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Antes incluso de comenzar los Juegos, el espíritu olímpico ya se extendía por el país e inauguraba una nueva modalidad que comenzaba a ser popular: apagar la antorcha. En innumerables ciudades, el circo montado para el pasaje de la antorcha olímpica fue recibido por protestas contra la falta de interés con la salud y la educación, principalmente en el Estado que recibió el evento.

Por: Diego Cruz

Abiertas oficialmente las Olimpíadas, las protestas contra el gobierno Temer fueron a parar dentro de las arenas y estadios. Es evidente que, cercado por un mega-esquema militar y restrictas por los precios de los ingresos (aunque bien debajo de lo que se acostumbra cobrar en los estadios de fútbol), las manifestaciones fueron individuales. Menos la silbatina a Temer. La silbatina fue colectiva, democrática.

Las Olimpíadas trajeron un sentimiento contradictorio. Las personas, y los trabajadores sobre todo, rechazaban los preparativos para los Juegos. Saben de los intereses de las grandes empresas, contratistas y multinacionales que están por detrás del megaevento. Los trabajadores y el pueblo pobre de Rio saben de las amarguras que enfrentaron por cuenta de eso, de los desalojos y de la militarización absoluta a que fueron sometidos.

Pero, más allá del absurdo contraste social retratado por fotos como la de Técio Teixeira, del colectivo RUA, las Olimpíadas traen algo que la población, los trabajadores y el pueblo pobre aman: el deporte. El ser humano en su inmanente búsqueda de superación. El ansia y la necesidad de sobrepasar los propios límites. No en vano Moreno decía que, en el régimen capitalista, pocas personas tienen la posibilidad de vivir una vida realmente plena: los artistas, los científicos y los deportistas.

Así como el arte, el deporte no es un espacio de alienación como dice cierto sentido común, difundido principalmente entre la izquierda. Es una actividad de realización humana. Así como en el teatro griego, en la arena del deporte también se revelan los dramas humanos. La arrogancia, la prepotencia, la búsqueda por el reconocimiento cueste lo que cueste (lo que después ciertamente se convertirá en abultados patrocinios y mucho dinero).

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Pero también trae escenas inolvidables y emocionantes, como la de la corredora de Nueva Zelanda, Nikki Hamblin, ayudando a su competidora, la norteamericana Abbey D’Agostini, luego que la dos se chocaron en la pista.

Escenas como el rechazo del yudoca egipcio El Shehaby a saludar al luchador israelí Or Sasson. Una actitud execrada por los medios hipócritas, por el Comité Olímpico Internacional y la propia delegación egipcia por supuestamente atentar contra el “Fair Play”, pero ciertamente conmemorada como un gesto de resistencia y verdadera solidaridad por los palestinos (lea artículo de Soraya Misleh en este mismo sitio: http://litci.org/es/lit-ci-y-partidos/partidos/pstu-brasil/en-la-lucha-contra-el-apartheid-yudoca-egipcio-es-oro/). Palestina que, incluso fue ovacionada por el público, así como los deportistas refugiados.

Brasil: el oro es de los negros y de las mujeres

Las Olimpíadas de Rio terminaron con el oro inédito del fútbol masculino, conquistado luego de una sufrida campaña y un elenco pago a peso de oro y tratado como “bizcochuelo” [pão de ló] por las empresas patrocinadoras. Pero no es exagerado decir que estos fueron los juegos de las mujeres. La selección femenina, con Marta a la cabeza, realizó una bella campaña, dribló el machismo de los comentaristas, el descrédito y la falta de interés de la propia Comisión Brasileña de Fútbol (CBF) y emocionó a millones que “hincharon” como hace mucho no lo hacían.

La yudoca Rafaela Silva, primer oro del Brasil en las Olimpíadas, enfrentó el machismo y el racismo en su tortuoso camino de la Ciudad de Dios [favela de Rio de Janeiro, emblemática por el filme del mismo nombre] al punto más alto del podio. El minero [de Minas Gerais] Maicon Siqueiro, obligado a dividir el trabajo de ayudante de albañil y los entrenamientos, conquistó el bronce en taekwondo. Trayectoria que guarda cierta semejanza con la del líbero de vóley, Serginho, hijo de labradores de café y habitante de Pirituba, en la zona norte de San Pablo.

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Isaquias Queiroz, ya el mayor nombre del canotaje en el Brasil, con tres medallas, nació en una familia pobre del interior de Bahia. Enfrentó años de desinterés de la Federación Brasileña de Canotaje, a punto tal que estuvo a un paso de dejar el deporte. Origen también parecido con el del coterráneo Robson Conceição, de Salvador, oro en boxeo.

¿Historias individuales de fuerza y superación, como la dice la prensa? Mucho más que eso. Una pequeña muestra de la potencialidad que tiene el país si el deporte fuese realmente tomado en serio.

Para tener un idea, el nombre que está al frente del Ministerio de Deporte es el de Leonardo Picciani, miembro del clan Picciani en Rio de Janeiro. Afiliado al PMDB, estuvo al frente en la defensa de Dilma en su partido, en la votación del impeachment en la Cámara, hasta desembarcar del barco que se hundía, el PT, para asumir la cartera ya en el gobierno Temer. Esa misma lógica fisiológica se reproduce en los Estados y municipios, donde las secretarías de deporte son mostradores de cambio y venta de favores políticos.

Quien se dedica al deporte como profesión está condenado a enfrentar una vida de precariedad, mendigando patrocinio para sobrevivir. O al programa de marketing de las Fuerzas Armadas, que paga un sueldo de R$ 3.000 (aprox. U$S 1.000) para deportistas ya consagrados, con la esperanza de verlos batiendo continencia en el podio.

El país no tiene una política pública volcada al deporte. Mucho menos una política de base que incentive a niños, adolescentes y posibles atletas. Suena hipócrita, así, la meta del Comité Olímpico Brasileño (COB) de hacer llegar al país al décimo lugar en el medallero, figurando entre las principales potencias.

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Pero, ¿qué tuvieron estas Olimpíadas de tan especial? El deporte es representación de los muchos y complejos aspectos humanos. Uno de ellos es la resistencia. El rechazo a sobrevivir a las injusticias y a determinadas condiciones impuestas. Entre los que más sufren con la falta de políticas públicas y los sucesivos cortes del Estado, están los negros y las mujeres. Es así en la salud, en la educación, y es así también en los deportes. Un privilegio de pocos en un país tan desigual. Negros y mujeres que aún enfrentan el racismo y el machismo, cuyos extremos se concretan en femicidios y en el genocidio de la juventud negra.

De esta forma, cuando Rafaela Silva, Isaquias, Robson Conceição, suben al podio, o incluso cuando nuestras jugadoras de fútbol brillan en campo, están, por que no, practicando un acto de resistencia. Algo que el gobierno, los políticos, las multinacionales y la lógica del sistema capitalista no consiguieron impedir.

Traducción: Natalia Estrada.