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Las FARC, como organización guerrillera, son asunto del pasado en el país. Su programa político, que siempre fue reformista hasta la médula y compatible con la explotación capitalista, continuará expresándose a través del partido que conformen en los próximos meses. Ese nuevo partido podrá formarse en común o no con un conjunto de organizaciones que en su estrategia programática son afines (Partido Comunista, Marcha Patriótica, Unión Patriótica, entre otras).

Por: Nicolás Restrepo G.

No es ese aún el caso del ELN, organización a la cual le falta un largo camino por recorrer para llegar a su final a través de una negociación con el régimen (si es que llega). Lo que parece similar es que ahora ambas guerrillas hacen “poco ruido” y obtienen “pocas nueces”. 

Las FARC dejaron de ser noticia

Concluida la negociación e iniciada la concentración, desmovilización y desarme, las FARC dejaron de ser noticia diaria de primera plana o apertura de noticiero de TV. Lo anterior está unido, además, a que su existencia y propuestas interesan bastante poco a millones y millones de colombianos.

Durante los más de cuatro años que duró su negociación hicieron tanto o más ruido que en toda su existencia anterior. El régimen les “dio pantalla” hasta más no poder, como una forma de convencerlos de las “bondades” de actuar en la legalidad. Pero logrado el objetivo de la desmovilización, y avanzando ya en el desarme, habrá menos generosidad y la “pantalla” será a conveniencia del propio régimen.

El régimen y sus distintos gobiernos irán poco a poco buscando reducir las pocas (aunque importantes) nueces que en el “Acuerdo” obtuvieron para sí las FARC, pues nueces abundantes para millones y millones de colombianos no hubo de ninguna clase. Se vivirá así un forcejeo constante por el “incumplimiento” de los “Acuerdos”. Pero eso será, en lo fundamental, el forcejeo verbal de la cúpula de las FARC que, casi seguro, no tendrá mayores repercusiones en el proceso político del país.

La “aureola revolucionaria” de que gozaban las FARC en pequeñas franjas, por su levantamiento en armas contra el régimen, se irá apagando rápidamente convirtiendo a sus dirigentes en “políticos de izquierda”, tal vez algo radicales, pero plenamente integrados a las instituciones del poder de la burguesía como sucedió con los dirigentes de otras guerrillas en el pasado.

Así no lleguen a confluir en una sola organización con quienes les son afines por programa y estrategia (Marcha Patriótica, Unión Patriótica, Partido Comunista –para aprovechar las ventajas que una existencia separada les brinda) la actuación política de las FARC será bastante unificada con esas organizaciones y desarrollarán toda su actividad gozando de las prebendas que el régimen les otorga como recompensa por cesar su enfrentamiento armado.

Será el proceso de la lucha política y de clases el que determine el futuro de la propuesta reformista de las FARC y sus afines; pudiéndose sí asegurar –sin riesgo de error– que las opciones verdaderamente revolucionarias, que enfrentan en forma consecuente al régimen político, deberán enfrentar constantemente a las propuestas reformistas y conciliadoras que serán el pan de cada día del accionar político de estas organizaciones.

El ELN: por una trocha similar

A diferencia de las FARC, que ya salieron de las trochas a las carreteras veredales que los condujeron a las zonas de concentración, el ELN apenas inicia la trocha de la negociación. La negociación del ELN tendrá su propia marca: el resultado es más difícil de prever que en dónde impactará un volador sin palo. Esa “marca” ya se mostró en los anuncios (varios fallidos) de inicio de la fase pública; en torno a lo cual el gobierno y la guerrilla mutuamente se culparon.

El ELN y el gobierno se vieron obligados a iniciar las negociaciones públicas. El gobierno, porque le conviene continuar mostrando su “compromiso” con la búsqueda de la paz. Coronado el proceso con las FARC, a pesar de la derrota sufrida con el NO en el plebiscito, la mejor opción no era –ni es aún—una declaratoria de guerra total a una guerrilla significativamente menor y que cuenta con mucho menos espacio político y social. La opción de descargar todo el poder militar (que ahora no tiene que enfrentar a las FARC) contra las áreas de influencia del ELN, un verdadero as bajo la manga, se utilizará ante todo y sobre todo si las negociaciones se empantanan o fracasan; mostrando al ELN como una guerrilla obtusa, que no acepta las ofertas “generosas” del régimen.

El ELN tuvo que allanar los obstáculos para el inicio de la negociación porque, de no hacerlo, cada día perdería más del poco espacio político de que dispone. Las organizaciones políticas que, en la legalidad, le son afines en términos programáticos y estratégicos –igual o similarmente reformistas cual las FARC—también necesitan para su existencia proclamar la “búsqueda de una solución política negociada”. Esperan obtener iguales o similares beneficios políticos que los obtenidos por las FARC en sus “Acuerdos”.

Sean cuales sean los avatares de la negociación del ELN algo salta a la vista en el momento actual: no tiene, ni tendrá, la trascendencia ni la resonancia de las negociaciones con las FARC. Y eso no sólo determinado por la dimensión de ambas guerrillas. Determinado en mucho por el hecho de que el gobierno ya tiene un gigantesco terreno conquistado y no tiene ningún interés en “tanto ruido” como hubo durante el proceso con las FARC. Y la capacidad política del ELN para hacer bastante ruido se ha reducido muchísimo. Sus medios más efectivos para hacerlo, volar un oleoducto, poner unos cuántos petardos o “retener”-“secuestrar” a algún personaje más o menos importante en lugar de réditos políticos se convertirían en argumentos del gobierno para “apretar” más en la negociación. Serán entonces, casi seguro, unas negociaciones con poco ruido e, igual que las de las FARC, con pocas nueces.

Artículo publicado en El Socialista n.° 707, de marzo de 2017.-