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Para comenzar a hablar de prevención en el continente africano, estamos obligados a dar un dato que se sobrepone a toda y cualquier cosa que se discuta. La más básica de las medidas preventivas y aquello que se tornó una verdadera consigna frente a la pandemia, lavar las manos, es una exigencia que pude sonar absurda a los oídos de la mayoría de los africanos, ya que datos de la Organización de las Naciones Unidas y de la Unión Africana constatan que en el África Subsahariana (o sea, por debajo de la frontera establecida por el Desierto de Sáhara y que corresponde a 85% del territorio del continente), 63% de la población no tiene acceso al agua limpia.

Por: Wilson Honório da Silva*

Dicho esto, leyendo comunicados oficiales y notas de prensa, principalmente entre febrero y mediados de marzo, es posible encontrar innumerables diversificadas referencias a medidas de prevención propuestas por los diferentes gobiernos en relación con la prevención.

Alrededor del 17 de marzo, por ejemplo, Mauritania impuso un toque de queda obligatorio y cerró cafés y restaurantes; Nigeria cerró las escuelas e impuso un límite de eventos religiosos; Egipto prohibió la circulación en espacios públicos con grandes concentraciones de personas y cerró todos los centros educativos; y África del Sur comenzó a crear restricciones semejantes, prohibiendo, principalmente, la aglomeración en bares y lugares de recreación.

El final de semana iniciado el día 19, muchos países comenzaron a suspender eventos culturales, deportivos, o que reuniesen a más de cien personas (incluso cultos religiosos) y, algunos pocos, comenzaron a adoptar políticas de aislamiento de la población.

Pero, incluso antes de que los números comenzaran a dar saltos diarios, principalmente a partir del día 20, también fueron muchos los especialistas que alertaron sobre la ineficacia o pura formalidad de mucho de lo que se estaba haciendo. Principalmente porque, en aquel momento, la mayoría de los países priorizó el cierre de sus fronteras (en particular los vuelos internacionales), apoyándose en el hecho de que cerca de 80% de los casos comprobados eran de extranjeros o de personas que habían retornado al país.

A título de ejemplo, el 16 de marzo, el gobierno de África del Sur decretó “Estado de Desastre” (algo similar a nuestra “calamidad pública”), determinando que ciudadanos de Corea del Sur, de países de Europa y de los Estados Unidos precisarían sacar visas para entrar en el país, y canceló visas ya concedidas a ocho mil viajantes de China y de Irán. En la misma semana, Argelia suspendió las rutas marítimas y aéreas con Europa; Marruecos hizo lo mismo con todos los vuelos internacionales; mientras Liberia prohibió visitantes venidos de países donde hubiese más de doscientos casos de coronavirus; lo mismo hizo Kenia en relación con países donde hubiese habido incluso un caso.

El peor error, y lo que explica la dinámica que la pandemia está teniendo, fue no adoptar (en prácticamente ninguno de los países) medidas de distanciamiento, aislamiento social o confinamiento. En este sentido, el más grave y lamentable ejemplo es África del Sur, donde estas medidas se tomaron el 27 de marzo, cuando los casos notificados ya estaban en alrededor de mil.

La pandemia y el virus del capitalismo chino en el África

Como puede constatarse hoy, el cierre de las fronteras, a pesar de ser necesario, no impidió la entrada del virus. Y, dígase de paso, al ser una medida casi exclusiva, pasó un mensaje completamente equivocado para las poblaciones africanas: la de que el coronavirus es cosa “de ellos”, y no tiene nada que ver con África.

Una idea reproducida hasta el cansancio en las redes sociales y apoyada en “fake news” y “teorías” sin sostén como la de que el virus no resistiría las temperaturas y el clima africanos. Y, si esto no bastase, aún inflamó la xenofobia, que ya es un serio problema en el continente.

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Como se sabe, en todo el mundo gobiernos conservadores (Trump y Bolsonaro al frente) también trabajaron la idea del “virus extranjero” o de la “epidemia china” (lea el artículo “Coronavirus: aumentan los ataques racistas contra asiáticos”, en: https://www.pstu.org.br/coronavirus-aumentam-os-ataques-racistas-contra-asiaticos/), una bobada racista que solo puede ser denunciada.

No obstante, en el caso del continente africano, hay, sí, una especificidad que nos obliga a hablar particularmente del papel de los chinos en la propagación del virus: el hecho que el país asiático es, hoy, uno de los principales, si no el más importante, socio económico de los países africanos, esencialmente Angola, África del Sur, Sudán del Sur, Namibia, Kenia y Ruanda.

Este fue uno de los factores que Bruce Basquet, investigador de la Universidad de Ciudad del Cabo, destacó cuando se refirió (en la revista Science, el 15 de marzo) al Covid-19 como una “bomba de tiempo” que en suelo africano ya estaba armada hacía mucho.

Una tesis que ya había sido discutida, por ejemplo, un mes antes por el epidemiólogo Marc Lipsitch, de la Universidad de Harvard (EEUU), en un artículo en la revista Nature, del 13 de febrero, cuando el médico e investigador llamó la atención para la ya existente “posible ruta de transmisión” construida “por el enorme número de trabajadores chinos trabajando en el África y sus viajes entre China y África”, recordando que la mayoría de las empresas, tradicionalmente emplean mano de obra originaria del propio país asiático.

Para hacerse una idea de lo que estamos planteando, según un portal dedicado a negocios en el África con el significativo nombre “How we made in Africa” (literalmente, “Como me di bien en África”), en 2017 existían 10.000 empresas chinas en el continente (90% de ellas de capital privado, para desconsuelo de quien aún cree en la cantilena de una “China comunista”), con negocios en áreas como energía, construcción civil, infraestructura, agronegocio, industria, comercio, construcción de obras públicas y servicios, y mercado inmobiliario.

Y cabe citar algunos ejemplos para que se entienda no solo la dimensión del problema sino también por qué los gobiernos lacayos del imperialismo en el África, ni siquiera pensaron en tomar providencias más serias en relación con esto. La empresa de celulares Tecno (que pertenece a la china Transsion Holdings) controla 40% del mercado de telefonía en el África Oriental.

La Sunshine Group, con sede en Tanzania, tiene negocios en todo el continente, en áreas como la industria pesada, el agronegocio y los transportes. La Star Times, que actúa en el área de las telecomunicaciones, es una de las principales servidoras de TV por cable, con subsidiarias en treinta países. Por su parte, la Bobu Africa es una gigante del turismo que se especializó en “introducir la cultura africana para turistas chinos” que, anualmente, son contados por centenas de millares.

Medidas tardías y ultralimitadas

Incluso cuando ya era evidente que el cierre de las fronteras y la limitación de tránsito eran insuficientes, y los casos de notificación ya se multiplicaban por el continente, no faltaron ejemplos de posturas irresponsables por parte de los gobiernos africanos. Y uno de los que mejor expresa cuán poco pueden esperar los africanos y africanas de sus gobiernos es el célebre Yoweri Museveno, que preside Uganda hace 33 años, manteniendo el país (que tiene casi 44 millones de habitantes) hundido en un mar de corrupción, pobreza y desempleo.

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Y, en este caso, dígase de paso, las semejanzas con Bolsonaro llegan a ser asustadoras. Museveno es miembro de una organización cristiana fundamentalista (de la misma rama que la Universal del Reino de Dios, de Edir Macedo y, también, colateral del sionismo israelí); defendió en 2019 la pena de muerte para las/os LGBTs, y mantiene las prisiones del país llenas con activistas sociales y políticos.

Entonces, no es por casualidad que Uganda sea, entre los países africanos, el que tuvo (y continúa teniendo) uno de los discursos más irresponsables en relación con la pandemia. En entrevista al diario The Guardian, el 20 de marzo, cuando aún no había notificaciones de contagio (ahora ya son 33 casos), Atel Kagirita, indicado por el presidente para el combate al Covid-19, declaró que el virus “no será un gran problema si nosotros podemos, efectivamente, impedir la transmisión comunitaria o local”, insinuando que los casos continuarían restrictos a aquellos traídos del exterior.

Frente a la ineficacia de los gobiernos, las “fake news” proliferan

Y vale recordar que, en el mundo de hoy, posturas livianas por parte de las “autoridades” tienen siempre un subproducto que también se transforma en problemas objetivos en el enfrentamiento de la situación: las “fake news”. Solo para dar un ejemplo, que partió de África del Sur pero que se extendió por todo el continente, la falta de iniciativas por parte del gobierno hizo que la población comenzase a adoptar medidas completamente ineficaces en relación con la prevención.

Por ejemplo, las listas de Whatsapp fueron inundadas por noticias de las más bizarras, como la que defendía que el virus es transmitido por la carne bovina, lo que hizo que muchos pensasen que estarían protegidos simplemente con el cambio en la dieta alimentaria (lo que, en términos concretos, hizo explotar el consumo de pescado en muchas regiones). Otra “noticia” hablaba sobre que no era preciso preocuparse porque “un científico palestino ya había descubierto la vacuna contra el corona”. Y una de las peores, pero que fue compartida por millones, era la que presentaba una inusitada receta de cura: “El corona puede ser curado hirviendo ocho cucharadas soperas de ajo en seis tazas de agua”.

Fruto del miedo y de la desesperación frente a lo que se veía en todo el mundo, las “fake news” no pueden ser vistas como ejemplos de “ignorancia popular” o cualquier cosa parecida. Son reflejos lamentables de la inercia, cuando no la completa liviandad de los gobiernos como el de Uganda, que está lejos de ser un caso aislado. Y lo peor es que la liviandad y la falta de interés con el pueblo probablemente continuarán, ahora que el tratamiento se hace necesario.

Lo peor está por venir

En la entrevista concedida el 20 de marzo, el miembro del gobierno ugandés responsable por lidiar con la crisis fue aún más “optimista” en relación con la posibilidad de un brote, afirmando que el gobierno “no considera que tendrá muchos casos [que necesiten de cuidados intensivos] porque estamos poniendo todos nuestros esfuerzos en la prevención”.

Una afirmación que según los especialistas del propio país es completamente incompatible con la realidad, a pesar de que Uganda, de hecho, como alegó Kagirita, tiene experiencia con otras epidemias, principalmente el ébola, que en su último brote, entre 2014 y 2016, dejó 11 muertos y 28.000 infectados.

Experiencia aparte, en el mismo reportaje, la profesora Pauline Byakika, especialista en enfermedades infecciosas en la Universidad de Ciencias de la Salud de Makerere, fue enfática: “Una vez que el [coronavirus] llegue aquí, se propagará muy rápidamente”, en función de lo que ella llama “ambiente social” en la mayoría de las residencias, muy favorable para la propagación debido a las precarias condiciones de higiene y ventilación: “Hay entre cinco y seis personas en cada residencia, con una o dos ventanas. Antes de que la gente sepa, todos los moradores ya estarán enfermos”.

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También ignorando esta realidad, la ministro de Salud de Uganda, Janet Ruth Aceng, se declaró confiada con la posibilidad de atender eventuales problemas, afirmando que el país tiene “capacidad hospitalaria, algunos lechos de terapia intensiva, y ventiladores pulmonares suficientes para lidiar con un posible brote”. Otra mentira. Y pobre, pues se sabe que el gobierno de Uganda está contando, prioritariamente, con los servicios del Hospital Nacional de Referencia de Mulago, que tiene 1,5 mil lechos, con la capacidad de acomodar solo 60 personas en terapia intensiva.

El ejemplo de Uganda, lamentablemente, no es un caso aislado en el continente. Ni en relación con la imprudencia, cuando incluso había pocas notificaciones (recordemos que estamos hablando de solo una semana) ni con cómo los gobernantes africanos se están preparando para enfrentar la pandemia, ahora que su propagación es incuestionable.

Y lo peor es que la (ir)responsabilidad de los gobiernos locales en relación con la pandemia está lejos de limitarse a lo que fue (o no) hecho en las últimas semanas. El mayor de todos los problemas es que africanas y africanos, como fue resaltado en el ya citado artículo de la Nature, enfrentarán la pandemia en condiciones muchísimo más desfavorables que el resto del mundo, incluso que el Brasil.

No porque, como insinúan los racistas, “África es así”, sino simplemente porque, como hemos discutido, allá las garras del capitalismo siempre fueron particularmente más afiladas y perversas, dejando profundas marcas y heridas abiertas en el continente. Algo particularmente visible en todo lo que tenga que ver con la salud.

Y son exactamente estas heridas abiertas las que hacen que el África sea un “ambiente” en el cual el coronavirus no solo encuentra condiciones más favorables para propagarse, como también para provocar efectos más letales y catastróficos. Ese es el tema de nuestro próximo artículo.

*Wilson Honório da Silva, es miembro de la Secretaría de Formación del PSTU, Brasil.

Artículo publicado en el serie: Especial África, original disponible en: www.pstu.org.br

Traducción: Natalia Estrada.