienes de consumo básicos, hicieron explotar el descontento. La desesperación y la falta de perspectivas llevaron a las masas a la acción.

No fue por casualidad que la escena inicial de todo el proceso fue la autoinmolación de un vendedor ambulante en Túnez, que prendió fuego a su propio cuerpo cuando la policía confiscó su carrito de frutas. Las protestas que siguieron tomaron el país e incendiaron toda la región.

La revolución permanente en la región

El proceso de revolución permanente incorpora esos factores en la región. Al luchar contra la miseria y contra las dictaduras, los trabajadores y los pueblos de esos países cuestionan inconscientemente la explotación y la opresión del imperialismo y de las burguesías locales asociadas.

Esa base económica, material, no fue resuelta por ninguna de las alternativas burguesas que se impusieron coyunturalmente. Por el contrario, sólo han empeorado con las crisis políticas y las guerras. Todo el proceso se agrava por la existencia y la acción del Estado de Israel.

Se trata de una revolución que tiene como sujeto social a las masas populares urbanas. En particular a los sectores más jóvenes, desempleados o precarizados.

El proletariado tiene importancia económica y social en varios países, como en Egipto e Irán. No es por casualidad que la huelga de los 24.000 obreros de la fábrica textil de Mahala (Egipto) en 2006 fue uno de los símbolos que generó el Movimiento 26 de Abril, uno de los motores del proceso revolucionario abierto en Egipto en 2011.

En otros países, el peso del proletariado es menor. Por otro lado, las direcciones reformistas hacen de todo para evitar cualquier papel independiente del proletariado, ampliando el retroceso en la conciencia y en la organización de la clase.

El sujeto social de esas revoluciones han sido las masas populares urbanas. En medio de ellas, los obreros están presentes como individuos y no como clase organizada y dirigente.

Esas revoluciones tienen –en la mayor parte de los países de la región– tareas democráticas como centrales, como su primer móvil. Eso no se confunde con la visión etapista del stalinismo, que busca siempre subordinar al proletariado a algún sector de la burguesía “democrática” o “nacionalista”.

Se trata de una definición de que el centro del programa en este momento para la mayoría de los países es la caída de esas dictaduras, abriendo paso a la revolución socialista, de forma semejante a como Trotsky comprendió la revolución española o la revolución rusa de febrero.

Eso permite la unidad de acción con aquellos que luchan contra esas dictaduras, pero al mismo tiempo nos impone una lucha constante para que el proletariado hegemonice el proceso revolucionario de forma independiente de la burguesía. En la época imperialista, las revoluciones en los países atrasados comienzan por cuestiones mínimas o democráticas que la burguesía no tiene condiciones de cumplir, empujando al proletariado a encabezar esas luchas, que sólo pueden ser resueltas con la toma del poder.

Otra faceta de la concepción de la revolución permanente, fundamental para entender la región y su carácter internacional: se trata de una región entera en ebullición, en que los procesos interactúan directamente. El inicio de la revolución en Túnez rápidamente se extendió por los países vecinos. La derrota de Israel en Gaza fue conmemorada en toda la región. La lucha kurda en Kobane contra el EI afecta al conjunto de la región, en particular a Turquía y Siria.

La ausencia de dirección revolucionaria

Las alternativas del movimiento de masas que surgen después de la restauración en el Este europeo son más frágiles porque no son hegemonizadas por el proletariado. Esa es una característica general de este inicio de siglo. En la región, eso es aún más acentuado, no sólo por el peso desigual del proletariado (de país en país) como por la inexistencia de organizaciones revolucionarias de peso. Todo eso esteriliza muchas veces los esfuerzos heroicos de la masas en lucha.

El papel de las direcciones tradicionales de izquierda, en particular del stalinismo en la región y su capitulación al nacionalismo burgués, forma parte fundamental de este retroceso.

Muchas veces es más fácil buscar un identidad religiosa, de raza o de género, que de clase. Eso lleva a que predomine la fragmentación, y en esa región en particular, la religión islámica.

Esa región es tradicionalmente dividida en términos religiosos. Esa división esconde hoy intereses burgueses particulares, sobre todo alrededor de la disputa por el petróleo, la mayor riqueza de la región.

Los límites de la democracia burguesa 

En América Latina, una serie de revoluciones democráticas derrotaron dictaduras en la Argentina (1982), Brasil (1984), Uruguay (1985), generando un proceso que llevó al establecimiento de regímenes democrático-burgueses en la mayoría de continente.

Sin embargo, en el Norte de África y en Medio Oriente eso no ocurrió. No existieron en estos cuatro años, en la mayoría de esos países, el derrumbe de las dictaduras y el establecimiento de democracias burguesas.

Han ocurrido procesos convulsivos con insurrecciones, guerras civiles, golpes, y no el establecimiento de democracias burguesas. Los mismos motivos (petróleo, Israel) que originaron las dictaduras dificultan su derrumbe. En Egipto, el régimen bonapartista se mantuvo incluso luego de las caídas de Mubarak y Morsi.

En Libia, luego de la caída de Khadafi, el imperialismo busca reconstruir el Estado, pero hasta ahora no consiguió estabilizar ninguna alternativa de gobierno estable, siempre cuestionado por milicias de distintos grupos.

En Irak, el retiro de las tropas imperialistas no estabilizó un gobierno de unidad nacional como deseaba el imperialismo y sí un gobierno chiita alineado con Irán, con fuertes características bonapartistas. La rebelión sunita fue capitalizada por el Estado Islámico y el país vive una nueva guerra civil, ahora con dos polos contrarrevolucionarios.

En Siria sigue la guerra civil, incluyendo ahora el enfrentamiento del régimen y el imperialismo contra el Estado Islámico. En Bahrein, Kuwait y Arabia Saudita, la dura represión consiguió derrotar coyunturalmente las movilizaciones.

La excepción, al menos hasta ahora, es Túnez, en el que no sólo ha sido derrotado el gobierno de Ben Ali sino también la dictadura que dirigía el país.

¿Puede ser que esa realidad de conjunto cambie con el desarrollo de la situación? Sí, puede ser. El ascenso revolucionario puede muchas cosas. Lo que estamos afirmando es que hasta ahora eso no se dio como fenómeno generalizado.

La decadencia del imperialismo también le impone límites

El imperialismo norteamericano es hegemónico en términos económicos, políticos y militares. Es la única superpotencia nuclear, alejando cualquier posibilidad de una nueva guerra mundial en esta etapa.

Pero existe un elemento de la realidad que precisamos analizar. El imperialismo viene poco a poco perdiendo fuerza en su dominación mundial. No existe una alternativa a la hegemonía norteamericana dentro o fuera de os países imperialistas. La decadencia es del conjunto del imperialismo, y no sólo de los Estados Unidos.

El imperialismo norteamericano viene disminuyendo su capacidad de disciplinar el mundo en términos militares desde la derrota de Vietnam en 1975. Esa derrota causó el “síndrome de Vietnam”, en que las masas norteamericanas rechazan guerras que lleven a la muerte de sus hijos e hijas. Como el imperialismo tiene hasta ahora que convivir con una democracia burguesa, tiene que responder a esas presiones.

Después del ataque a las Torres Gemelas en 2001, Bush inició una contraofensiva para superar esa situación, con la justificación de la “lucha contra el terrorismo”. Eso produjo –entre otras cosas– la invasión de Afganistán (2001) e Irak (2003).

La derrota de la contraofensiva de Bush, en particular en Irak, hizo retomar con fuerza ese reflejo en las masas norteamericanas, ahora como “Síndrome de Irak”. Ese factor está presente hasta hoy en las limitaciones del imperialismo para intervenir en la región.

En general, el imperialismo responde a esa realidad con agresiones militares aéreas, evitando la exposición de sus tropas en invasiones terrestres. O aún con la tercerización de las ocupaciones por otros países, como es el caso de Haití.

En este momento, por ejemplo, el imperialismo tendría condiciones militares para arrasar el Estado Islámico, con mucha mayor facilidad que como lo hizo con Saddam Hussein en 2003. No lo puede hacer porque no tiene las condiciones políticas internas que lo favorecieron cuando el ataque a las Torres Gemelas. Tiene que limitarse a los ataques aéreos que ha hecho hasta ahora.

Las corrientes islamistas burguesas 

El nacionalismo árabe ya venía en decadencia desde la década de 1970, desde el PND (nasserista) de Sadat y Mubarak, al Baath de Saddam Hussein y Assad.

Después de su capitulación al imperialismo, los gobiernos que tenían ese origen pasaron a implementar los planes neo-liberales en la región. Eso incluyó a Egipto, Siria, Libia e Irak, con dictaduras que se tornaron blanco de la furia de las masas, así como otros gobiernos de la región.

Aprovechándose de la crisis de las dictaduras, varios partidos islámicos burgueses tradicionales llegaron al gobierno y vivieron crisis importantes. Fue así con la Hermandad Musulmana en Egipto y con el Enhada en Túnez. Puede ser que eso esté comenzando ahora con el AKP de Erdogan, en Turquía.

No se puede, no obstante, subestimar esas corrientes por el peso de masas que mantienen, así como por las crisis cíclicas también de sus oponentes. Aunque en decadencia, pueden retomar importancia aprovechándose de las crisis políticas que ocurran.

¿Al lado del pueblo contra las dictaduras siria y libia? ¿No tomar partido? 

Existe otra gran polémica, surgida con la eclosión del proceso revolucionario en el Norte de África y el Medio Oriente, con gran parte de la izquierda. Cuando esas movilizaciones se chocaron con las dictaduras como las de Libia y Siria, se planteó la disyuntiva: ¿estar al lado de esos pueblos en lucha o al lado de las odiadas dictaduras? Ese debate tomó colores aún mayores cuando la lucha evolucionó para el terreno militar, con guerras civiles en esos países. La mayoría de la izquierda salió en defensa de esas dictaduras, negando las revoluciones en curso y reduciendo todo a una intervención imperialista para derrocar gobiernos “antiimperialistas”. Olvidaban, a propósito, toda la capitulación de esas burguesías al imperialismo, que abandonaron sus posturas nacionalistas del pasado para aplicar los planes neo-liberales en sus países. El gobierno de Assad y el de Khadafi eran apoyados directamente por el imperialismo hasta que las masas se rebelaron en esos países y el imperialismo tuvo que diferenciarse de ellos.

Sufrimos ataques bien al estilo stalinista, por ser “aliados del imperialismo” al apoyar las movilizaciones de los pueblos de esos países contra estos gobiernos.

Los gobiernos de Cuba y Venezuela, al apoyar esas dictaduras, señalaron la actitud que pueden tener en caso de que grandes ascensos de masas se enfrenten con ellos.

Ahora, la posición de esas corrientes se choca una vez más contra la realidad. Los ataques aéreos del imperialismo contra las posiciones del Estado Islámico (EI) en Siria, materializan una alianza explícita entre Assad y los gobiernos imperialistas. Según el periódico libanés Al Monitor, Estados Unidos, “que carece de aliados confiables en Siria, podría contemplar el régimen como la única fuerza capaz de contener al Estado Islámico en el norte del país”, de modo que “no tiene problemas en permitirles tomar zonas de Alepo y de su periferia”.

Es importante preguntarse, entonces: ¿quién es el aliado del imperialismo en este momento?

Las corrientes dichas trotskistas, como PTS y SoB, igualaron la dictadura de Assad con los sectores que se levantaron en armas contra ella, y no tomaron partido en esa revolución. Ese es un error gravísimo: quedar “neutros” frente a algo relativamente obvio como una lucha de masas contra dictaduras odiadas.

Confundir la lucha de masas con sus direcciones burguesas o reformistas es una pésima base para analizar cualquier proceso. Pero si eso es errado en cualquier lugar, es aún más en procesos complejos como los del Medio Oriente y el Norte de África, en que no existen direcciones revolucionarias.

No siempre los sectarios son ultra-izquierdistas. En este caso, estas corrientes tienen una posición oportunista. Terminaron por ayudar objetivamente a las dictaduras dominantes y colocarse como ala izquierda del bloque castro-chavista para atacar esas revoluciones.

Nuestra reivindicación de armas para los combatientes sirios y armas para el pueblo de Kobane se apoya en la tradición del trotskismo en la revolución española, manchada por esas corrientes.

Los militares siguen en el poder en Egipto

En Egipto, el régimen militar tuvo una victoria con la elección del mariscal al-Sissi en mayo de 2014. Era la expresión de la continuidad del régimen militar, aún con el derrumbe de los gobiernos de Mubarak y de Morsi. La reciente absolución de Mubarak es una prueba más de esa continuidad.

Pero la abstención de 54% de la población en la elección de al-Sissi mostró un desgaste importante del régimen. Una encuesta hecha antes de la posesión de al-Sissi indica que existe una insatisfacción bastante amplia con el conjunto de las instituciones. Los egipcios están más insatisfechos (72%) que satisfechos (24%) con la situación del país en general. Los militares tenían un apoyo de 88% de la población luego de la caída de Mubarak; 73% hace un año atrás, después de la caída de Morsi; y 56% en la posesión de al-Sissi. La Hermandad, que tenía 53% de apoyo antes de su derrumbe, cayó a 42%.

Una vez electo, al-Sissi aumentó los precios del combustible entre 40 y 78%, generando un aumento en varios otros precios y aumentando la insatisfacción.

El movimiento obrero, de gran importancia en el país, realizó una ola de huelgas en febrero de este año, que incluso precipitó la caída del gobierno de Hazem el-Beblawi. Ahora, al enfrentar este nuevo ataque, puede volver a manifestarse con peso.

Una nueva guerra civil en Irak

En Irak, el imperialismo norteamericano fue derrotado por la resistencia iraquí, y tuvo que retirar sus tropas en 2011.

Eso se expresó en el carácter del gobierno del primer ministro chiita Nuri Al Maliki. Este no era simplemente un títere del imperialismo, sino un acuerdo con la dictadura iraní chiita. Esa alternativa aparecía como la mejor para garantizar alguna estabilidad y debilitar la resistencia iraquí, principalmente sunita (Saddam Hussein era sunita), algo que en aquel momento interesaba mucho tanto a Estados Unidos como a Irán.

La política del imperialismo era un gobierno de unidad nacional que incluyese a chiitas, sunitas y kurdos, pero Al Maliki llevó adelante un gobierno de exclusión de los otros sectores, interesado en el control exclusivo del petróleo.

Eso facilitó la crisis y los levantamientos sunitas, que terminaron siendo capitalizados por la alternativa contrarrevolucionaria del ISIS (después Estado Islámico). En una rápida ofensiva, el ISIS derrotó al ejército iraquí armado por los Estados Unidos –que huyó vergonzosamente sin combate–, y pasó a controlar gran parte del territorio sunita de Irak.

La caída de Al Maliki, que fue sustituido por un nuevo gobierno liderado por Al-Abadi, tiene como objetivo retomar la propuesta del imperialismo de un gobierno de unidad nacional (con un vicepresidente sunita) para contraponerse al Estado Islámico.

Pero la guerra civil continúa. La amenaza de división del país sigue planteada con la constitución del Califato proclamado por el Estado Islámico.

El impasse sirio 

La contraofensiva brutal de Assad, apoyado por Hezbollah, y la actuación del Estado Islámico debilitaron la resistencia militar contra la dictadura. La guerra civil cuenta ya con casi 200.000 muertos, seis millones de personas desalojadas y tres millones en otros países.

La presencia de una quinta columna –con las fuerzas del Estado Islámico– que combatía también a la oposición siria, tornó la situación militar extremadamente compleja. Con la proclamación del Califato, el EI pasó a cuestionar directamente el gobierno Assad. A partir de allí se desarrolla la ofensiva aérea imperialista en alianza explícita con Assad.

El Ejército Libre de Siria, el Frente Islámico y el Frente Revolucionario tenían que combatir al estado sirio apoyado por Hezbollah por un lado, y, por el otro, a los ejércitos fuertemente armados del Estado Islámico. El retroceso militar de la oposición tiene esa doble explicación.

No obstante, a pesar de la abrumadora superioridad militar, el régimen no consiguió aplastar la revolución. Aún destruyendo físicamente las ciudades, no consigue ocuparlas y reestabilizarlas. Ni siquiera las áreas alrededor de la capital –Damasco– son controladas completamente por la dictadura de Assad.

La realidad es que, a costa de sacrificios cada vez mayores, las fuerzas anti-dictatoriales siguen en la lucha, controlando áreas importantes, como partes de Alepo e Idlib, áreas en la periferia de Damasco y en las inmediaciones de Homs.

Recientemente, afirman haber avanzado en términos militares entre el sudoeste de Damasco, Dara y Kuneitra, abriendo nuevamente espacio para la frontera con el Líbano.

La dirección de esa oposición es burguesa y pro-imperialista. La llamada Coalición Nacional para las Fuerzas de Oposición y la Revolución Siria (CNFORS) apoya abiertamente la intervención imperialista en la región. Aún los sectores ligados directamente a la lucha armada se mostraban incapaces de unificar la lucha contra el régimen. La formación del Consejo del Comando de la Revolución, que unifica el Frente Islámico y el Ejército Libre Sirio (ELS) puede ser un paso adelante en este sentido.

Un nuevo factor contrarrevolucionario: el Estado Islámico

Con su avance militar en Irak y Siria, el Estado Islámico proclamó el Califato, con territorio que va desde Diyala, en el este de Irak, hasta Alepo, en el norte de Siria. Se trata de una tentativa de establecer un Estado con referencia religiosa en los califatos islámicos del siglo VII. Su líder, Al-Baghdadi, se proclama como continuidad de Mahoma.

En realidad, no se trata de una guerra religiosa, a pesar de usar esa base ideológica sunita. El califato del Estado Islámico es una dictadura, con métodos fascistas de terrorismo para paralizar a los oponentes, [y] que tiene como único objetivo controlar una parte significativa del petróleo de la región.

Con el control de esas fuentes petroleras, EI consigue una renta anual estimada entre 600 y 800 millones de dólares. Con eso, tiene acceso a un armamento pesado (destacándose tanques modernos y artillería), que usa en sus enfrentamientos militares. Como el EI se fortaleció lo suficiente para enfrentarse directamente con los estados iraquí y sirio e intenta conformar un nuevo estado, el imperialismo tiene ahora que enfrentarlo.

La derrota israelí en Gaza

El estado nazi-fascista de Israel invadió Gaza intentando aprovecharse de ese momento de relativo reflujo de la revolución árabe. Pero la feroz resistencia palestina y el aislamiento creciente en todo el mundo determinaron su derrota.

Aun con todo el apoyo de la prensa imperialista a Israel, fue imposible evitar el repudio de la opinión pública mundial al genocidio palestino. Manifestaciones radicalizadas de la juventud palestina amenazaban transformarse en una tercera Intifada.

Israel tuvo que retroceder, sin conseguir destruir la estructura militar de Hamas y teniendo que abrir negociaciones para el fin del bloqueo a Gaza. Esa derrota israelí abrió una crisis en su gobierno y fortaleció a Hamas.

No obstante, Hamas avanza en negociaciones con la Autoridad Palestina en el sentido de la aceptación del Estado israelí y que Fatah controle los accesos a Gaza. La crisis de Israel continúa: ahora el gobierno Netanyahu se vio obligado a despedir ministros que no concordaban con la proclamación del carácter judío del Estado de Israel y convocó a elecciones para profundizar la línea racista. Los países de la Unión Europea que sustentan a los sionistas pero precisan de una salida negociada, hicieron un gesto simbólico para presionar un poco a Netanyahu a reconocer el Estado palestino.

Libia: continúa la crisis

Desde el derrumbe de la dictadura libia de Khadafi, el imperialismo intenta recomponer un Estado. Hasta ahora no lo consiguió. No existen aún Fuerzas Armadas que se impongan frente a las distintas milicias, ni un régimen político establecido con un mínimo de estabilidad.

Después de sucesivos gobiernos en crisis, las últimas elecciones en junio de 2014 generaron un gobierno civil, opuesto a la hegemonía islámica del congreso anterior. El nuevo gobierno tuvo que funcionar en Tobruk, cerca de la frontera con Egipto, mientras el antiguo gobierno, instalado todavía en la capital Trípoli, no se disolvió.

Hoy existen dos gobiernos, dos congresos disputando su legitimidad en el país. El movimiento de masas no tiene una alternativa independiente para imponerse. La contrarrevolución no consigue estabilizar el país.

La lucha progresiva de los kurdos

Los kurdos son una de las mayores naciones oprimidas sin Estado propio. Tienen una población de cerca de 40 millones de personas dispersas en territorios de cuatro estados: Turquía, Irán, Irak y Siria.

Se trata de una lucha justa por el derecho a la autodeterminación nacional de separación y creación de un Estado independiente de la nacionalidad kurda. En este sentido, la lucha de los kurdos contra el EI, los gobiernos turco, iraquí e iraní es justa y progresiva, a pesar de sus direcciones burguesas y pro-imperialistas, que deben ser combatidas por las clases explotadas.

Kobane es una ciudad kurda en Siria, próxima a la frontera con Turquía. La resistencia heroica de los kurdos allí presentes al cerco desarrollado por el EI a esa ciudad debe ser apoyada por los revolucionarios de todo el mundo. A pesar de la superioridad militar del EI, la resistencia kurda consiguió hacer retroceder parcialmente la ocupación de los alrededores de la ciudad. Aquí se dio un acuerdo extremadamente progresivo entre el Comando General del YPG (milicias kurdas) con el Ejército Libre de Siria, para luchar contra el EI.

Esa batalla polariza el conjunto de la región, desestabilizó a Turquía y está abriendo la posibilidad de la primera grande derrota militar del EI.

Turquía se desestabiliza

Turquía vive en este momento una integración turbulenta al conflicto en el Medio Oriente.

El gobierno del partido burgués islámico AKP, de Erdogan, enfrentó en 2013 grandes movilizaciones estudiantiles, extensión del ascenso en la región. No obstante, las movilizaciones fueron derrotadas y Erdogan (que era primer ministro) fue electo presidente en agosto de ese año.

Ahora, el proceso regional viene a la palestra por el problema kurdo. El gobierno del AKP tiene una política, en la práctica, de alianza con el EI en Kobane, para no fortalecer la lucha kurda en Turquía.

El PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán) desarrolla en Turquía una lucha armada por la autodeterminación kurda desde hace decenas de años. Erdogan impide que voluntarios kurdos crucen la frontera para ayudar en la batalla de Kobane, así como el envío de armas.

El resultado es un levante kurdo en Turquía, acompañado por una parte significativa del movimiento de masas. El gobierno Erdogan utiliza bandos fascistas para atacar las movilizaciones kurdas contra su gobierno. El conflicto sirio está desestabilizando a Turquía.

La excepción de Túnez

Túnez fue donde el proceso revolucionario se inició en diciembre de 2010, y también el país en que se dio la primera grande victoria con la caída del dictador Ben Ali, en enero de 2011.

El primer gobierno electo fue el de un partido islámico, Partido del Renacimiento (Enhada), nacionalista burgués semejante a la “Hermandad Musulmana” en Egipto. Ese gobierno fue derrotado por una revuelta popular seguida de una huelga general después del asesinato de un líder de la oposición reformista, Chokri Belaid, en febrero de 2013.

Fue electa una Asamblea Constituyente, que definió una de las constituciones más liberales de la región, que asegura la libertad religiosa, sin imposición de la sharia (ley religiosa), libertad de expresión e igualdad entre hombres y mujeres.

En nuevas elecciones, ganó una coalición burguesa laica ligada a antiguos funcionarios de la dictadura de Ali, “Llamada por Túnez”, que se presentó como alternativa al islamismo de Enhada. El nuevo gobierno tendrá que enfrentar la misma crisis económica que fue una de las bases del inicio del proceso revolucionario hace cuatro años atrás. El desempleo sigue alcanzando a 16% de la población y 40% de la juventud.

Al contrario del resto de la región, en Túnez cayó la dictadura y se estableció una democracia burguesa.

Un proceso revolucionario con impasses y límites estructurales

Como vimos, los impasses y límites de la revolución en el Norte de África y Medio Oriente tienen razones estructurales, relacionados con la ausencia de direcciones revolucionarias y el pequeño papel del proletariado.

Por otro lado, tampoco el imperialismo y las burguesías locales consiguen dar salida a la crisis económica y las miserias de las masas. No consiguen derrotar violentamente a las masas ni estabilizar los gobiernos de turno.

Hubo ya varias tentativas de derrotar violentamente a las masas. El imperialismo intentó con su invasión a Irak y a Afganistán. Israel también intentó con la invasión al Líbano en 2006 y con su reciente invasión a Gaza. Assad está intentándolo ahora en Siria. Ninguna de esas tentativas consiguió imponerse hasta ahora.

Por otro lado, el imperialismo, como vimos, tampoco apuesta en la reacción democrática para desviar el ascenso hacia la democracia burguesa.

La resultante es un proceso convulsivo, que no se estabiliza ni en las derrotas ni en las victorias parciales. Una realidad extremadamente contradictoria y compleja, un gran desafío para la izquierda revolucionaria. Pero, sobre todo, una región que no deja de ser uno de los centro de la revolución mundial.

6/12/2014.-

Traducción: Natalia Estrada.

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