Compartir

Los gobiernos son los comités de negocios de la gran burguesía: la actual situación de emergencia está mostrando claramente cuán verdadera es esa frase Marx. El gobierno Conte y los otros gobiernos del mundo no escapan a esa regla. Solo que, hoy, los negocios que ellos representan son los de una burguesía particularmente podrida, incluso incapaz, ahora, de evitar una matanza en masa. Una burguesía que no tiene escrúpulos en sacrificar millones de vidas humanas en el altar de la ganancia.

Por: Fabiana Stefanoni

El mérito de las huelgas

El decreto firmado por Conte el 22 de marzo, que prevé el cierre temporario de algunas actividades industriales “no esenciales”, es parcialmente el resultado de la lucha de clases. Luego de la firma del Protocolo entre el gobierno, los sindicatos y la Confindustria, todo parecía fluir calmamente para los negocios de los capitalistas: los dirigentes de la CGIL, CISL y UIL habían garantizado una seguridad imposible en los lugares de trabajo, y en muchas fábricas los trabajadores fueron llamados para volver al día siguiente (o después de algunos días de cierre para “higienización”). Una ola de huelgas de obreros –así definida hasta por la prensa burguesa– forzó a varias empresas a cambiar sus planes. Los burócratas sindicales tuvieron que tomar conocimiento de un hecho –las huelgas, justamente–, que ellos mismos no deseaban ni esperaban. Muchas empresas que no querían, fueron forzadas a cerrar y el gobierno Conte, después de oír a los “socios sociales” varias veces, finalmente decidió por el “cierre de las fábricas y de las actividades no esenciales”.

Debe recordarse (y ya lo escribimos en otros artículos): si llegamos a un cierre –aunque parcial y temporario–, no debemos agradecer a Landini o Furlan [dirigentes sindicales]: la única verdadera presión sindical fue la de los obreros que impusieron huelgas por tiempo indeterminado en muchas empresas del país, con altísimas adhesiones, entre 80 y 100%. En algunos territorios, gobernantes y capitalistas tuvieron que constatar que, si no hubiesen cerrado sus fábricas, muchas habrían sido cerradas por los obreros con sus huelgas.

Un decreto fraudulento

Pero el decreto del 22 de marzo es insuficiente y, sobre todo, fraudulento. En primer lugar, en la larga lista de actividades esenciales (incluso aquellas reducidas luego de las huelgas del 23 de marzo), hay varias que no son, en absoluto, esenciales: por ejemplo, muchas empresas de los sectores químicos (ver producción de plástico) y textil producen bienes que no son de forma alguna necesarios en este momento, mucho menos la industria militar[1].

No es solo eso: muchas grandes empresas están preparándose para cambiar su código y encajar sus actividades entre aquellas consideradas esenciales; muchos otros pedirán exenciones a las municipalidades. Como hasta el Fatto quotidiano del 26 de marzo denunció, se estima que cerca de doce millones de trabajadores se encuadran en las categorías consideradas no esenciales[2].

Pero el principal problema es otro, es el hecho de que no hay ningún límite de producción para las llamadas empresas “esenciales”, ligadas a las reales “necesidades esenciales”. Para dar un ejemplo: en el sector de alimentos, existen grandes empresas que continuaron produciendo a toda velocidad, ciertamente no para atender las necesidades alimentarias de la población: ellos lo hicieron para el mercado internacional, es decir, para obtener ganancias.

Lea también  Brasil | La mitad de los trabajadores están sin trabajo y las medidas de Bolsonaro aumentan el desempleo

Los casos de las fábricas de pastas De Cecco, Barilla o Rana son emblemáticos: esas grandes empresas del sector de alimentos, por su propia admisión, trabajan a toda velocidad desde el inicio de la epidemia, muchas veces también los sábados y domingos. El suplemento económico del diario Corriere della Sera del 23 de marzo, ostentaba el hecho de que los empresarios de la región Abruzzo de la De Cecco, en los últimos dos meses “había, producido 340.000 toneladas de penne, tagliatelle y espaguete, 70.000 más que un año atrás “debido a un pico medio de crecimiento de 25% entre febrero y marzo”[3].

Por ese sensacional aumento de lucros, grandes empresas como la De Cecco deben, en primer lugar, agradecer la campaña “Comprar Made in Italy”, lanzada por el ministro de Relaciones Exteriores Di Maio, que aumentó rápidamente la demanda internacional por pastas italianas. La Rana Spa, gracias al crecimiento estruendoso de las ventas, incluso concedió “generosamente” un aumento salarial a los obreros que más trabajan. Como decir: ¡aquellos que arriesguen sus vidas serán recompensados! Como declaró Ivano Vacondio, presidente de la Federalimentare: “la producción de alimentos italiana está yendo más allá del límite de 75% del potencial de producción al cual nuestras empresas están acostumbradas a operar”.

No es necesario ser un genio para llegar a una conclusión simple: solo en un número limitado de empresas, incluyendo las de la cadena de suplementos alimentarios, los obreros son llamados a trabajar para satisfacer las “necesidades esenciales”. ¡Ellos están en la fábrica arriesgando el contagio –y la vida– por las ganancias multimillonarias de sus patrones!

Aprendices de hechicero

Obviamente, también en Italia, como en el resto del mundo, la burguesía no es un bloque compacto y homogéneo. Desde que la crisis económica estalló en 2007, al contrario, se vieron intensificar internamente conflictos y laceraciones: emblemática desde ese punto de vista fue la decisión de la Fiat de dejar la Confindustria (2011). Hoy, con el agravamiento de la crisis y los riesgos de una recesión sin precedentes (acelerada por la pandemia), las divergencias tienden a intensificarse. Eso explica por qué actualmente parecen surgir tácticas diferentes y parcialmente opuestas en el frente burgués para enfrentar la epidemia en curso: ¿cerrar todas las fábricas por 15 días y después reabrir?, ¿extender el cierre hasta el final del mes?, ¿no cerrar ni un día?

Pero, aunque envuelta en mil dilemas, toda la gran burguesía tiene su centro de gravedad permanente: la ganancia. Es por eso que los capitalistas italianos están todos empeñados en intentar resolver el mismo rompecabezas: ¿cómo reiniciar la máquina de producción y del mercado lo más rápido posible, a pesar de una epidemia que promete ser duradera?

Aquí, entonces, los CEOs de grandes empresas se desdoblan para crear soluciones que podrían competir, por lo absurdo y por la crueldad, con las acciones funestas (y desastrosas) de un aprendiz de hechicero. No son pocos los que siguen el ejemplo de los ricos empresarios de Nembro y Alzano Lombardo, en Valseriana (responsables por una masacre en masa): son aquellos que persisten en no querer cerrar ni un día.

Lea también  Con Covid, Bolsonaro contamina aún más el país

Pero incluso entre los que cerraron, muchos piensan en reabrir lo más rápido posible. Las empresas que no están entre las esenciales ya están preparándose para encontrar un truco: convertir parte de la producción para recibir el codiciado reconocimiento de “actividades esenciales”. Al hacer eso, ellos también recibirán financiamientos estatales sustanciales en la forma de incentivos: el decreto “Cura Italia” pone a disposición 50 millones para empresas dispuestas a producir ventiladores, máscaras, anteojos, chalecos y overoles de seguridad.

Entre los “tíos McPato” que ofrecerán sus servicios al épico (y lucrativo) emprendimiento, encontramos algunos nombres que tal vez sean conocidos por usted: Armani, Gucci, Prada, Moschino, Ferrari, Calzedonia, Magneti Marelli, etc.[4]. Todos miserables que, justamente, precisaban de algún incentivo económico (léase: financiamiento público) del Estado… No solo eso: gracias al “truco” de la conversión, es previsible que esas personas astutas llamarán a los obreros a trabajar también en las líneas de producción habituales (la “Cura Italia” no lo prohíbe).

Existen también aquellos que, no queriendo convertir la producción, ya están pensando en otros caminos posibles: la Ducati de Bologna, como anunció su CEO, gustaría de reabrir inmediatamente luego de la Pascua, ya que “esa parada es una catástrofe” [5]. Por este motivo, ellos ya están pensando en contribuir generosamente para testes serológicos en obreros: los no infectados podrían, así, serenamente, retornar al trabajo.

Es una pena que ahora esté claro para todos –y de alguna forma implícito en las medidas tomadas por el gobierno– que cualquier obrero que salga de su casa para ir al trabajo corre el riesgo de contagio todos los días: no hay test serológico que garantice. Caso contrario, ¿por qué las madres deberían ser prohibidas de acompañar a los niños pequeños a la calle? Además, si los obreros son forzados a usar el transporte público y trabajar en ambientes cerrados, ningún test podrá realmente protegerlos del riesgo de infección.

La burguesía llama, el gobierno responde

Murmullo, murmullo: la burguesía medita, pero no puede resolver el enigma. ¿Cómo reactivar los negocios en medio de la pestilencia? He ahí que viene el viceministro de Salud, Pierpaolo Sileri, que corre a ayudarlos: en breve las fábricas, que firmaron y aplicaron los acuerdos sindicales de seguridad, podrán ser reabiertas. O sea, aquellos acuerdos que prevén algo que es simplemente imposible: contener la difusión del virus con máscaras quirúrgicas (inútiles) o con una distancia simple (inútil) de un metro entre un obrero y otro. No satisfecho, Sileri agrega que “tal vez los trabajadores menos frágiles y las mujeres, menos expuestas a la amenaza de Covid, podrían retornar a la producción”[6]. Podemos imaginar lo que Sileri piensa de las mujeres obreras…, pero decir que las mujeres corren menos riesgo de contagio, cuando no hay evidencias científicas hasta el momento, es una aberración.

Lea también  ¿Cuántos cierres se necesitan para convocar una HUELGA GENERAL EN LA INDUSTRIA?

¿Y si no fuese posible reabrir después de la Pascua? Un plan B ya está siendo elaborado. Para ser más precisa, se trata de una medida extraordinaria de apoyo a las empresas, de cerca de 40.000 millones. No solo eso: aparentemente, para las empresas habrá una garantía del Estado de 200.000 millones de crédito. Recuerden esos números y compárenlos con los 600 euros, una cuota que el gobierno concedió a las MEIs pequeñas empresas] y a los comerciantes que fueron forzados a cerrar sus negocios. O compárelos con las migajas en los vales de refección concedidos por los municipios a los indigentes.

Centenas de millares de trabajadores ya perdieron sus empleos en Italia (así como en otros países); desde los educadores y las cooperativas a los vendedores, de los trabajadores domésticos a los cuidadores, a las decenas de millares de trabajadoras y trabajadores “en negro” (sin registro) que no saben más cómo sobrevivir. Tal vez haya un puñado de euros para ellos en el próximo decreto de abril: entre descuentos e incentivos, en lugar de eso, más o menos 250.000 millones (!) es el dinero que el gobierno italiano habrá dado, entre marzo y abril, a los riquísimos capitalistas made in Italy.

Podemos fácilmente prever que las burocracias sindicales (Landini a la cabeza) no dirán una palabra sobre esta vergonzosa diferencia de tratamiento. Esperaremos y tomaremos medidas para garantizar que, una vez más, los trabajadores y las trabajadoras se organicen en huelgas, para rechazar con lucha las maniobras de la burguesía y de su “comité de negocios”.

Notas:

[1] En relación con la industria militar, indicamos este artículo de la Red Disarmiamoli: www.disarmo.org/rete/a/47432.html.

[2] Ver artículo de S. Cannavò, “Trabajos ‘fundamentales’ básicos, apenas 200.000 menos”.

[3] Ver artículo de D. Polizzi en el suplemento “La Economía” del Corriere della Sera.

[4] https://www.ilsole24ore.com/art/da-miroglio-menarini-fabbriche-che-si-riconvertono-contro-coronavirus-ADLIFdD

[5] Ver entrevista en Reppublica Bologna, del 2 de abril.

[6] Ver el artículo de P. Russo en La Stampa, del 2 de abril, titulado “Después de la Pascua y por áreas. Hay un plan para reabrir”.

Traducción del original en italiano al portugués: Maria Teresa Albiero.
Traducción del portugués al castellano: Natalia Estrada.