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La organización y movilización estudiantil siempre marcó un hecho histórico como fenómeno en el devenir de las luchas sociales en nuestro país. El protagonismo que adquirió la última irrupción, solo puede compararse a aquellas protagonizadas por los estudiantes en la época de la dictadura stronista.

Por: PT – Paraguay

Durante los años noventa, distintas organizaciones juveniles fueron protagonistas de multitudinarias movilizaciones en el país, consiguiendo, tras largas y duras luchas, el anhelado boleto estudiantil así como otras reivindicaciones parciales, constituyéndose estos precedentes en la base histórica más reciente.

El movimiento estudiantil actual venía desarrollando acciones que no lograban tomar un rol trascendental en las disputas contra las orientaciones políticas privatistas y de precarización. La última movilización estudiantil de gran envergadura se dio durante el 2014. Aquel posible ascenso quedó evaporado por la falta de un programa claro y por las disputas internas que existían en el movimiento, reflejo de las actitudes sectarias y oportunistas de las organizaciones políticas de izquierda a la cual respondían la gran parte de la vanguardia universitaria más politizada.

El viernes 18 de setiembre de 2015, el movimiento secundario encabezó una gran movilización contra la política educativa del gobierno. Este sector del estudiantado salía a las calles reivindicando una mejor calidad educativa, inversión para mejoras edilicias en estado deplorable, la rendición de cuentas de los fondos del Fonacide y sobre todo, el aumento al 7 % del Presupuesto General de Gastos de la Nación para inversión educativa.

A los estudiantes secundarios se sumaban -en menor número-, los estudiantes universitarios, fenómeno que se replicaba en el interior del país. Ambos sectores, coparon, en Asunción, la Plaza de Armas, frente al Congreso. La demanda del 7 % para educación es la piedra angular de los requerimientos de la juventud, ya que confronta de manera directa contra la política de reducción de gastos del gobierno cartista.

Para Cartes, la educación -como otros sectores estratégicos del Estado- es una mercancía más de la cual busca disponer a través de utilización de la Ley de Alianza Público Privada (APP). En su lógica neoliberal, busca precarizar el servicio al máximo para justificar así la introducción del capital privado y hacer de la educación pública un negocio.

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Ante este panorama sombrío para las organizaciones de la clase trabajadora, reapareció con fuerza el movimiento estudiantil. El detonante fue la marcha del 18 de setiembre de 2015. Ni el más optimista dimensionaba la posibilidad de un despertar ensordecedor de la juventud y la implicancia que tendría su lucha.

Masiva movilización contra la corrupción

La toma de la Universidad Nacional de Asunción (UNA), se inició el 21 de setiembre de 2015. Miles de estudiantes se movilizaron pidiendo la cabeza del rector, Froilán Peralta, y de toda la rosca mafiosa del estamento.

La auto-organización y la movilización lograron desbaratar gran parte de la estructura corrupta de la UNA. La juventud logró, en pocas semanas, desestabilizar a todo el estamento educativo. Los estudiantes tomaban conciencia del efectivo poder que lograron crear e iban por más. La lucha se planteaba ya por el cambio total del sistema, la reforma del estatuto de la UNA.

Durante el curso de los días ocurrieron un sinnúmero de hechos en los que los estudiantes eran el motor de todo el proceso y se opusieron a la medida de reanudar las clases para zanjar los problemas que llevaron a la crisis que se tornaba incontenible.

Con la decisión de que se fueran todos los corruptos y del cambio efectivo de los estatutos, se posicionaron en contra del rector interino Ricardo Meyer, quien, para algunos era la opción más potable. Sin embargo, ante su actitud vacilante e intento de normalizar las actividades, el estudiantado, una vez más, dijo no a esta orientación.

La juventud tenía una lectura cada vez más clara de cómo seguir avanzando en las conquistas, y de esa manera también frenó la inminente intervención del Consejo Nacional de Educación (CONES), que significaba la palanca cartista para estabilizar aquello que parecía irse de las manos de cualquier autoridad. Y así fue.

Asambleas permanentes, debates profundos y movilizaciones fueron la constante de semanas de lucha. La presión arrolladora fue contagiada a otras sedes de la Universidad Nacional en el interior del país, así como a otras universidades públicas e institutos, incluso algunos privados que traían su solidaridad. La repercusión trascendió a otros sectores organizados y no organizados, quienes empezaban a emular las acciones de la juventud. Un caso concreto fue el procesamiento del intendente del municipio de Lambaré, gracias a la presión de sus pobladores.

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El efecto aleccionador que generó el estudiantado produjo un quiebre en una de las instituciones más corruptas, situación que hasta hace un tiempo atrás era impensable. También se constituyó en un resquicio de esperanza para las organizaciones en lucha, algunas de las cuales fueron a dar su apoyo a la movilización estudiantil, como los trabajadores de la Línea 49 y representantes de la Confederación de la Clase Trabajadora (CCT), central sindical que tiene como eje de su actuación, unir a los sectores sociales a través de la solidaridad en las luchas.

Objetivos logrados

El objetivo central de las movilizaciones fue desmantelar el aparato corrupto enquistado en la UNA. En el transcurso de las semanas se logró una barrida de la mayor parte de las autoridades, profesores y funcionarios ligados a la corrupción.

Tras la conquista del eje central movilizador -la renuncia de las autoridades mezcladas con la corrupción-, se produjo un reflujo del movimiento, en general, pues algunos estamentos no lograron desafectar a sus autoridades y persistieron en la toma de sus facultades continuando con movilizaciones, acompañadas solidariamente por otros estudiantes y la ciudadanía en general.

Sin claridad sobre el después

La unidad de los estudiantes se circunscribía a derribar el pilar de la corrupción, de manera genérica, sin que exista una homogeneidad en los planteamientos sobre el después, es decir, sobre qué puntos debe reorientarse la reconstrucción de la comunidad educativa universitaria.

Es inevitable la aparición de tendencias y fracciones dentro del movimiento que a partir de sus diversas orientaciones políticas plantean cuales son los pasos a seguir. Sin embargo, ello no debe mellar la lucidez para afrontar la necesidad de un cambio estructural profundo en la universidad desde una perspectiva educativa gratuita, de calidad y al servicio del pueblo trabajador.

El movimiento estudiantil corre el peligro de ahogarse si no conecta sus reivindicaciones con puntos más altos que lo que atañe al sistema educativo universitario.

Es perentorio generar un puente que ligue, efectivamente, al movimiento estudiantil con sectores organizados de la clase trabajadora y otras organizaciones populares. Entre ambos sectores converge la necesidad de confrontación unitaria a un sistema político-económico al servicio del capital.

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Es por ello que la disputa política se debe afrontar desde un posicionamiento de clase, realizando unidades de acción en solidaridad con las organizaciones de trabajadores para golpear como un solo puño a este nefasto gobierno. De no ser así, el movimiento universitario, descolgado de otras disputas del pueblo, transita hacia el aislamiento y hacia la reforma sin reformas.

Todo parece indicar que esta primavera estudiantil no se apagará a corto plazo y que abre las puertas a una nueva generación.

La continuidad de la lucha dependerá de cómo se la encare y los objetivos que se apuntalen. Una de las mayores enseñanzas que dio la experiencia histórica, es que el aprendizaje para las y los trabajadores, así como para las y los revolucionarios, se da en el campo donde se desarrollan las luchas.

Las movilizaciones estudiantiles han sembrado semillas de esperanza y de lucha, dependerá de la madures política de todas y todos los actores sociales, poder cosechar conquistas futuras para el pueblo trabajador, tornándose clave para ello la unidad obrero-estudiantil- popular.

Artículo publicado en El Socialista n.° 184, diciembre de 2015.-