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Con la profundización de la crisis política el proceso de impeachment avanzó en el Congreso Nacional y Dilma está, ahora, pendiente de un hilo. El gobierno y el PT denuncian un supuesto golpe de Estado en el país, tal como ocurrió en 1964. Esta versión viene siendo apoyada por amplios sectores de la izquierda y siendo utilizada para atraer público a los actos de apoyo a Dilma y Lula. ¿Pero será que estamos ante de un golpe de Estado?

Por: Dirección Nacional del PSTU

Golpes: modo de hacer

Para que suceda un golpe de Estado es necesario que el imperialismo y la burguesía, o una buena parte de ella, cuyos intereses estén siendo contrariados por el gobierno en servicio, se propongan deponerlo por la fuerza. Esto contra la voluntad de la clase obrera y de la mayoría de la población. Un golpe significa la supresión de las libertades democráticas y la instauración de otro régimen político. Esto es hecho por encima de la constitución vigente, retrocediendo en las libertades democráticas y, por regla, en la independencia de los tres poderes de la democracia burguesa.

¿Es posible decir que el gobierno del PT atacó o, incluso, que él amenace a algún sector de la burguesía o del imperialismo? ¿O que los banqueros, Obama y cía., estarían a favor de un golpe o de acabar con la democracia burguesa en Brasil hoy? En los 14 años que el PT está al frente del gobierno federal, prácticamente todos los sectores de la burguesía ganaron. El propio Lula, en su discurso en la Avenida Paulista el último 18 de marzo recordó que bancos, grandes empresas y multinacionales, pasando por contratistas y latifundistas ganaron mucho con el PT. No es por casualidad que, entre sus ministros, Dilma cuente con la ruralista Kátia Abreu y el industrial Armando Monteiro.

Lo que está ocurriendo en este momento es la lucha entre dos bloques burgueses: el bloque del gobierno del PT y el de la oposición burguesa. Una lucha para decidir quién debe gobernar en este momento de crisis y aplicar con mayor eficiencia el ajuste fiscal de los banqueros. Hasta ayer, a pesar de la crisis, la mayoría de la burguesía pensaba que aún era mejor el PT para llevar esto adelante. En la medida en que el gobierno del PT se está hundiendo en la parálisis y en la impopularidad, la mayoría de la burguesía intenta buscar una salida por dentro del régimen y la constitucionalidad para resolver su crisis de gobierno.

Un golpe de Estado exigiría, además, que el sector golpista de la burguesía tuviese el apoyo de las Fuerzas Armadas. El golpe de Estado en Honduras, en 2009, por ejemplo, recordado por muchos por tener una cara constitucional y legalista, contó con las Fuerzas Armadas que, en dicha ocasión, llegaron a secuestrar al entonces presidente Zelaya. Esto no sucede, y no tiene chance de suceder en la coyuntura actual de Brasil, pues no es esta la política del imperialismo, de la burguesía, y tampoco de las Fuerzas Armadas.

Por último, un golpe de Estado necesitaría contar con un apoyo significativo de masas. Algo que simplemente no existe hoy, con excepción de un sector bastante marginal e insignificante.

¿Golpe o crisis? ¿El “Estado Democrático de Derecho” está amenazado?

Las ilegalidades y arbitrariedades practicadas por el juez Sergio Moro, tales como atentar contra los derechos individuales de Lula al divulgar escuchas que dicen respecto a su vida privada, las grabaciones de la Presidente sin autorización del STF (Supremo Tribunal Federal), el abuso de las conducciones coercitivas, entre otras, deben ser denunciadas y combatidas. El papel de la Red Globo, de insuflar selectivamente algunos hechos y omitir otros, es un escándalo, lo que, además, no viene de ahora. Dígase de paso, el gobierno del PT mantuvo excelentes relaciones con esa emisora y otras durante los 14 años que se encuentra en el poder.

Existe una tendencia mundial, y también en Brasil, de convertir a las democracias burguesas menos democráticas, más bonapartistas como se dice, repletas de leyes y medidas autoritarias. Los partes de ilegalidades practicadas por el juez Sergio Moro, de la misma manera que la ley antiterrorismo, sancionada por el gobierno del PT, testimonian este estrechamiento de las libertades democráticas.

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Es necesario que se diga, incluso, que para la amplia mayoría de la población no hay “Estado Democrático de Derecho”. En la periferia, estos derechos y garantías individuales, y otras, no son respetadas nunca.

Incluso, siendo la democracia burguesa un régimen poco democrático es evidente que ante un golpe que amenace las libertades democráticas debemos defenderla con uñas y dientes. Y contra tal golpe, hacer unidad con todos los dispuestos a impedirlo. Si evaluásemos que el país está en inminencia de un golpe no sólo seríamos los primeros en las calles a defender las libertades, como exigiríamos armas. No somos incoherentes ni comentaristas de la realidad.

Finalmente, sin embargo, a través de un proceso de impeachment estaría ocurriendo hoy un golpe en el país; eso es algo totalmente falso. No vivimos nada parecido o similar a 1964.

Vivimos, eso sí, una tremenda crisis del gobierno con elementos de crisis del régimen. La mayoría de la burguesía, que intentó hasta un mes atrás mantener su calendario electoral intacto (Dilma hasta 2018), con el agravante de la crisis está optando por “quemar un fusible” y cambiarlo por otro. Cambiar seis por media docena. A la clase obrera y al pueblo pobre esto no le interesa. Defendemos cambiar todo el cableado.

El gobierno está completamente debilitado, perdió su base social de apoyo y cuenta con 9% de popularidad. La clase obrera, los trabajadores y la periferia rompieron mayoritariamente con él y quieren que se vaya. Sus motivos no son formales o jurídicos, son concretos y justos. La mayoría de la clase obrera y del pueblo está furiosa con el gobierno proimperialista del PT. Por los mismos motivos que está contra Temer, Cunha, Aécio, el PSDB y la mayoría del Congreso: todos ellos practicaron un latrocinio electoral en las masas y están echando la crisis a las espaldas de los trabajadores para defender a los ricos.

Este Congreso Nacional puede optar para que se quede Dilma o por la asunción de Temer. La clase obrera, la mayoría del pueblo, sin embargo, no quiere ni una ni otra cosa y tiene toda la razón.

Impeachment y democracia burguesa

Otra versión del supuesto golpe dice que estamos a la vera de un golpe contra el gobierno y no contra el régimen. Esta tesis afirma que el Congreso Nacional y el Poder Judicial están pasando por encima de las reglas constitucionales para deponer a Dilma, a través del impeachment. Afirman que si Dilma cae por un impeachment sin que se haya probado el crimen de responsabilidad contra ella, configuraría un golpe.

Es de las pruebas que se cuida el proceso del impeachment. E, incluso, ellas dependen, como en todo en el derecho burgués, de interpretación. Por la argumentación del gobierno, llegaríamos a la conclusión de que Collor habría sido víctima de golpe, pues jurídicamente el STF lo absolvió. Y van a ver que es, por haber sido “víctima” de golpe, que ahora Collor forma parte de la base del gobierno de Dilma. Lo cierto es que todo proceso de impeachment está cargado de elementos políticos.

Este Congreso, de mayoría de bandidos y corruptos, vota siempre contra el pueblo, por eso votó contra las Directas. Sin embargo, es en este Congreso que Dilma hoy tiene más posibilidades de mantenerse, y es también en él donde la burguesía puede imponer un presidente no electo e igualmente odiado como Temer. Si el pueblo hoy fuese consultado, el resultado sería sacar a todos ellos, incluyendo a la mayoría de este Congreso corrupto.

El principal argumento utilizado por la izquierda progobierno dice que Dilma fue legítimamente electa y sacarla del cargo antes de 2018 es un golpe. Se aferran, así, a uno de los elementos más antidemocráticos de este régimen. Si un presidente es electo, ¿por qué no es legítimo exigir que se vaya? Bueno, la Constitución brasileña afirma, en una tremenda ironía, que todo poder emana del pueblo. Entonces, si ese mismo Pueblo que eligió a un gobernante, después de sufrir latrocinio electoral, ser engañado, atacado, y de romper con él, ¿no debe tener el derecho de sacarlo? El PSTU cree que tiene que ser así, y es justamente por eso que entre nuestras propuestas democráticas está la revocabilidad de los mandatos. Cualquier político, no solo el presidente, debería tener el mandato revocable en cualquier momento, para ser ejercido por la población.

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El impeachment es un mecanismo de la democracia burguesa para que en momentos excepcionales y de crisis ellos puedan sacar a un Presidente de manera controlada, dando la posesión al vice o al presidente de la Cámara.

Nosotros no defendemos el impeachment, porque es conservador: no basta cambiar un fusible por otro igualito, hay que cambiar la instalación entera. Los sectores oficialistas, el PSOL, PCB, y, ahora hasta el MRT y otras organizaciones, ante la crisis y un posible cambio de fusible, dicen “¡Quédese Dilma!”, nosotros decimos: “¡Fuera Dilma y Fuera Temer! ¡Elecciones Generales, ya! ¡Cambiar todo!”. Y llamamos a la clase obrera a ponerse al frente de esta lucha, porque sólo así es posible imponer este desenlace.

Los sectores pro-Dilma quieren que la clase trabajadora, que rompió con el gobierno y quiere que ella se vaya, la defienda, alardeando que estamos ante la inminencia de un golpe. Quieren que la clase obrera y los trabajadores retrocedan y cumplan un papel conservador y de apoyo a un gobierno burgués.

¿Un campo progresivo?

Lo que sucede, en realidad, es una presión avasalladora de la superestructura del gobierno sobre las organizaciones de izquierda, para que se perfilen al lado del gobierno burgués y pro-imperialista del PT (el gobierno de Kátia Abreu, Sarney, Itaú, Odebrecht, etc.) y, así, contra los trabajadores y la mayoría de la población.

Para tener una idea, hasta incluso una corriente que un día fue conocida por tener una política ultraizquierdista, el MRT, sucumbe a eso. En reciente nota, el MRT acusa al PSTU de ayudar a la derecha, ya que, por el impeachment, de ser la posibilidad más ubicada en la realidad, estaríamos ayudando en una salida reaccionaria. Para el MRT, “Quédese Dilma” sería una alternativa progresiva o un “mal menor”. Raciocinio idéntico al utilizado por la mayoría del PSOL para llamar al voto en Dilma contra Aécio en la segunda vuelta de las elecciones de 2014, y no al voto nulo como propuso el PSTU.

Lo que de hecho está detrás de esa agitación de golpe, que engloba hoy a buena parte de las organizaciones de izquierda, es la caracterización de que el gobierno del PT, aunque no pueda ser defendido, constituiría un campo burgués progresivo frente al otro campo. O sea, en caso de que otro gobierno asumiese en lugar de Dilma, sería un gobierno más a la derecha, y atacaría, necesariamente, de forma aún más violenta a la clase trabajadora que el PT. Y estos sectores creen que la clase obrera estaría más frágil para enfrentarlo.

Pero, en realidad, quien está por el “Fuera Dilma” es una parte ampliamente mayoritaria de la clase obrera, de la clase trabajadora, y la impresionante mayoría de la población. Aunque hayan salido a las calles en contra o a favor del gobierno mayoritariamente los sectores medios (sea en los actos convocados por el MBL y Vem Pra Rua, sea en los del PT), no nos engañemos: la clase obrera rompió con el gobierno y con el PT, y está furiosa y dispuesta a movilizarse.

Así como los obreros de GM, de Embraer y de innumerables otras fábricas están realizando paralizaciones por el

“Fuera Todos Ellos y Elecciones Generales Ya”, a propuesta de la CSP-Conlutas, el resto del país pararía en huelga general si no fuese por el apoyo de la burocracia sindical al gobierno del PT, si no fuese por sectores de la izquierda, como el PSOL y el MTST, llamando a actos por “Quédese Dilma”, alardeando que derrocar al gobierno antes de 2018 es golpe.

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El PSTU, al llamar “Fuera Todos” se basa en la necesidad de la clase obrera de derrocar a este gobierno burgués de colaboración de clases, así como a las demás alternativas burguesas, como Aécio, Temer y Cunha y este Congreso. Se basa, también, en la conciencia de la clase trabajadora y de la mayoría de la población que, después de muchos años, alcanza al fin esa necesidad, y eso resalta contra la política de casi todas las organizaciones de izquierda.

Esta es la única política que combate al imperialismo y a la burguesía, de la cual forman parte los dos bloques burgueses: el del gobierno y el del PSDB-PMDB. La clase, hoy, está contra todos ellos.

Estos sectores argumentan que, en tanto no hay una alternativa de masas de izquierda, socialista, o soviets, para tomar el lugar del gobierno, no se puede proponer su derrocamiento, aun cuando la amplia mayoría de la clase obrera y del proletariado estén a favor de sacarlo. Para estas organizaciones, el papel de los revolucionarios sería perfilarse por el mantenimiento del mandato de un gobierno burgués de colaboración de clases contra la mayoría de la clase obrera.

Esto, sin embargo, es profundamente contrarrevolucionario en todos los sentidos.

Primeramente, porque implica tener como política la parálisis de la clase en la lucha contra el gobierno, y en imponer miedo en la misma diciendo que su tarea es defenderse de un golpe inexistente. Significa no solamente capitular a uno de los campos burgueses, al gobierno pro-imperialista y pro-banqueros del PT, sino actuar para hacer retroceder la disposición de lucha y la conciencia de la clase obrera, dificultando la construcción de una alternativa de izquierda que solo puede ser construida en la movilización a favor de esta necesidad percibida por las masas.

Perfilarse al lado del bloque burgués oficialista es, además de todo, a los ojos de las masas, confundirse con un gobierno que hizo un tremendo engaño electoral, un gobierno corrupto, odiado, y que ataca derechos en defensa de contratistas, banqueros y latifundistas.

El PSTU no defiende el impeachment como forma de sacar a Dilma porque entiende que es insuficiente, porque vía el Congreso, al dar la posesión a Temer, se cambia seis por media docena. Además, este Congreso Nacional corrupto no tiene ninguna legitimidad para colocar a un presidente no electo y tan repudiado como Dilma. Pero, de ninguna manera defendemos “Quédese Dilma”. Defendemos “¡Fuera Dilma y Fuera Temer, Elecciones Generales ya!”. ¡Por un gobierno socialista de los trabajadores, formado por Consejos Populares! ¡Y defendemos la necesidad de una Huelga General!

La clase trabajadora no está ante la inminencia de una derrota ni está caminando hacia la derecha. La clase está avanzando contra el gobierno y contra las alternativas burguesas.

Brasil puede estar encaminándose a la Argentina de 2001. La responsabilidad de la verdadera izquierda es desarrollar una política de clase, de movilización contra los dos campos burgueses, en lugar de propagar un falso análisis y una falsa política.

Traducción: Laura Sánchez.