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A menos que 500 kilómetros de Italia (471 kilómetros de distancia de Ragusa-Trípoli), a poco menos de treinta minutos de vuelo, está Libia, y es en Libia que se encuentran las más vastas reservas petrolíferas del continente africano. La compañía extranjera principalmente implicada en esta riqueza es la italiana Eni, que controla cerca de 70% de la producción total libia.

Por: Patrizia Cammarata

Entre marzo y mayo de 2015, además, han sido anunciadas, en dos sitios del país, otros dos importantes descubrimientos de yacimientos de gas y, en ambos casos, la italiana Eni es la única operadora.

Pero, además de Eni, en Libia están los intereses de la Total francesa, de la española Repsol, de la alemán Wintershall, de la americana Occidental, de las canadienses Suncor y Petro-Canadá, de la austríaca OMV, de las estadounidenses Conoco Phillips, Marathon, Hess.

La caótica situación de Libia

La población de Libia está en el límite: sobre cinco millones de habitantes, según la Agencia de la ONU para los Refugiados, poco menos de la mitad necesita ayuda humanitaria para poder sobrevivir, sin contar que 1.600 familias no tienen un techo, y más allá de que cuarenta por ciento de las estructuras sanitarias no funcionan más o han sido destruidas. Cerca de un millón de niños no tiene acceso a la prevención de salud.

Pero no son ciertamente las graves condiciones materiales de los libios lo que preocupa a los representantes de las grandes potencias occidentales que preparan una nueva guerra.

La situación de Libia es extremadamente fragmentada (algunas fuentes hablan de la presencia de unas 140 así llamadas tribus y unas 230 milicias armadas). El Isis [Estado Islámico], como ya hizo en Siria y en Irak, ha aprovechado la situación caótica y está logrando atraer a algunos de las numerosas tribus en lucha entre ellos, consolidándose en numerosas áreas estratégicas. Pero en Libia el Isis no es tan fuerte como las potencias intervencionistas quieren hacer creer; está claro que logra llenar los vacíos de poder en esta o aquella situación, pero al momento solo es capaz de atacar las infraestructuras o de conducir una guerra de acciones suicidas mientras muestra no tener la fuerza para adueñarse de yacimientos de petróleo. Un factor importante y determinante es la presencia en Libia de dos gobiernos en competencia entre ellos: Trípoli y Tobruk, este último reconocido por las potencias occidentales. Y recientemente la intención de un Gobierno de Acuerdo Nacional (GAN) entre Trípoli y Tobruk, acogido con gran apoyo y favor de los gobiernos de Emiratos Árabes Unidos, Francia, Alemania, Italia, Estado español, Reino Unido, Estados Unidos, y avalado por la ONU.

Si este proyecto prospera, al gobierno italiano podría serle confiado, con el ya encajado apoyo de EEUU y las otras potencias, un papel de adiestramiento de las milicias locales para intentar evitar una guerra de imprevisibles desarrollos, y esta es la solución que el gobierno Renzi ve hoy más favorable.

Pero la complejidad de la situación y la difícil obra de reconstitución entre fuerzas diferentes, y que sobre todo se asienta en muchas alianzas, también ha puesto a la luz en estos días la posibilidad de una solución más pragmática: no habría problemas en descargar sobre el Parlamento de Tobruk la ventaja de las fuerzas islamistas de Trípoli, con el objetivo de llegar al reparto de Libia en tres áreas: Tripolitania (dónde está la concentración de la citada Eni y dónde el gobierno italiano podría desplazar los 5.000 soldados), Cirenaica y Fezzan.

Los intereses de las potencias imperialistas en Libia

Dentro de este cuadro también emerge el conflicto, no expresado pero evidente, entre los imperialismos francés e italiano.

En 2011, dentro de la guerra azuzada por el imperialismo occidental para salvaguardar los mismos intereses geoestratégicos y energéticos frente al avance de la revolución, la intervención del entonces primer ministro francés Nicolás Sarkozy tuvo, entre sus específicos objetivos nacionalistas, también aquel de evitar que Mu’ammar Ghaddafi reemplazara, como pareció que quería hacer, el Franco Francés Africano (CFA) utilizado en 14 ex colonias, por una nueva divisa panafricana, y, además y sobre todo, garantizarse la influencia geopolítica en este rica y estratégica área del África.

Al mismo tiempo, se trató de una guerra no declarada entre los intereses de la francesa Total contra los intereses de la italiana Eni. Los presidentes cambian pero no cambia la necesidad de garantizar, y posiblemente aumentar, los enormes intereses del capitalismo francés; en este caso específico, de la compañía petrolífera francesa. Y, así, el portaaviones francés Charles De Gaulle cumple maniobras en los confines entre Libia y Túnez, en colaboración con la marina egipcia.

Pero Francia no está sola: también EEUU y el Reino Unido desarrollan operaciones de preparación para la guerra.

¿E Italia?

El gobierno Renzi es el fiel perro guardián de los intereses de la burguesía imperialista italiana. Y es por este motivo que, mientras erosiona y anula los derechos de los trabajadores y empobrece con sus políticas de austeridad a las masas populares italianas, sustenta y financia las misiones militares y de policía en varios países, in primis en Irak, donde Italia es el segundo país ocupante después de EEUU. Italia también es socio estratégico del gobierno “egipcio”, el mismo gobierno que reprime las movilizaciones de los trabajadores y que obstaculiza las investigaciones sobre la muerte de Giulio Regeni[1], y que continúa estando militarmente presente en Afganistán.

A estas horas, mientras escribimos, los cadáveres de los dos técnicos italianos asesinados en Libia, Salvatore Failla y Fausto Piano, están regresando a Italia, mientras los parientes de Failla convocan una rueda de prensa para acusar al Estado de no haber sabido tutelar la vida del trabajador muerto.

El gobierno Renzi, frente a las presiones belicistas, está en dificultad entre la conciencia de la necesidad de asegurarse en breve un sostén electoral (según el último sondeo Ixe, 81% de los italianos es contrario a otra intervención militar) y la necesidad de contestar positivamente a las solicitudes de su dueño, el capitalismo italiano, que presiona para que el gobierno no quede excluido de la mesa alrededor de la que se han sentado los gobiernos intervencionistas, y que decidirá la repartición de Libia.

También la dramática tragedia de los refugiados es un argumento usado por el gobierno, en evidente dificultad para ganar tiempo, como se deduce de las recientes declaraciones del ministro Alfano: “la intervención militar de 2011 en Libia solo ha producido escombros. E Italia todavía paga la cuenta por ello. El 96% de los desembarcados sobre nuestras costas proviene de Libia: la inestabilidad política ligada a la caída de Ghaddafi se ha convertido en un bumerán para Europa. Antes de decidir cómo intervenir hace falta evaluar toda la zona de operaciones. Lo más importante es el nacimiento de un gobierno de unidad nacional en Libia con el cual discutir cómo presidiar las fronteras; para nosotros se trata de un enorme alivio…”.

El ministro del Exterior, Paolo Gentiloni, es aún más claro y afirma: “… tenemos que preguntarnos cuál es nuestro interés nacional. Bien, nuestro interés nacional es evitar el colapso de Libia, que transformaría aquel país en un polvorín y acentuaría la crisis humanitaria. Sirve un gobierno legítimo capaz de reconciliar a la enorme cantidad de milicias presentes en Libia”.

La cuestión es el deseo, del gobierno italiano, de una “guerra legal”, de tener el aval de un gobierno libio unitario y legítimo que pueda avanzar una solicitud de ayuda al Consejo de Seguridad de la ONU. Pero esta timidez no es compartida, por ejemplo, por el ex jefe del Estado, Giorgio Napolitano, que ha definido las posiciones del gobierno “aceptables pero críticas”, apreciando la “prudencia” del gobierno pero invitando a no seguir “un viejo pacifismo impreso, que no corresponde a la realidad”.

Qué ha sucedido antes

Se sabe que partirán de Italia, con el consentimiento del gobierno italiano, y precisamente desde la base siciliana de Sigonella, los drones USA “para bombardear al Isis en Libia” y, como resultado de este acuerdo, y probablemente para deslucir el papel de Alemania dentro de la Unión Europea, el gobierno Obama ha indicado al gobierno Renzi como guía y coordinador de la guerra en Libia. La guerra contra el Isis es el argumento que sirve y servirá para tratar de conseguir el consentimiento popular en una guerra que, en cambio, solo será un ajuste de cuentas entre las potencias imperialistas extranjeras y los dos gobiernos interiores.

En los pasados años, después del derrocamiento de los gobiernos dictatoriales en Túnez y en Egipto, se había extendido la sublevación de las masas populares. Libia, Bahrein, Yemen y toda la región del Norte África y del Medio Oriente, hasta Siria, ha sido teatro de procesos revolucionarios impensables hasta años antes, a los que se ha contrapuesto una violenta contrarrevolución que, incluso manifestándose en formas diferentes, ha visto como protagonista absoluto al imperialismo, que tuvo la necesidad de salvaguardar los propios intereses geoestratégicos y energéticos ante el avance de la revolución.

Vale recordar que en las revoluciones tunecina y egipcia el imperialismo ha apostado a burguesías nacionales in situ mientras, al mismo tiempo, desalentó a dictadores amigos hasta ese día. En el caso de Libia, apenas iniciados los motines, eso no ha ocurrido porque Ghaddafi, al revés de los otros dictadores, se mostró capaz de actuar por sí, contestando enseguida a las revueltas con una violenta represión. Además, no debe olvidarse que Ghadaffi, ya desde los años’ 90, animó la entrada de los intereses de las burguesías mundiales en el país, por un proceso de privatizaciones seguido al anterior período de nacionalización (su “tercera vía”), de finales de los años sesenta.

Ghaddafi, por lo tanto, en el período de las revoluciones árabes y del Medio Oriente, todavía era considerado como un amigo por el capitalismo mundial y era capaz de controlar de modo autónomo la rebelión interior. Pero, a pesar de la ferocidad de la represión contra su pueblo, en cierto momento fue claro que tuvo dificultades para controlar el país: la guerrilla se volvió cada vez más extendida y amenazó en serio los intereses geoestratégicos y económicos. Fue necesario, por lo tanto, para Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia, representar la usual “guerra humanitaria” bombardeando Libia para “salvar a los libios del violento dictador”.

Desgraciadamente, el Consejo Nacional Libio, el organismo de gobierno provisional de las zonas liberadas, no aseguró la dirección que hacía falta a la revolución en Libia porque estaba compuesto por personal político y militar que hasta el día antes estaba comprometido con el régimen y que trató de reservarse un papel en el futuro orden del país, con el objetivo de gobernar los propios intereses de la naciente burguesía nacional y, al mismo tiempo, los que los imperialismos estadounidense y europeo tienen en la región.

La revolución libia ha sido un proceso profundo que ha llevado a la derrota del aparato militar del régimen de Ghaddafi, a la expulsión del dictador y a su linchamiento (Ghadaffi, que algunas estadísticas señalan que ha sido la octava persona más rica del mundo, fue capturado y muerto por los rebeldes el 20 de octubre de 2011; aun si fuesen verdaderas las hipótesis de complot que ligan su muerte a los servicios secretos franceses, el fin del dictador ha sido una victoria de las y por las masas populares oprimidas de Libia).

Lamentablemente, a causa de la falta de una dirección revolucionaria, el imperialismo occidental y los nuevos gobernadores libios han logrado desviar, en sentido reaccionario, ese cambio. La intervención de las bombas occidentales, unida a la ausencia de dirección revolucionaria, no ha permitido a la revolución “inconsciente” de las masas libias avanzar hasta la toma del poder político que habría tenido que llevar adelante para asegurar la justicia y la paz social, y la instauración de un gobierno obrero, campesino y popular. El agotamiento de una guerra que ha cobrado miles de muertos e innumerables tragedias y sacrificios, ha dejado un terreno fértil para la propaganda del imperialismo extranjero y de las burguesías libias, que han puesto en primer plano la “reconstrucción” de las instituciones (sus instituciones).

Movilicémonos contra la guerra imperialista, con independencia de clase

Es partiendo de este análisis del reciente pasado que rechazamos la posición de las corrientes neoestalinistas y reformistas que tienden a presentar el régimen libio de Ghaddafi como un gobierno antiimperialista y anticolonialista, y su derrota un mero complot contra un pueblo feliz.

Una diferencia que también evidenciamos en el análisis de las “Primaveras árabes”, incluida la revolución siria: gran parte de la izquierda italiana analiza estos procesos revolucionarios como maquinaciones del imperialismo americano, callándose sobre el papel de potencias como Irán, Rusia y China.

Va nuestro pleno apoyo a los militantes que en Siria como en Egipto y en los otros países se juegan porque las “Primaveras árabes” lleguen hasta el final, dando el poder a los trabajadores y a las masas explotadas, liberándolos de la criminal explotación de los países imperialistas.

Al mismo tiempo, no pensamos que ni la ONU ni las constituciones burguesas sean los sujetos que vuelvan a llamar a las filas para la movilización contra las guerras, en cuanto son instrumentos de la misma clase dominante que, también por estos instrumentos, tiene hambre y conduce a las guerras a millones de personas en todo el mundo. No pensamos tampoco que se pueda siquiera preguntar a nuestros enemigos de clase sobre respetar los tratados, tratados que, aunque fuesen respetados, no cambiarían sustancialmente el cuadro de explotación y ataque a las masas populares a nivel mundial; solo el fin del capitalismo puede dar las condiciones para una paz duradera, y cada movilización contra la guerra debería contener este objetivo irrenunciable, acompañado por la consigna de la construcción del socialismo, condición irrenunciable para el fin de la barbarie representada por la guerra.

Como hacemos en cada ocasión de lucha, apoyaremos y ayudaremos a construir las próximas movilizaciones contra la guerra, para golpear unidos incluso marchando separados desde el punto de vista programático y de plataforma.

Es nuestra intención continuar, de modo constructivo, para poner en el orden del día la necesidad de que las consignas de avanzar contra la guerra imperialista no puedan simplificarse a un mero pacifismo interclasista y sin perspectivas sino que contengan el objetivo de contestar políticamente a la cuestión del poder.

Para que sea posible la derrota de la guerra y la construcción de una paz duradera, pensamos que no se tienen que buscar acuerdos con los aparatos de los Estados imperialistas guerreristas y con sus amigos, sino que es necesario apoyar las revueltas y las revoluciones de las masas populares en lucha, por la formación de gobiernos independientes del imperialismo y de sus agentes nacionales, y para llegar, en el caso del Norte África y del Medio Oriente, a la construcción de una Federación de las repúblicas socialistas árabes y, por cuanto nos concierne, recordando que “el enemigo principal está en nuestra casa”, luchar contra las políticas del gobierno Renzi y la Unión Europea, trabajando en la perspectiva de construir los “Estados Unidos Socialistas de Europa”.

Solo esta, en nuestra opinión, será la “solución realista” contra la guerra, el hambre, la destrucción de la naturaleza, frutos envenenados del capitalismo. Cualquier otro presunto atajo, más cómodo, no podrá sino prometer y perpetuar el sistema existente.

Traducción: Natalia Estrada.