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El 19 de abril, el número de muertos por el Covid-19 en los Estados Unidos sobrepasó 42.000, con como mínimo otras 780.000 personas contaminadas, con el agravante de que 10.000 de esas muertes fueron registradas solo en los últimos cuatro días. Para tener una idea del significado de eso, baste decir que la nación más rica del mundo acumula cerca de 25% de las muertes causadas por la pandemia en todo el mundo (cerca de 170.000) y 30% de las aproximadamente 2,5 millones de personas que ya fueron testadas con resultado positivo.

Por: Wilson Honório da Silva*

Eso no puede ser considerado ni fatalidad ni coincidencia. El hecho de que la pandemia está afectando de forma tan fulminante el llamado “corazón del imperialismo” es un indicador de que este encontró terreno fértil en una sociedad ya muy enferma, que tiene en los Estados Unidos su retrato más execrable y en Donald Trump una de sus más horrendas y patéticas personificaciones.

Jugando con la vida humana

Sin embargo, no es casualidad que el último fin de semana Bolsonaro y Trump hayan protagonizado escenas muy similares en apoyo a los seguidores que salieron a las calles protestando contra las medidas de aislamiento social, exigiendo el “retorno a la normalidad” en defensa de la “salud de la economía”.

Sería un equívoco llamarlos irresponsables, mucho más locos. Son, sí, expresión de la lógica perversa y deshumana del capitalismo. Trump, símbolo de este sistema, es también su mejor traducción. Por eso, acompañar algunas de sus declaraciones desde el inicio de la pandemia es como leer el guión de una tragedia anunciada.

Trump comenzó mofándose del alcance y de la letalidad de la pandemia y creando fake news, refiriéndose al nuevo coronavirus como “el virus chino”. Decía que el país no precisaba preocuparse y que, de cualquier forma, el contagio perdería fuerza a partir de abril, porque “el clima más caliente tiene un efecto negativo sobre este tipo de virus”.

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El 10 de febrero, presentó un paquete que incluía desde un corte inmediato de 16% en el presupuesto del Centro de Control de Enfermedades, el principal órgano federal en el tratamiento de epidemias, hasta la eliminación de U$S 1,5 billones en gastos con la salud en los próximos diez años.

El 24 de febrero, Trump dijo: “el coronavirus está totalmente bajo control en los Estados Unidos”. Él incluso resbalaba para la completa liviandad, con una declaración tres días después: “(…) Eso va a desaparecer, es como un milagro (…) un día va a desaparecer”.

La vida como mercadería descartable

Los números actuales comprueban lamentablemente que no hubo milagros. No es que Trump esperase por ellos, él solo mintió de forma descarada. Sus verdaderas intenciones están más que evidentes en los twites que disparó para celebrar a sus simpatizantes que salieron a las calles el fin de semana (cuando encuestas indican que 66% de la población defiende el confinamiento): “Liberen… Reabran… el Estado X, Y o Z”, fue la orden emitida por el presidente.

Negras y latinas: las vidas que menos importan

En un sistema basado en diferencias que son transformadas en desigualdades, no es de extrañar que, entre las más afectadas estén las vidas de aquellos y aquellas que son considerados menos importantes. No es por nada, como discutimos en el artículo “Las muertes de los negros en los Estados Unidos por el Covid-19”, que “la mayoría de las muertes por Covid-19 son de personas negras, incluso en Estados en que la población blanca es mayoritaria”.

Según los datos de Statistics Infographics Newletter del 7 de abril, en Louisiana, donde los que se declaran afroamericanos representan 42% de la población, negros y negras constituyen más de 70% de todas las muertes por Covid-19. En otros dos Estados, Illinois y Michigan, donde la parte afroamericana de la población es de 15% y 14%, respectivamente, la participación del grupo en el total del muertes es de poco más de 40%.

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Otros levantamientos comprueban que esa es una realidad nacional. En Milwaukee (en el Estado de Wisconsin), los negros(as), que son 26% de la población, eran 81% de los muertos. En el Estado entero, la desproporción también es absurda: negros son solo 6% de la población y casi 40% de los muertos. Situación semejante ocurre en Kansas, donde el porcentaje de la población negra es la misma y la de muertos llega a 30%.

En la capital del país, Washington DC, donde los negros son 46% de los habitantes, son también 60% de los muertos. El fuerte perfil racial de la pandemia se hace más evidente en la ciudad más afectada por el Covid-19, Nueva York, con 10.000 casos fatales. Por allá, 34% de los muertos son hispanos, a pesar de que solo representan 29% de la población neoyorquina. Los afroamericanos constituyen 28% de los muertos y son 22% de la población de la ciudad.

Esa población enfrenta pésimas condiciones de vida que dificultan la prevención, favorecen la propagación, e impiden el tratamiento (lo que en los Estados Unidos es prácticamente inviable para negros y negras, ya que la mayoría no tiene planes de salud y todo el sistema es privado).

El hecho es que, hoy, la pandemia está exponiendo de forma terrible no solo el alto tenor de barbarie en el cual el sistema está hundiendo el mundo, como también cuánto eso se combina con la opresión racial.

Trump es innegablemente el mayor responsable por la tragedia, esto también porque él es su expresión más descarada. Eso no elimina la responsabilidad de todos y todas los que, de alguna manera, alimentan ilusiones en una sociedad enferma como esta.

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Wilson Honório da Silva es miembro de la Secretaría de Formación del PSTU Brasil.
Artículo publicado en www.pstu.org.br
Traducción: Natalia Estrada.