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El rápido aumento de casos confirmados de Covid-19 que vimos en África la última semana, la dinámica que la pandemia tendrá, y las posibles consecuencias en términos de vidas humanas, tienen que ser analizadas desde un punto de vista un tanto diferente de aquel que vemos acerca de la lamentable situación de países como Italia y el Estado español, o incluso lo que ocurrió en China en el pico del contagio.

Por: Wilson Honório da Silva*

Para comenzar, hablar de África es hablar de un continente hace mucho tiempo debilitado por problemas de salud que son síntomas de los muchos males que, con el correr de los siglos, fueron alimentados por niveles absurdos de explotación capitalista. Males que afectan profundamente la forma como el virus se comportará en el continente. En todos los sentidos: desde las formas de transmisión a los “grupos de riesgo” y sectores de la población más vulnerables, pasando por las políticas de contención y las condiciones de tratamiento.

Para tener una idea del actual “estado de salud” del continente donde el Covid-19 está ganando fuerza y de cómo esto puede incidir en una dinámica completamente distinta en lo que se refiere a la pandemia (en la medida en que el coronavirus interactúe con estas enfermedades), basta un dato de la Organización Mundial de la Salud (OMS): “en el África Subsahariana, casi 62% de las muertes son resultado de enfermedades transmisibles, problemas nutricionales y problemas perinatales/maternos; en comparación, la tasa global de muertes por esas causas es de cerca de 24%, y en América del Norte es de solo 6%”.

El impacto que estas cuestiones pueden tener sobre la dinámica de la pandemia puede ser ejemplificado por un estudio hecho por una organización norteamericana llamada Rand Corporation, que llegó a la conclusión de que, en 2016, entre los 25 países del mundo más susceptibles a la explosión de epidemias, 22 estaban en el continente africano (los otros tres eran Afganistán, Yemen y Haití).

Como ejemplo de las crueles contradicciones que caracterizan la historia del África, según algunos especialistas, uno de los únicos factores “positivos” que pueden auxiliar en la contención de la pandemia resulta de los graves y recurrentes problemas de salud enfrentados en el continente, comenzando por la larga experiencia en controlar enfermedades altamente infecciosas y potencialmente letales.

Además, muchos han apostado en la hipótesis de que, al no haber todavía afectado el continente con la misma fuerza que a otros, la pandemia pueda ser enfrentada de una forma más eficiente, permitiendo que gobiernos, la propia población, organizaciones no gubernamentales y entidades de los movimientos sociales tomen providencias más adecuadas. Una hipótesis que, por lo menos en el nivel gubernamental, está lejos de ser real.

Se muere mucho más temprano

Cuando el Covid-19 comenzó a extenderse por el mundo, por ejemplo, no faltó gente en África (en los gobiernos y en la prensa) que usó un argumento como mínimo irritante e hipócrita para defender que el virus tendría un impacto menos letal en el continente: África tendría una “ventaja” en relación con los países ya afectados, pues tiene menos viejos, sector donde el virus demuestra mayores índices de letalidad (algo que, ahora, también está siendo relativizado en todo el mundo).

La afirmación tomaba como base datos de la OMS que apuntan que solo 5% de cerca de 1.300 millones de personas que viven en el continente, tiene más de 65 años, siendo que en el África Subsahariana la tasa es aún menor (3%), mientras en Italia, por ejemplo, la población arriba de esta edad corresponde a 22% del total. Y, como se sabe, es entre los italianos mayores de 60 años que se encuentra la mayoría de los casos confirmados (60%) y la mayor tasa de muertes (7% de los contaminados, lo que representa el doble de la media mundial).

No obstante, celebrar esto como “ventaja” y/o minimizar los efectos del virus entre los más jóvenes es, al mismo tiempo, un insulto a la historia de sufrimientos en el continente (la principal explicación para el porqué tan pocos sobrepasan los 65 años).

Por eso mismo, es un crimen hacer pronósticos o pautar políticas públicas basadas en esta evaluación, ya que es exactamente entre los niños y los jóvenes que existe una cantidad gigantesca de personas más vulnerables al virus, en función de tener ya sus organismos debilitados por la desnutrición crónica, por otras enfermedades (principalmente HIV, malaria y tuberculosis) y, sobre todo, por los diversos problemas consecuentes del desamparo social que aumentó muchísimo en las últimas décadas en función de la aplicación de recetas neoliberales en el continente. Algo particularmente dramático, como veremos, en el país que ahora es el epicentro de la pandemia: África del Sur.

Epidemias encima de epidemias

En la actual situación, uno de los temas que más ha sido debatido por los especialistas en salud y todos los que están realmente preocupados con el impacto de la pandemia en el África es la forma cómo el Covid-19 interactuará con el HIV.

Volveremos sobre el tema cuando hablemos específicamente de África del Sur, cuyos números hablan por sí solos. Solamente en el país, que es el epicentro de la pandemia de Covid-19, según el informe, con datos de 2018, Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre HIV/AIDS (UNAIDS) existen 7,7 millones de personas viviendo con HIV; cada año hay 240.000 nuevos casos; solamente en aquel año, 71.000 personas murieron con enfermedades relacionadas al AIDS y, así como en el resto del continente, se creía que casi la mitad de los(as) portadores(as) no hacen ningún tipo de tratamiento antirretroviral.

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Pero, para tener una idea de la catástrofe que puede desencadenarse en el continente vale chequear algunos datos continentales, presentados en el mismo informe de la UNAIDS. En 2018, se estimaba que alrededor del mundo existían 37,9 millones de personas viviendo con HIV (incluidas 1,7 millón de niños) y nada menos que 68% de ellas vivían en el África Subsahariana. Y, dentro de este grupo, cerca de 20,6 millones son moradores de los países del Este y del Sur del África, donde, solamente en 2018, fueron contabilizados 800.000 nuevos casos.

Estamos hablando de 35,7 millones de personas que, en este exacto momento, están viviendo con HIV en esta parte del continente africano (85% del territorio), siendo que, aún según la OMS, 49% de ellas desconocen su condición clínica y, consecuentemente, no reciben el tratamiento antirretroviral (conocido aquí como “cócteles”); esto cuando ellos son ofrecidos, algo que no es generalizado en el continente africano. A título de ejemplo, solamente en los 25 países del África Central y Occidental, más de 4,5 millones, de las 6,5 millones de personas que viven con HIV en la región, continúan sin tratamiento.

Las mismas instituciones indican que la relación del HIV con la posibilidad de que el Covid-19 se extienda, con consecuencias fatales entre los más jóvenes (principalmente mujeres) es particularmente concreta en esta región, donde cuatro de cada cinco nuevos casos de infección involucran a jóvenes de 15 a 19 años, y las mujeres jóvenes de 15 a 24 años tienen dos veces más probabilidad de estar viviendo con el HIV que los jóvenes.

En la edición de marzo de la conceptuada revista Science, un artículo llamaba la atención para cómo el Covid-19 podría combinarse de forma catastrófica con las enfermedades que ya infestan el continente, principalmente las que afectan el sistema respiratorio, como la tuberculosis y el HIV, destacando que, en el inicio de marzo, un comunicado de la Academia de Ciencias del África del Sur alertó que “personas viviendo con HIV tienen ocho veces más chances de ser hospitalizadas con neumonía causada por el virus de la gripe que la población en general, y tres veces más posibilidades de morir en función de esto”.

Además del HIV/AIDS, otras enfermedades son crónicas y epidémicas en el continente africano. Y, ahora, pueden estar teniendo una interacción fatal con el Covid-19. Una de ellas es ejemplo de la forma deshumana con que el pueblo africano es tratado: la malaria. A pesar de que existen formas conocidas de prevención y cura, esta enfermedad aún tiene presencia devastadora en el continente africano, siendo responsable, según la OMS, por absurdos 20% de todas las muertes registradas entre los niños. Aún según la entidad, en 2015 hubo una notificación de 212 millones de casos de malaria en todo el mundo, que resultaron en 429.000 muertes. 90% de los casos y 92% de los muertos eran residentes del África.

La gran preocupación de los especialistas, sin embargo, es cómo el Covid-19 tiene que ver con las llamadas “infecciones del tracto respiratorio inferior”, principalmente neumonía, gripe, bronquitis y tuberculosis. Esas infecciones virales o bacterianas de los pulmones (el órgano generalmente más afectado por el coronavirus) son la segunda causa de muerte en el África Subsahariana, representando cerca de 15% del total de muertes.

Así también, es preciso considerar que, hasta hoy, hay un fuerte impacto de epidemias más “localizadas” como el ébola que, entre 2013 y 2016 alcanzó los países del Oeste Africano provocando la muerte de 11.000 personas, y otras 28.000 infectadas, todas ellas hoy mucho más vulnerables frente al Covid-19.

Una red hospitalaria enferma

Alrededor del mundo ya es evidente que la única forma de impedir que el Covid-19 provoque un proceso de exterminio es su contención a través de medidas preventivas que impidan el rápido contagio. Pero, llega a ser enervante cómo la prensa vende la idea de que ese es el único camino, porque “es imposible que la red hospitalaria absorba la demanda”.

Cuando dicen esto, lo que olvidan mencionar es que esta imposibilidad fue elevada a un nivel absurdo en función de los ataques neoliberales al sistema de salud en todo el mundo, que, literalmente, destruyeron el sistema público de salud de la mayoría de los países, desmantelaron lo poco que quedó y, todavía, detonaron las condiciones materiales y de trabajo en el interior de las unidades hospitalarias. Y todo esto, hoy, está cobrando un altísimo precio en términos de vidas humanas, incluso en el llamado “Primer Mundo”.

Y la lamentable especificidad del África es que, más allá de las epidemias mencionadas arriba, en el campo de la salud los problemas van de punta a punta. Si la prevención es difícil por los muchos motivos que están siendo presentados a lo largo de estos artículos (incluso la inercia e irresponsabilidad de muchos gobiernos locales), la posibilidad de tratamiento es aún peor, ya que una característica del continente es tener un sistema hospitalario completamente deficitario.

En los últimos días, algunas de las escenas que más impactaron al mundo son las de hospitales italianos apiñados de gente y de cajones acumulándose en zaguanes. Y, aquí, también cabe una comparación de la OMS, para entender lo que puede ocurrir en África: en el país europeo hay 41 médicos por cada 10.000 habitantes; en todo el continente africano, esta proporción es de 2 médicos por cada 10.000 personas.

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Sin camas para tratamiento intensivo

Un artículo publicado el 20 de marzo por el diario The Guardian trae un diagnóstico perturbador en relación con la capacidad de la red de salud del continente para absorber las demandas provocadas por la pandemia. En África del Sur, el país con el tercer mayor PIB (Producto Interno Bruto) del continente, después de Egipto y de Nigeria, y que es considerado como el que tiene el mejor sistema de salud pública en el continente, existen menos de mil camas de terapia intensiva para una población de cerca de 59 millones de habitantes, y 160 de ellas están en hospitales privados, prácticamente inaccesibles para la enorme mayoría de la población.

En Malawi, país del sudoeste africano, con 17 millones de habitantes, hay solo 25 camas de terapia intensiva. En Zimbabue (también el sudoeste, con cerca de 16 millones de habitantes), el principal hospital para enfermedades infecciosas, localizado en la capital, tiene apenas una cama.

La capacidad de aislamiento y cuarentena también es extremadamente limitada en la mayoría de los países. En el Sudán del Sur, además de todas las complicaciones inherentes a un conflicto que ha devastado el país en los últimos cinco años, hay solo 24 camas con condiciones de aislamiento, según el Dr. Angok Gordon Kuol, indicado por el gobierno para administrar la crisis.

Y lo peor es que, también frente a esta situación lamentable, la postura de la mayoría de los gobernantes es caracterizada por la hipocresía y por la farsa. Para dar un ejemplo, en un artículo publicado por The Guardian, el ministro de Salud de Somalia, Dr. Fawziya Abikar, dijo que el gobierno está preparándose para montar un centro de cuarentena en el aeropuerto de la capital, Mogadiscio, y está aguardando los equipos para montar un hospital específico para lidiar con el Covid-19.

Una expectativa, sin embargo, que es cuestionada incluso hasta por miembros del equipo montado para lidiar con la pandemia, como el médico Ali Yusuf, que dijo: “Nosotros tenemos apenas 15 tiendas, con una cama cada una, para cuarentena y aislamiento de casos sospechosos. Nuestro hospital puede acomodar solamente 100 camas”.

La ya mencionada edición de marzo de la revista Science, también llamó la atención sobre un ensayo académico sobre unidades de terapia intensiva en países de baja renta en el África Oriental. Publicado en 2015, en el East African Medical Journal (Revista de Medicina del África Oriental), el levantamiento reveló que en Kenia, por ejemplo, con 50 millones de habitantes, hay solo 130 camas de terapia intensiva y solamente cerca de 200 enfermeras especializadas en tratamiento intensivo.

Una limitación que se repite en muchos países del continente, creando una situación que hizo que Ifedayo Adetifa, un epidemiólogo del Centro Internacional de Pesquisa Médica KEMRI-Wellcome Trust declarase: “Sin asistencia médica universal y sin seguro de salud, simplemente no podemos darnos el lujo de tener muchos casos de Covid-19 porque no podemos administrar los casos más graves”.

Un alerta que, incluso, está sintonizado con el aprendizaje fundamental que está surgiendo en medio de tanto miedo, caos y sufrimiento: es preciso reestatizar la red hospitalaria y todo lo que tenga que ver con la salud. Una tarea planteada desde ya.

El riesgo para los profesionales de la salud

Un reportaje publicado el 20 de marzo en el portal News Day de Zimbabue, relata las enormes dificultades que el país –el mismo en que la ministro responsable por combatir la pandemia dijo que el Covid-19 es un “castigo de Dios” contra sus enemigos– está teniendo con la prevención y contención de la pandemia, comenzando por el hecho de que el presidente Emmerson Mnangagwa solo decretó estado de calamidad pública después de una fuerte presión popular. Pero, incluso así, estaba renuente a cerrar las escuelas y universidades (lo que solo ocurriría después del 24 marzo).

Sin embargo, según los especialistas, los mayores problemas aún están por venir y ciertamente vendrán, ya que el país, además de tener frontera con África del Sur, tiene un histórico de enormes problemas en la red de salud. Según el médico y presidente de la Asociación de Médicos y Odontólogos de Zimbabue, Johannes Marisa, las unidades de salud del país pueden ser transformadas en nada menos que “campos de muerte o centros de contaminación”, con un virus altamente transmisible como el Covid-19 extendiéndose en clínicas u hospitales poco capacitados.

Un peligro que, obviamente, afecta a los profesionales de la salud: “Si no fuese tomado un cuidado extra, el equipo médico puede volverse el peor grupo de personas a ser afectadas y eso será una catástrofe médica en nuestro país, pues la propagación puede ser incendiaria, ya que la mayoría de los pacientes basa sus esperanzas en el equipo médico”. Y si Italia sirve de ejemplo, cabe recordar que, allá, 9% de los casos de Covid-19 está entre los profesionales de la salud.

Aún según Marisa, la situación puede ser ejemplificada por la situación en el principal centro de aislamiento del país, el Hospital Wilkins, donde “ya faltan ropas de protección para los equipos”, incluso después de una donación hecha, hace apenas dos semanas, por la OMS.

La situación en el país es tan grave que una semana después de esta entrevista (el día 24 de marzo, cuando ya se habían confirmado siete casos de Covid-19), los profesionales de la salud de Zimbabue –médicos(as) y enfermeros(as)– lanzaron un ultimato de 24 horas, exigiendo que el gobierno tomase providencias básicas: entrenamiento adecuado para que las/os profesionales del gremio pudiesen lidiar con la pandemia, y el equipamiento de protección individual (EPI) fundamental para que puedan ejercer su papel en la línea de frente del combate a la pandemia.

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Además, los profesionales también reivindican condiciones objetivas para que puedan trabajar, comenzando por una ayuda de costo para que puedan desplazarse y cuidar de sus propias necesidades básicas, comenzando por las de higiene. La campaña “Sin EPI, sin trabajo; sin ayuda de costo, sin trabajo; sin agua, sin trabajo” se extendió por el país y frente a la negativa del gobierno en atender las demandas, los hospitales comenzaron a parar el 26 de marzo, y hasta el momento en que publicamos este artículo la situación aún no había sido resuelta.

Al contrario de lo que ahora dice el gobierno, lo que llevó a los(as) trabajadores(as) al movimiento no fue una falta de interés para con la población. Muchísimo por el contrario.

El compromiso de los profesionales de la salud con la tarea que cumplen, con una seriedad rara de ver entre los gobernantes, fue enfatizada por Zina Enock Dongo, presidente de la entidad que organiza los(as) enfermeros(as), en una entrevista a la agencia de noticias Al Jazeera, el 25 de marzo: “(…) Si los enfermeros atendieran a un paciente con Covid-19 sin uniformes de protección ellos podrán ser contaminados por el virus y, después embarcar en el transporte público, donde infectarán a otros pasajeros y la enfermedad se propagará. Estamos diciendo que nos provean material de protección antes de que sea tarde demás”.

No es necesario reafirmar lo que hemos repetido en el transcurso de estos artículos: Zimbabue tampoco es una excepción en lo que respecta a las condiciones de trabajo para aquellos y aquellas que están en la línea de frente.

Heridas históricas

Por fin, el continente africano no está infectado solo con enfermedades físicas que potencian la propagación de la pandemia. Las herencias de la historia que fueron sintetizadas en el inicio, se hacen presentes en heridas abiertas en casi todos los países. Y, todas ellas, simultáneamente, facilitan la contaminación y dificultan la prevención y el tratamiento.

Sería imposible, por ejemplo, listar todos los conflictos armados que están en curso en África. Hay un poco de todo: disputas políticas e interétnicas, luchas de resistencia a las intervenciones imperialistas (siempre disfrazadas de “ayuda humanitaria”), guerras alimentadas por fundamentalistas (no solo islámicos), y diversos enfrentamientos que son resquicios del proceso de descolonización e independencia.

Pero, frente a la pandemia, todas ellas tienen algo en común más allá de la enorme cantidad de muertos y heridos: hay trincheras por todos lados, que pueden funcionar como obstáculos para el acceso a enormes parcelas del territorio, tanto para la prevención como para el tratamiento.

Y, además, hay otro terrible subproducto de esta situación: una cantidad de refugiados imposible de ser definida, muchos de ellos amontonados en campamentos que rápidamente la pandemia de Covid-19 puede transformar en “campos de exterminio”.

Estos refugiados fueron obligados a salir de sus tierras natales tanto por cuestiones económicas como militares (o, incluso políticas, “culturales” y/o sociales), pero para tener una idea, de la cantidad de gente en esta situación, baste decir que, según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), en 2017 solamente los conflictos en la República Central Africana “produjeron” 500.000 refugiados que se desparramaron por toda la región.

Se juntan a esto los procesos que ocurrieron o están en curso principalmente en Sudán del Sur, Nigeria y Burundi, y tenemos hoy, siempre según el ACNUR, nada menos que 18 millones de refugiados en la región del África Subsahariana (26% del total mundial).

Todos los factores arriba mencionados dificultan la prevención y favorecen la propagación de la pandemia y, exactamente por eso, encienden una señal sobre la necesidad de un cuidado especial con las condiciones de tratamiento de las personas que contraigan el virus. Y, también, en este sentido, en el África, estamos frente a la posibilidad de ver en las próximas semanas escenas aún más terribles que las de los horrores que ya vimos en los hospitales de China, Italia y el Estado español.

Lea también, en el “Especial África”, disponibles en este sitio:

Introducción

Artículo 1| Covid-19 en África: una bomba de tiempo en un terreno minado

Artículo 2 | Una bomba pronta a explotar, del Norte al Sur de África

Artículo 3 | Gobiernos africanos y prevención del Covid-19: hipocresía e irresponsabilidad

*Wilson Honório da Silva es miembro de la Secretaría de Formación del PSTU, Brasil.

Traducción: Natalia Estrada.