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Reproponemos y reelaboramos en este artículo algunas notas críticas sobre el pensamiento de Antonio Negri (llamado Tony), en parte ya publicadas anteriormente en el periódico Progetto Comunista. Hemos sacado las referencias contingentes al contexto político de los años en que han sido escritas (hace más de diez años), y actualizado a la luz de la evolución del pensamiento del propio Negri. Pensamos que las críticas todavía son actuales, puesto que existe una tendencia, difundida en la izquierda, a considerar la clase obrera como un “sujeto superado”, reemplazado por “nuevos sujetos” en la construcción de una alternativa de sociedad.

Por: Fabiana Stefanoni

Las multitudes a la prueba de los hechos

Se trata de una tendencia, a decir verdad, que en Italia sobrevive sobre todo en los entornos académicos y periodísticos, desligada del desarrollo real de las luchas. Gran parte de la izquierda italiana que apoyaba a la teoría de Negri ha sido obligada a retractarse en los hechos. Pienso, por ejemplo, en una parte del área de los “centros sociales”, en particular los del Nordeste de Italia, los así llamados “Desobedientes” (se trata de grupos políticos semianarquistas, de jóvenes que ocupan casas, a menudo en acuerdo con las istituciones): hasta hace unos años creían viejo y anacrónico llamar a la clase obrera como sujeto central de la lucha, hoy, aquellos mismos sujetos políticos, para poder seguir “generando conflicto”, han tenido que retractarse en la práctica y volver a contactarse justamente con la clase obrera. No por casualidad han decidido centrar su intervención sindical sobre los obreros inmigrados de la Logística, que luchan ante todo por reivindicaciones salariales (1). La realidad viva y material de la lucha de clases, que como siempre ignora las abstracciones de los filósofos (o presuntos tales), ha prevalecido, en Italia, y no solo aquí, sobre las tentativas de poner una lápida sobre el análisis marxiano de las clases.

Pero, como a menudo sucede en los entornos académicos, las abstracciones tienen la cabeza más dura que los hechos. Y es así que, sobre todo en América Latina, algunas teorías en Italia, ya desmentidas por el curso de los acontecimientos, son allí recuperadas como extraordinarias novedades. No solo allí: también en Europa algunas organizaciones políticas recientes, como por ejemplo Podemos, reclama esos conceptos con algunos argumentos muy parecidos. Es por lo tanto útil volver también hoy sobre estos temas, que hace unos años estaban tan en boga en Italia en los ambientes de Refundación Comunista (temas que han revelado la misma inconsistencia que las recetas reformistas de la propia Refundación, hoy no por nada en crisis profunda).

El concepto clave de la teoría negrina, basado en la idea de que ha sido superado el análisis de clase, es el concepto de “multitud”. Este concepto es profundizado en particular en tres libros, de los que proponemos aquí la reseña: Guide: cinque lezioni su Impero e dintorni [Guías: cinco lecciones sobre el Imperio y alrededores] (Antonio Negri, Cortina Raffaello, 2003), una colección de ensayos titulada L’Europa e l’Impero [La Europa y el Imperio] (Antonio Negri, Manifestolibri, 2003), y, sobre todo, Moltitudine [Multitud] (Michele Hardt y Antonio Negri, Rizzoli, 2004). Se trata, en los tres casos, de tentativas de corregir algunas teorías elaboradas en una obra anterior de los propios Negri y Hardt, que se convirtió en un verdadero best seller: Empire (Harvard University Press, 2000, publicado en Italia por Rizzoli con el título Impero). Las profecías contenidas en Empire, después de menos de tres años de la salida del libro, ya recibieron un flagrante desmentida por los hechos.

Cuando una teoría no funciona…

Si en Empire fue dada por cierta la disolución de cualquier posibilidad de guerra entendida en los términos clásicos de conflicto intercapitalista a favor de fantasmagóricas “guerras civiles” dentro de los confines del Imperio; si se alegaba la conclusión del paso histórico a la nueva era del “trabajo inmaterial” destinado a traducirse en la fatal caída del movimiento de los trabajadores en el olvido de la historia; si se profetizaba la llegada de “nuevos cuerpos cyborg” capaces de moverse en espacios liberados en virtud de la sola fuerza de voluntad; todas estas previsiones no se han verificadas. El movimiento de los trabajadores y las trabajadoras ha salido a las calles y se ha desarrollado con renovada fuerza (aunque una vez más traicionado por direcciones reformistas); la ideología de los “espacios liberados” sin tomar el poder ha revelado el propio carácter ilusorio frente al agravamiento de las condiciones materiales, de vida y de trabajo de las nuevas generaciones; sobre todo, lejos de ser resueltas en una imaginaria Pax Imperii, las contradicciones imperialistas se han agravado en ocasión de las guerras y de los conflictos en Medio Oriente (de Irak a Afganistán ya entonces, de Siria al Kurdistán más recientemente) y las profecías de un dominio “pacífico” han sido desmentidas abiertamente.

Por lo tanto, Negri ha debido, de algún modo, saldar cuentas con la historia. Ha tratado de salir de ello de manera torpe diciendo, de hecho, que la teoría del Imperio era de tal manera “nebulosa” que dejaba espacio para las más disparatadas interpretaciones. Es así que, en la noche en que todos los gatos son grises del nuevo orden imperial, Negri admite que quizás hay algo de imperialista en la práctica del gobierno estadounidense; pero todo esto no tiene nada que ver con el Imperio, que es y será siempre un “no-lugar”, una “soberanía que no tiene exterior”, que no tiene centro ni confines, que es y que no es (véase Guías: cinco lecciones sobre el imperio y alrededores, de Antonio Negri, una colección de ensayos seleccionados para respaldar estos vuelos teóricos). En qué consiste esta “nueva soberanía” no se comprende exactamente, pero Negri nos consuela con benevolencia: no lo entendemos porque no se puede decir, por ahora, dónde ella reside, indudablemente no más en los Estados nacionales, indudablemente en otro lugar, probablemente en el Imperio, pero no tenemos ninguna certeza: esperemos confiados el caer de la noche y un día todo será más claro…

Pero no acaba aquí. Al cabo de pocos meses en las librerías ha aparecido otra colección de ensayos de Negri, Europa y el Imperio (Manifestolibri, 2003), que, por cómo es definida, invierte incluso esta insistencia sobre la “nebulosa” del Imperio: el poder imperial vuelve a coincidir generalmente con los EEUU, cuya “incontrastable hegemonía” es dada por incontestable. Negri despertó una bonita mañana y se acordó de haber dado ya un rostro y un nombre a la “fuerza excesiva y rebosante” (sic!) de la multitud: Europa Unida. Frente al dominio estadounidense, Europa –casi entidad metafísica– representa “una señal de eficiencia productiva, de madurez de espíritu, de modernización cultural”. De aquí la exaltación de la introducción del euro, de Francia y Alemania cuál encarnaciones de las fuerzas europeas más vivas, de la Europa política, del mercado único, de la “centralización de la política extranjera y militar”, del desarrollo de estructuras federales: todo eso, según Negri, favorecería al “proletariado europeo del posfordismo” (no se comprende el porqué, exactamente, como no se comprende en qué consiste tal proletariado). La perspectiva de otro mundo posible se convierte en molestar un poco a la superpotencia americana: puesto que el poder imperial, EEUU, no quiere la unidad política de Europa, en consecuencia… esta unidad está buena para nosotros, ¿evidente, no? No solo eso: todos aquellos a los que conviene la constitución de la Europa Unida se vuelven inexorablemente nuestros aliados, a partir de las “empresas europeas que se han reestructurado sobre el espacio multinacional” y de la “burguesía tecnócrata e intelectual que pone el problema de la unidad política europea como terreno de transferencia (y de consolidación) del privilegio tecnocrático y administrativo” (sic!).

El concepto “nebuloso” de multitud

Y ahora nos preparamos para otros vuelos pindáricos con la lectura de Moltitudine. Guerra e democrazia nel nuovo ordine mondiale [Multitud. Guerra y democracia en el nuevo orden mundial] (Michel Hardt y Antonio Negri, Rizzoli, 2004).

Si la primera parte de esta obra indujo a una sonrisa por la excentricidad de la lectura del “estado de guerra global” y de los procesos de reestructuración del capitalismo, al final el lector encuentra unas propuestas políticas de explícito sostén al capital financiero internacional. Pero procedamos con orden.

El libro se abre con una incómoda rectificación (¡también aquí!), disfrazada por “precisión”, de algunas teorías que fueron el centro de Empire: la Pax Imperii, que los dos autores profetizaron como inmanentes en virtud del nuevo orden imperial, en Moltitudine [Multitud] se precisa como “simulacro de paz”. Negri y Hardt en 2000 dibujaron incontrovertibles escenarios “internacionalistas y pacifistas” aprovechables a corto plazo: alguna cosa estaban obligados a decir frente a la explosión de nuevos conflictos bélicos (Afganistán, Irak). Resuelven el problema con la dicha “precisión” -el hecho de que esta desmienta los dos tercios de la obra anterior es un detalle insignificante para las mentes de posmodernos liberados de las brutales cadenas de la lógica clásica- y con una brillante acrobacia se desequilibran hasta predecir en el “estado de guerra permanente y generalizada” la esencia del mundo contemporáneo (véase la primera sección del libro, titulada precisamente “Guerra”). Más aún: en la posmodernidad la guerra asume un “carácter absoluto y ontológico” (quedaría por pensar que la única posibilidad que nos resta sea aquella de resignarnos cristianamente a contemplar la bondad del Creador…), es decir, estamos en la época de la cuarta guerra mundial (la tercera fue la guerra fría). La teoría es obviamente sazonada en abundancia con alusiones al “biopoder”, a la “producción bélica posfordista” y otras rarezas lingüísticas ya conocidas por los lectores de Empire.

Lo que más golpea es ver cuáles estrategias de resistencia se diseñan frente al “estado de conflictividad global y permanente”: es declarada vieja, en todo caso completamente ineficaz y más bien deletérea a causa del “carácter intrínsecamente antidemocrático”, cada forma de resistencia armada. Para los autores fue grave responsabilidad de Engels y Trotsky en primer lugar el haber favorecido la transformación de las bandas de la guerrilla en una estructura armada centralizada: a sus ojos, justamente este tipo de organización del ejército ha estado en el origen de “formas políticas rígidamente jerárquicas y centralizadas” (definición que amalgama en un todo indistinto sea las experiencias políticas inmediatamente siguientes a la Revolución de Octubre, sea las posteriores degeneraciones del estalinismo).

¿A qué agarrarse entonces hoy para pensar en formas de resistencia a la guerra global imperial? Para detectar nuevas estrategias hace falta partir de un asumido que Negri y Hardt dan por descontado: la ocurrida transformación de las formas de la producción social en el sentido de la “producción biopolítica”, de la “fábrica social”, y del “posfordismo.” No es nuestro objetivo aquí extendernos para sondear el sentido de estas perlas del pensamiento posmodernista: es suficiente recordar que de aquí deriva la teorización sobre “nuevas subjetividades resistentes” que, sobre el modelo de internet dan vida a formas de “redes acéfalas compuestas por una pluralidad irreducible de nudos en comunicación entre sí”, es decir, “las redes de las informaciones, de la comunicación y de la cooperación”. Lo que todo eso concretamente –ay de nosotros– significa, lo descubriremos después de algún centenar de páginas. Pero primero hace falta ajustar las cuentas con la parte central del libro, que trata del sujeto mismo de la obra: la multitud.

Multitudes subversivas en alianza con el capital

En estas páginas se hace un resumen de las más disparatadas teorías político-filosóficas, de los presocráticos a hoy: el único criterio que implica a la reconstrucción es la voluntad de liquidar como viejo y retrógrado todo lo que en el pasado ha representado instancias de liberación, teorías marxistas obviamente incluidas. Incluso en este terreno no faltan incoherencias groseras –quizás debido a algún despistado “cortar y pegar”– como cuando, después de haber denigrado por páginas y páginas las teorías novecentistas, los dos autores proclaman a grandes voces la necesidad de “volver al siglo XVII”.

Pero, más allá de eso, el esfuerzo de caracterizar la multitud -aunque de manera abstracta e imitando groseramente la crítica de Hegel al absoluto de Schelling- se basa en una lectura fantástica y fantasiosa de la producción capitalista: según nuestros autores, una presunta producción inmaterial y los conexos procesos de cooperación, participación y comunicación se convierten en “lugares de la plusvalía”. En otras palabras, estaríamos asistiendo a un cambio de era, capaz de sancionar la ilegitimidad de cualquier llamado a la clase obrera y a las masas proletarias como sujetos del cambio. Sobre estas bases, la multitud se presenta como “concepto abierto e inclusivo” – en contra de la noción “exclusiva” de clase obrera-, basado en la producción “biopolítica”, y deseoso de democracia: es la “multiplicidad social que es capaz de comunicar y de actuar en común conservando las propias diferencias internas”. Lo que solamente se comprende con claridad es que el concepto está “nebuloso”, que esta multitud puede ser todo y nada al mismo tiempo, que no puede traducirse en ningún proyecto real de transformación de lo existente.

Sin embargo, es tan vago el concepto de multitud cuanto son en cambio tristemente nítidas las políticas que los dos autores quieren difundir. La apelación a la creatividad, a la comunicación, a la “cooperación autónoma” asume un rostro mucho más macabro en las pocas páginas en que se habla de plataformas reivindicatorias. Desde este punto de vista, la parte final –”Experimentos de reforma global”- de la segunda sección es emblemática (¡aquí viene lo lindo!).

Antepuesto a todo el razonamiento es que “al día de hoy, no hay ningún conflicto entre reforma y revolución (…). Hoy las transformaciones son tan radicales que también las instancias del reformismo pueden comportar cambios revolucionarios”. Dicho esto, veamos cómo se articulan las propuestas “reformistas” en cuestión. En el párrafo “Reforma de la representación” se pide una reforma del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial (sic!) que hagan a tales instituciones “más responsables frente al pueblo”. A seguir, se auspician algunos pequeños ajustes en la organización de las Naciones Unidas (como el “revolucionario” redimensionamiento del poder del Consejo de Seguridad), con el deseo de difundir a nivel mundial el modelo constitucional estadounidense… No acaba aquí. En los párrafos titulados “Reformas económicas” y “Reformas biopolíticas”, además de retomar la “Tobin Tax” [Tasa Tobin] y otras reivindicaciones caballo de batalla de los partidos reformistas, los dos autores se lanzan en desmesurados elogios a la ONU, tanto que los mismos recursos procedentes de aquel impuesto deberían –ay de nosotros– financiar el propio organismo que gobierna los equilibrios entre las potencias imperialistas del globo…

Pero todo eso no es nada frente a la horrorosa estrategia que justifica estas propuestas (ilusorias más que incapaces de configurar una alternativa de sistema). El poder subversivo de la multitud, de hecho se reduce a hacer un pedido al gran capital internacional y a sus órganos de representación. Lo que Negri y Hardt explícitamente desean es “un nueva Carta Magna” concedida por las así llamadas aristocracias globales, vale a decir “las grandes multinacionales, las instituciones supranacionales, los otros grandes estados nacionales y los poderosos actores no nacionales”. He aquí pues el verdadero rostro político de la teoría del Imperio y de la multitud: “la alianza entre las aristocracias industriales y las multitudes productivas“. Después de haber liquidado las batallas anticapitalistas cuál expresiones de veteromarxismo, después de haber exorcizado cualquier tipo de organización partidista y revolucionaria, después de haberse esmerado por más de trescientas páginas en la alabanza de lo “nuevo” y de lo “pos”, apuntan una propuesta política contra la que hace dos siglos Marx y Engels polemizaron: la propuesta de quien cree sea posible confiar en el buen corazón -o en los intereses, poco cambia- de los capitalistas para resolver las suertes de las clases oprimidas. Los procesos constituyentes alternativos que Negri y Hardt anhelan, tienen el sabor amargo de una auténtica bofetada: rebélense, multitudes, que en cambiar el mundo piensan el Banco Mundial, la ONU y el Fondo Monetario Internacional…

La recuperación de viejas teorías reformistas

No es raro que la búsqueda de “nuevos sujetos” del conflicto y de “nuevos lenguajes” vaya a la par del abandono de una perspectiva revolucionaria: la búsqueda afanosa de nuevos esquemas interpretativos a menudo esconde la tentativa de justificar una capitulación al reformismo.

Eso es particularmente evidente en una larga entrevista concedida por Tony Negri y publicada en un libro del título significativo: Goodbye Mr Socialism [Adiós, Señor Socialismo] (Feltrinelli, 2006). Negri es aquí muy explícito y dice con claridad lo que piensa: “no pienso que haya la necesidad de un partido revolucionario para solucionar los problemas, bastaría más precisamente una gobernación democrática y una administración correcta” (las cursivas son nuestras). Si bien cubierto de un lenguaje nuevo, saca afuera una vieja teoría: es posible cambiar el mundo con las reformas, sin derribar el capitalismo.

En este escrito, Negri llega incluso a considerar interesante (“abrió nuevas posibilidades de discusión”) el trabajo de los juristas del trabajo de los gobiernos de centroizquierda D’Antona y Biagi –que han acelerado en Italia la precarización del trabajo– ¡y reivindica con orgullo haberse alineado “contra la defensa del artículo 18” (un artículo que ponía límites a los despidos de obreros en las fábricas y que fue abolido). Todo esto es justificado con una afirmación inquietante para quienes, como nosotros, seguimos luchando contra la precariedad y la desocupación: según Negri, sería un “error” de la izquierda aquel de quedar “prisionera del problema de la ocupación y la defensa del puesto [de trabajo] por tiempo indeterminado”. Probablemente, la precariedad extrema en que viven hoy millones de jóvenes en toda Europa –precariedad que les impide hasta planear proyectos de corto plazo– es para Negri, que tiene la suerte de no conocerla, una cosa buena, que está en sintonía más que con el puesto fijo de trabajo, con el carácter multiforme y flexible de la “multitud”…

Resumiendo, para concluir, detrás de las teorizaciones negrinas del “nuevo iluminismo biopolítico”, rascando, rascando, se encuentra la vieja teoría reformista, aquella contra la que implacablemente se han enfrentado Marx, Engels, Lenin, Trotsky y Rosa Luxemburgo: la que dice que la única perspectiva posible es ir al gobierno en el capitalismo o bien –como deja entender Negri– desarrollar el conflicto para convencer a quién gobierna (de parte de la burguesía) a hacer concesiones a las “multitudes”. Una teoría que ha sido, no por acaso, llevada a la práctica por los partidarios de las teorías de Negri, que han concluido su carrera política en el Sel de Vendola o, más recientemente, en Izquierda italiana (2), confirmando una afirmación efectiva de Marx, que nos parece útil recordar para finalizar este artículo: “charlatanismo político y arreglos políticos son inseparables”.

(1) Referido en particular al sindicado Adl Cobas, que organiza a los obreros de la Logística, dirigidos por los Desobedientes, es decir, a los activistas de los “centros sociales autogestionados” (casas ocupadas en acuerdo con las istituciones) del Nordeste de Italia. Un sindicato, debe ser dicho, que ha organizado duras luchas contra los patrones, confirmando indirectamente también la centralidad de los obreros en las luchas actuales. También es preciso decir que el elogio que una cierta área de los centros sociales ha hecho del pensamiento de Tony Negri no ha sido correspondido con la misma amabilidad. En Goodbye Mr Socialism, que analizamos en este artículo, Negri define los centros sociales – y también Cub, Cobas y las organizaciones de la izquierda sindical y política– “residuos de la derrota de la izquierda extraparlamentaria”.

(2) El caso más conocido es aquel de Luca Casarini, líder de los Desobedientes y de los centros sociales del Nordeste, devenido miembro de la dirección nacional de Izquierda, Ecología y Libertad (Sel) de Vendola, partido político hoy confluido en Izquierda italiana junto con diversos ex ministros y subsecretarios de gobiernos de centroizquierda.

Traducción: Natalia Estrada.