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La LIT-CI fue fundada en enero de 1982 con el objetivo central de luchar para superar la crisis de dirección del movimiento obrero mundial y reconstruir la Cuarta Internacional con influencia de masas.

Por: Cecília Toledo y Alejandro Iturbe

Su fundación y el esfuerzo militante para construirla y fortalecerla en estos 30 años que ya han pasado se deben a la convicción sobre un principio que consideramos plenamente vigente: sólo la movilización permanente de los trabajadores y explotados del mun­do contra el imperialismo y la burguesía podrá culminar con la victoria de la revolución socialista internacional y la implantación de la dictadura revolucionaria del proletariado. No creemos que exista otro camino posible para superar los profundos males a los que el capitalismo imperialista somete a la humanidad. Y creemos que para eso se necesita de una dirección revolucionaria internacional, para que esa lucha pueda ser llevada adelante con posibilidades de éxito. Si bien la LIT-CI como organización cumple 30 años, la corriente morenista (es decir, la dirigida por el argentino Nahuel Moreno) que fue su principal componente en aquellos tiempos, nació en 1944 en Argentina y, entre ese año y 1982 acumuló una serie de batallas y actividades militantes dentro de diversas organizaciones que se reivindica­ban de la IV. Al mismo tiempo, consideramos que existe una continuidad, un “hilo conductor” entre esa militancia y la de la Oposición de Izquierda fundada por Trotsky en la década de 1920 para combatir contra la burocratización stalinista y su degeneración teórica, política y metodo­lógica. La consideramos también la continuación de la fundación de la III Internacional y de las elaboraciones programáticas de sus primeros cuatro congresos (1919-1923), de la acción y el programa del partido bolchevique de Lenin y su papel dirigente en la Revolución Rusa de 1917. Y, más atrás en el tiempo, con las bases teóricas y políticas que Marx y Engels dejaron sentadas en el siglo xix. Ha sido un largo camino, con grandes triunfos y también con grandes derrotas, con grandes avances y con períodos de profundos retrocesos. Pero incluso en los momentos más difíciles, en los que casi todo pareció perdido, hasta la esperanza de poder cambiar las cosas, siempre hubo un puñado de cuadros y militantes que, con la vista puesta en las luchas del presente y en las perspectivas, mantuvo el “hilo de continuidad” y las concepciones de organización del socialismo revolucionario. En esos momentos difíciles, Marx, Engels, Lenin, Trotsky y Moreno, entre otros, supieron “remar contra la corriente” y así preparar el futuro.

La fundación de la IV

La batalla que dio origen a la Oposición de Izquierda, en la década de 1920, y a la IV Internacional, en 1938, fue la continuidad de la lucha de Lenin, Trotsky y Rosa Luxemburgo. Primero contra el revisionismo de los líderes de la socialdemocracia y la II Internacional. Luego, por el triunfo, la defensa y el de­sarrollo internacional de la Revolución Rusa y la construcción del primer estado obrero de la historia. Finalmente, y como una necesidad imprescindible para derrotar al imperialismo a nivel mundial, la fundación de la III Internacional. Como se señala en el artículo sobre la reconstrucción de la IV: “entre 1919 y 1923, la III fue el primer y, hasta ahora, más fuerte intento de construir una verdadera dirección revolucionaria internacional con peso de masas, un partido mundial de la revolución socialista. Fue una gran conquista de los trabajadores de todo el mundo y, por eso, reivindicamos tanto su concepción organizativa como las elaboraciones programáticas de sus primeros cuatro congresos”. En ese mismo artículo, se analizan las razones que, como parte del mismo proceso de degeneración que provocó el stalinismo en el partido bolchevique y en la URSS, llevaron a su burocratización y a su transformación en un instrumento de la política exterior de la burocracia, responsable de grandes derrotas de los trabajadores en el mundo, como la de la Revolución China de 1923-1925 y, fundamentalmente, la complicidad, sin lucha, para el triunfo del nazismo y de su ascenso al poder en Alemania, en 1933, hasta su disolución formal en 1943. En 1938, Trotsky funda la IV como una continuidad de la III, para defender la herencia programática y las concepciones organizativas de marxismo y el leninismo, que la burocracia stalinista estaba destruyendo y, peor aún, se presentaba como el “heredero” de esta tradición a través de una horrible caricatura de la misma. En ese combate contra el stalinismo, la IV se proponía educar a miles de nuevos cuadros con el mismo objetivo estratégico de la III: dirigir a la clase obrera en el proceso de la revolución socialista mundial. Esa es la gran misión histórica de la IV Internacional fundada en aquel momento, con su programa y su método. La IV nació débil, agrupando apenas a un puñado de algunos miles de militantes, debido a la situación contrarrevolucionaria que se vivía luego de los triunfos del nazi-fascismo y del stalinismo, antes de la Segunda Guerra Mundial. En ese marco, Trotsky elabora un pronóstico: al igual que la Primera, la Segunda Guerra provocaría una oleada de revoluciones y, en ese proceso, la IV Internacional ganaría peso de masas. Pero fue asesinado por el stalinismo, en 1940, en México, y con ello, la IV perdió el que era, de lejos, su principal dirigente. No sólo porque su figura tenía un gran prestigio de masas sino porque era, sin dudas, por su trayectoria, el más experimentado y capaz.

La crisis de la IV

El asesinato de Trotsky agravó las condiciones a las que el pequeño núcleo de cuadros y militantes trotskistas agrupados en la IV, después del fin de la Segunda Guerra Mundial, se vio sometido. Por un lado, la guerra produjo, de acuerdo con los pronósticos previos, un gran ascenso revolucionario en Europa y en otras regiones del mundo, y el surgimiento de nuevos estados obreros que se sumaban a la URSS. Pero, por otro lado, contra los pronósticos de Trotsky, la IV Internacional no ganó peso de masas e incidencia en esos procesos, sino que continuó siendo un pequeño núcleo. Por el contrario, fue el stalinismo quien los dirigió, y ese papel, sumado al de la URSS en la derrota del nazi-fascismo, lo convirtieron en la dirección indiscutida del movimiento obrero y de masas mundial. Frente a este contexto, la mayoría de la nueva dirección de la IV no pasó la prueba. Las organizaciones trotskistas tendieron a dividirse en dos grandes corrientes. Una de ellas, que asumió la dirección de la IV, encabezada por Michel Pablo y Ernest Mandel, adoptó un curso oportunista. En su afán de intervenir en los procesos revolucionarios en curso y de ligarse a ellos, capituló a sus direcciones burocráticas y pequeño-burguesas. Primero al stalinismo, luego al titoísmo (Yugoslavia) y, posteriormente a los movi­mientos nacionalistas burgueses, al castrismo, etcétera. En función de esa capitulación, creaba teorías justificativas y abandonaba los principios y la estrategia. Llegó al colmo de rehusarse a defender la retirada del Ejército Rojo cuando explotaron las revoluciones políticas en Berlín Oriental (1953) y en Hungría (1956).

Bolivia 1952 y la división de la IV

Estas posiciones tuvieron una consecuencia muy negativa en la revolución boliviana de 1952. En ella, siguiendo el modelo “clásico” de la Revolución Rusa, la clase obrera, en especial los mineros, acaudillaron al campesinado y a las masas urbanas en una insurrección en la que las milicias de la COB (Central Obrera Boliviana) derrotaron al ejército. En todo el proceso, el POR (Partido Obrero Revolucionario, sección boliviana de la IV) jugó un rol de dirección. Pero la dirección pablista lo mandó a apoyar al gobierno burgués del MNR y la revolución se perdió.

Las durísimas polémicas sobre la orientación a seguir en Bolivia y, fundamentalmente, los métodos burocráticos y persecutorios de Pablo contra los que no coincidían con su línea (como la intervención a la mayoría de la sección francesa, que se negaba a hacer “entrismo” en el PC), llevaron a la división de la IV y al inicio de una crisis que, de hecho, aún no ha sido superada.

Las otras corrientes

La otra corriente principal de la IV tomó un curso sectario: como los procesos no seguían los pronósticos de Trotsky, no eran revoluciones ni surgían nuevos estados obreros. No reconocer esto los incapacitaba para intervenir en esos nuevos procesos revolucionarios que se daban, y se refugiaron en una defensa propagandística del programa, la estrategia y los principios.

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Posteriormente, varias de estas organizaciones (especialmente el healismo inglés y el lambertismo francés) se sepa­raron de la construcción centralizada de la IV, transformándose en lo que Moreno llamó nacional-trotskismo. En el mejor de los casos, construyeron débiles organizaciones colaterales internacionales.

El SWP, entonces el partido trotskista más fuerte y el que contaba con los cuadros más experimentados (varios de ellos educados por el propio Trotsky), a pesar de que tuvo posiciones semejantes a las de Moreno con relación tanto a la defensa de las revoluciones políticas en Hungría y Alemania Oriental y el reconocimiento de los nuevos estados obreros deformados en el Este y en Cuba, padecía de una desviación que lo llevaría a jugar un papel extremadamente negativo en la crisis de la IV. Este partido nunca asumió la tarea central de construir una dirección de la IV, lo que le hubiera correspondido por peso y experiencia. Sus dirigentes no veían como su gran tarea ser el eje de construcción de la Internacional y, de hecho, veían a la IV como una federación de partidos y no como una dirección internacional centralizada. De esa forma, el SWP fue responsable por omisión de la crisis vivida por esta organización. Y esa concepción, más tarde lo llevaría a una revisión del propio trotskismo y a transformarse en un gran capitulador al stalinismo y al castrismo, en la década de 1980.

El morenismo

En ese contexto, desde que se incorporó a la IV como delgado del POR argentino, en 1948, Nahuel Moreno intentó construir, por así decirlo, una “tercera vía”. Mantuvo una defensa intransigente de los principios y la estrategia. Pero, a la vez, buscó desarrollar explicaciones marxistas de los nuevos fenómenos e impulsó las necesarias actualizaciones programáticas. Así, por ejemplo, jugó un papel importante en las elaboraciones que permitirían caracterizar el resultado de los procesos del Este de Europa y de China como nuevos estados obreros. Respecto de Bolivia 1952, batalló fuertemente contra la línea de Pablo y Mandel, y por una política trotskista ortodoxa de poder obrero, que sintetizaba en la consigna de “Todo el poder a la COB”, al considerar que esta organización podía jugar un papel similar al de los soviets en la Rusia de 1917.

La obsesión de Moreno: construirse en el seno de la clase obrera

Al mismo tiempo, tuvo siempre la obsesión de que las organizaciones trotskistas, especialmente las que él dirigía, interviniesen y se construyesen en los procesos concretos de lucha de las masas, especialmente dentro de la clase obrera, aprovechando las oportunidades y superando la marginalidad que las caracterizaba. Si nos hemos extendido un poco en la historia de la corriente morenista en Argentina es porque allí nació y allí tuvo su mayor desarrollo.

Moreno, como Trotsky, consideraba que el programa del trotskismo es la continuidad del marxismo revolucionario. En este sentido, es el programa del proletariado: el internaciona­lismo obrero, la democracia obrera y la movilización permanente. Un partido revolucionario sólo puede construirse si se basa en esos tres pilares fundamentales.

Por eso, Moreno era obsesivo en construir la LIT y sus secciones insertadas orgánicamente en la clase obrera, única garantía de que pueda ser una dirección con posibilidades reales de conducir a la clase obrera a la toma del poder. Fue esa obsesión la que llevó a ese primer grupo de jóvenes trotskistas argentinos a romper con la pequeñoburguesía intelectual y contemplativa, para pasar a construirse como un partido obrero y de acción. Fue también un paso importante para que el trotskismo rompiera con su situación de marginalidad y pudiera mostrarse como alternativa política para las amplias masas trabajadoras.

Esta obsesión continúa siendo la de la LIT: construirse entre los grandes batallones de la clase obrera. “Una organización trotskista que no esté repleta de militantes obreros vive en crisis permanente, aunque sea formada por compañeros muy inteligentes y capaces”, decía Moreno.

El origen del morenismo

Esto fue una marca de origen de nuestra corriente desde la década de 1940, en la Argentina. En el inicio hubo un pequeño grupo de estudio, de algunos jóvenes, que acabó concordando con las posiciones de Trotsky. Ese grupo de estudio estaba formado, además de Moreno, por los hermanos Boris y Rita Galub, Mauricio Czizik y Daniel Pereyra (provenientes de familias obreras), y “Abrahamcito”, que venía de la clase media. Para asumir las posiciones trotskistas, esos jóvenes tuvieron la ayuda decisiva de un obrero boliviano llamado Fidel Ortiz Saavedra. En 1943 se forman como núcleo político, el Grupo Obrero Marxista (GOM), y se trazan el objetivo central de militar en el seno de la clase obrera para intentar convencer los trabajadores sobre la necesidad de formar un partido revolucionario para la conquista del socialismo.

En esa época, el movimiento trotskista argentino era muy marginal a la clase obrera; formado en su mayoría por intelectuales que se contentaban con debatir en cafés. Moreno comprendió a fondo la verdadera esencia del trotskismo, y el grupo concluyó que era preciso jugar todas las fuerzas militantes en la construcción en el seno de la clase, para movilizar a los trabajadores por sus demandas y formar cuadros marxistas para las tareas de la revolución socialista.

El proceso fue muy provechoso: el grupo se desarrolló y tuvo actuación importante en huelgas y luchas, donde ganó obreros e influencia. El GOM existió hasta 1948, cuando adoptó el nombre de Partido Obrero Revolucionario (POR).

El desarrollo en Argentina

Las décadas siguientes contienen una suma de tácticas y proyectos, con diferentes nombres, que es imposible resumirlas en este artículo. El POR existe hasta 1956, y también aprovecha la táctica de legalizarse e insertarse en los sindicatos como Federación Bonaerense del Partido Socialista por la Revolución Nacional (PSRN), y con él se interviene para enfrentar el golpe contra el gobierno del general Perón, en 1955.

Después de este golpe, se establece un acuerdo con un sector de activistas sindicales peronistas que luchaban contra la dictadura y se edita el periódico Palabra Obrera, que jugaría un papel destacado en la llamada “Resistencia Peronista” (llegó a vender diez mil ejemplares de cada número).

En 1965, los militantes de Palabra Obrera se unieron al grupo político dirigido por Mario Roberto Santucho (denominado FRIP) en el PRT (Partido Revolucionario de los Trabajadores). La experiencia fue corta. Santucho adoptó las posiciones de Castro y el Che Guevara, y el PRT se rompe en 1967. La organización morenista pasa a llamarse PRT-La Verdad. Este nombre se mantuvo hasta 1972 cuando se aprovechó la apertura legal y electoral existente en el país y, luego de un acuerdo con un sector proveniente del PS, se legaliza con el nombre de Partido Socialista de los Trabajadores (PST), que llegaría a tener, antes del golpe de 1976, cerca de 3.000 militantes insertos en la juventud y la clase obrera.

El PST cumplió un papel heroico en la resistencia a la dictadura genocida iniciada en 1976. Tuvo cerca de 250 militantes presos y más de 100 muertos y desaparecidos. Actuó en la más absoluta clandestinidad, mantuvo su periódico y desarrolló trabajos en el movimiento obrero, en la juventud y entre los intelectuales.

Cuando ocurrió la Guerra de las Malvinas (1982), ya fundada la LIT, el odio a la dictadura no impidió que el PST tuviera una política principista de identificar al invasor imperialista como el principal enemigo.

Desde el primer momento, y sin dejar de denunciar a la dictadura, el PST se colocó en el campo militar argentino y luchó por la derrota del imperialismo. Después de la derrota argentina, fue parte activa de las movilizaciones que derribaron a la dictadura. Poco después, se respondió a la situación revolucionaria abierta en el país. Con un importante núcleo de cuadros, muy fortalecidos por la lucha contra la dictadura y la actuación durante Malvinas, se inició, orientados por Moreno, la construcción del MAS.

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Orientada por Moreno, en pocos años esta organización se convirtió en el principal partido de izquierda del país y en el partido trotskista más grande del mundo.

El internacionalismo

Otra obsesión fue el internacionalismo revolucionario, el convencimiento de que no hay salida para la clase trabajadora y la revolución socialista en el ámbito nacional y, como Trotsky, el convencimiento de que no puede haber organización revolucionaria nacional si no se construye como parte de una organización internacional.

Por eso Moreno, después de un breve período inicial, dedicó prácticamente toda su vida militante a la construcción de la IV Internacional, en diversas instancias y organizaciones. Como parte de esa militancia y de los debates y polémicas que desarrolló, fue surgiendo también una corriente morenista internacional. Veamos algunos ejemplos.

En los primeros años de la década de 1960, Hugo Blanco (estudiante peruano captado en Argentina por Palabra Obrera) vuelve a Perú y allí organiza y dirige los sindicatos y la lucha de los campesinos del Cuzco por la reforma agraria. Se transforma así, según palabras del propio Moreno, en “el más importante dirigente de masas trotskista después de Trotsky”. Esa tradición hoy es continuada por el PST peruano.

En 1974, un pequeño grupo de jóvenes brasileños exiliados en Chile se conecta con la corriente morenista y vuelve a su país. Aprovecha los resquicios democráticos que daba el régimen de la dictadura brasileña, y, en pocos años, construye una organización de 800 militantes (Convergencia Socialista). Esa organización juega un papel muy importante en la fundación del PT y de la CUT, a finales de los ’70 e inicios de los ’80, construyéndose dentro de esas organizaciones pero en oposición a la dirección de Lula. De esta forma, en el Brasil, el morenismo estableció lazos muy sólidos con la clase obrera que años más tarde daría origen al PSTU (Partido Socialista de los Trabajadores Unificado), hoy uno de los más importantes partidos de izquierda en este país.

En 1974, el PST argentino envía cuadros para participar de la revolución portuguesa. Se ganan allí grupos de jóvenes estudiantes dispuestos a construir un partido revolucionario en Portugal. En esta misma revista se cuenta ese proceso que hoy se expresa en el MAS (Movimento Alternativa Socialista).

En 1975, en Colombia, se toma contacto con el llamado Bloque Socialista. Así, a partir de un sector de esta organización, se construye el PST colombiano.

En 1979, la corriente morenista, especialmente el partido colombiano, impulsan la formación de la Brigada Simón Bolívar para intervenir en la revolución nicaragüense, junto con las fuerzas del FSLN, contra la dictadura de Anastasio Somoza. En esos combates mueren tres compañeros y hay varios heridos. Militantes y simpatizantes trotskistas tienen el orgullo de intervenir directamente en un gran proceso revolucionario y en el derrocamiento de uno de los más sangrientos dictadores del continente latinoamericano.

La Fracción Bolchevique

El internacionalismo también se expresó en diversos agrupamientos que el morenismo integró para impulsar las batallas teóricas y políticas en el seno de la IV Internacional.

En esa época, luego de su anterior período guerrillerista y ultraizquierdista, la corriente mandelista que dirigía el Secretariado Unificado (SU) de la IV Internacional abandonaba de modo creciente la perspectiva de construcción de una dirección revolucionaria mundial y giraba hacia posiciones cada vez más capituladoras.

En el marco de la batalla contra esas posiciones, la mayoría de las organizaciones latinoamericanas y cuadros de España, Portugal e Italia formaron una tendencia interna para debatir las posiciones dominantes en el SU. Después, esa tendencia se constituyó en la Fracción Bolchevique (FB).

La ruptura definitiva con el SU se dio en 1979, cuando su dirección se negó a defender a los miembros de la Brigada Simón Bolívar, expulsados de Nicaragua por el gobierno sandinista y luego entregados a la policía de Panamá, que los reprimió y torturó. La mayoría del SU aprobó una resolución que definía a las direcciones nicaragüense y cubana como “revolucionarias” y “prohibió” la construcción de partidos trotskistas en esos países.

Nace la LIT-CI

Poco después se fundaría la LIT-CI. Previamente, hubo un intento frustrado de avanzar en la reconstrucción de la IV Internacional a partir de una fusión con la organización internacional dirigida por Pierre Lambert (el CORCI), cuya organización más importante era la OCI francesa. Ese intento fracasa por “la adaptación revisionista de la dirección de la OCI al gobierno de Mitterrand y, en general, al aparato socialdemócrata francés”.[1]

En enero de 1982 se realizó una reunión internacional con los partidos de la FB y dos importantes dirigentes que provenían del lambertismo: Ricardo Napurí (Perú) y Alberto Franceschi (Venezuela).

El primer punto de la reunión era organizar una campaña en defensa de la moral revolucionaria de Napurí, atacada calumniosamente por Lambert.

El segundo era la discusión sobre cómo avanzar en la construcción de la Internacional. La reunión, después de aprobar la campaña, resolvió por unanimidad convertirse en Conferencia de Fundación de una nueva organización internacional. Se aprobaron el nombre, los estatutos y las tesis fundacionales de la LIT-CI.

Apenas fundada, la LIT-CI no tuvo descanso: nació en una etapa de gran ascenso de las luchas obreras. Hubo que responder a la Guerra de Malvinas, a los desafíos en Argentina; al proceso del reclamos por las “¡elecciones directas ya!” y el fin de la dictadura en Brasil; y a muchos otros procesos. Había grandes cambios en el mundo capitalista e imperialista, y también grandes transformaciones en el espectro de la izquierda mundial, sobre todo por la crisis del aparato stalinista mundial y de los PCs.

La LIT-CI fue respondiendo a cada uno de ellos y se transformó en la organización internacional trotskista más dinámica. En medio de ese proceso, en 1987, recibió un terrible golpe con la muerte de Nahuel Moreno. Su ausencia provocó un debilitamiento cualitativo de la dirección internacional y tuvo una incidencia muy grande en el desarrollo y el desenlace de la crisis que la llevaría al borde de su destrucción.

El aluvión oportunista

Entre 1989 y 1991 ocurren los grandes procesos revolucionarios que acaban con los regímenes totalitarios de partido único de la URSS y del Este Europeo. Destruyen el aparato central del stalinismo y acaban con la camisa de fuerza que atenazaba al movimiento obrero mundial.

Sin embargo estos procesos, a pesar de ser poderosos, por la crisis de dirección revolucionaria no consiguieron revertir la restauración capitalista impuesta, pocos años antes, por las propias burocracias gobernantes. Por un lado, la destrucción del aparato central del stalinismo significó una gran victoria, que tuvo repercusiones mundiales pues fortaleció la conciencia anti-burocrática y provocó el debilitamiento de todas las burocracias, no sólo de las stalinistas. Por el otro, amplios sectores de la vanguardia mundial vieron la restauración como fruto de las luchas de las masas. El imperialismo aprovechó el momento para lanzar una gran campaña ideológica afirmando que el “socialismo murió”, la “supremacía del capitalismo” y el “fin de la historia”.

La izquierda, en general, se sumergió en un profundo estado de letargo y desmoralización. Inclusive, muchas de las organizaciones trotskistas fueron alcanzadas por este verdadero “vendaval oportunista”. Algunas llegaron a la conclusión de que no es posible hacer la revolución socialista, otras pasaron a defender que el socialismo ya no era más necesario, y el programa revolucionario fue siendo abandonado de modo creciente.

La estrategia de lucha por el poder fue sustituida por la estrategia electoral en el marco de la democracia burguesa, y muchas organizaciones han pasado a depender materialmente del parlamento burgués, de subsidios estatales o de aparatos sindicales. Se hicieron comunes cosas hasta entonces impensables: “militantes trotskistas” participando de gobiernos o de partidos burgueses, o apoyándolos activamente. Principios fundamentales del marxismo fueron dejados de lado, como el centralismo democrático, la dictadura del proletariado, la reconstrucción de la IV Internacional, y la independencia de clase. La indispensable necesidad de luchar contra el imperialismo fue sustituida por la defensa de las reformas para “mejorar el capitalismo”, justificada por el canto de sirena de que “un nuevo mundo es posible” sin cambiar el sistema económico.

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La joven LIT-CI también sufrió este proceso corrosivo y devastador, ahora sin Nahuel Moreno. Los golpes fueron duros: la LIT-CI estaba prácticamente destruida: había perdido entre cuatro y cinco mil militantes, entre ellos 80% de sus cuadros más experimentados. Varios de ellos se hicieron asesores del chavismo, de Evo Morales, de Lula y el PT, y hasta de la derecha venezolana.

La recuperación

Superar esta crisis fue un gran desafío. Con un gran esfuerzo de los sectores que no capitularon, la LIT comenzó a recuperarse a partir de su V Congreso, en 1997. Se defendió el programa, se reconstruyeron el régimen interno, las finanzas, y los principios de la moral revolucionaria. Se buscó retomar el estudio sistemático de la teoría revolucionaria, como única forma de garantizar una práctica revolucionaria. Esto permitió avanzar en elaboraciones fundamentales para la lucha de clases, como la comprensión de los procesos de restauración del capitalismo en los países del Este europeo, en China y en Cuba; sobre la opresión de la mujer como cuestión de clase y no de género; sobre la crisis económica mundial; etcétera.

Hoy, la LIT tiene sus partidos más importantes en países claves de América Latina y de Europa, además de grupos más pequeños aunque con dinámica de inserción en el movimiento obrero. En 2011 realizó su X Congreso, que muestra que la LIT-CI es ya un pequeño polo de referencia.

A aquella “base morenista” que defendió su existencia, se han sumado morenistas que han vuelto a sus filas, como los camaradas del PST colombiano y los camaradas argentinos de la COI (hoy integrantes del PSTU (A), y sectores trotskistas no provenientes de esa tradición, como el PdAC de Italia. También, como se vio en el Congreso, muchos nuevos cuadros y militantes jóvenes, algo especialmente destacado, por ejemplo, en las diversas secciones centroamericanas y en Portugal.

Al mismo tiempo ha ido construyendo diversas herramientas de teoría y política para la formación de sus militantes, y el combate ideológico y programático que la actual situación exige: la revista teórica Marxismo Vivo – Nueva Época y su editora de libros, la revista política Correo Internacional, la nueva página web y el Archivo León Trotsky.

El programa de la IV pasó la prueba de la historia

La historia comprobó que la revolución necesita desarrollarse en una dimensión mundial porque, de lo contrario, estará condenada a la derrota. Fue lo que demostró categóricamente el fracaso de la política del “socialismo en un solo país” y la “coexistencia pacífica” con el imperialismo, acuñadas por Stalin, y que produjo un fenómeno hasta entonces desconocido para la clase obrera mundial: la burocratización de una revolución y, posteriormente, la restauración del capitalismo, como previó Trotsky, brillantemente, en su libro “La Revolución Traicionada”.

La negación del carácter internacional de la revolución, dado justamente por el carácter internacional del capitalismo imperialista, y de la burguesía y del proletariado como clases antagónicas, y su reemplazo por el “socialismo en un solo país” y la “coexistencia pacífica”, fue el elemento determinante que llevó a la debacle de los Partidos Comunistas en el mundo entero, antes grandes organizadores del proletariado mundial.

Pero eso no significa que el esfuerzo por edificar un nuevo partido revolucionario que encarne la continuidad del marxismo sea fácil; la dura batalla por la construcción de los partidos revolucionarios y por la reconstrucción de la IV continúa porque es necesario superar la crisis de dirección revolucionaria, principal obstáculo para el avance de la revolución socialista mundial.

En este momento en que las masas luchan en Europa y en Medio Oriente por un programa de reivindicaciones muy semejante al que hace poco tiempo levantaban las masas en América Latina, la convicción del carácter internacional de la revolución está más presente que nunca.

Los diversos sectores que dieron la espalda al marxismo, los que abandonaron la defensa del internacionalismo y de la dictadura del proletariado, con el argumento de que ella cayó en los países del Este, o los que pasaron a ver el stalinismo como el “mal menor”, los que se sumaron a los restos del stalinismo, al castro-chavismo, al ‘socialismo del siglo XXI’, están irremediablemente condenados al “tarro de basura” de la Historia.

Hoy, el combate continúa y es un combate contra la deserción general del marxismo de la mayoría de las antiguas corrientes que se reivindicaban revolucionarias. Al contrario de la amplia mayoría de los que ya no defienden el trotskismo, es preciso partir de una conclusión central: el programa de la IV Internacional pasó la prueba de la historia. Aunque haya ocurrido de una forma negativa, la afirmación de Trotsky de que un estado obrero dirigido por la burocracia, sin una revolución política victoriosa de los trabajadores derrocando a esa burocracia, a la corta o a la larga entraría en colapso y se restauraría el capitalismo.

A pesar de los nuevos desafíos que tiene por delante, la LIT-CI posee un reaseguro en la reafirmación del Programa de Transición propuesto por Trotsky, en 1938, y actualizado en consonancia con los nuevos rumbos de la lucha de clases. Programa que, desde entonces, ha mostrado ser más que eso: es un método para analizar la situación política y proponer las banderas de lucha a partir del nivel de conciencia de las masas, para que ellas se movilicen, avancen en su nivel de conciencia y se sumen a las filas de la revolución. Eso nos da una armazón teórico-programática para enfrentar las nuevas realidades que vienen abriéndose en la situación mundial.

El X Congreso de la LIT, en 2011, mostró que el cumplimiento riguroso de esa orientación sigue siendo una piedra de toque del fortalecimiento de la Internacional y de cada una de sus secciones, insertas cada vez más en las luchas de los trabajadores contra la crisis del capital y los ataques a su nivel de vida. Ese Congreso mostró también que defender la LIT como motor de reconstrucción de la VI Internacional fue un acierto histórico, porque significó la reafirmación del programa trotskista, del método y de la moral revolucionaria. Que mantener ese “hilo de continuidad” del que hablamos al inicio de este artículo, hoy la califican para colocarse como un pequeño polo de referencia para los trabajadores en sus luchas y para los revolucionarios que se disponen a dedicar su vida a la construcción de la Internacional y de la revolución socialista mundial.

Esa historia, que comenzó mucho antes, con Marx, Engels, Lenin, Trotsky y los bolcheviques, se mantiene viva en las filas de la LIT. Por supuesto, todo este proceso no fue llevado adelante sin cometer muchos errores. Pero se ha salido adelante y hoy se mira, con total confianza y disposición revolucionarias, el presente y el futuro.

[1] Tesis Fundacionales de la LIT-CI.

Artículo publicado en Correo Internacional n.° 7, marzo de 2012, dedicado a los 30 años de la fundación de la Liga Internacional de los Trabajadores – Cuarta Internacional (LIT-CI).