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Todo y cualquier uno que realmente se preocupe con la humanidad y no la vea bajo la óptica limitada de las ideologías y preconceptos que corren sueltos por ahí, ya debe haberse preguntado sobre por qué el África, el segundo continente más populoso del mundo, con cerca de 1.300 millones de personas (o sea, 18% de la población del planeta), salvo raras excepciones, siquiera ha sido mencionada en la incesante cobertura de los medios sobre la barbarie que se está extendiendo por el mundo.

Por: Wilson Honório da Silva*

Una postura que solo empieza a cambiar, literalmente, hacia finales de marzo, cuando el número de personas contaminadas en el continente ya pasaba de 4.700, con más de 140 muertos (y solo 35 casos de recuperación, es importante destacar).

La “justificativa” dada por los pocos órganos de prensa que dieron algún espacio para hablar sobre el Covid-19 en el Continente Madre es el hecho de que el número de infectados y muertos aún era muy bajo, en comparación con los que estamos viendo en Europa, Medio Oriente, Asia y las Américas.

Lo que, además de ser algo que precisa ser bastante relativizado, es una disculpa más que harapienta, no solo de la dinámica que la pandemia está teniendo en el mundo todo, como también en función de la muy bien conocida posibilidad de que, particularmente en el continente africano, ella pueda asumir dimensiones catastróficas, como la conceptuada publicación científica Nature ya había informado en su portal el 13 de febrero, cuando ni Europa había sido afectada:

“Científicos temen que el coronavirus se extienda por los países que tienen menos condiciones para contenerlo. Aumentan las preocupaciones sobre la capacidad de que el virus circule sin ser detectado en África y en Asia”.

Y mientras la “gran prensa” (aquí y en el resto del mundo) se callaban, fue exactamente eso lo que ocurrió. Lo que está ocurriendo en la tierra de los(as) ancestrales de la mayoría de nuestro pueblo es algo gravísimo, como fue definido por Bruce Basquet, investigador de la Universidad de Ciudad del Cabo, en África del Sur, en un artículo publicado el 15 de marzo en el portal revista Science, publicada por la Asociación Americana para el Desarrollo de la Ciencia: el impacto del Covid-19 en el África solo puede ser comparado al de una bomba de tiempo.

Y el “tic-tac” ya puede oírse en todo el continente. Cada segundo que pasa, más alto. El 22 de marzo, el virus había alcanzado a 40 de los 54 países africanos, con 1.187 casos de contagio y 34 muertos. El día 26, ya eran 46 los países y los casos confirmados llegaban a 2.746, con 72 muertes. Un día después, ocurrió un nuevo salto: 3.426 casos y 94 muertos.

Y, cuando esta serie de artículos estaba siendo publicada, el último informe de Africa CDC (Centro para el Control y Prevención de Enfermedades, un órgano de la Unión Africana), el 30 de marzo reportaba 4.760 casos y 146 muertes. Y vale citar los datos del día anterior, para que se entienda la rapidez con la cual estos están subiendo: 4.282 personas contaminadas, con 134 muertes y solo 302 casos de recuperación.

Por eso, para quien está atento, el estruendo es inminente. Esa es la opinión del etíope Tedros Adhanom, director general de la Organización Mundial de la Salud (OMS), que en entrevista a la agencia de noticias de la BBC británica, el 19 de marzo, ya decía que “los africanos deben estar preparados para lo peor”, destacando, incluso, algo fundamental particularmente en el caso del continente: hay un enorme problema de subnotificación de datos, comenzando por el hecho de que la cantidad de gente que hizo el test es insignificante desde el punto de vista estadístico.

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El hecho es que, para comenzar a hablar sobre Covid-19 en el África, también tenemos que reflexionar sobre la falta de interés de los medios. En una crisis de dimensión global, no es posible que no se considere lo que está ocurriendo con cerca de un quinto de la humanidad. Algo particularmente injustificable en el caso de la prensa brasileña, ya que “mirar para el África” puede ayudarnos a pensar sobre la dinámica de la pandemia y cómo combatirla, a través de situaciones que tienen mucho más que ver con el Brasil que aquellas en curso en Europa, en los Estados Unidos o incluso en Oriente.

Al final, compartimos con los pueblos africanos muchas de las cuestiones que tienen que ser encaradas en los que se refiere tanto a la contención del virus como a las dificultades para el tratamiento y, muy particularmente, a todos los problemas sociales y económicos que se están agravando entre los más pobres, los marginalizados y oprimidos, las poblaciones periféricas, etc.

África: una historia marcada por la banalidad sobre la barbarie

En el editorial (Socialismo o barbarie, en este sitio) de la última edición de Opinião Socialista (586) afirmamos que tanto la falta de preparación para enfrentar la pandemia como sus posibles consecuencias devastadoras son expresiones del carácter absolutamente obsoleto y destructivo del capitalismo.

Por eso mismo, esta crisis sin precedentes solo puede ser entendida como una herida abierta por “un sistema volcado a la acumulación de capital y generación de lucros crecientes para número cada vez menor de multimillonarios, devastando de manera irracional el medio ambiente, haciendo de millones de seres humanos cosas descartables, produciendo legiones de miserables” que, cada día con más intensidad “lanza a la humanidad en crisis tremendas, escenarios de barbarie, y espectáculos de horrores cada vez peores”.

Y si hay un rincón del mundo donde este escenario de barbarie es muy bien conocido, ese lugar es África, un continente cuya historia ha sido marcada por una perversidad deshumana y genocida desde que las raíces del capitalismo, aún alrededor de 1500, se mezclaron con las corrientes de la esclavitud, y la burguesía comenzaba a abrir su camino para conquistar el poder económico en el mundo a bordo de los navíos negreros y al costo del exterminio de pueblos indígenas de todos los continentes que no fuesen Europa.

Tratados, en la época de la esclavitud, y durante centenas de años como objetos, herramientas o moneda de cambio, africanos y africanas adentraron el siglo XX y el capitalismo “moderno” como seres descartables, de “valor” siempre muy inferior a los recursos naturales que han sido, desde siempre, impiadosamente saqueados por las potencias imperialistas.

Un proceso que se acentuó aún más después de la célebre División del África, resultante de la Conferencia de Berlín (1884-1885) que, utilizando atrocidades innominadas, fue responsable por la muerte de cerca de veinte millones de personas en apenas dos décadas (de 1885 a 1908), mientras el continente era retaceado de acuerdo con los intereses imperialistas, desconsiderando y masacrando tradiciones, culturas y las relaciones socioeconómicas y políticas que existían entre las más de mil etnias que poblaban el continente.

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Fue así que se impuso un verdadero caos sobre un territorio hundido en la miseria y en la escasez de todo lo que pudiera garantizar condiciones mínimas para una vida digna.

Y como, desde el punto de vista de la burguesía (blanca, en su casi totalidad), desgracia poca es bobera, incluso el vigoroso y heroico proceso de descolonización e independencia que sacudió el África a partir de los años de 1950, fue entrecortado y deformado por la intervención de las “grandes potencias” que no midieron esfuerzos para garantizar el mantenimiento de sus privilegios e intereses, algo fundamental para entender no solo la miseria y los innumerables conflictos, que hasta hoy corren sueltos entre los pueblos africanos, sino también el carácter (nefasto, en muchísimos casos) de la mayoría de sus gobiernos.

Esperando la muerte llegar

Algunos llamarían de “ironía del destino” el hecho de que todo esto haya ocurrido en el continente que es, literalmente, la cuna de la humanidad. Pero, en realidad, es solo un ejemplo más, deplorable, de una clase dominante que no tiene el menor pudor en pisotear su propia especie y, muy particularmente, a aquellos y aquellas que se distancian del perfil del 1% de los “dueños del poder”. O sea, los trabajadores en general, los más pobres y, de forma aún más intensa, los(as) no blancos(as), las mujeres y los(as) no heterosexuales.

Y para entender que tiene que ver todo esto con el desinterés de la “gran prensa” con la propagación del coronavirus en el África es importante recordar que estas prácticas siempre fueron alimentadas por ideologías racistas que procuraron identificar el continente como un espacio marcado por la “salvajería”, por la “inadecuación a la civilización” de las razas inferiores y por la incapacidad innata, crónica y perpetua para adaptarse y sobrevivir en el mundo moderno.

Un lugar donde, en la lógica irracional y cruel del capitalismo, el ser humano, más allá de aquello que él/ella pueda producir, no pasa de una “pieza” (como eran llamados los africanos esclavizados) descartable. Y, consecuentemente, una parte del planeta donde el sufrimiento, la escasez, la falta de recursos, las enfermedades, las muertes, las catástrofes, etc. tienen muy poco o nada que ver con el “resto de nosotros” (en el caso, “de ellos”).

Así, podemos afirmar que la falta de interés de la prensa está enteramente sintonizada con la postura histórica de la burguesía. Ambos, cuando miran para África y sus pueblos, solo se quedan esperando la muerte llegar. Venga ella a través de prácticas genocidas o sea traída por una pandemia.

Por eso, solo ahora, cuando la situación en el continente ya parece estar fuera control, el África “es noticia”. Y como veremos en los próximos artículos, las noticias son mucho más que preocupantes.

Entonces, en este primer artículo, nos detendremos un poco sobre la Historia que se esconde por detrás de la falta de interés de los medios frente a la propagación de la pandemia en el África.

En la secuencia, el artículo “Una bomba pronta a explotar, del Norte al Sur del África”, trae un panorama de la pandemia en el continente, con datos que fueron colectados entre 28 y 30 de marzo, además de algún análisis sobre el significado de estos números en algunos países en particular.

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Después, en “Gobiernos africanos y prevención del Covid-19: hipocresía e irresponsabilidad”, discutimos cómo, más allá de las especificidades de la Historia africana, la actuación de gobiernos sintonizados con la lógica deshumana e irracional del capitalismo y sometidos a los intereses imperialistas, contribuyó no solo a la llegada del virus en el continente sino que también es un obstáculo para contenerlo.

Dando continuidad, el artículo “África: un continente debilitado y una red hospitalaria enferma” discute uno de los temas que más preocupan a los especialistas y a la población africana: las condiciones precarias del sistema de salud. Algo agravado frente a la incertidumbre que se tiene sobre si el Covid-19 interactuará con otras epidemias, principalmente el HIV/Aids, la tuberculosis y la malaria que, juntas, son responsables por la existencia de millones de personas cuyos organismos ya están bastante debilitados.

Además, hablaremos un poco de las heridas socio-políticas que también pueden interactuar con el Covid-19, como el tema de los refugiados y de los muchos conflictos militares en la región.

El artículo siguiente, “África del Sur: el epicentro, no por casualidad”, destaca el país no solo por ser allí que se registra el mayor número de casos (1.346 al 30 de marzo), sino también porque a través de su historia reciente es posible discutir cuánto de la actual pandemia, en todos sus aspectos, está relacionada con la lógica perversa del capitalismo neoliberal, que también es un obstáculo para que, hoy, de hecho, podamos enfrentar el problema.

Por fin, en “África: la pobreza como obstáculo para el aislamiento”, discutimos cómo la medida más importante y fundamental que precisa tomarse en este momento (y que fue adoptada por el gobierno sudafricano solamente hace tres días) desemboca en serísimos problemas sociales y económicos, semejantes a aquellos encontrados en las periferias brasileñas. Problemas que evidentemente no destacamos para defender que estas no sean implementadas sino, sí, para exponer la incapacidad del capitalismo en “curar” la sociedad enferma que él mismo creó.

*Wilson Honório da Silva, es integrante de la Secretaría de Formación del PSTU, Brasil.

Artículo publicado originalmente en el Especial África, del PSTU, en www.pstu.org.br

Traducción: Natalia Estrada.