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Cuando cerrábamos esta edición, la Cámara de Diputados votaba la reforma de la Previsión en segundo turno. Ahora, debe seguir para el Senado.

Editorial de Opinião Socialista n.° 575, Brasil

Bolsonaro se subió al caballo desde la aprobación de la reforma en primer turno, desatando una escalada de ataques a las libertades democráticas, la soberanía del país, la ciencia, la cultura, y las condiciones de vida de la clase trabajadora y del pueblo pobre.

El proyecto autoritario del gobierno Bolsonaro-Guedes-Mourão está más allá de los límites y de mera retórica. Eso exige, sin ninguna duda, toda la unidad contra sus embestidas autoritarias y en defensa de las libertades democráticas.

Sin embargo, eso por sí mismo no es suficiente. El proyecto autoritario de Bolsonaro no está separado de la crisis capitalista y de la guerra social, del desmantelamiento de los servicios públicos y de la entrega del país que el sistema capitalista decante exige.

Bolsonaro es, al mismo tiempo, la expresión y la posibilidad de respuesta de la clase dominante frente a la larga decadencia y el proceso de reversión colonial ocurridos en las últimas décadas, y a la profunda crisis del capitalismo en el Brasil y en el mundo.

El gobierno autoritario y el proyecto capitalista y proimperialista ultraliberal de Bolsonaro Mourão-Guedes-Rodrigo Maia se complementan y forman un dupla. La verdadera guerra social de la burguesía contra los trabajadores para aumentar sus lucros y salir de la crisis capitalista se expresa en la crueldad del desempleo, en las reformas laboral y previsional, que significan un brutal golpe a la clase trabajadora. Eso va trazando un mapa de barbarie y devastación, con los ataques al medio ambiente, el estímulo al genocidio indígena, quilombola y de la juventud negra y pobre, y el desmantelamiento de la educación, de la salud y de los servicios públicos. Bolsonaro, con su reverencia a la dictadura, expresa e impulsa la barbarie capitalista y la polarización de la lucha de clases.

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La clase dominante, como expresó bien uno de los dueños del Itaú, está considerando excelente la política económica. Por eso, minimiza la cara autoritaria del gobierno, porque le es funcional.

Cuanto más desempleo, hambre y miseria, más ganan los grandes empresarios y banqueros, más ricos y felices están los grandes inversores, el 1% de la población que se llena los bolsillos con la crisis. El gobierno corta sumas de dinero de la educación y presenta un proyecto de privatización de la enseñanza superior, poniendo a las universidades bajo el control de la Bolsa de Valores. La ganancia de esta gente no tiene límites: quieren la Petrobras y todo el petróleo, la Amazonia para el “garimpo” y la cría de ganado y el cultivo de soja, incluso si para eso tienen que reventar a los pueblos de la selva.

Este proyecto de devastación y barbarie capitalista precisa ser derrotado. Para eso, es preciso contraponerlo a un proyecto de los trabajadores, una alternativa socialista a la crisis y al capitalismo. No da para defender una salida de “mal menor”, de entrega negociada de derechos o del país, o de reformas más deshidratadas que, de la misma forma entregan derechos.

Los partidos de la oposición parlamentaria concilian con la política económica de Rodrigo Maia-Paulo Guedes-Bolsonaro y se oponen de hecho solo al autoritarismo del gobierno. En lo que respecta al proyecto económico, defienden una imposible vuelta al pasado reciente. Al mismo pasado que nos trajo adonde estamos hoy. Operan, así, apostando sus fichas en futuras elecciones y en el desgaste del gobierno con los ataques violentos que este hace a la clase. De ahí, la blandura en las movilizaciones, de ahí la marcha atrás en la continuidad de la lucha después del 14 de Junio por las cúpulas de las centrales sindicales (con excepción de la CSP-Conlutas) o en las negociaciones de los gobernadores de oposición (PT, PCdoB, PSB, PDT) alrededor de la reforma de la previsión, además de la defensa de un frente amplio visando la defensa del status quo.

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Este tipo de estrategia construye derrotas, impotencia, desesperanza, y es lo que permite que Bolsonaro se suba al caballo.

Es preciso construir una alternativa independiente de los trabajadores a partir de la base. Una alternativa socialista, obrera y popular. Una alternativa que resuelva las necesidades de la clase trabajadora, del pueblo pobre, que defienda la Amazonia, a los indígenas, los quilombolas, las mujeres, los negros, las LGBTs, la soberanía, y haga que los capitalistas paguen por la crisis. Un proyecto que luche por poner a los obreros y el pueblo pobre en el poder.

Debemos unir e incluso exigir la unidad de todos para luchar. Pero precisamos también construir una alternativa de organización para luchar hasta el final, de manera independiente de la burguesía, que pueda superar las organizaciones burocráticas que negocian derechos y no se disponen a ir más allá del capitalismo. La CSP-Conlutas es un polo, un punto de apoyo para eso.

Con todo, precisamos también de una alternativa de organización política, que defienda el socialismo y la revolución. El PSTU está empeñado en eso.

A pesar del golpe sobre lso trabajadores que significa la aprobación de la reforma de la previsión en la Cámara, es preciso entender que esa lucha todavía no terminó y, más importante, por debajo está gestándose un barril de pólvora.

Es preciso construir y unificar las luchas en defensa de la educación, de las jubilaciones, del empleo, de la Amazonia y de los indígenas, de las libertades democráticas, de la soberanía, contra Bolsonaro y su proyecto de semiesclavitud.

¡Vamos a tomar las calles el día 13!

¡Vamos a defender la necesidad de la Huelga General!

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Artículo publicado en www.pstu.org.br
Traducción: Natalia Estrada.