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La lección de la pandemia para enfrentar la emergencia climática.

Por: Giacomo Biancofiore

Antes de que el mundo fuese alcanzado por la terrible pandemia de Covid-19, los jóvenes de todo el planeta habían paneado para el 24 de abril llenar nuevamente las plazas de las principales ciudades del mundo con la quinta huelga climática global.

Las consecuencias dramáticas del coronavirus transformaron así el Ataque Climático en un Ataque Digital, en el cual miles de millones de jóvenes en lugar de hacerlo en una plaza, inspirados en la emergencia de salud en curso, “gritarán” en los teclados de sus PCs que “nuestra salud está antes que la ganancia”.

La explosión de la pandemia de Covid-19, de hecho, además de causar el cambio de programa, adicionó un nuevo elemento importante en la elaboración de la cuestión climática.

De Rio a Madrid, pasando por París

Para entender los desarrollos que llevaron a los argumentos actuales de los ‘Fridays for Future’ y todo lo que ocurrió paralelamente, es necesario recordar las tentativas de “diálogo” entre los varios países del mundo a los cuales los activistas de la lucha contra los cambios climáticos hicieron referencia a lo largo de los años.

Debe notarse, entre tanto, que el tema del calentamiento global y las primeras negociaciones y acuerdos internacionales referidos, que visaban definir los límites de las emisiones de gases de efecto invernadero, datan de inicios de los años ’90, cuando Greta Thunberg aún no había nacido.

Fue la Cúpula de la Tierra en Rio de Janeiro, en 1992, que dio origen a la Convención-Cuadro de las Naciones Unidas sobre los Cambios del Clima (UNFCCC), el primer tratado internacional inútil. Inútil, sobre todo, por su naturaleza no vinculante (en el sentido de no imponer límites obligatorios para la emisión de gases de efecto invernadero a los países firmantes), desde el punto de vista legal. Fue precisamente la Cúpula de Rio que dio inicio a las Conferencias de las Partes (Cop), reuniones anuales para analizar los progresos en el combate a los cambios climáticos.

Uno de los más conocidos es seguramente el Protocolo de Kioto de 1997 (COP3) que, a pesar de la imposición de la obligación de reducir las emisiones en los países más desarrollados, sufrió una reducción risible, si consideramos que los Estados Unidos nunca adhirieron, y que Canadá, Rusia, Japón y Nueva Zelanda gradualmente se alejaron.

Un alerta, sobre todo mediático, en la inercia general estuvo representado por el Acuerdo Climático de París 2015 (COP21) que, frente a 40.000 participantes, produjo el primer texto universal para reducir la temperatura en dos grados, o sea, por debajo de los niveles de la primera revolución industrial (1861-1880), de 2015 a 2100 (o sea, 2,9 billones de toneladas de dióxido de carbono (CO2, es decir, una reducción del orden de 40 a 70% de las emisiones hasta 2050).

Después de eso, Marruecos, Bonn, Katowice y, finalmente, Madrid (COP25) intentaron definir mejor las reglas de implementación del Acuerdo de París, que desde 2015 continúa siendo la verdadera guía para los activistas.

COP25, la historia de un fracaso universalmente reconocido

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El único mérito de la 25° conferencia sobre cambio climático organizada por la ONU, la llamada COP25, fue el de conseguir que todos concordasen con el resultado: ¡un fracaso!

De hecho, en Madrid, en presencia de 190 países de todo el mundo, el objetivo era encontrar una solución para uno de los puntos más importantes y discutidos del Acuerdo de París sobre el clima: el mecanismo previsto en el artículo 6, que debería permitir a los países que contaminan menos “ceder” su parte remanente de gases de efectos invernadero a países que contaminan más, para permitirles una transición más fácil sin comprometer la consecución de los objetivos generales. Además de no haber conseguido ningún acuerdo con el artículo 6, la COP25 no produjo nada vinculante sobre la obligación de cada país de presentar planes para reducir aún más sus emisiones de gases.

«Para llegar a la Luna, usted precisa más que una patineta»

Discutir las causas del fracaso de la COP25 en Madrid, donde el Brasil, Australia y Estados Unidos fueron hasta acusados de obstruir abiertamente un acuerdo para evitar tener que sujetarse a reglas más rigurosas, tiene una importancia relativa en relación con el gusto amargo en la boca que dejó el resultado de la conferencia.

El egoísmo y los cálculos de los países más desarrollados, ignorando las necesidades de recursos económicos de los países más expuestos a los impactos de los cambios climáticos, así como la táctica de desplazar la discusión hacia detalles técnicos estériles, mostraron la verdadera cara de los buitres a los jóvenes y menos jóvenes que hoy lentamente están replanteándose su confianza en los gobiernos y en sus organizaciones internacionales, también porque las noticias que vienen de los científicos no dejan mucho espacio para la esperanza: un nuevo informe especial sobre el clima, producido por el Grupo Intergubernamental sobre Cambios Climáticos (IPCC), sobre la base de cerca de 7.000 pesquisas científicas, concluye que “el nivel del mar continúa subiendo, los glaciares se derriten rápidamente, y muchas especies están desplazándose en busca de condiciones más adecuadas para su sobrevivencia”.

Para aumentar el desencanto de quien es más sensible a la emergencia climática está la dura lección de otra emergencia, la de la salud, causada por el coronavirus.

Ciertamente, los próximos días serán importantes para la fundamentación del análisis y de las consecuentes acciones del movimiento nacido de la iniciativa de la estudiante sueca Greta Thunberg, ahora con diecisiete años, pero es claro que la advertencia, lanzada en las redes sociales para mantener vivo el interés por el problema climático en los días de cuarentena forzada, representa más que un mero eslogan: «no permitiremos que otras epidemias nos encuentran sin preparación, no permitiremos que continúen alimentando las condiciones que favorecen la propagación de nuevos virus, no permitiremos que el nuestro y todos los gobiernos usen esta crisis como cobertura para volver a destruir el planeta que nos garantiza la vida, como hicieron antes, en sociedad con las empresas de los fósiles. Nuestra salud depende de los ecosistemas. Nuestra salud está antes que la ganancia».

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Dos emergencias, el mismo culpable

Si los fracasos de las conferencias llevaron a los más jóvenes a mirar más allá del totem del Acuerdo de París, la pandemia de Covid-19 mostró, como explícitamente lo afirma el texto arriba, que existe un culpable bien identificado que “alimenta las condiciones que favorecen la propagación del virus”, y es el mismo culpable bien identificado que generó la crisis climática: el sistema capitalista.

Un sistema criminal basado en la anarquía de la producción para la acumulación de nuevos capitales en la competencia entre capitalistas competidores, no solo destruye los ecosistemas y causa la crisis climática, sino que condena al proletariado y a las masas más pobres de la sociedad a la muerte por causa de la incapacidad de lidiar con esas crisis.

Un modelo de desarrollo sensible solo y exclusivamente a la opulencia de pocos e indiferente a las necesidades de la gran mayoría de la población mundial.

La lección más importante

En 2018 descubrimos, a través del informe sobre seguridad alimentaria global, divulgado por la FAO, UNICEF y otras agencias de las Naciones Unidas, que el número de personas que sufren hambre en el mundo está creciendo: son, de hecho, 821 millones, o sea, un habitante del planeta por cada nueve, de acuerdo con “El Estado de Seguridad Alimentaria y Nutrición en el Mundo, 2018”.

Aunque numerosos estudios muestran que la producción mundial de alimentos es suficiente para atender la demanda de todos los habitantes del planeta, la incidencia del hambre aumentó en los últimos tres años, retornando a los niveles de una década atrás.

Si agregamos esta otra pieza al rompecabezas que comenzamos a componer con el cuadro de la crisis climática y las formas de lidiar con la crisis de la salud desde inicios de 2020, hasta el momento en que escribimos este articulo, con más de un millón y medio de contagios oficiales y más de 90.000 muertes en todo el mundo, nos enfrentamos con un retrato claro que representa la lección más importante a ser recordada, la “Lección para el futuro”: confiar en los Estados y en sus gobiernos que, para decirlo con las palabras de Marx y Engels, “administran los negocios comunes de toda la clase burguesa”, significa no solo no resolver problemas de esta magnitud, sino agravarlos y destruir a la clase trabajadora y los explotados de la Tierra.

«El zorro habitual cuidando el gallinero»

A finales de marzo, la Agencia de Protección Ambiental de los Estados Unidos (EPA) anunció que las industrias podrán tener dificultades para respetar ciertos requisitos de los estándares ambientes debido al coronavirus, abriendo efectivamente el camino para la suspensión de la aplicación de las leyes ambientales y de las relativas sanciones en caso de violaciones. Demás está decir que la medida fue invocada particularmente por la industria petrolífera y de gas.

Más o menos en esos mismos días, el ‘Fridays for Future’ de Europa, después de finalmente declarar el New Deal verde “inadecuado”, que para algunos representaba uno de los pilares sobre los cuales construir la “revolución verde” para presionar a los organismos de la Unión Europea, lanzó un petitorio, sí, leyeron correctamente, un petitorio por el cual instan a la Comisión Europa para que implemente medidas más estrictas para enfrentar la crisis climática y, para perseguir y alcanzar esos objetivos, se consideran esenciales leyes precisas.

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Si agregamos la confianza de muchos activistas en la Agenda 2030, con sus 17 objetivos de desarrollo sostenible (Sustainable Development Goals – Sdgs), aprobada el 25 de setiembre de 2015 por las Naciones Unidas, el retrato vuelve a tener tintes sombríos.

¡La discrepancia entre el análisis y las consecuentes iniciativas solo puede ser evidente!

Una única “agenda”, la que conduce al socialismo

Frente a lo que estamos viendo con nuestros propios ojos, luego de la última experiencia fracasada de la COP25 en Madrid, constatada la incapacidad de los gobiernos para hacer frente a las crisis sin la aprobación de la burguesía, y demostrada la voracidad criminal de países como Estados Unidos (incluso el principal miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU) en medio de una de las peores crisis de salud, es simplemente absurdo pensar que podamos dejar que la crisis climática en curso sea resuelta a su manera.

El tiempo de llamados, de esperanza en su democracia, expiró. La salud y la vida de las poblaciones están en peligro inminente, y solo tomando la iniciativa y construyendo un dura lucha, entablada con el arma más importante que las masas populares tienen, que es la huelga, se puede vencer.

Los trabajadores, en los últimos meses percibieron que esta sociedad funciona gracias a ellos, y que, si los gobiernos no cierran la rueda gigante, las masas proletarias tendrán la fuerza necesaria para cerrarla con huelgas.

No existen leyes y reformas que puedan resolver las contradicciones del capitalismo, y aquellos que siguen ese camino solo lo mantienen vivo artificialmente, en detrimento de la enorme población del planeta.

Es por demás evidente que solo la revolución socialista podrá salvar el planeta y a sus habitantes de la catástrofe.

Artículo originalmente publicado en www.alternativacomunista.it
Traducido al portugués por: Maria Teresa Albiero.
Traducido al castellano por: Natalia Estrada.