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La crisis del capitalismo brasileño y los 100 días del gobierno Bolsonaro. ¿En qué medida la política de Paulo Guedes puede resolver los problemas de los trabajadores?

Por: João Ricardo Soares

El ministro de Finanzas de uno de los países más industrializados del mundo y una de las potencias imperialistas, Francia, salió con una declaración poco común. Bruno Le Maire dijo que “es preciso repensar el capitalismo”. Dice que, en el cuadro actual, el sistema “alimenta la desigualdad [social]; destruye el planeta; y es ineficaz en cumplir metas de interés público”[1].

El ministro del presidente Macron, electo por un partido de derecha, y acosado por una gran movilización de masas protagonizada por los “chalecos amarillos”, va más allá, afirma que “si no inventamos un nuevo capitalismo, soluciones económicas absurdas van a ganar fuerza y nos llevarán a la recesión”. No obstante, lo más probable es que la economía mundial entre en recesión antes de que Le Maire consiga inventar su “nuevo capitalismo”.

Pero, ¿en qué consiste el “nuevo capitalismo”? El propio Le Maire hace dos años concurrió a las primarias de su partido para ser el candidato a presidente proponiendo la creación de Mine-jobs (mini empleos) que pagarían menos que un salario mínimo, como forma de creación de empleos, y ahora defiende la necesidad de “valorizar el trabajo”.

En el “nuevo capitalismo” estarían incluidos la participación de los trabajadores en las ganancias de las empresas y un acuerdo para que haya un tributo común en nivel global para las grandes empresas. Pero la conclusión es patética: “para ese nuevo modelo capitalista nos falta dinero, es simple así”, afirma el ministro.

Lo curioso de todo esto es el hecho de que el propio gobierno francés, que propone la creación de grandes conglomerados de empresas “europeas” que sean capaces de concurrir con los monopolios norteamericanos, hable de “valorizar el trabajo”. En el momento en que Trump y la UE inician una presión sobre China exigiendo que retire sus empresas del campo de equipamiento de alta tecnología (el caso de la Huawei) y presiona los gobiernos europeos para boicotear la compra de equipamiento de esta empresa, Francia propone, una vez más, la unión de los imperialismos europeos para jugar el juego pesado de la competencia.

Al fin de cuentas, se trata de cómo las empresas francesas construyen su propio camino en la explotación de los trabajadores asiáticos, y ocupa un lugar en ese mercado cuyo trabajo es poco valorizado.

Emparedada entre los Estados Unidos y Asia, los dos polos más dinámicos de la economía capitalista mundial, Europa intenta buscar condiciones de competencia más ecuánimes entre los monopolios capitalistas. Pero, mientras Trump corta los impuestos de las multinacionales norteamericanas, Francia está envuelta en una gran movilización protagonizada por los “chalecos amarillos”, en la que la represión de Macron ya mató a diez personas, además de una huelga importante del servicio público que lucha para “valorizar el trabajo” mientas Le Marie y Macron pretenden suprimir más de cien mil puestos de trabajo.

El llamado a la continuidad de las movilizaciones tiene un programa que exige todo lo que el “nuevo capitalismo” de Macron niega a los trabajadores franceses: aumento de salarios y jubilaciones; suspensión del impuesto sobre las jubilaciones y de los productos de primera necesidad; fin de los subsidios a las grandes empresas; y el restablecimiento del impuesto sobre las grandes fortunas, extinguido por Macron.

Es decir, no es que falte dinero para el “nuevo capitalismo” de Macron, ¡el problema es con quién está el dinero!

La “desunión’ europea

La clase dominante francesa –acosada por una gran movilización de masas–, busca, en vano, intentar “reglamentar” la competencia mundial de las grandes empresas profundamente irritada con la abertura de las fronteras y que se ha dado en llamar “globalización”. Pero, tenemos la impresión de que Trump jamás aceptará cualquier tipo de “reglamentación” de la competencia, sino muy por el contrario.

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Francia parece dar una señal para un pacto entre las potencias, mientras intenta conseguir una “paz” interna “aceptando” una reedición de algo del estado de bienestar social que reinó en Europa después de la Segunda Guerra. No obstante, como “falta dinero” para el “nuevo capitalismo”, todo no pasa de una “señal”.

Cruelmente degolladas por los monopolios, que buscan igualar las condiciones de producción entre los países regulando hacia abajo los salarios y los beneficios sociales, las conquistas de los trabajadores europeos conocidas como estado de bienestar social y la lucha de clases en Francia son parte de un mismo fenómeno social y político.

La nostalgia de los “años dorados” de la posguerra, en que el capital financiero francés se reorganiza dejando a los países que se liberaron del yugo colonial y concentra sus inversiones en la reconstrucción de Europa, ahora no encuentra el mismo espacio vital de antes, ocupado por la máquina de la industria alemana, la más beneficiada por la libre circulación de capital y mercaderías en la Unión Europea.

Pero, si los británicos nostálgicos de su antiguo imperio colonial se retiran de la UE, y los italianos regresan a la “ruta de la seda”, ahora por las manos de los chinos y por el precio de unos cuantos miles de millones de euros, desgarrándose de la presión de Trump y de la UE y su ofensiva sobre China, esto indica que la propaganda del “nuevo capitalismo” es solamente eso: propaganda de un capitalismo “humano”. Algo así como una “pomada” para las heridas luego de que la policía antidisturbios de Macron demuestra que las reglas del “nuevo” capitalismo no se distinguen de las del “viejo”.

En vísperas de una posible recesión mundial, el sálvese quien pueda ya fue instalado por Trump, y las burguesías italiana y británica buscan su propio camino, que indica lo opuesto de la construcción de empresas “europeas”, es decir, la unidad entre los imperialismos europeos para enfrentar la competencia mundial entre los monopolios. Hace algunos años que la máxima de que “quien no tiene competencia no se establece” es la regla, y por competencia, léase: poder financiero.

De esta conclusión tampoco escapa el “ex emergente” Brasil. Después de la vejación de Bolsonaro/Guedes en los Estados Unidos, que fueron a vender carne y azúcar y no vendieron nada, pero acabaron comprando trigo, la línea temporal del regreso del subordinado capitalismo brasileño va directo al siglo XIX, y por qué no decirlo, es anterior a la independencia.

El “viejo capitalismo” del otro lado del Atlántico…

Con una relación aparentemente desconectada con los hechos ocurridos en Francia, algunas noticias de la prensa brasileña nos transportan para el “nuevo-viejo” capitalismo de Guedes-Bolsonaro. En estudio reciente, la Fundación Getúlio Vargas (FGV) afirma que entre 2011 y 2020 viviremos más una “década perdida”, término que define a los años ’80, en el cual el crecimiento de país fue insignificante.

Pero si lo que está mal puede empeorar, el estudio dice que la década que termina tendrá el peor crecimiento de la economía brasileña desde hace 120 años, quiere decir que supera la “década perdida”.

En los años ’80, según el estudio de la FGV, el crecimiento medio mundial del PIB fue de 1,6% al año. Pero el período que se encierra (2011-2020) ¡ostentará un crecimiento medio anual de 0,9%! El bautismo para calificar tan prolongado período de estagnación, inferior a la “década perdida”, desafiará la creatividad de nuestros economistas[2].

Pero, mientras tanto, la prensa conmemora el récord de exportación de soja: “vendemos” 82 millones de toneladas a los chinos, 21% más que en 2017. Pero son justamente los chinos, cuya “alma” nuestro astrólogo ministro de Relaciones Exteriores no les quiere vender[3] –y que probablemente nadie estaría interesado en comprar–, los que compran nada menos que 82% de la soja producida por aquí.

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Falta un detalle importante: el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos (USDA) dice que los stocks americanos de soja el 1 de marzo superaban en un millón de toneladas lo previsto para el período, siendo 29% superior al registrado el mismo día del año pasado[4].

El aumento de las ventas de soja brasileña es el resultado de la represalia china al aumento de las tarifas impuesto por Trump a las empresas instaladas en China que exportan a los Estados Unidos. Eso resultó en el aumento del stock de los Estados Unidos; no obstante, el “acuerdo” que está siendo “negociado” por Trump exige a los chinos la compra de U$S 200.000 millones a los productores de soja yanquis en los próximos meses. Lo que afectaría las exportaciones de las empresas que producen en el Brasil.

Otro asunto, que no ganó el mismo destaque en la prensa, completa el cuadro del “viejo capitalismo”: no estamos solamente ante la demora en salir de la recesión, la noticia es que el PIB industrial de las siete ciudades que componen el ABC paulista cayó de R$ 28.900 millones a R$ 24.300 millones. Una caída de 16% pero, en términos reales y descontada la inflación, la retracción se aproxima a 39%.

Este proceso de caída libre de la producción industrial tal vez indique no solamente el resultado de un fenómeno coyuntural de prolongada recesión. Cabe la reflexión de que sea posible que tampoco estemos solamente ante una “desindustrialización relativa”. Esto es, un crecimiento menor de la industria de transformación ante la agropecuaria y la industria extractiva. Esta caída en el valor absoluto del PIB industrial de la segunda mayor región industrializada del país puede indicar no solamente la transferencia de empresas hacia otras regiones, y sí un avance en su pura y simple destrucción.

“Allá viene Brasil bajando la ladera en el equilibrio de la lata, no es broma…”. Moraes Moreira

Los camioneros que votaron a Bolsonaro esperaban que por lo menos la “ley” se cumpliese. Esperaban que el capitán garantizase el precio mínimo del flete, votado y sellado por el Congreso, lo que no está siendo respetado. Y para empeorar, el aumento del diésel sigue firme y fuerte… al final, los accionistas de Wall Street que detentan acciones de la Petrobras quieren ganancias, y la Petrobras cierra el año 2018 con un lucro de U$S 25.800 millones por el aumento de 31% del precio de los combustibles. Pero los sojeros no pueden pagar más por el flete o sus lucros bajan.

Así, el capitán que vino a poner “orden” y a hacer “cumplir las leyes”, parece que “elige” las leyes que deben ser cumplidas, en particular cuando se trata de garantizar las ganancias de los fondos de inversión norteamericanos y de los plantadores de soja.

Y los pequeños propietarios dueños de los camiones descubren tardíamente que fueron usados como masa de maniobra para que los accionistas de Wall Street engorden sus ganancias. Pero, mientras los fondos de inversiones internacionales y los bancos brasileños están felices con la ganancia de la Petrobras, siguiendo el trayecto de los viaductos de San Pablo se cae un puente de la conexión vial que liga el área metropolitana de Belém con el interior, y como un “premio” por los asesinatos de Brumadinho, la ganancia de la Vale aumenta en 45% (2018); y si no bastase lo dicho anteriormente, la minera de Salgema, explotada por la Brasken en Alagoas, está hundiendo algunos barrios de la ciudad de Maceió, llevando consigo casas de los habitantes.

Los barrios de Maceió, con sus casas hundiéndose en cráteres es el espejo que refleja el país que se hunde para garantizar las ganancias multimillonarias de un puñado de parásitos.

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Llegamos a un estadio en la crisis del capitalismo brasileño en que el lucro es sinónimo de destrucción. El estallido de las represas, la caída de puentes y viaductos, son solamente la expresión más superficial de un capitalismo en crisis, apareciendo de forma espectacular en la prensa como “accidentes”. De la misma forma que la violencia urbana esconde el desempleo y la desesperación de las familias, ocultando el hecho más importante: la muerte de millares de personas por un sistema que además de no garantizar salud, educación y un trabajo para la mayoría de la población, ahora quiere expropiar la jubilación miserable de los que pueden conseguirla, para que fondos de inversión especulen en el mercado financiero.

Víctimas de las inundaciones en Rio de Janeiro. ABr

En la medida en que empresarios y banqueros no aumentan sus lucros por la expansión del sistema, con más inversiones que explote a más trabajadores, ellos van a buscarlos a través del robo puro y duro. La reforma laboral –que aumenta de forma desmesurada la explotación de los trabajadores sin que el capital invierta un centavo–; la reforma tributaria –que penaliza con impuestos a los de abajo y disminuye todavía más los impuestos de los de arriba–; la reforma de la previsión –donde bancos y fondos de inversión tendrán acceso a miles de millones de reales sin siquiera garantizar que en el futuro pague las jubilaciones a los trabajadores–, todo eso representa una transferencia de riqueza en forma de robo o expropiación a millones de trabajadores.

El capitalismo, como un sistema mundial de explotación, construye una jerarquía entre países, los dominantes y los dominados. En la escala de los países dominados, el Brasil tenía un lugar intermedio por el peso de la industria, superior entre los dominados y raquítica entre los dominantes. Transformado ahora en exportador de productos agrícolas y minerales, desciende un escalón en la posición que ocupaba.

Y para mantener sus ganancias, la cobarde clase dominante de este país se dedica al robo, a la expropiación de los de abajo, y a la destrucción, además de aumentar la subordinación del país: la visita de Bolsonaro/Guedes a los Estados Unidos es la expresión grotesca de esta realidad.

En Francia, los chalecos amarillos luchan contra la ofensiva del capital financiero francés para mantener las condiciones de existencia de la mayoría de los explotados, es decir, el nivel de vida alcanzado después de más de un siglo de batallas contra el capital. En el Brasil, son las condiciones de subsistencia de la mayoría de la población las que estarán en cuestión.

En fin, la esencia del problema se llama capitalismo.

[1] Valor, 16/3/2019.

[2] O Globo, 25/3/2019.

[3] El ministro declaró que el Brasil hasta podría comerciar con China, pero no vendería su alma a este país…

[4] Valor, 30/3/2019.

Artículo publicado en www.pstu.org.br, 9/4/2019.
Traducción: Natalia Estrada.