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Suele decirse que ha habido dos grandes revoluciones en el mundo –la francesa y la rusa–, que se marcaron en el calendario con las fechas 14 de julio y 7 de noviembre, respectivamente. Con un contenido social diferente (una fue burguesa; la otra, socialista), tienen formas similares: ambas presentaron las explosiones resonantes de “los de abajo” contra “los de arriba”; en ambos casos “los de arriba”, que siempre se vistieron de patriotas y trataron las rebeliones populares como conspiraciones extranjeras, al haber perdido sus privilegios se precipitaron hacia los gobiernos de otros Estados para pedir apoyo contra la revolución; por eso, ambas revoluciones tuvieron que vencer militarmente la contrarrevolución unitaria de las clases quitadas de sus privilegios y de los ejércitos extranjeros; en ambas revoluciones se destacaron las corrientes más consecuentes y radicales que estaban listas para ir más lejos por el camino revolucionario (los jacobinos, dirigidos por Robespierre, y la Oposición de Izquierda, dirigida por Trotsky), que en ambos casos fueron derrotados y diezmados físicamente por las capas socialmente más adaptadas (la gran burguesía en el primer caso y la burocracia en el segundo); y ambas revoluciones fueron sepultadas definitivamente por los dictadores surgidos (Napoleón en Francia y Stalin en la URSS), creando así las combinaciones contradictorias de los regímenes económicos, revolucionarios para sus épocas, con los regímenes políticos contrarrevolucionarios. Las dos revoluciones, a pesar de la derrota, se convirtieron en las referencias para los oprimidos en el mundo. Y ambas sufrieron más tarde, y siguen sufriendo, las interpretaciones falsificadoras.

Por: I.Razin

En Rusia

Con la Revolución de Octubre en Rusia, la clase obrera, apoyada por el campesinado, bajo la dirección del partido bolchevique encabezado por Lenin y Trotsky, destruyó el Estado burgués ruso y tomó el poder por primera vez en el mundo. El poder proletario expropió a banqueros, capitalistas, terratenientes, inclusive la Iglesia, a favor de los obreros y campesinos. Se rehusó a pagar las deudas fraudulentas del zar a los bancos occidentales, salió contra la primera masacre mundial [Guerra Mundial] y dio a los pueblos el derecho a la autodeterminación, abriendo así el camino a su unión voluntaria. Entregó a las mujeres los derechos que aparecerían parcialmente en algunas “democracias” europeas solo después de la primera mitad del siglo XX. La Revolución Rusa demostró que es posible vencer el capitalismo, y fue objeto de la admiración de los oprimidos de todo el planeta y, simétricamente, objeto del odio de los imperialistas, los burgueses y todos los que andan sobre las espaldas del pueblo.

Pero, debilitada por la guerra contra la unión del Ejército Blanco con los ejércitos de intervención extranjeros y aislada por causa de la derrota de las revoluciones en Alemania (1918) y China (1925-1927) en las que faltó la dirección revolucionaria, la Revolución de Octubre quedó víctima de la burocracia encabezada por Stalin. Este inventó la teoría del “socialismo en un solo país”, un fundamento “teórico” para la política de “coexistencia pacífica” con el imperialismo, pactando con él sobre el “status quo” y garantizándose así sus privilegios burocráticos sobre el territorio controlado. Para imponer esta política, Stalin tuvo que fusilar y enviar al Gulag [campos de trabajos forzados de la policía de la URSS estalinista] al partido bolchevique construido sobre la base del programa de la revolución internacional.

Después de esto, bajo la presión de la economía mundial controlada por el imperialismo, la burocracia estalinista del PCUS/KGB siguió erosionando progresivamente las conquistas sociales de la Revolución de Octubre y el Estado mismo surgido de la victoria de la revolución y, finalmente, con Gorbachov, restauró el capitalismo, convirtiéndose en los nuevos burgueses y sus administradores. Hoy, todos ellos calumnian con rabia contra la revolución que un día hubo terminado con los que eran como ellos ahora, e intentan borrarla de la conciencia del pueblo.

La revolución rusa, por su contenido histórico y social, deja poco espacio a los matices de estimaciones, porque arrancó el poder y la propiedad no solo de los nobles y terratenientes sino también de la burguesía que históricamente creció de ellos y estaba ligada a ellos por miles de hilos, y por eso fue incapaz de desmontar la estructura feudal, es decir, incapaz de hacer “su” revolución burguesa; esta, de hecho, fue efectuada por el proletariado, que continuó más allá de las reformas “burguesas”… hasta los cambios socialistas. Por eso la burguesía rusa rechaza integralmente la revolución rusa, empezando por febrero de 1917.

Después de la revolución del capitalismo en Rusia, la nueva burguesía rusa puso sobre la Revolución Rusa la etiqueta del “catástrofe nacional”, la monarquía de Romanovs y el Imperio Ruso fueron restaurados en la propaganda oficialista, el zar Nicolás II (que había obtenido antes el apodo de “Sangriento” por la represión en la revolución de 1905) fue canonizado con toda su familia y los iconos con sus caras adornan hoy los interiores de las iglesias rusas (rápidamente enriquecidas). Y los dirigentes principales de la Revolución de Octubre, Lenin y Trotsky –a diferencia de su sepulturero, Stalin–, provocan periódicamente la reacción nerviosa de Putin.

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En los años de 1990, el día de la Revolución de Octubre –la expresión más fuerte de la lucha de “los de abajo” contra “los de arriba”– fue rebautizado por el gobierno de Yeltsin como el “Día del consentimiento de la reconciliación”. Pero el cambio de color así grosero fue poco convincente, en especial en las condiciones de saqueo impresionante de la propiedad del Estado y del enriquecimiento vertiginoso de la ínfima minoría sobre el fondo del catástrofe económica y social y del empobrecimiento masivo de la población.

En los años de 2000, Putin, para eclipsar la fecha de la revolución, designó el “Día de la unidad del pueblo” para el día 4 de noviembre, próximo de la fecha de la revolución. Es verdad que la distribución de las migajas de los precios crecientes del petróleo, cada vez más chupado de Rusia al extranjero, enriqueciendo otra vez a la burguesía rusa, dio una base material para construcción de la idea de la paz social y de la unidad popular. Pero la fiesta misma, por causa de su carácter artificial, no encontró eco en las corazones de los rusos, mientras que el 7 de noviembre es recordado por todos, aunque con todas las confusiones.

Por eso, Putin intenta también asociar el 7 noviembre con el día del desfile militar memorable que ocurrió en esta fecha en 1941, en la Plaza Roja, de donde los soldados y los voluntarios participantes del desfile fueron directamente al frente para defender a Moscú del ejército nazi que estaba a las puertas de la ciudad. Esta tentativa de desplazar el sentido parece más coherente: ella tiene una base histórica, toca un tema muy sensible a los rusos como es la defensa del país contra la Alemania de Hitler y, al mismo tiempo, ocupa la fecha necesaria, poniendo otra capa histórica encima de la Revolución.

Pero en 1941, los combatientes que marchaban por la Plaza Roja iban a la batalla sagrada, y la fecha del 7 de noviembre era para ellos un símbolo inspirador de la victoria de la Revolución de Octubre. Y hoy, la organización anual del desfile militar, con los trajes y armas de la época de la Guerra, que hace el régimen de Putin tiene un objetivo mucho menos digno: suplantar el día de la revolución de la memoria del pueblo. Entonces, si las fotos de este espectáculo, distribuidas por los medios, dan la impresión de una máscara un poco podrida y vulgar, orquestada sobre la base de un evento histórico importante y desvalorizándolo, eso no debe sorprender: la falsedad viene siempre disfrazada.

En Francia

Los esfuerzos de los poderes rusos por ocultar el 7 de noviembre son indicativos. Pero las contradicciones y peripecias alrededor del 14 julio francés son aún más interesantes.

En Francia, con todas las predilecciones políticas posibles, incluso los políticos burgueses oficiales no tratan la toma y destrucción de la cárcel de la Bastilla –símbolo del autoritarismo– por el pueblo, ni el 14 de julio de 1789 como una catástrofe nacional, tampoco nadie tiende a matarse por causa de las riquezas quitadas de la nobleza y de la Iglesia, y no aparecen los nimbos alrededor de las cabezas de Luis XVI y de María Antonieta. El Día de la Toma de Bastilla (14 de julio) y el Día de la abrogación de todos los privilegios (4 de agosto) son fechas importantes del calendario francés, y el 21 de enero se puede encontrar en los restaurantes franceses el plato especial “Cabeza del toro” (el nombre corresponde al contenido), del día en que Luis XVI fue despojado de este órgano. El llamado de “llenar nuestros surcos con la sangre sucia” de la tiranía, que inspiró más tarde el llamado de la Varshavianka rusa[1] de “manchar con la sangre de los enemigos los tronos, inundados por la sangre del pueblo”, se queda en la estrofa más fuerte y repetitiva de la Marsellesa, el himno nacional de Francia.

Estas diferencias con Rusia se deben al hecho de que la burguesía francesa, que creció del tercer estado de las ciudades medievales, a diferencia de la burguesía rusa, se encontraba en fuertes contradicciones con la estructura feudal. Con el 14 de julio ella obtuvo el poder y efectuó las reformas antifeudales, ventajosas para ella. Por eso, es difícil para ella rechazar el 14 de julio: es su fecha y aparentemente debe provocar su alegría. Pero, por otro lado, el día de la Toma de la Bastilla, como símbolo de la victoria de la revolución de los oprimidos contra los opresores bajo la bandera de la libertad, la igualdad y la fraternidad, no provoca el entusiasmo de la burguesía francesa y molesta a ella como una piedra en zapato.

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Por eso, el día de la toma de la Bastilla ha sido rodeado desde el principio por maniobras de carácter semántico-administrativo: se suspendía simplemente (en los periodos de las restauraciones de la monarquía), o se rebautizaba –incluso con transferencia de la fecha– en el Día de la unidad nacional (escondiendo las grietas entre las clases), o en el Día de la fundación de la República (es decir, desplazando el sentido de la acción revolucionaria de las masas por el apaciguamiento y la creación de las instituciones); también él obtenía la tradición de los desfiles militares en los periodos de la militarización (en especial de la más lamentable de la época de Napoleón III), o se declaraba solo como la “Fiesta Nacional”, sin demasiadas concreciones, pero acompañándose con fuegos artificiales, “bailes populares”, conciertos y otras cosas bonitas.

En este sentido, con la ocupación del país por los nazistas en 1940, el gobierno colaboracionista de Vichy, formado dos semanas antes del 14 de julio, quedó en la situación delicada: de todas las interpretaciones existentes, ninguna se acoplaba con la ocupación nazi y con la colaboración con Hitler. Como el Día de la República (liquidada), de los desfiles del ejército (derrotado) y de la fiesta (en las condiciones de humillación nacional), este día no estaba en su lugar. Pero la simple suspensión de la fiesta nacional principal podía ser “mal comprendida”, no servía a la estabilización del régimen colaboracionista y no correspondía a su discurso patriótico. Finalmente, el “líder nacional”, el mariscal Petén, después de consultar con los ocupantes alemanes, hizo la declaración a la población, en la que explicó que en el año en curso, 1940, el día 14 de julio se mantendría feriado, pero con las manifestaciones, ceremonias y agitación prohibidas, y llamó a la población a dedicar este día a la meditación. En este marco, todas estas actividades que según Petén no tendrían que “enturbiar a los franceses”, fueron orgánicamente sustituidos por las misas.

Por causa de esta decisión que no suspendió formalmente el 14 de julio, uno de los periódicos fascistas más radicales “Je suis partout” (“Estoy por todas partes”) del 14 y el 21 de junio de 1941 expresó sus “lástimas que el nuevo régimen mantuvo la fiesta en el día, deshonrado por los motines de 1789… Este error democrático se utiliza hoy por las fuerzas revolucionarias de la Internacional marxista…”. Y en lugar del día de la revolución proponía festejar un día de la historia de las Cruzadas o del asesinato de Marat[2] como unificador de la nación.

En 1942, cuando el “orden” y la “estabilidad” fueron consolidados, la fecha del 14 julio, demasiado simbólica, fue definitivamente suspendida. Y, por la misma razón, la resistencia a las orientaciones políticas distintas daba a este día un gran significado.

Entonces, las relaciones de la burguesía francesa con el día 14 de julio nunca fueron fáciles. Ella consiguió limar los capítulos más radicales de la revolución francesa, como los jacobinos (ni qué hablar sobre la página casi completamente arrancada de la Comuna de París, sobre la cual los franceses, infelizmente, parecen saber menos que los rusos, de la misma manera que de la Revolución de Octubre los rusos, infelizmente, comprenden ahora menos que los franceses). Pero, en general, la burguesía francesa continúa sintiéndose mal con su propia herencia revolucionaria. Hoy, observando a los presidentes, los ministros y los banqueros franceses al cantar la Marsellesa, uno puede sorprenderse por su capacidad de mantener las caras heroicas mientras parece que hoy las amenazas de la Marsellesa suenan para ellos.

Hoy, el lado oficial de la fiesta incluye todo lo que ella seguía absorbiendo durante las reiteradas interpretaciones: los desfiles militares y los fuegos artificiales, y la meditación y los conciertos, con los bailes. La clase burguesa intenta evitar hablar sobre el origen de la fiesta, tanto más cuanto más hay protestas y manifestaciones en el país. Y si una tentativa poco hábil de suplantar el día de la Gran Revolución Francesa por un día de una batalla de los galeses contra César no parecería adecuada a la configuración política actual, en cualquier caso la clase burguesa y sus lacayos políticos intentan presentar la fiesta como el día de la “unidad nacional”. La herramienta más aprovechada para esto es el homenaje de los “Muertos por Francia”, cuando las guerras criminales de la burguesía francesa, como la Primera Guerra Mundial, la de Argelia y hoy la “guerra contra el terrorismo” se mezclan con la resistencia contra el nazismo y se ponen en el centro de las conmemoraciones bajo el “minuto del silencio”, cuando todos tienen que callarse frente a esta amalgama manipuladora.

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En 1789, la Revolución Francesa, dirigida por la aún joven clase de la burguesía, efectuó un golpe decisivo al orden feudal que ahogaba la sociedad. Hoy, la sociedad se está ahogando por el orden de la misma burguesía, que se hizo monopolista. La sociedad de la burguesía se está pudriendo, destruyendo incluso las conquistas de su propia revolución. Y, para mantener sus privilegios, la burguesía empuja al proletariado en todo el mundo cada vez más al foso de la miseria y de la guerra. En estas condiciones, la nueva Revolución de Octubre, proletaria e internacional, se hace más actual que nunca.

Notas de edición:

[1] La Varsoviana soviética “Varshavianka” es una de las canciones más importantes del movimiento obrero y de la causa de la Revolución mundial. Fue compuesta en 1883 por el poeta polaco Waclaw Swiecicki, cuando estaba encerrado en una prisión de Varsovia, en un momento en que el movimiento obrero polaco libraba duras luchas reivindicativas y peleaba contra la ocupación del Imperio Ruso. Se cantó por vez primera en la manifestación obrera del 2 de marzo de 1885 en Varsovia y se popularizó con distintas versiones en toda Europa por la solidaridad del movimiento obrero con los luchadores polacos. Reproducimos una versión de la letra en español. Los datos y la letra fueron tomados del blog http://socialismo-solucion.blogspot.com.br/2013/06/la-varsoviana-sovietica-varshavianka.html, del 18 de junio de 2013.

“Hostiles torbellinos soplan sobre nosotros,

fuerzas oscuras nos esclavizan con furor.

En mortal combate entramos con el enemigo

y todavía un extraño destino aguarda.

Pero vamos a plantar con orgullo y valor

a la heroica bandera del trabajador.

Bandera de lucha de todos los pueblos

por la libertad y un mundo mejor.

A sangrienta batalla,

sacra y justa,

marcha, marcha, y sigue al frente

proletario.

Muere de hambre el obrero

¿callaremos, hermanos, por más tiempo?

¿Puede acaso el ver a la horca

asustar a nuestros jóvenes camaradas?

En gran batalla no serán olvidados

los caídos ante el honor de nuestro ideal.

Sus nombres estarán en gloriosos cantos

y en la memoria de millones de personas.

A sangrienta batalla,

sacra y justa,

marcha, marcha, y sigue al frente

proletario.

Aborrecemos la tiránica corona;

pero honramos las cadenas de la mártir nación.

La sangre de personas inundó los tronos

y a nuestros rivales bañaremos en sangre.

¡Venganza sin piedad a todo enemigo!

¡A los parásitos de las masas proletarias!

¡Venganza sin piedad a plutócratas y zares!

La victoria está más cerca a cada instante.

A sangrienta batalla,

sacra y justa,

marcha, marcha, y sigue al frente

pueblo del trabajo.”

[2] Jean-Paul Marat (1743-1793), de origen francés, fue activista, periodista y político durante la Revolución Francesa. También era científico y médico, a quien se lo identificó con el ala izquierda de la revolución, los jacobinos. Muere acuchillado por Charlotte Corday (una joven aristócrata girondina), quien luego fue guillotinada por el asesinato de Marat.