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Si la naturaleza fuese un banco, ya habría sido salvada” (Eduardo Galeano).

Por: Jeferson Choma, Redacción PSTU Brasil – 16/1/2020

La 25° Conferencia de las Naciones Unidas sobre las alteraciones climáticas (COP 25) terminó en un sonoro fracaso. Realizada en diciembre de 2019, en Madrid, la cumbre debería haber tenido lugar en Santiago de Chile, pero la rebelión popular que sacudió a ese país obligó al gobierno chileno a renunciar a la organización del evento.

Incluso ni las propuestas tímidas de cuño liberal, como la reglamentación de los créditos de carbono, fueron encaminadas por la conferencia. En realidad, el evento va a quedar en la historia en el marco del fracaso del Acuerdo de París, un tratado en el ámbito de la Convención-Cuadro de las Naciones Unidas sobre el Cambio del Clima, que rige medidas de reducción de emisión de gas invernadero a partir de 2020, a fin de contener el calentamiento global debajo de 2 °C, preferencialmente en 1,5 °C.

En lo que se refiere a acuerdos climáticos, hay una extensa lista de fracasos coleccionados desde el inicio del siglo. Lo que comprueba, indudablemente, la incapacidad del capitalismo en resolver una crisis que el propio sistema inició.

La COP se realizó bajo el peso de los movimientos y protestas de la juventud por el clima, que ocurrieron en todo el mundo el año pasado. También ocurrió por los alertas redoblados de la comunidad científica, con dos nuevos informes del IPCC (Panel Intergubernamental sobre Cambios Climáticos) y uno del Pnuma (Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente), que alertó sobre la necesidad de reducir las emisiones de dióxido de carbono a razón de 7,6% al año (!) hasta 2030, eso si queremos mantener en la meta de 1,5 °C. La COP también fue precedida por el crecimiento del desmonte y las quemas en la Amazonía y por los colosales incendios en Australia.

Barbarie climática

Cuando el asunto es cambios climáticos, es preciso aclarar que no se trata de “destrucción del planeta”, como vulgarmente se informe en los grandes medios. El planeta seguirá su curso con o sin nosotros. Se trata de profundas alteraciones en el clima planetario, cuyos efectos son totalmente imprevisibles y pueden poner fin a las condiciones de sobrevivencia de la civilización humana y de nuestra propia especie. Se sabe que el calentamiento global implicará en elevación de los niveles de los océanos amenazando ciudades costeras, cambios de la temperatura y en las corrientes oceánicas (o sea, alterando una pieza fundamental del funcionamiento del clima actual), puede provocar fenómenos climáticos extremos (olas de calor, incendios, olas de frío, sequías severas, etc.) y extinción de un número incalculable de especies.

El calentamiento es actualmente de cerca de 1,1°C en relación con la era preindiustrial. Al ritmo actual de emisiones, el techo de 1,5 °C será alcanzado en las próximas dos décadas. Especialistas calculan que el punto de no retorno de su desplazamiento está entre 1,5 °C y 2 °C de calentamiento. A partir de ahí, será inevitable el derretimiento del hielo de los cascos polares, de la cima de las montañas, de los glaciares y hasta de la liberación del metano por el descongelamiento del permafrost. Pero eso está lejos de sensibilizar gobiernos, como comprueban las fracasadas conferencias climáticas.

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Lo más absurdo de todo esto es que no faltan alertas. Mientras los gobiernos se encogen de hombros, la ciencia camina de ojos abiertos frente a la evolución de la barbarie climática. Los alertas de los científicos nos recuerdan el Angelus Novus de Paul Klee que encara con ojos abiertos la historia mientras “ve una catástrofe única, que acumula incansablemente ruina sobre ruina y las dispersa a nuestros pies”, en las palabras alegóricas de Walter Benjamin.

Es cada vez más obvio que las tímidas metas fijadas (y constantemente flexibilizadas) por las conferencias no serán alcanzadas. Un dato que comprueba eso fue divulgado por la Administración Oceánica y Atmosférica Nacional de los Estados Unidos (NOAA). Según la agencia, hace siete años consecutivos que el nivel de gas carbónico de la Tierra viene creciendo. En mayo de 2019, los niveles medios de emisión fueron 414,7 partes por millón (ppm).

Falla metabólica

Los cambios climáticos están íntimamente relacionados a la emisión de CO2 por el uso de combustibles fósiles, matriz energética que históricamente erigió y mueve el sistema capitalista.

Nuestro planeta es como un sistema vivo, donde los componentes físicos de la Tierra (atmósfera, criosfera, hidrosfera y litosfera) están íntimamente integrados y forman un complejo sistema que mantiene las condiciones climáticas y de vida. El CO2 compone aproximadamente 0,003% de la atmósfera: es muy poco, pero cualquier cambio pequeño cambia la retención térmica. Se estima que en un poco más de 100 años aumentamos en 40% la concentración de CO2.

En su tiempo, Karl Marx ya postulaba respecto del potencial destructivo del capitalismo sobre los sistemas naturales. El desequilibrio de la relación sociedad y naturaleza fue llamado por Marx “falla metabólica”. La idea es simple. En todas las sociedades humanas existe una interacción entre el trabajo humano y la naturaleza modificada por él, lo que resulta en un intercambio de energía y materiales entre los seres humanos y su medio ambiente natural, condición necesaria para la existencia de cualquier civilización. Otras civilizaciones del pasado mantenían esa relación más o menos equilibrada, como es el ejemplo de los amerindios. Pero en el capitalismo no es así. Según el pensador alemán, “destruyendo las circunstancias de ese metabolismo, ella [la producción capitalista] impide su restauración sistemática como una ley reguladora de la producción social, de manera apropiada al pleno desarrollo de la raza humana”.

Todo desarrollo técnico en la agricultura para aumentar la fertilidad del suelo, ejemplifica Marx, significa más adelante la ruina de las fuentes naturales de esa fertilidad. Esa explotación de la naturaleza camina junto con la explotación del trabajador. “La producción capitalista, en consecuencia, solo desarrolla la técnica y el grado de combinación del proceso social de producción solapando simultáneamente las fuentes originales de toda riqueza: el suelo y el trabajador”, explica en El Capital.

El uso de combustibles fósiles provocó un desequilibrio del ciclo biogeoquímico del carbono y del dióxido de carbono. O como Marx diría, una “falla metabólica”. La cuestión es que ella puede estar creando un nuevo período de la historia de la Tierra, provocado por la acción humana, o mejor, por el capitalismo, ya que el aumento de las emisiones antropogénicas tiene inicio en la revolución industrial y, en la década de 1950 conoce lo que muchos estudiosos llaman “Gran Aceleración” –cuando la actividad humana provoca un salto en gráficos de concentración de CO2 en la atmósfera, acompañada por una explosión en el desmonte y en la pérdida de biodiversidad–.

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Sobre eso, la palabra final sobre el asunto pertenece a la Comisión Internacional de Estratigrafía (ICS, por su sigla en inglés), brazo de la Unión Internacional de Ciencias Geológicas, que se reunirá en marzo de 2020 en Nueva Delhi, India. Probablemente, el congreso va a indicar que vivimos desde la mitad del siglo pasado en el Período Antropoceno. Ciertamente, eso tendrá impacto y repercutirá sobre toda la prensa mundial, pero es ilusión que habrá algún cambio en la acción de los gobiernos y de los líderes del sistema.

Superación del capitalismo

Para muchos que salieron a las calles en las jornadas por el clima es cada vez más obvio que el capitalismo es totalmente insostenible desde el punto de vista ambiental. El ciclo de producción del capital está guiado por la necesidad de ganancia, del consumo más rápido y cada vez mayor de los recursos naturales. Eso lleva a la actual catástrofe climática y a la depredación de la naturaleza, pues la apropiación continua de los recursos simplemente no es compatible con el tiempo necesario para la recomposición de los ciclos naturales.

Bajo el capitalismo es imposible una transición de las fuentes energéticas a corto y mediano plazo. La industria petrolera financia campañas electorales, sostiene gobiernos (democráticos o autoritarios), compra científicos, publicitarios y periodistas para negar los cambios climáticos, abre nuevas áreas (aún intactas) para exploración petrolífera y expande de forma inconsecuente técnicas aún más destructivas como el fracking. La actual fase del capitalismo en crisis lo torna aún más predatorio y promotor del desarrollo de las fuerzas destructivas.

Decir que la culpa de la situación actual es del “comportamiento humano” en general, o fundamentalmente de los hábitos de consumo individual es enmascarar la realidad. El cambio climático tiene responsables con nombre y apellido. Solo 100 grandes empresas, por ejemplo, son responsables por 70% de las emisiones globales desde 1988, según el Climate Accountability Institute.

La cuestión es que el capitalismo crea un modo de vida a fin de maximizar el uso de bienes y factores productivos, el cual repercute en la disposición de medios de vida. Crea padrones de consumo para que se vendan mercaderías y se realice la plusvalía. Por lo tanto, cambios individuales de consumo hasta pueden parecer simpáticos a los ojos de muchos pero son absolutamente insuficientes y sirven como cortina de humo. Cambios en el modo de vida, en los hábitos y en el cotidiano solo son realizables cuando se cambian radicalmente las relaciones sociales, ya recordaba Trotsky.

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Es preciso superar el capitalismo para revertir la barbarie climática. El socialismo surge como alternativa de organización social y significa poner el control de la producción económica de la sociedad y del poder político bajo un nuevo tipo de Estado, en las manos de los trabajadores y los sectores oprimidos. Uno de los desafíos de una nueva sociedad de este tipo no solo será revolucionar las relaciones sociales de producción, sino revolucionar también las fuerzas productivas. En el ritmo actual, los efectos de los cambios climáticos pueden perdurar incluso después de la superación del capitalismo; eso va a exigir el desarrollo de nuevas tecnologías, de nuevos medios de producción a fin de mitigar y revertir las consecuencias de las alteraciones del clima provocadas por el capitalismo. Nuevas fuentes de energía, nuevos modos de vida y una nueva ética de la relación entre la sociedad y la naturaleza tendrán que ser construidas por esa nueva sociedad para poner fin a la doble explotación impuesta por el actual sistema: la explotación del trabajo y la explotación de la naturaleza.

Solo la apropiación colectiva de los medios de producción puede regular racionalmente el metabolismo con la naturaleza. O como Marx explicó, en un bello pasaje de El Capital: “Desde el punto de vista de una formación económica superior de la sociedad, la propiedad privada de ciertos individuos sobre el globo terrestre parecerá tan absurda como la propiedad privada de un ser humano sobre otro ser humano. Incluso una sociedad entera, una nación, o todas las sociedades unidas en conjunto no son propietarias de la Tierra. Solo son poseedoras, usufructuarias de ella, y como boni patres familias deben legarla mejorada a las generaciones posteriores”.

Artículo publicado originalmente en www.pstu.org.br

Traducción: Natalia Estrada.