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Inmediatamente después de la aprobación de la reforma de la previsión, que agrede profundamente el derecho a la jubilación de los/as trabajadores/as, el gobierno Bolsonaro viene anunciando en los últimos días un conjunto de medidas económicas que, si se efectivizan, implicarán en ataques muy graves a los derechos de la clase trabajadora y del pueblo pobre, y a los intereses de nuestro país.

Por: Zé Maria, metalúrgico y presidente nacional del PSTU, Brasil

Esto se suma al total desprecio, ya demostrado hasta el agotamiento por este gobierno, por los derechos humanos y la preservación del medio ambiente, así como las constantes amenazas a las libertades democráticas y la defensa recurrente que hace de la dictadura militar.

El aparente caos del gobierno tiene por lo tanto un sentido práctico muy bien definido: someter completamente el país y a la clase trabajadora a los intereses de los grandes monopolios imperialistas, a los banqueros y los grandes empresarios. Con las amenazas de supresión de las libertades democráticas, de implantación de una dictadura, el gobierno pretende obligar a todos y todas a aceptar todo eso callados. ¡Están ahí las razones por las cuales es preciso derrotar este gobierno, ya! Impedir que siga esa destrucción del país y de los derechos de los trabajadores y los sectores más pobres de la población. Por otro lado, ese objetivo planeta el problema de qué poner en el lugar. ¿Cuál es la alternativa política para gobernar el país?

Es en ese contexto que el PT y Lula, apoyados en la repercusión de la liberación del ex presidente, tratan de lanzarse al ataque contra el gobierno Bolsonaro, intentando presentar al país su alternativa política –un frente amplio electoral para gobernar el país, reuniendo los partidos de oposición, encabezados por el PT y por Lula, claro–. El PSOL ya está empeñado en la idea; además algunos dirigentes de este partido fueron más entusiastas que muchos petistas de la campaña “Lula Livre” que ahora, además del contenido, asume también la forma de la campaña electoral anticipada que siempre fue. En este camino, también tiende a poner en vereda al PCdoB por su tradicional subordinación al partido de Lula.

El PSTU, en primer lugar, quiere saludar la disposición anunciada por el PT y por Lula de ir a las calles para luchar contra Bolsonaro, como anunció Lula en su discurso de San Bernardo, y Gleisi Hofmann en reciente reunión con las centrales sindicales. Hacemos votos para que eso no sea apenas un juego de escena para fortalecer candidaturas para las elecciones de 2022. Sería una traición a los intereses del pueblo brasileño no hacer todo lo que esté a nuestro alcance para derrotar este gobierno ya. Sería ayudar a mantener por tres años más la destrucción de nuestros derechos y del país, que viene siendo promovido por Bolsonaro y su troupe. Estaremos en la línea de frente del esfuerzo para construir la unidad, un Frente Único para luchar en defensa de los derechos de los trabajadores y de los intereses del país, para derrotar este gobierno y parar sus ataques contra nuestra clase. Estamos listos para construir un programa mínimo común para esa lucha, que pueda unir a todas las organizaciones sindicales, populares y partidos políticos que quieran luchar. Así como denunciaremos implacablemente a los que quieran solo utilizarse del sufrimiento de nuestra clase para posicionarse electoralmente, dando la espalda a la lucha. En las calles y ya, para poner fin a este sufrimiento.

No obstante, de la misma forma queremos afirmar que el frente amplio electoral que el PT defiende como alternativa política par gobernar el país no cuenta con nuestro apoyo, ni contará con nuestra participación. Si el PT y Lula efectivamente quieren luchar para poner fin al gobierno que está ahí “destruyendo el país”, como dijo Lula, estaremos juntos en las calles, en esa lucha. Pero estaremos separados en la defensa de alternativas políticas diferentes para el país. No defendemos una vuelta a los gobiernos petistas que, al fin y al cabo, contribuyeron también para llegar adonde estamos hoy, y sí cambios de fondo en el país, para que sean los ricos, los banqueros y los poderosos a pagar el costo de la crisis que está ahí, y no la clase trabajadora y el pueblo pobre. ¿Por qué eso es diferente, opuesto en realidad, a la alternativa política que defienden el PT y sus aliados?

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Brasil y la polarización social y política que vemos en toda América Latina

El proceso de convulsión social que vive Chile en este momento es la expresión más aguda de una situación más generalizada en América Latina. Haití, Honduras, Ecuador, para no hablar de Venezuela y de Bolivia, que tienen sus particularidades, completan un cuadro de polarización social y política que atraviesa toda esta región del planeta. Un lado de esa polarización está dado por la verdadera guerra social en que consiste la ofensiva del imperialismo y de las burguesías locales contra las condiciones de vida de la clase trabajadora y de la población más pobre y, por otro lado, de la resistencia, de la lucha, también cada vez más encarnizada de los trabajadores y de los sectores más explotados y oprimidos, que se levantan contra este estado de cosas y la situación cada vez más insoportable que impone a sus vidas.

La cara de ese proceso es la misma en todos lados: reforma de la previsión, reforma laboral, privatizaciones, desmantelamiento, eliminación o graves restricciones al acceso de la población a servicios públicos básicos, como salud, educación, transporte, etc. Eso transforma la vida de las personas en un martirio cada vez más insoportable, mientras un pequeño puñado de banqueros y grandes empresarios acumulan una fortuna cada vez mayor.

En el Brasil, que aunque no vive una polarización de esa misma intensidad, están presentes las mismas condiciones estructurales que llevaron al escenario que vive Chile, Haití, Honduras, y que vivió recientemente Ecuador. El pueblo brasileño hoy trabaja para enriquecer a los banqueros. El gobierno, a través del mecanismo de la mal llamada deuda pública, repasa más de un billón de reales [trillón en la denominación brasileña] de recursos públicos todos los años para los bancos, entrega el patrimonio público al capital privado a través de las privatizaciones, mientras quita el derecho a la jubilación, corta inversiones en una salud y educación ya caóticas, no asegura a las personas acceso al transporte público, vivienda, etc. Hace todo eso alegando “falta de recursos” al mismo tiempo que somete a la clase trabajadora a un desempleo inmenso y precariza aún más las condiciones de trabajo de aquellos que todavía consiguen un empleo.

O sea, la riqueza producida por el trabajo del pueblo, los recursos naturales del país, el patrimonio público representado por las estatales, todo eso es apropiado por los grandes bancos y empresarios, especialmente por los grandes monopolios transnacionales. El resultado es que, mientras seis grandes empresarios son dueños de una riqueza igual a la suma de la riqueza de cien millones de brasileños, la mitad de la población vive con menos de medio salario mínimo por mes. Esas son las bases más profundas de la polarización que, de la misma forma que en el resto de América Latina, también en nuestro país tiende a crecer y, temprano o tarde, llevará al pueblo a las calles.

Bolsonaro profundiza y radicaliza un proceso que ya viene de antes

No obstante, si miramos con más cuidado la realidad económica de nuestro país y el trayecto que recorrió hasta aquí vamos a ver que, así como en los demás países aquí citados, esa guerra social contra las condiciones de vida de nuestro pueblo y contra los intereses del país, no comenzó ahora. No se inicia con el gobierno Bolsonaro, o incluso con el gobierno Temer. Viene de antes, de los gobiernos anteriores, del MDB y el PSDB, pasando por Color de Melo, ¿Quién no recuerda las privatizaciones y los ataques a los derechos de los trabajadores en el gobierno FHC?

Los gobiernos del PT se insertan en este mismo contexto. Es verdad que hubo, especialmente en los gobiernos Lula, una serie de concesiones a los sectores más pobres de la población (como la Bolsa Familia, Pro-Uni, etc.). No obstante, eso apenas decoraba un gobierno cuya esencia estaba volcada a atender los intereses de los bancos y los grandes empresarios. Lula hizo una reforma de la previsión en el inicio de su mandato, atacando derechos de los empleados públicos, y no aprobó una reforma laboral aún en 2005 porque hubo resistencia de las organizaciones sindicales. Dilma atacó el seguro de desempleo en un momento en que aumentaba el número de desempleados en el país, dificultó el acceso al abono del PIS [Programa de Integración Social] a los trabajadores más pobres. La ley antiterrorismo aprobada en su gobierno no tenía otro objetivo que atacar y criminalizar las organizaciones y la lucha de los trabajadores. Lula, para atender a sus nuevos “héroes nacionales” del agronegocio también dio la espalda a la reforma agraria, a los derechos de los pueblos indígenas y quilombolas, y a la protección al medio ambiente. Mandó tropas brasileñas para ocupar Haití y, además de todo eso, el PT gobernó en medio del mismo “toma lá da cá” [intercambio de favores] de siempre, resultando en la misma corrupción que los demás gobiernos.

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Tanto fueron efímeras y superficiales las mejoras que el gobierno propiciara para los sectores más pobres y excluidos que todo se perdió rápidamente en el inicio de la crisis en que el país se hundió aún en el gobierno Dilma. Aquí la crisis ya comenzó a ser descargada en las espaldas de los más pobres. Es eso lo que explica la revuelta que creció rápidamente en el interior de clase trabajadora contra Dilma y el PT. Ahí se encuentran también las bases más profundas de la revuelta que se vio en las movilizaciones de junio/julio de 2013.

Y eso ocurrió porque también en el gobierno del PT la prioridad en el destino de los recursos del país eran los intereses de los bancos y grandes empresarios. Eso fue resultado de la alianza que este partido hizo con el gran empresariado para ganar las elecciones y para gobernar. Vean, el mayor presupuesto que el Bolsa Familia alcanzó en los gobiernos petistas rozó los R$ 24.000 millones/año, mientras los banqueros recibieron una media de R$ 700.000 millones/año a través del mismo mecanismo de la deuda pública (en la era petista fueron pasados más de R$ 8 billones directamente a los bancos por esta vía). ¿Qué era prioridad aquí? ¿Los pobres? Entonces, ¿por qué no pasaron R$ 24.000 millones para los bancos y R$ 700.000 millones para el Bolsa Familia? Los gobiernos petistas dieron continuidad a la privatización de las riquezas naturales del país inaugurada por FHC. ¿Recuerdan el remate del Campo de Libra del Presal, realizado por Dilma, con derecho a las tropas del ejército en las calles para reprimir a manifestantes contrarios a la privatización? En el inicio del primer mandato de Lula, la pauta de exportaciones brasileñas estaba compuesta de 60% de productos industrializados y 40% de productos primarios, situación que se invirtió al final de su segundo mandato. Eso muestra que siguió la desindustrialización de país y su subordinación a los intereses del imperialismo también durante los mandatos petistas.

Pero el imperialismo y la burguesía brasileña (que le es completamente servil) quieren más, quieren profundizar el saqueo de las riquezas del país y transformar a los trabajadores en verdaderos esclavos. Es eso que Bolsonaro verbaliza cuando dice que el trabajador tiene que escoger entre tener empleo o derechos. De esa forma, el capitalismo busca superar sus crisis, aumentar más y más su tasa de ganancia; los ricos son cada vez más ricos y los pobres están inmersos en una miseria cada vez mayor. El gobierno Bolsonaro sube para garantizar eso, para profundizar aún más el proceso de explotación del pueblo y subordinar el país aún más a los intereses de las grandes corporaciones económicas transnacionales. Por esa razón a pesar de la cantidad enorme de estupideces que habla y hace todos los días, él es apoyado por los bancos, los grandes empresarios y por el imperialismo. Y, como sabe que habrá resistencia de los trabajadores y del pueblo pobre en defensa de sus derechos, amenaza todo el tiempo con violencia y dictadura.

Una alternativa para el país: el Brasil precisa de un gobierno de los obreros y el pueblo pobre

Es por todo lo dicho arriba que la tarea planteada para nuestra clase en este momento es derrotar el gobierno Bolsonaro. Es Bolsonaro quien gobierna el país en este momento. Es él el instrumento fundamental de los bancos y de los grandes empresarios para seguir saqueando el país y atacando los derechos de la clase trabajadora. Con este objetivo estamos prontos, como dije al inicio de este artículo, para luchar hombro a hombro con todas las organizaciones que quieran ir a las calles contra este gobierno, incluso con el PT. Además, ir a las calles contra este gobierno, ahora (y no solo en 2022), es obligación de todas las organizaciones; debemos exigir eso de todas ellas.

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Pero la alternativa que nuestra clase precisa, para poner en el lugar todo lo que está ahí, es un gobierno que cambie completamente la lógica con la cual se gobernó el país hasta hoy. Que ponga los recursos del país y la riqueza producida por nuestro trabajo para garantizar vida digna para el pueblo y futuro para nuestro juventud. Que suspenda inmediatamente el pago de esta mal llamada deuda pública a los bancos y ponga esos recursos para asegurar salud, educación, transporte, vivienda, saneamiento públicos, de calidad, y para todos y todas. Que pare las privatizaciones y tome de vuelta las empresas públicas que fueron entregadas al capital privado, que estatice los bancos y las grandes empresas poniéndolas bajo el control de los trabajadores, y nacionalice las tierras del país, acabando con el control que las grandes multinacionales del agronegocio tienen sobre el recurso más importante del país. Que ponga todo eso al servicio de la generación de empleo decente, de pagar salarios dignos, de garantizar condiciones dignas de trabajo y una jubilación justa. Un gobierno que acabe con toda forma de discriminación y opresión contra las mujeres, negros y personas LGBTs. O sea, un gobierno que acabe con este capitalismo que nos esclaviza, y que avance en la construcción del socialismo, una sociedad donde todos y todas tengan acceso a todo lo que precisan desde el punto de vista material, pero también aquello que es necesario para su desarrollo espiritual: acceso al conocimiento, a la cultura, a la recreación, en fin, a una vida feliz.

Por eso, defendemos la revolución que el pueblo chileno está haciendo como un ejemplo. Es con el pueblo en las calles que tendremos fuerza para realizar los cambios en la profundidad que queremos en nuestro país. No es a través de elecciones controladas por el poder económico, como las que tenemos aquí cada dos años, que vamos a alcanzar esos cambios; eso la experiencia ya lo demostró.

Tampoco el gobierno que precisamos puede funcionar a través de esas instituciones corruptas y subordinadas a los dueños del dinero que tenemos hoy. Precisamos de un gobierno de los obreros y el pueblo pobre, que gobierne el país a través de consejos populares, donde sea el pueblo trabajador, directamente representado en estos consejos, que decida todo lo que debe hacerse, pues solo un gobierno de esta naturaleza puede garantizar los cambios que tanto necesitamos.

Es en eso que el PSTU cree y es eso lo que defendemos. Y es por esa razón que no participaremos ni apoyaremos el frente amplio electoral del PT y sus aliados. La alternativa política que nuestra clase precisa para cambiar el país no puede ser construida junto con estos sectores. Precisa ser construida contra ellos. ¿O el PT cambió, y va a romper su alianza con los empresarios y los banqueros? ¿Va defender la suspensión del pago de la deuda pública y estatizar los bancos? ¿Parar las privatizaciones y reestatizar lo que ya fue entregado? ¿Nacionalizar la tierra, acabando con el control de las transnacionales del agronegocio sobre ella?

No se trata de un capricho de nuestro partido. Es que, sin eso, cualquier gobierno que asuma va a continuar masacrando a nuestro pueblo, destruyendo nuestro país, para garantizar la ganancia de banqueros y grandes empresarios.

Artículo publicado en www.pstu.org.br

Traducción: Natalia Estrada.