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Desde Tijuana, en el norte de México, en la frontera con los Estados Unidos, hasta la Patagonia, en el sur de la Argentina, los trabajadores de América Latina protestan contra los ataques de los gobiernos a sus condiciones de vida. Y no respetan a ninguno de ellos. Desde los gobiernos de derecha, como el de Peña Nieto, presidente de México, o Mauricio Macri, de Argentina, hasta aquellos considerados de izquierda, como Michelle Bachelet, de Chile, o Nicolás Maduro, presidente de Venezuela.

Por: Marcos Margarido

Todos son blanco de manifestaciones gigantescas y de la furia de los trabajadores, que no aguantan más tanta explotación. Lo mismo ocurre en el Brasil, contra Temer. Vamos a hablar un poco de la Argentina, del Paraguay y de Venezuela. Nuestro objetivo es mostrar que los trabajadores brasileños no están solos. Nuestros hermanos latinoamericanos están junto [a nosotros] en esta lucha por un futuro mejor, sin explotación, por un mundo socialista.

Argentina: tres o cuatro días históricos de lucha

El presidente de la Argentina, Mauricio Macri, asumió en diciembre de 2015 sustituyendo a Cristina Kirchner, que terminó su segundo mandato envuelta en innumerables escándalos políticos y acusaciones de corrupción.

Macri prometió recuperar el país y venció la elección, pero el país está peor y su popularidad se vino abajo. La economía de la Argentina se achicó 2,3% en 2016 y la inflación llega ya a 40% en lo que va del año. La producción industrial no para de caer desde el que asumió y, por eso, el desempleo saltó a 9,3%. La pobreza alcanza a 15 de los 44 millones de habitantes que tiene el país.

Los trabajadores no dan tregua al gobierno. Hay varias luchas en curso que demuestran la disposición a derrotar el plan económico de Macri. Como los petroleros del Chubut, contra 1.500 despidos, o los gráficos del diario Clarín (el principal del país), que ocupan su lugar de trabajo desde hace más de 40 días, o los metalúrgicos de la GM, donde los patrones quieren imponer un lay-off a 350 trabajadores.

Todos ellos fueron los actores principales de los tres históricos días de lucha. Todo comenzó el 6 de marzo. Una marcha de los profesores en lucha contra la imposición de techos salariales se transformó en un gran manifestación contra el gobierno.

La principal central sindical, la CGT (Confederación General del Trabajo), aprovechó la situación para organizar un acto de protesta contra los planes económicos de Macri, para el día siguiente. Esta Central es dirigida por burócratas con una larga ficha de servicios prestados a los patrones, incluso en las luchas relatadas arriba, pero fueron obligados a llamar a otro acto debido a la presión de las bases.

No obstante, los burócratas se negaban a dar una respuesta a estos anhelos y una masa rabiosa derribó las vallas que protegían el palco y obligó a sus dirigentes a “huir como ratas por tirantes”. Fue una acción que quedará en la historia de la clase obrera como el día en que, por primera vez, la base obligó a los burócratas de la CGT a correr.

El día 8 de marzo fue la vez de las mujeres. En su día internacional de lucha, más de 50 ciudades realizaron actos que reunieron a centenas de miles de mujeres, de todas las edades, y también a muchos hombres. Llevaban carteles contra la violencia doméstica, contra las violaciones, y cantaban consignas por la huelga general. Fue un día que unió la lucha contra la opresión machista con la lucha de todos los trabajadores, hombres y mujeres, contra la explotación capitalista y el plan económico del gobierno.

Fueron tres días históricos de lucha. Pero hubo también un cuarto: el 6 de abril. Finalmente, la CGT y la CTA (Central de Trabajadores de la Argentina) llamaron a la huelga general. Industrias, salud, educación, transporte y bancos pararon. Las calles de la capital, Buenos Aires, quedaron vacías. Decenas de vuelos fueron cancelados y varias calles y autopistas bloqueadas. En los hospitales, solo emergencias; no hubo recolección de basura. ¡La huelga fue un éxito!

Hubo varios enfrentamientos con la policía y decenas de manifestantes fueron presos. Esta fue la forma que el gobierno encontró para “negociar”. Por parte de los dirigentes sindicales, la misma política de entrega y traición. En el medio de la huelga dijeron que estaban abiertas las negociaciones sobre la política económica del gobierno. Pero los trabajadores saben que, si fuera necesario, harán huir de nuevo a estos burócratas. Como dice un viejo dictado argentino, la lucha será “con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de los dirigentes”.

Paraguay: ¡el día que las masas incendiaron el Congreso!

En el Paraguay no existe una crisis económica como la que afecta a países como la Argentina o el Brasil. La economía creció 3,5% en 2016. Pero ni siquiera por eso la población vive mejor. La riqueza acumulada por el crecimiento económico fue a parar a las manos de pocos hacendados plantadores de soja; de empresarios de la construcción, que creció 20% a costa de las obras del Estado; y del sector industrial, que creció 7% basado en fábricas de montaje de productos importados.

Las condiciones de vida de los trabajadores y campesinos, por su parte, empeoran cada vez más. La expansión de las plantaciones de soja es hecha a costa de la expulsión de los campesinos de sus tierras, el crecimiento industrial se basa en la reducción de los salarios, y el Estado se transformó en el paraíso de la corrupción y de negocios particulares a través del Congreso. La pobreza alcanza 22% de la población, de los cuales casi la mitad vive en la pobreza absoluta, es decir, no tiene qué comer.

Como consecuencia, la popularidad del gobierno de Horacio Cartes cayó de 57% en 2015 a 14% en 2016. Toda esta situación política y económica acabó concentrándose en la tentativa de aprobación de una enmienda constitucional que permita la reelección del presidente Cartes. La discusión de la enmienda se lleva a cabo en medio de maniobras en el Congreso y negociaciones entre las bancadas parlamentarias de los partidos. Para permitir su votación, el reglamento del Senado fue modificado por 25 de los 45 senadores, en un gabinete del Frente Guasú. Un acción totalmente irregular.

Sin embargo, una manifestación contra la enmienda, el 31 de marzo, modificó este tranquilo paseo. Millares de personas, con fuerte participación de la juventud secundaria, pasaron por arriba de las barreras que protegían el Congreso y expresaron toda su rabia contra el régimen corrupto y explotador y contra un presidente que pretende perpetuarse en el poder. Ocuparon el Congreso y prendieron fuego en el Salón Principal. La policía reaccionó asesinando a un joven que estaba en la sede del Partido Liberal y encarcelando a más de 200 manifestantes.

La traición mayor es por cuenta del ex presidente Fernando Lugo, destituido del cargo por un impeachment en 2012, y su Frente Guasú, que apoyan la enmienda de reelección. Con su aprobación, Lugo ganará el derecho de concurrir en las próximas elecciones. Lugo y sus simpatizantes, que dijeron que el impeachment fue un golpe, ahora se juntan a los políticos del Partido Colorado, el mismo que apoyó la sangrienta dictadura de Stroessner (1953-1989) para aprobar una enmienda constitucional contra la voluntad de la población.

Venezuela: el sueño acabó

Venezuela, bajo la presidencia de Nicolás Maduro, vive el fin de una de las mayores estafas al movimiento obrero mundial, el llamado Socialismo del Siglo XXI, inventado por Hugo Chávez, presidente del país por 14 años, desde 1999 hasta su muerte en 2013.

Chávez gobernó durante un período de alza de los precios del petróleo, haciendo de Venezuela el segundo exportador mundial, una nación rica. Sin embargo, aprovechó toda la renta del petróleo para fortalecer a los capitalistas que lo apoyaban, llamados “boliburguesía”, mientras el pueblo vivía de los programas asistenciales, como las Misiones (semejante a la Bolsa Familia). En lugar de industrializar el país, los capitalistas aprovecharon el río de dinero que entraba en sus bolsos para enriquecerse con la compra y venta de dólares.

Pero la crisis económica mundial hizo que el precio del petróleo cayera, y hoy la población de Venezuela pasa hambre. Niños mueren por desnutrición y familias por intoxicación alimentaria al ingerir alimentos catados de la basura. Mientras trabajan, los recolectores de basura piden limosna para completar el salario. Empleados de restaurantes y depósitos de alimentos roban lo que pueden para dar de comer a sus familias. La pobreza alcanza a 24 de los 30 millones de habitantes. Una multitud atraviesa las fronteras con Colombia o con el Brasil en busca de una vida mejor.

La inflación alcanzó increíbles 800% en 2016 y el salario, de los que tienen empleo, mal da para comprar alimentos de primera necesidad, pues los precios crecen día a día. La economía del país se achicó 1/5 en un año, elevando el desempleo oficial a 30%.

En medio de esta catástrofe social, el gobierno responde a las crecientes protestas populares con medidas antidemocráticas y represión. Las elecciones regionales están suspendidas, así como en sindicatos importantes como el de la fábrica Sidor y la Federación Nacional de Trabajadores Petroleros. La colecta de firmas exigiendo un referendo para anticipar la elección presidencial, que solo ocurrirá en 2018, fue suspendida por el Tribunal Electoral (CNE) y, además de todo eso, el país vive en un “estado de excepción” decretado por el gobierno.

Sin embargo, en las últimas semanas la crisis política se agravó. El Tribunal Supremo de Justicia (TSJ) emitió una sentencia dando amplios poderes a Maduro, además de darse a sí mismo poderes legislativos, en sustitución del Congreso Nacional controlado por la oposición burguesa. Además, quitó los derechos políticos del principal líder de la oposición de derecha, Henrique Capriles, por 15 años. Esta decisión impide que el actual gobernador del Estado de Miranda concurra en las próximas elecciones presidenciales.

El repudio generalizado obligó al gobierno y el TSJ a retroceder en sus intenciones y reencendió las manifestaciones contra el gobierno. Fueron tres solo en la primera semana de abril.

Lamentablemente, las manifestaciones son dirigidas por la MUD (Mesa de Unidad Democrática), una alianza de partidos de derecha, que solo tiene para ofrecer a la población más ataques, privatizaciones y corrupción. Lo que quieren es tomar posesión de la renta del petróleo y de las riquezas naturales del país para favorecer económicamente a sus aliados y apartar a la boliburguesía de esta fuente de riquezas. De esta pelea no saldrá nada de bueno para el trabajador.

Esto ocurre porque los principales partidos de izquierda capitularon a los gobiernos de Chávez y Maduro, dejando la bandera de la oposición en las manos de la MUD. En lugar de construir una alternativa política independiente del chavismo y de la oposición burguesa, prefirieron asociarse a Chávez. Muchas organizaciones de izquierda entraron en el PSUV, el partido de Chávez, anulando completamente una voz de oposición obrera. Y se callan frente a las innumerables medidas dictatoriales de Maduro, que serían dignas de acusaciones de golpe si fuesen decretadas por Temer, por ejemplo.

¿Ola reaccionaria o resistencia de los pueblos?

En medio de esta situación de muchas luchas, de avances y retrocesos, de dura resistencia de los trabajadores y de la juventud contra los ataques levados adelante por los patrones y sus gobiernos, muchos sectores de la izquierda afirman que estamos viviendo una “ola reaccionaria”. En el Brasil, el PT y el PCdoB difunden esta idea, aunque hoy no se pueda decir que sean partidos de izquierda. Pero el PSOL también embarcó en esa ola. Para ellos, vivimos una situación en que los trabajadores están acorralados por un avance de las fuerzas reaccionarias, representadas por los sectores de la burguesía neoliberal, contra la “izquierda” progresista. En esa “izquierda” progresista caben todos: el PT y Lula, Chávez y Maduro, Cristina Kirchner y Fernando Lugo.

La raíz de este error de análisis de la realidad es que estos partidos renunciaron a la perspectiva de una revolución social realizada por la clase obrera y los trabajadores para la conquista del poder por la lucha directa, y ponen todas sus fichas en la perspectiva electoral, en la conquista de bancadas parlamentarias y gobiernos. Se volvieron reformistas. A partir de ahí, piensan que la victoria electoral de partidos y candidatos de derecha, como Trump en los Estados Unidos, Macri en la Argentina, y la caída de Dilma en el Brasil, significan una derrota estratégica de los trabajadores.

Sin embargo, estas victorias se dan debido a la quiebra de esa “izquierda” progresista en presentar una política que resuelva definitivamente la situación de explotación y miseria de los pueblos latinoamericanos. Ni siquiera consiguen aliviar esta situación. Cuando gobiernan y la economía crece, [estos] ofrecen programas asistencialistas y la oferta de empleos aumenta, pero fracasan totalmente cuando viene una crisis económica que elimina empleos y reduce salarios. El ejemplo más contundente es el de Venezuela, pero los demás gobiernos “progresistas” siguen los mismos pasos. Por eso, la población castiga a estos partidos en las urnas y vota en la oposición que tiene más dinero, sale todos los días en los diarios y tiene el apoyo de los países imperialistas, como el de Estados Unidos. Por eso, la victoria electoral de estos partidos es la regla, no la excepción.

Por otro lado, la izquierda revolucionaria, como el PSTU del Brasil, el PSTU de la Argentina, el PT del Paraguay, y la UST de Venezuela, afirman que la lucha en curso, llevada con mucho costo por los trabajadores, muchas veces, como vimos, contra sus propios dirigentes sindicales y políticos, es el único camino para la liberación definitiva de la esclavitud asalariada impuesta por el capitalismo. Esa lucha sufrirá más derrotas que victorias, pues nuestro enemigo es más fuerte. Pero la clase obrera sabrá superar sus debilidades y avanzar hasta la conquista de una sociedad socialista, a condición de que, para eso, cuente con una dirección revolucionaria independiente de los patrones.

Artículo publicado en Opinião Socialista n.° 534, del 13 de abril de 2017, con el título “América Latina hierve”, pp. 12-14.

Traducción: Natalia Estrada.